27

YO SOY AQUEL QUE CRUZA EL CIELO, SOY EL LEÓN DE RA. SOY EL ASESINO.

No era exactamente el recibimiento que Monty esperaba encontrar. Las palabras, de unos treinta centímetros, estaban grabadas en el enorme arco de entrada de mármol que daba al impresionante recibidor del palacio. Estaba claro que el príncipe Abdul no se quedaba atrás cuando se trataba de revelar su mensaje, reforzado con los dos leones de bronce a tamaño natural que ocupaban ambos extremos de la inscripción.

—Es del Libro de los muertos —le dijo en voz baja Jessie—. Forma parte de la lista de invocaciones usadas en el Antiguo Egipto para ayudar a los muertos a sobrevivir en el largo viaje por el inframundo para llegar a la vida después de la muerte. Era muy importante para ellos.

Monty se quedó mirándola sorprendido.

—Así que no soy el único que alberga conocimiento inútil, por lo que veo.

—Esto pasa cuando tienes un hermano egiptólogo, que algo se acaba pegando.

A Monty le costaba mirarla, y no mirarla también. No mostraba ningún signo de fatiga a pesar del largo viaje de los tres días anteriores. Llevaba puesto un vestido sencillo veraniego, un diseño simple que dejaba ver su cintura delgada y la hacía parecer fresca y jovial. Se había envuelto un chal de elegante encaje alrededor de los hombros que provocó que otras mujeres se volvieran para contemplarlo. Los hombres también se volvían a mirar, pero no por el encaje.

—El dios león Aker custodia las puertas del averno, la Duat —le amplió Jessie—. El sol debe atravesarlo cada día; es todo ese asunto de la muerte y el renacer.

Monty levantó la ceja.

—Esperemos que esta noche vaya solo sobre el renacer, ¿no? Eran tremendamente horripilantes estos egipcios antiguos.

Contempló cómo Jessie sonreía a su comentario. Observó la postura de su cabeza, con la garganta bien colocada y casi tan pálida como el encaje. Se recreó en su pelo —recogido hacia un lado con una horquilla de nácar—, el modo en que lo movía, como si cada mechón poseyera energía y vida propias. Estaban en una fila recta de invitados que iban avanzando poco a poco, esperando a ser recibidos y debidamente presentados a su anfitrión, el príncipe Abdul al-Hakim, así que Monty se tomó su tiempo para contemplar lo que lo rodeaba y apartar la vista de ella.

«No hay una sola palabra que sea capaz de describir un palacio árabe», pensó. Suntuoso, resplandeciente, dorado, luminoso… Ni siquiera todas ellas juntas servirían a menos que se combinaran con desmedido, ostentoso y completamente idiosincrásico. Treinta y cuatro enormes columnas revestidas de una compleja filigrana de oro se elevaban sobre los invitados, mientras que las paredes de mármol que los envolvían estaban recubiertas de telares dorados. En el suelo se extendían innumerables alfombras persas y, cubriendo los enormes sofás, había materiales deslumbrantes adornados con piedras preciosas de color rojo y cuentas de color azul eléctrico. Las cobras de latón levantaban la cabeza en los rincones y las pieles de los guepardos yacían ajenas a todo en el suelo.

Era un mundo construido con colores vibrantes, como si tratara de desprenderse de la insaciable desolación del árido desierto que lo rodeaba tan solo unos metros más allá. ¿De eso se trataba? ¿Sería que la gente de El Cairo, mientras rondaba por sus calles de noche, oía el susurro y el suspiro de la arena al moverse incesantemente con el viento?

Alrededor de la enorme sala había unas cien sillas de ébano tallado con reposabrazos con forma de esfinges y enormes zarpas de león en las patas que le recordaron a Monty a Coriolanus, en casa, frente a la chimenea de su amo. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue la multitud de invitados. Hizo una mueca sardónica ante la visión de la flor y nata de El Cairo; los nobles colonos habían salido para lucir sus mejores prendas: elegantes vestidos, chaquetas de fiesta y uniformes militares de Savile Row, en Londres, de todos los colores y naciones posibles; olor a brillantina para el pelo y a cigarros, a perfume caro; sonrisas fingidas que se dirigían sin ton ni son hacia el arco de entrada y llevaban con ellas el sonido de la falsedad y las risas.

