3
Jessie Kenton caminaba bajo la lluvia por Putney Hill. Era una noche fría, húmeda y desapacible, y una ambulancia pasó rápidamente por su lado haciendo sonar la sirena. Un escalofrío le recorrió el cuerpo e hizo que apretara el paso con la cabeza hacia abajo para combatir el viento que la azotaba desde Putney Heath.
Era finales de octubre, hacía frío, humedad y la oscuridad se abría paso desde primera hora de la tarde. El invierno se había adelantado aquel año. Jessie odiaba el mes de octubre con tal intensidad que incluso ella la reconocía como desmesurada, pero no cabía duda de que su mente funcionaba mucho peor en aquella época del año. Sus dibujos se volvían simples y poco originales, como reacios a tomar forma. Los bolígrafos y los lápices parecían escurrírsele entre los dedos mientras intentaba que su cerebro volviera a funcionar a base de golpes. Siempre le ocurrían cosas malas en octubre; por eso se le aceleró el ritmo cardíaco al oír la ambulancia y por eso mismo apresuró el paso para llegar a casa cuanto antes.
A su alrededor, Londres extendía su manto nocturno. Los motores de los coches y los taxis, de los tranvías y los camiones exhalaban su humo grisáceo mientras los trabajadores salían de sus oficinas y fábricas para salvar el trayecto que los separaba de sus respectivos trenes, tranvías y autobuses. Jessie trabajaba en un estudio de diseño en la zona de Fulham, al oeste de Londres, y normalmente recorría en bicicleta los varios kilómetros que unían su casa con el trabajo pasando por Fulham Palace Road y por el puente Putney, disfrutando tanto del ejercicio como de las vistas del río Támesis. Este se deslizaba bajo el puente como un rastro oscuro de historia: el propio rey Enrique VIII había patinado sobre él cientos de años atrás, cuando aún se congelaba. El primer ministro Gladstone había conseguido escabullirse de la mirada atenta de la reina Victoria para poder merodear por los bancos pantanosos del río en busca de prostitutas a las que salvar y el mismísimo Sherlock Holmes había salido a escondidas de la neblina que emanaba de sus aguas contaminadas.
Aquel último pensamiento despertó una sonrisa en Jessie y se recordó a sí misma con tono reprobatorio que el inimitable Sherlock no era más que un personaje, fruto de la imaginación de Sir Arthur Conan Doyle.
Sin embargo, aquel día volvía andando a casa. Un carro de mudanzas le había doblado la rueda delantera de la bicicleta aquella misma mañana. Jessie se había quedado sentada junto a la alcantarilla curándose un rasguño que le había hecho en la barbilla y maldiciendo a todos los carros. Maldiciendo octubre. Maldiciendo su suerte. Cuando un coche que pasó por su lado le ofreció llevarla, Jessie había mirado fijamente al conductor, rechazando amablemente el ofrecimiento y continuando a pie el más de medio kilómetro que aún la separaba del estudio empujando una bicicleta destartalada. Se la había confiado a las manos aceitosas de un mecánico que había en la esquina de Fielding Road y al acabar el día de trabajo había vuelto andando a casa.
Entonces, Jessie apresuró el paso. A cada lado de la calzada se extendían hileras de casas respetables y discretas, el tipo de hogar en el que habitan los libreros y los trabajadores de las funerarias, con las cortinas echadas como armaduras contra el mundo exterior y el humo del carbón emanando de las chimeneas y adentrándose en los orificios nasales de Jessie junto con la lluvia. Al llegar a la esquina de la calle, miró hacia atrás por encima del hombro. Aquella necesidad de comprobar era automática.
Tras ella, Putney Hill descendía refulgente bajo el manto de lluvia y misteriosa en la penumbra de la noche, con las calles iluminadas por alguna que otra lámpara ocasional o los faros de algún coche furtivo. No había nadie a la vista. No es que fuera una sorpresa, dado que no era una noche precisamente apropiada para pasear por la ciudad. Un perro de orejas amarillentas y con las ijadas empapadas rebuscaba entre la basura, pero de no ser por el animal, la calle habría estado desierta. Aquella situación favoreció el humor de Jessie; sintió cómo el corazón le volvía a latir a un ritmo más o menos normal. Llevaba toda la semana percibiendo aquella necesidad de comprobar la retaguardia.
En definitiva, parecía que aquella noche estaba equivocada; allí no había nadie. Sin embargo, otras noches sí había oído pasos tras ella con tal claridad que se había girado para enfrentarse cara a cara con quien la estuviera persiguiendo por todo Londres. Aun así, nunca conseguía ver a nadie entre las sombras de la noche, y durante el día solo notaba el habitual fluir de los pasos de los peatones, el hecho de que nadie la mirara directamente a los ojos y la completa indiferencia de los moradores de la ciudad hacia quienes los rodeaban. Algunas noches dudaba si girarse o no, temerosa de que tras ella hubiera una figura delgada y desmejorada con ojos azules.
