41

La camioneta no se detuvo. Aminoró la velocidad, salpicando arena mientras las enormes ruedas intentaban aferrarse al suelo y sortear las subidas del terreno. La puerta trasera se abrió de golpe. Solo un tonto intentaría escapar en aquel entorno inerte, y sabían que Jessie no era ninguna tonta.

¿No era ninguna tonta? ¿Y qué estaba haciendo atada en la parte trasera de una furgoneta conducida por hombres que tenían obvias instrucciones de deshacerse de ella? Una bala en la cabeza, enterrar el cuerpo en el desierto, lejos de toda señal de vida… Fareed había terminado con ella. En su escondite en la cueva seguiría luchando para proteger la herencia de su país de los ladrones y levantar el yugo del gobierno británico que reposaba, amenazante, sobre el cuello de Egipto, y ella no lo culpaba por ello. Le había sacado todo lo posible y, cuando ya no le era de más utilidad, cuando ya no servía más que para unirse al montón de desechos de la ciudad, había dado la orden.

Ella no lo culpaba, pero eso no significaba que estuviera de acuerdo con él. Incluso con más urgencia que antes, debía encontrar a Tim. Debía advertirlo.

El amanecer había pintado el suelo del desierto de un color rojo vivo como el de la sangre y la calidez del sol tentaba a las serpientes y los escorpiones a salir de sus agujeros para disfrutar de otro día abrasador. No hacía nada de viento, a excepción del que provocaban las ruedas al derrapar por la arena y el esquisto.

Jessie se acercó más a la puerta trasera. El polvo le golpeaba la cara y deseó poder usar las manos para cubrirse, pero desear algo era un esfuerzo inútil. Respiró hondo, relajó los hombros, eligió un momento y saltó.

Estar sola en medio del desierto no era como se lo había imaginado.

El vacío se lo esperaba. Las rocas áridas y la increíble soledad eran parte de las imágenes del desierto que tenía en la cabeza, las mismas que había ido extrayendo de las fotografías y dibujos de las caravanas de camellos y de Lawrence de Arabia recorriendo aquellas mismas arenas.

Para lo que no estaba preparada era para el silencio que la aplastaba; el incesante silencio sobrecogedor que le reducía la mente a polvo y le nublaba cualquier intento de pensamiento. Le sorprendió la facilidad con que la había privado de lo que la conformaba, lo que la hacía ser la persona que era: su mente racional y su habilidad para pensar. El silencio reptaba por los recovecos de su mente y extendía sus tentáculos hasta que el solo acto de parpadear suponía un gran esfuerzo.

Y con el silencio, llegó el miedo. Frío, irracional, implacable.

Miedo a nadie y a la nada; miedo a todos y a todo. La acechaba, subía por la piel desnuda de sus piernas, le clavaba sus astillas en el corazón y le arañaba la lengua. El miedo se agarraba a su mano y no la dejaba ir.

Aquello no se lo esperaba.

A medida que el sol se deslizaba por el horizonte y se elevaba, las sombras se acortaban y los colores del desierto iban cambiando. Los rojos se volvían marrones, los amarillos se mezclaban con los beige apagados que empujaban a los violetas y grises hacia las oscuras grietas de debajo de las rocas.

Vio el rastro en zigzag de una serpiente.

«Concéntrate. Tú concéntrate en salir de aquí».

Con mucho esfuerzo, fue cavilando que los valles de las tumbas debían de estar situados al oeste del Nilo, así que seguramente el sistema de cuevas de Fareed estaría más al oeste incluso. Concluyó, pues, que debía caminar hacia el este. Si seguía en esa dirección, tendría que toparse en algún momento con el Nilo y sabía en qué dirección estaba el este, ya que era por donde el sol estaba saliendo.

Lo que no sabía era cómo estaba de lejos ni cuánto tardaría.

Fue poniendo un pie delante del otro y caminando.

La arena le irritaba los pies. Era imposible mantenerla fuera de los zapatos y de la mente. Había perdido el sombrero en las cuevas, pero seguía conservando el bolso, que llevaba en bandolera. Decidió perder algo de tiempo en buscar el cortaplumas para cortar la soga que le ataba las muñecas; fue difícil y le costó un buen tajo en el pulgar, pero cuando finalmente consiguió romper la cuerda, fue todo un logro.

Ya tenía el control.

Sacudió los brazos doloridos y entrecerró los ojos para conseguir ver mejor ante el resplandor que la cegaba. Solo veía salientes de roca virgen que no parecían acabar jamás; se extendían y extendían hasta la eternidad.