—Llamo la atención sin el uniforme apropiado —le dijo Jessie en voz baja.

—Te van a colocar en un rincón y a echar los dátiles podridos, creo.

Ella rió y se adelantaron, colocándose junto a un hombre con uniforme militar italiano que le sonrió a Jessie de un modo que a Monty no le gustó en absoluto, y le dijo: «Buona sera». Sí que llamaba la atención, estaba en lo cierto, pero no porque no fuera de gala. De repente, Monty se encontró dándole la mano al príncipe Abdul, una costumbre occidental que, obviamente habría adoptado por cortesía hacia los dirigentes de los países.

—Bienvenido, Sir Montague —dijo el príncipe amablemente con un acento impecable—. Es un honor para El Cairo recibir a un visitante tan distinguido.

—Gracias, alteza. Es mi primera visita a El Cairo y he agradecido mucho la invitación de esta noche.

El príncipe era un hombre bien alimentado de unos cuarenta años, con una amplia túnica blanca y una kufiya, ambas prendas bordadas por el dobladillo con motivos tradicionales del Antiguo Egipto. Recorrió con la mano —los nudillos le pesaban por las piedras de oro que llevaba— la habitación concurrida, aireando la túnica como una bandada de garcetas sobre el Nilo.

—Disfrute de la velada —dijo con voz resonante tras la espesa barba—. Que Alá bendiga su primera noche en el precioso corazón de Egipto, Sir Montague.

—Gracias, sois muy generoso. Me gustaría presentaros a mi compañera de viaje, la señorita Jessica Kenton.

Para tranquilidad de Monty, Jessie estuvo atenta a las circunstancias y no le ofreció la mano a un hombre musulmán, sino que se tocó con la mano el corazón y dijo:

—Es un honor conoceros, alteza.

El príncipe mostró sus espléndidos dientes al contestar con una sonrisa:

—El placer es mío, señorita Kenton.

Debían seguir andando, ya que el siguiente invitado esperaba tras ellos, pero Jessie se quedó pasmada en el sitio hasta que Monty le tocó el codo.

—Alteza —dijo ella con sus enormes ojos azules fijos en su anfitrión y los labios curvados en una sonrisa respetuosa mientras se inclinaba unos centímetros más de lo apropiado—, poseéis un gran conocimiento de vuestro país, de sus costumbres y problemas. Estáis bien informado. —Hizo una pausa.

Monty sintió que el corazón se le salía del pecho y se colocaba en algún lugar detrás de los dientes.

«¡No, Jessie!», pensó, y le apretó más el codo.

El príncipe inclinó su cabeza real.

—Conoce sus secretos —añadió Jessie con suavidad.

Los ojos negros del príncipe se estrecharon.

—¿Qué quiere decir?

—Sabíais que Sir Montague estaba aquí casi antes de que llegara.

—Mi estimada señorita Kenton —dijo, con una sonrisa ensayada que desvelaba de nuevo sus dientes impolutos, pero sin sufrir ningún cambio en la mirada—, sobrestima mi presciencia, se lo aseguro.

—Lo dudo mucho —le contestó Jessie sonriente, y se echó hacia atrás el cabello rubio. Al instante, los ojos de lobo del desierto del príncipe se hundieron hasta la garganta de Jessie—. Estoy buscando a alguien.

«No, Jessie, no sabemos nada de este hombre».

—Estoy buscando a un amigo muy querido que ha venido a El Cairo hace poco, Sir Reginald Musgrave.

—Espero que encuentre a su amigo, señorita Kenton, inshallah. ¿Qué le hace pensar que puedo saber algo sobre ese tal Musgrave?