—¡Jabez!
No hubo respuesta. El apartamento estaba frío como una tumba mientras corría las cortinas. Octubre se filtraba a través de las grietas de las paredes.
—¡Jabez! —volvió a gritar al encender la luz del techo, pero no encontró señal alguna de actividad.
Dejó caer el abrigo y la bufanda sobre el sofá y desenvolvió un papel de periódico que contenía arenques. Instantáneamente, el olor del pescado fresco impregnó el aire con una cualidad densa y salada, y Jessie se alegró de que Tabitha estuviera fuera trabajando para no tener que recibir ninguna queja al respecto. Se acercó a su habitación y frunció el ceño al ver la puerta entreabierta, ya que recordaba perfectamente haberla cerrado antes de irse a trabajar aquella misma mañana. Al entrar vio que el edredón estaba manchado de barro.
—Jabez —dijo con más seriedad.
No hubo respuesta.
—¿Dónde te escondes?
Agitó en el aire un arenque por la cola y la almohada se movió. Apareció desde abajo una cara con forma de corazón y dos orejas de punta, y un par de ojos de color verde vivo parpadeó en su dirección antes de que un ronroneo sacudiera la ropa de cama.
—Jabez, no puedes entrar cuando no estoy, ya lo sabes.
El gato estiró la pata delantera de color negro carbón e hizo como si ignorara el ofrecimiento plateado que le presentaban. En lugar de dirigirse hacia la tentación, se colocó panza arriba agitando las cuatro patas en el aire e invitando a Jessie a admirar su barriga negra y lustrosa, pero esta no se dejó engatusar; dio un paso rápido hacia adelante y sacudió la almohada.
—¡Jabez! Qué bruto eres.
En el lugar que ocupaba la almohada estaba el cuerpo enrollado de una ardilla, con el pelo apagado y aplastado como sus ojos. Jessie lo apartó con el arenque; el animal estaba ya frío y tieso. Aquella visión entristeció a Jessie, que pensó en lo poco que se podía tardar en arrebatar una vida; el animal había pasado en minutos de ir dando saltitos de árbol en árbol por Putney Heath a estar más muerto que un pez en el desierto. Tocó a la criatura con un dedo, la cogió y la llevó hasta la cocina, ignorando los llantos de protesta de Jabez. Envolvió a la ardilla en una toalla vieja, rebuscó bajo el fregadero el desplantador y bajó las escaleras para salir a la lluvia y enterrar el cuerpo en el jardín trasero, bajo el arbusto de campanillas.
Fue mientras estaba allí agachada e invisible en la oscuridad de la noche, con las manos manchadas de barro y el pelo pegado a la cara por la lluvia, cuando tuvo la sensación de haber hecho aquello mismo con anterioridad, pero el recuerdo no le llegaba con la suficiente claridad ni recordaba qué era lo que había enterrado. Levantó la mirada hacia la ventana de su apartamento y vio las cortinas moverse, seguidas por la carita de Jabez en el cristal mirándola con lo que ella interpretó divertidamente como rencor. Lo había encontrado siendo aún una cría, encerrado en una lata de galletas Huntley & Palmers, el día de Nochebuena; era una bolita peluda del tamaño de la palma de la mano y se lo había llevado, lo había alimentado y había conseguido que se recuperara, y le había dado un hogar. Ahora era parte de la familia, por muy malos hábitos que tuviera el animalito.
Haber abandonado a un miembro de su familia era ya bastante carga como para perder a otro.
El teléfono comenzó a sonar y el timbre repentino sobresaltó a Jessie, pero esta hizo caso omiso. Jabez abrió un ojo, estiró una pata sobre el montón de papeles en el que se había hecho un rosco y hundió las garras en la manga mullida del suéter de Jessie.
«No te muevas. Quédate aquí».
Le pasó el dedo por las orejas, lo miró a los ojos y dejó que el teléfono sonara.
Estaba trabajando. Esparcidas a su alrededor sobre la mesa y amontonadas en el suelo como si fueran ropa interior desechada se encontraban infinidad de hojas de papel, que se frotaban entre sí creando el sonido que tanto le gustaba. Eso significaba que sus dibujos iban bien. Cuando el fluir de ideas se detenía, no había más que el frío silencio a su alrededor; aquello la dejaba en estado catatónico y paralizaba el ritmo del bolígrafo. Sin embargo, aquella noche los diseños parecían bailar entre sus dedos mientras esbozaba imágenes para unos carteles de una nueva marca de jabón.