«No. Ni lo pienses».

Negó con la cabeza y se arrepintió inmediatamente. Empezó a dolerle muchísimo y supo que el sol le freiría el cerebro si no hacía nada para evitarlo. Se tocó con los dedos el pelo y se sorprendió al comprobar el calor que desprendía. Sintió también cómo le ardían las mejillas, y sacó el pañuelo de seda del bolso y se lo ató alrededor de la cabeza.

El sol abrasador le absorbía la humedad del cuerpo a un ritmo alarmante, desecando y deshidratándole los órganos vitales, pero Jessie no se detuvo. Un paso, otro paso, subir una colina de gravilla, bajar por la ladera de pedregal. Entró en un uadi seco al que habían llegado enormes rocas por la corriente del río y se agachó unos instantes allí aprovechando la sombra de una gran piedra erosionada. Se quitó la enagua y se la envolvió también alrededor de la cabeza, justo encima de los ojos, para atenuar el resplandor.

Tenía la garganta reseca y la lengua se le hacía cada vez más grande en el interior de la boca, igual de pesada y difícil de manejar que una almohada. Cogió un guijarro redondeado y se lo metió en la boca, sintiendo en un principio arcadas por su sabor amargo como si un camello hubiera orinado encima, pero era justo el sabor del desierto, lóbrego y amargo en su lengua. Chupar el guijarro le dio un poco de humedad en la boca.

«Monty».

Su nombre fue como una ráfaga de aire en su mente. ¿Qué estaría pensando? ¿Qué estaría haciendo? Estaría poniendo patas arriba Lúxor, irrumpiendo en cada casa intentando encontrarla. No te alejes de mí, le había dicho.

«Monty, lo siento, ya voy de vuelta».

Al pensar en él, apresuró el paso. Sobre ella, el cielo era una inmensidad de azul intenso que parecía abarcar todo el mundo, excepto por una fina capa de arena sobre la que Jessie intentaba sobrevivir. No le extrañaba que Fareed hubiera establecido su centro de operaciones allí, donde solo los escorpiones se aventuraban a adentrarse. Mientras caminaba, repasaba en su cabeza la conversación que había tenido en la cueva estudiando minuciosamente todas las palabras del hombre; le atemorizaban. Solo era cuestión de tiempo que soltara a los galabiyas negras de la casa que estaban vigilando.

Subió con gran esfuerzo un montículo empinado de arena resbaladiza y no pudo contener la esperanza de ver desde la cumbre algo distinto en la distancia. El corazón se le vino abajo cuando vio que no había más que desierto; este la había absorbido y no estaba dispuesto a dejarla escapar jamás.

Pasaba por encima de serpientes, montones de ella, y cuando parpadeaba veía que no eran más que ondas en la arena. El corazón le latía ruidosamente; estaba viendo cosas. Árboles que movían sus ramas al viento, un apetecible lago de agua fresca flotando en el cielo, escarabajos escabulléndose entre los dedos de sus pies y subiéndole por las piernas… Lo peor era la cabeza de Tim; seguía flotando aislada del cuerpo sobre las cimas y riscos, girando como una pelota de fútbol por los barrancos o medio enterrada entre las olas de arena. Siempre con los ojos muy abiertos.

Intentó ser racional. ¿Cuánto podría la deshidratación deformar el cerebro?

No lo sabía. El paisaje parecía vibrar con el calor y el desierto se desdibujó a su alrededor. Perdió la noción del tiempo y pasó horas sin pensar en nada más que en colocar un pie delante del otro. Sintió que algo comenzaba a crecer en su interior, algo cálido y rígido en su pecho, y le costó darse cuenta de que se trataba de odio. Odio al sol que le martilleaba la cabeza, al desierto que no cesaba, a cada grano de arena y polvo que le arañaba la piel, a Fareed, a su fervor moral y su pasión por su país… Lo odiaba por tratar de ser justo en ese aspecto.

Se aferró a ese mismo odio, lo sostuvo contra su pecho y empleó su fuerza para continuar. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el cielo comenzaba a oscurecerse y, tras las horas que había estado siguiendo al sol, se derrumbó y cayó sobre las rodillas en el cauce de un uadi rocoso, y gritó para liberar su ira. Levantó una piedra para arrojársela al sol burlón e incisivo del oeste.

De pronto notó un pinchazo en la mano. Tiró la piedra al suelo y vio a una criatura oscura con forma parecida a la de un cangrejo alejarse de ella; era un escorpión.