—Pensé que quizás lo habría invitado a una de sus recepciones. Un joven tan noble y distinguido como él estaría muy honrado de conocer al reciente y respetado príncipe Abdul al-Hakim.

El anfitrión se rió entre dientes.

—Nada me agradaría más, señorita Kenton, que poder serle de ayuda, pero Alá todopoderoso no me ha bendecido con ojos para ser testigo de todo lo que ocurre en esta gran ciudad, así que lo siento, pero no puedo ayudarla.

Jessie volvió a tocarse el pecho con la mano.

—Muchas gracias por su tiempo. —Se hundió en una reverencia y, finalmente, permitió a Monty tirar de ella.

—¿Qué demonios intentabas? —le preguntó Monty mientras entraban en la sala concurrida—. Creía que la idea era mantener en secreto la búsqueda.

—Él sabe quién entra y sale de su país perfectamente.

—Mi dulce Jessie, de eso no podemos estar seguros.

—¿Un barón de decimosegunda generación? ¿El famoso Sir Reginald? Claro que lo sabe, al igual que sabía que tú estabas aquí.

—Aunque eso sea así, no quiere decir que sepa dónde está Tim ahora mismo, ¿no?

—No.

Pero Monty supo en ese momento que ese no era el objetivo de su actuación con el príncipe.

—Empezará a hacer indagaciones, ¿verdad?

Ella asintió.

Monty recordó el modo en que el príncipe Abdul había mirado a su encantadora joven visitante de Inglaterra. Había conseguido tensarle la mandíbula y que estudiara su rostro anguloso y elegante con ojos recelosos. ¿Hasta dónde estaba Jessie dispuesta a llegar para encontrar a su hermano Tim? Mientras maldecía entre dientes, Monty cogió dos copas de champán de una bandeja que pasó por su lado.

—Entonces —dijo él con una mueca—, ¿qué esperas encontrar?

Ella aceptó la bebida con los ojos brillantes.

—Espero descubrir bajo qué piedra se esconde la serpiente.

—Las serpientes —le dijo él a modo de recordatorio— muerden.

Monty se aseguró de ser amable con todo aquel que se le acercara para descubrir quién era el recién llegado con un título pegado a su nombre y la chica llamativa de su brazo.

Mientras la música egipcia sonaba de fondo, él se encargaba de sonreírle a los generales y capitanes del ejército, asentir a los aburridos diplomáticos británicos y escuchar atentamente a un apasionado Herr Zimmermann, de la delegación alemana, hablar sobre la inminente subida al poder de Herr Adolf Hitler en lugar del ya senil mariscal de campo Hindenburg. Sin embargo, lo que Monty quería era relacionarse con los egipcios. La mayoría de ellos iban vestidos con ropas occidentales y cuellos altos, pero algunos sí mantenían sus túnicas tradicionales, que hacían que los europeos parecieran gorriones sosos a su lado.

Se movía elegante y discretamente entre los grupos de invitados, dejando caer de vez en cuando el nombre de Musgrave en la conversación, pero sin obtener nada a cambio. Aquello sí le pareció muy raro a Monty; los informantes deberían haberlo detectado, ya fuera por parte de las autoridades británicas o egipcias, pero parecía haberse colado por alguna rendija de la red. Aquello le provocó una corriente fría que le recorrió la espalda y, con la excusa de ir a buscar otro brandy, consiguió zafarse de la cháchara. Ya era suficiente, demonios. Se dirigió a un hombre calvo que estaba cerca de una de las ventanas con forma de arco y que lo observaba cuidadosamente tras el borde de un vaso de whisky. Para horror de Monty, ya se habían encargado de apartar a Jessie de su lado un par de los dos vestidos más glamurosos de la fiesta y apenas podía verla con claridad al estar retenida por un puñado de chaquetas de fiesta blancas muy atentas. Una visión fugaz del encaje y el resplandor del nácar era lo único que tenía de ella de vez en cuando.

—Buenas noches, embajador —dijo, ofreciéndole la mano—. Nos conocimos en Londres la pasada primavera.