El teléfono sonó de nuevo.
Suspiró y decidió contestar a la llamada.
—Hola, Alistair.
—Hola, Jessie. ¿Cómo sabías que era yo?
—Tengo poderes.
Él rio, sin estar muy seguro de si lo que había dicho era o no verdad.
—Vaya noche fea —dijo animosamente.
Jessie sabía que iba a preguntarle si podía ir a verla.
—¿Puedo ir a verte?
Jessie bostezó recalcando la importunidad de la pregunta.
—Hace un tiempo de perros. ¿Qué tal el día?
Pero él consiguió burlar su táctica.
—He pensado que quizás te apetecería tener compañía.
—Lo siento, Alistair, pero estoy trabajando.
Hubo un breve silencio que transmitió todo lo necesario, como gotas de agua fría sobre sus oídos.
—Siempre estás trabajando, Jessie.
—Eso no es verdad.
—Sí que lo es.
Jessie no iba a discutir sobre eso. Llevaban viéndose unos meses de modo esporádico y al principio le gustaba su compañía. Era el encargado de la empresa de construcción de automóviles de su padre, en la que fabricaban biplazas descapotables, y la había introducido en el mundo de las carreras de coches de Brooklands. Era atento y divertido, así que ¿por qué le hacía aquello? ¿Por qué lo apartaba de su vida? Siempre le pasaba lo mismo con cada relación en la que se embarcaba. No me agobies, no te acerques demasiado, no entres y exprimas mi corazón. Si lo haces, yo… Negó con la cabeza.
«Yo, ¿qué? ¿Explotaré? ¿Me convertiré en sapo? ¿En una asesina?».
Nunca aguantaba lo suficiente como para ver qué ocurriría.
Jessie se quedó escuchando la respiración tensa de Alistair al otro lado de la línea y aplacó un poco los humos.
—Bueno, ¿qué me dices del domingo por la tarde? —ofreció ella—. Podríamos ir a dar un paseo por los jardines de Kew. Seguro que los invernaderos nos animan.
—O podríamos ir a cenar después de que terminaras de trabajar esta noche. —Alistair era terco como una mula; lo había heredado de su padre, que era escocés.
—No. —Hizo una pausa—. Lo siento, pero estoy muy cansada.
—Podría llevar un buen filete y cocinar para ti.
—Gracias, pero no, gracias. Te veo el domingo por la tarde.
Jessie colgó el teléfono, enfadada consigo misma por haber sido tan cortante con aquel hombre que acababa de ofrecerle generosamente cocinar para ella. Estaba segura de que nadie le habría ofrecido a Beethoven un Apfelstrudel cuando estaba componiendo su sinfonía Heroica.
Jabez maulló y le dedicó una mirada fría.
—Ya lo sé, glotoncillo, ya sé que prefieres el filete a los arenques.
Le acarició el lomo azabache al animal, despertando en este un ronroneo y a sabiendas de que podría estar haciéndole lo mismo a Alistair.
«No te confundas, Jessie; tú no eres Beethoven y esto no es ninguna sinfonía».
Observó la hoja de bocetos que tenía enfrente. Suspiró y la cruzó con una línea gruesa negra para que se uniera al resto de papeles del suelo. Nunca estaba lo suficientemente bien. ¿Sería eso lo que Beethoven se diría a sí mismo? ¿Le parecería que su música estaba bien alguna vez? Siempre encontraba el mismo abismo entre lo que veía en su hoja y lo que tenía en mente. Cogió una hoja limpia y se la puso delante; seguiría toda la noche hasta estar satisfecha con el resultado.
Nuevamente el teléfono cobró vida, y en aquella ocasión respondió rápidamente.
—Hola, Alistair —dijo—. Ese filete suena…
—Hola, Jessica.
—¡Papá!
—Necesito que vengas ahora mismo.
Su padre era el tipo de persona al que no le gustaba hablar de temas triviales.
—Aún no he terminado tus diseños, así que…
—Ahora mismo, Jessica.
Incluso para tratarse de su padre, sonó muy brusco. La noche era oscura y húmeda, y Beckenham estaba a una hora en coche.
—¿No puede esperar? —preguntó.
—No.
Una sola palabra, eso fue todo. Suficiente como para poder percibir el miedo que guardaba en su interior y para ponerle los vellos de punta. Su padre nunca le temía a nada.
—¿Qué pasa, papá? ¿Qué ha pasado?
Solo hubo silencio y Jessie sintió cómo se le acumulaba algo bajo las costillas y le presionaba el pecho.
—Tu hermano ha desaparecido.