—Montague, para. Acabarás matándote.

Monty no iba a matarse, ni tampoco a parar. Estaba buscando por la orilla del río en cada cabaña, casa de adobe y barco. Había una hilera de casas barco a lo largo del Nilo y entró en cada una de ellas haciendo uso de todo su encanto inglés y de una buena cantidad de dinero cuando este atractivo no funcionaba. Se había convencido a sí mismo de que el Nilo era la clave, así que la acción lógica era buscar por la ribera.

—¡Jessie, Jessie!

Gritaba su nombre, pero no encontraba respuesta.

Se dirigía a una casa de adobe con el tejado de estera que estaba aislada del resto y le parecía prometedora.

—Montague, maldito idiota. Lo que estás haciendo es peligroso, estás buscando problemas.

—¡Jessie! —gritó.

—¿Me escuchas o es que estás sordo?

—Te escucho, Maisie.

—Esto no sirve de nada.

Por primera vez desde la desaparición de Jessie, algo lo hizo reaccionar y se detuvo en seco. Maisie tenía razón, aquello no estaba ayudando en absoluto. Lo único que estaba haciendo era bloquear la realidad, reemplazar el dolor con actividad en un intento por olvidar que la había dejado sola cuando más lo necesitaba. Aquella búsqueda a ciegas no era el modo de encontrarla; incluso él sabía esto.

—Montague —dijo Maisie tomándolo por la solapa—, ¿qué harías si fueras persiguiendo a un zorro?

Monty frunció el ceño a su figura esbelta.

—Seguiría a los perros de caza.

—Bien —dijo, y lo sacudió—, hagamos eso.

Jessie oía a la figura junto a ella como un suave murmullo en la arena. Su propia sombra se alargaba mientras el sol suspiraba y se hundía en el horizonte que se dibujaba a su espalda, así que le sorprendió que la figura no proyectara sombra.

Cuando giró la cabeza se dio cuenta de por qué. Serket había ido hasta ella. Le llevó un gran esfuerzo decidir si aquello era bueno o malo. Le dolía muchísimo la mano y el veneno se le estaba extendiendo por el brazo y le quemaba la piel. Se la había atado con la blusa alrededor del pecho, manteniendo la mano por encima del corazón. Se repetía sin cesar que la mayoría de las picaduras de escorpiones no eran fatales, pero su mente seguía argumentándole que ¿y si ese era uno de los escorpiones egipcios de veneno mortal? ¿Qué pasaría? No debería estar bombeando el veneno por todo el cuerpo al caminar, sino descansando.

Si descansaba, moriría.

Le habían salido verdugones en la piel del brazo que parecían quemaduras. Se le nublaba la visión, con lo que tropezaba entre las piedras y perdía el equilibrio en las dunas de arena, así que estaba constantemente cayéndose de rodillas, siendo absorbida por el paisaje distorsionado de su alrededor mientras oía un sonido sibilante que le emanaba de la boca seca.

Y allí estaba Serket.

Diosa e hija de Ra, era hermosa e iba vestida de rojo, con el pelo oscuro y un anj en la mano, el símbolo egipcio de la vida, porque Serket puede matar, pero también puede curar. En la corona lleva un enorme escorpión y su nombre se puede traducir por «la que facilita la respiración en la garganta» o «la que hace a la garganta respirar». Es portadora de vida o de muerte. Serket había venido a por ella.

Sir Montague Chamford, señor, tengo buenas noticias para usted. He descubierto quién es Anippe Kalim.

—Yasser, es usted un hombre de gran habilidad.

—Alá es poderoso y bondadoso en otorgar su bendición —vociferó Yasser, pero tenía la mirada aguda y más ansiosa que antes.

—¿Sabe entonces dónde vive esa mujer? —preguntó Maisie Randall, y rechazó el té de menta con cara de pocos amigos—. Vamos, suéltelo, ¿dónde podemos encontrar a la chica?

El joven y atractivo egipcio centró su atención en Monty.

—No son todo buenas noticias, bey.

—¡Sigo esperando!

—El precio ha subido.

—¿Qué?

—No me contó que Anippe Kalim está tratando con gente peligrosa.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Es una estudiante de Arqueología de la Universidad de El Cairo. Cuando estudiaba allí, formaba parte de un grupo revolucionario conocido por los métodos violentos que utiliza para conseguir sus objetivos.

—Y ¿cuáles son sus objetivos?

—Expulsar de Egipto a las fuerzas invasoras y devolverle el poder a los egipcios. —Pronunció las palabras con un tono de voz apagado que no mostraba ni un ápice de su opinión personal al respecto—. No es gente a la que se deba importunar, bey.