—Refrésqueme la memoria, joven. —El acento americano era suave como la miel, y se dio unos toquecitos en la sien con el vaso—. Tengo la mente abarrotada de nombres.

Monty sonrió amablemente.

—No me extraña. El mío es Montague Chamford.

—Ah, sí, usted es el nuevo tipo que hace a las mujeres airear sus ridículos abanicos. Un lord o un caballero del reino, ¿no es así? Algún maldito título de esos, ¿no?

—Algo así. Dígame, señor, ¿qué tal están las cosas por aquí ahora mismo?

El embajador William Jardine era un hombre poco común. Era increíblemente pragmático, así como muy académico; un chico de granja de Idaho venido a más. Sus pasiones eran la agricultura y la educación, y había hecho un buen trabajo como secretario de Agricultura bajo el mandato del presidente Calvin Coolidge. Sin embargo, la política siempre es un juego sucio y dos años atrás, bajo la administración de Herbert Hoover, le habían asignado el puesto de embajador americano en Egipto, donde su amplia experiencia en el ámbito de la agricultura podía ser de gran utilidad. Monty sentía respeto por el juicio de aquel hombre.

Jardine se rascó una de sus grandes orejas antes de decir:

—Estamos en un momento de frágil estabilidad en este triángulo de poder, Montague, eso puedo asegurárselo. —Levantó tres dedos—. El poder británico, el rey Fuad y el partido nacionalista Wafd. —Entrelazó los dedos—. Ustedes los británicos deberían andarse con mucho ojo. No paro de repetírselo al presuntuoso de Percy, pero ¿me hace caso? Bah…

—¿Al presuntuoso de Percy?

Jardine apuró la copa de bourbon y dijo gruñendo:

—Demonios, chico, ese al que llamamos su embajador, el señor de todo lo que controla, el mismísimo Sir Percy Loraine.

El hombre hizo un gesto con la cabeza en la dirección de un caballero de aspecto distinguido que ocupaba el centro de la sala, con el cabello reluciente y oleaginoso peinado hacia atrás y un hoyuelo en su prominente barbilla. Para sorpresa de Monty, una esbelta figura con vestido blanco y una horquilla de nácar estaba a su lado, hablando atentamente con él.

—Pero yo había oído que estaba trabajando junto con el rey Fuad para otorgarle más control sobre el Gobierno, para darle Egipto a los egipcios —señaló Monty.

—A los egipcios ricos, querrá decir. El hombre es un zopenco, un burro, y no crea que le estoy contando nada oculto a sus espaldas, porque esto mismo se lo digo directamente a él a la cara. Se está buscando problemas en casa; en realidad nos los busca a todos al meterse con los nacionalistas.

—¿Con el partido Wafd?

—Exacto.

Un sirviente mudo con túnica de color rojo vivo, un fajín blanco y gorro se situó sigilosamente junto al embajador y le ofreció una bandeja con vasos de whisky. Era obvio que los gustos del embajador eran bien conocidos por todos.

—¿Bourbon? —preguntó Jardine para asegurarse.

—Claro, efendi.

—Coja uno, joven —le dijo Jardine a Monty—. Lo necesitará, se lo aseguro. Ayuda a lubricar la garganta en este maldito país de arena.

Monty aceptó la bebida. Mientras daba un sorbo, se preguntó cuán cerca del suelo tenían los americanos los oídos.

—¿Se ha cruzado, por casualidad, con un joven inglés amigo mío? Sir Reginald Musgrave es su nombre.

—¡Otro encopetado inglés! Por Dios bendito, El Cairo se llena todos los años por esta misma fecha de personajes como usted que huyen de su horrible tiempo. —Miró a Monty con más detenimiento—. ¿Cómo es ese amigo suyo?

—Es rubio, ojos azules, arqueólogo…

—Ah, uno de esos… No, no puedo ayudarlo con eso. Bueno, quizás ha ido río arriba hasta Lúxor. Allí es donde hay más excavaciones. Yo no soy de los que hurgan en el pasado. —Dio un buen sorbo al licor—. El futuro es lo único que cuenta.

