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Georgie

Inglaterra, 1930

Algunos días solo nos sentamos a leer. Después, hablamos de lo que hemos leído. Esos son los días fáciles. Me gustan los días en los que no intentas cambiarme.

Hablamos sobre astronomía, la Revolución francesa y el ojo de Horus. Leemos juntos las sagas sobre los vikingos y deseo tener un semental pardo azul como el Freyfaxi de Hrafnkell y atar al doctor Churchward por sus tendones de Aquiles desde las vigas del tejado, un castigo típico de la antigua Islandia.

No obstante, sobre lo que más leemos es sobre el Antiguo Egipto. Me encanta el Antiguo Egipto. Puedo recitar los nombres y las fechas de todos los faraones y enumerar a todos los dioses. Tú me dices que estoy obsesionado con eso, pero yo lo llamo estar centrado. He aprendido yo solo a leer el alfabeto del Antiguo Egipto y algunos jeroglíficos, y después te he enseñado a ti.

Cuando Howard Carter —un brillante arqueólogo y egiptólogo, aunque estudió para ser artista— descubre y abre en 1922 la tumba de Tutankamón, me traes artículos de periódicos sobre las maravillas que ha encontrado y me cuentas que el mundo entero se ha vuelto loco con Egipto. Juntos leemos la historia de Carter en primera persona sobre la excavación en su libro El descubrimiento de la tumba del rey Tutankamón. Lo leo veintiuna veces.

Me traes una lupa para que pueda observar los descubrimientos con más detalle en las fotografías. Hay un canapé con cabeza de león, un trono de oro con los cartuchos del rey y las serpientes aladas, un coselete con incrustaciones de oro y el escarabajo Jepri sujetando el disco solar… Jepri es uno de mis dioses favoritos. Imagina el poder que tiene que poseer para hacer girar el sol por el cielo. Hace que se me pongan los vellos de la nuca de punta cada vez que veo la fotografía. Los egipcios eran gente muy inteligente y cualificada. Los admiro por ello. Pero también eran muy creativos. Admiro incluso más esta parte porque yo no lo soy.

Vieron al escarabajo pelotero —Scarabaeus sacer— hacer una bolita de estiércol sosteniendo la pelota con las antenas y la imaginación hizo el resto: la pelota se convirtió en el sol y cada día sin falta en el clima cálido de Egipto el dios Jepri, en forma de escarabajo, lo mueve por el cielo.

Eso es lo que yo no tengo, imaginación. Eso es por lo que me gusta un día soleado, para poder sentarme junto a la ventana e intentar imaginarme a Jepri trabajando.

Sin embargo, el coselete de Jepri no es el mejor artículo del libro, y tanto que no. Howard Carter tiene más guardado para mí; el mejor objeto es aquel por el que me cortaría un dedo por conseguirlo, o solo por sostenerlo entre mis manos. Es un objeto real bajo el título A en el Plato LXXI. Está decorado con cortezas ornamentales e incrustaciones de élitros de escarabajos iridiscentes.

«Élitros. De escarabajos iridiscentes».

Se me acelera el pulso al pensarlo.

Un élitro es la diminuta ala anterior de un escarabajo modificada por endurecimiento. Su función es la de actuar como ala protectora de las posteriores, que son las que utilizan para volar. Si Howard Carter no explicara esto como una verdad absoluta, no lo creería. Los observo con la lupa durante horas y maldigo el blanco y negro de la fotografía, cuando deberían ser iridiscentes.

Pero los batablanca me quitan la lupa. Cuando la encuentran me dicen que podría usarla contra mí, para herirme a mí mismo, y cuando te lo digo te enfadas tanto que tus mejillas se sonrojan y empiezas a gritarles. No me gusta eso. Te pido que pares pero tú bajas las escaleras poseído por la ira hasta el despacho del doctor Churchward y yo me meto en el armario.

Sé que el doctor Churchward te lo va a contar.

Me quedo sentado en la oscuridad y te oigo regresar. Abres de golpe la puerta del armario y yo escondo la cabeza entre las rodillas.

—¿Por qué no me lo contaste?

Me aprieto con tanta fuerza los ojos contra las rodillas que veo ráfagas de luz. Me concentro en los colores de las luces y me pregunto si la aurora boreal se parecerá a esto.

—¿Por qué no me lo has contado, Georgie? ¿Por qué no me contaste que ya te habías cortado queriendo antes?

Tu voz es grande, lo suficientemente grande para los dos, así que no digo nada. Te quedas ahí un buen rato, muy quieto. No te veo, pero puedo oír tu respiración. Suena como creo que sonaría un tren. Oigo otro sonido, una especie de gemido ahogado, y lo odio, porque sé que proviene de mi propia garganta. Cierras la puerta del armario y me dejas en la comodidad de mi oscuridad. Pasa mucho tiempo hasta que salgo, pero cuando lo hago tú sigues ahí.

—Bueno —dices, como si estuviéramos en medio de una conversación—, me traeré la lupa cada vez que venga.

Y así lo haces.