—¿Por qué estarían interesados en Jessie Kenton?

—Eso no lo sé, lo siento.

—Y ¿dónde tiene esa organización revolucionaria su centro de actividades?

—Nadie lo sabe con certeza, pero hay rumores.

Monty suspiró con teatralidad; Yasser estaba jugando bien. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera, pero fue Maisie quien se cruzó de brazos y se dirigió a Yasser con firmeza.

—Escuche, hijo. Estamos hablando de la vida de una joven. Quiero que se meta eso bien en la cabeza. Esto no es un juego para ganar más dinero, soltando migajas de información hasta que el señor Montague rebusque más en el bolsillo. Es la vida de una joven, Yasser. ¡No lo olvide! Imagine que fuera su hija.

El egipcio se quedó atónito ante la explosión de Maisie y, por primera vez, Monty se acercó más de lo que la prudencia observaba. Estaba una cabeza por encima de la de Yasser y podía oler el aceite para el pelo de este.

—¿Cuáles son esos rumores? —exigió saber.

Yasser miró rápidamente de Monty a Maisie y viceversa, y sonrió.

—Se habla de unas cuevas en algún lugar alejado al oeste. —Inclinó la cabeza respetuosamente hacia Maisie—. Señora Randall, tengo una hija, mi pequeña Rabiah. Es mi tesoro; que Alá la bendiga.

—Pues ayúdenos.

—Les advierto que hay historias que hablan de camionetas que el desierto se traga si se aventuran en él. Incluso caravanas enteras de camellos han desaparecido. La gente lo teme; algunos dicen que Set, el dios del desierto, se venga de los no creyentes que le roban sus secretos.

—Eso son paparruchas, y lo sabe tan bien como yo —afirmó Monty.

Yasser se encogió de hombros.

—Aun así, es peligroso, bey.

—Si conseguimos rastrear a Anippe —insistió Monty—, encontraremos a Jessie.

—Ojalá sea así.

—Y si encontramos a Jessie —añadió Maisie—, pronto daremos con su hermano.

Monty tuvo la sensación de que algo se había colado en la estancia. Se giró hacia ella y la expresión de la mujer había cambiado y se había suavizado bajo la luz difusa que entraba por las rendijas de la ventana, pareciendo por primera vez más humana que garza.

—¿Cómo sabe lo de su hermano? —preguntó Monty.

—Me habló de él en El Cairo.

—¿De verdad?

—Sí, la pobre estaba muy preocupada por haberlo perdido. Pero yo le decía todo el tiempo que todos perdemos cosas, cariño, así es la vida. Lo que tenemos que hacer es aprender a vivir sin ellas.

Monty volvió a dirigirse a Yasser.

—¿Alguna información acerca del paradero de Timothy Kenton?

—No, señor. Creo que debe de estar equivocado; no está en Lúxor, o yo lo sabría.

Parecía sincero, pero Monty no lo creyó en ningún momento. Algo le había dado mala espina y un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras contemplaba la calle en el exterior y a un burro masticando hierba sobre la arena.

—Yasser —dijo con firmeza—, la naturaleza del hombre es querer sobrevivir, ¿no es así?

—Ciertamente, señor. —Sus palabras reflejaban turbación.

—Entonces asumamos que la señorita Kenton está sobreviviendo. Puede que usted haya dado por perdidas sus oportunidades, pero no así yo, y pretendo encontrarla.

—No es una decisión sabia, Sir Montague. —Negó con la cabeza afectadamente.

Monty perdió la paciencia.

—¡Usted encuéntreme un maldito camello!

Maisie descruzó los brazos.

—Y otro para mí.

La luna se cernía sobre Jessie. Era tan amplia y brillante que temía que se le cayera encima. Su luz se adentraba y emanaba de los recovecos del desierto, convirtiéndolos en suaves pliegues plateados que la invitaban a tumbarse y descansar.

Tenía frío, tanto que no se sentía los pies ni podía eliminar la neblina de la mente, y sus oídos estaban repletos del murmullo ahogado del desierto. Las vibraciones de este recorrían su cuerpo y las viejas rocas que pisaba. A veces miraba a su alrededor, sobresaltada, convencida de que esa vibración provenía de los cascos de los caballos, pero nunca había nada más que rocas y riscos y el sabor de la arena entre los dientes.