Monty levantó el vaso.

—Brindo por eso.

—Ahora discúlpeme, es hora de que vaya a importunar a nuestro ilustre y poderoso anfitrión. Estoy intentando que financie un sistema de riego para los granjeros de la zona.

—Claro. Ha sido un placer verlo de nuevo.

Cuando Jardine estaba a punto de echar a andar, colocó la mano sobre el hombro de Monty con la mirada repentinamente seria y libre de whisky.

—Me parece un hombre inteligente, así que le daré un consejo. El Wafd no es lo que debe preocuparle. El descontento es lo que está surgiendo en las calles; quizás no esté al nivel de la revuelta ocurrida en 1919, cuando el arrebato anticolonial se llevó a ochocientos pobres rebeldes por delante, pero está ahí, y se acerca.

Monty lo escuchó con atención.

—Si no es el Wafd, ¿quién es el culpable?

—Al-Ijwan. Los Hermanos Musulmanes. Son nuevos en el panorama, pero mortíferos. Hassan al-Banna es quien los dirige e incita. A él es a quien hay que observar. Un maldito profesor de escuela, fíjese. Ese es el tipo al que tienen que temerle ustedes los británicos y su enorme ego imperial.

—Gracias por la advertencia, señor.

—De nada. Solo es un consejo amigo. —Se dio un toquecito en el lateral de la nariz—. He oído incluso que están asociados con los nazis. Están distribuyendo traducciones del Mein Kampf, el tratado triunfal de Adolf Hitler.

—¿Para provocar y avivar los problemas con los judíos?

—Exacto, a la primera.

—Otro fracaso para el poder colonial en su camino hacia la derrota.

—Que Dios nos asista. Tome, coja un cigarrillo. Tenemos que disfrutar de las cosas buenas de la vida mientras podamos.

Le metió un cigarro ancho en el bolsillo de la chaqueta y se marchó, perdiéndose entre la multitud.

Monty salió a fumarse el cigarro al balcón. Flanqueado por monstruosas esfinges doradas y negras y por imponentes estatuas de faraones con la mirada perdida —todas con su distintiva frente alta y los ojos almendrados— sintió cómo Egipto le tendía la mano y lo atrapaba, cómo se le aceleraba el pulso. Solo llevaba unas horas allí, por amor de Dios, pero ya se había visto atrapado por la sensación de atemporalidad. Era como si nada hubiera cambiado en miles de años; las ancestrales dinastías habían luchado y matado para conseguir poseer el país, al igual que ese tal Hassan al-Banna y sus seguidores planeaban hacer.

Cuando reposó los codos en la barandilla, observando desde la altura el fragante jardín que se extendía a sus pies, la oscuridad se elevó para saludarlo como el aliento de los dioses ancestrales. Inspiró profundamente, a sabiendas de su poder para manipular la mente, y de repente se le vino a la memoria la imagen de Timothy Kenton con un hilo de sangre saliéndole de la nariz y cayendo a las piedras, con la mano lacia e inerte entre los dedos de Monty.

—¡Timothy! —gritó, con el corazón luchando por salir de entre las costillas—. ¿Me oyes?

Tenía los párpados cerrados como la tapa de un sarcófago.

—Cuidaremos de él —anunció Scott—. Vamos a meterlo en el coche. Ve y lidia con lo demás.

Y Monty así lo había hecho.

El recuerdo lo cogió por sorpresa y dio una calada profunda al grueso cigarro, recreándose en el humo aromático que recorría los senderos de su cerebro. Había tomado la decisión equivocada, pero aún no era demasiado tarde. Rogaba que no lo fuera. Tendría que contárselo a Jessie, eso lo sabía. Exhaló una densa bocanada de humo en medio de la oscuridad, como si pudiera trazar sus pasos hacia el pasado. Tenía que contárselo, y tenía que hacerlo pronto.