Le quemaba el brazo, pero no fue hasta que se derrumbó cuando sintió que Serket la había abandonado. La diosa se había ido; la había dejado sola. Entonces empezó a sospechar que podría haber muerto ya. Si Serket había desaparecido, era porque había completado su tarea con el veneno y el aguijón, y ahora Jessie vagaba en la oscuridad de la Duat, el averno plagado de monstruos y demonios, a la espera de que su alma fuera contrastada en la balanza con la pluma de la diosa Maat.

Echó la cabeza hacia atrás y emitió un alarido al manto nocturno y, por respuesta, encontró una estrella fugaz que cruzó los cielos a tal velocidad que la habría perdido en un parpadeo. Aquello la hizo ponerse de pie de nuevo y continuar su camino. Mientras tuviera algo de aliento en el cuerpo, seguiría caminando, porque en la Duat no había estrellas fugaces.

Algo le tocó el brazo infectado. Jessie respiró hondo, pero no se atrevió a apartar la vista del terreno sombrío por el que pisaba por si volvía a perder el equilibrio. Las caídas se sucedían, y la aturdían y desconcertaban.

—¡Jessie!

No se detuvo a asimilarlo.

«Sigue caminando».

Había oído un millar de veces en las últimas horas a Monty susurrarle su nombre al oído y ya se había convencido de ignorarlo.

—Jessie.

Le caían lágrimas por las mejillas, cálidas sobre el rostro helado. Podía sentir su respiración, el roce de su hombro, y fue consciente de la calidez de su pecho al acercarla a él. Supo entonces que había perdido la cabeza por completo y que la realidad se había convertido en algo que ella misma fabricaba.

—Monty —dijo casi sin aliento.

De nuevo oyó el suave susurro.

—Jessie.

Pero no era Monty. Olió la galabiya que llevaba aquella persona y el gruñido de un camello. No podía ser Monty. Cuando la levantaron unos brazos fornidos, alargó con fuerza el brazo sano y oyó un quejido de dolor. Quería ver otra estrella fugaz que le demostrara que no había muerto, pero la oscuridad se extendía desde ella, gélida como la noche del desierto en su cabeza.

Monty no podía apartar los ojos de ella. Su rostro sobre la almohada estaba convulsionado, su piel cremosa, quemada por el sol y sus labios, secos y cuarteados, pero el doctor le había dado algo para que durmiera y le aliviara el dolor. Ahora yacía en calma. El terrible quejido cesó y su cabeza se quedó en paz, reposada, en lugar de seguir moviéndose de un lado a otro.

—El doctor ha dicho que ha sido una picadura de escorpión, pero que se recuperará en unos días, así que no estés tan abatido. —Maisie le dio un toquecito en el hombro—. Te aventuraste en el desierto corriendo a lomos de un maldito camello, ¿no es así? Ya tienes una buena historia de Lawrence de Arabia para contarle cuando despierte.

—Lo sé. Es fuerte. —Pero no podía apartar la mirada de ella. Le aplicó delicadamente un ungüento en los labios—. Pero el brazo está muy mal.

—Como una maldita tabla; pobrecilla.

—Maisie.

—¿Qué?

—Gracias.

—No seas idiota. —Le volvió a dar un empujoncito amigable—. Fuiste tú quien salió de cacería.

—Siento que no te dejaran venir conmigo, pero habría sido demasiado arduo para ti.

Maisie sonrió.

—Lo que usted, Sir Montague bey, sea capaz de hacer, también lo haré yo, eso seguro.

—Te creo.

—¡Estúpidos conductores de camellos con toallas en la cabeza! ¿Por qué dirían que yo les traería mala suerte?

—Supongo que era una excusa, Maisie. No querían ir con una mujer.

Maisie resopló molesta, pero Monty supo que era más teatro que otra cosa.

—Aún no sé cómo la encontraste ahí fuera en mitad de la noche.

—Hice lo que me dijiste, seguir a los perros de caza. Le pagué bien a Yasser y encontró a un hombre de la zona lo suficientemente atrevido como para llevarme a la zona de las cuevas. Era un experto rastreador, incluso a la luz de la luna.

—Suerte que estaba llena.

—Sí. —Tomó la mano vendada de Jessie en la suya—. Tuve mucha suerte. Bicho malo nunca muere.

Maisie rio.

—Estos encopetados… Tienen más descaro que sentido común. Podrías haber muerto.

Monty acariciaba los dedos hinchados de Jessie.

—Tuve suerte.

No quería contarle la verdad: que se había quedado de pie en el doloroso silencio del desierto, esperando oír y seguir los latidos del corazón de su amada.