15

Jessie llegó temprano; así le gustaba hacerlo, apreciaba la puntualidad. La había heredado de su padre y, aunque tuviera que admitir que no era una de sus cualidades más atrayentes, no podía desprenderse de ella. Caminaba por la acera del exterior del Cockington Club mientras esperaba a que apareciera Sir Montague Chamford; se lo imaginaba conduciendo a toda prisa hacia la ciudad por no haber salido con tiempo, en medio del tráfico de Hammersmith y completamente indiferente al minutero de su reloj de bolsillo de oro. Probablemente eso también había pertenecido a su padre.

Aquella parte de Londres junto al bulevar era tranquila a esas horas tan tempranas; sus residentes aún estarían engullendo su arroz con pescado y huevos duros y digiriendo el periódico The Times. Era una avenida de bonitos edificios color crema y plataneros moteados de hojas que se tornaban doradas y cubrían las piedras del suelo con un manto que amortiguaba el sonido de las pisadas. Pasó lentamente una furgoneta de Harrods y un señor con chistera y bigotes bajó los escalones del Cockington Club con determinación y balanceando su bastón. Una señora que paseaba a su perrito caminaba elegantemente por la acera de enfrente.

El cielo no se decidía entre tomar el tono rosado o el grisáceo, así que jugaba con vetas de ambos colores, y el aire de la mañana sabía a su habitual hollín, que se hacía arenoso entre los dientes de Jessie. Estudió la calle en ambas direcciones, deseosa de que apareciera su acompañante. El portero le había informado con condescendencia de que a las mujeres solo les estaba permitido entrar en el club si iban acompañadas por hombres, así que allí estaba, con los pies fríos en la acera en su intento por aventajar a Sir Montague Chamford y frustrar sus planes. Sin embargo, en la cabeza de Jessie sonaba todo el tiempo un reloj marcando los segundos; sabía que cada minuto perdido podía ser vital para Tim.

En algún lugar sonó un reloj de iglesia que marcaba las ocho.

—¿Lista para desayunar? Espero que esté hambrienta.

Jessie se giró súbitamente y vio a Sir Montague Chamford en el escalón superior de la entrada del club; acababa de salir del interior del lugar. Estaba impecable con un estiloso traje de raya diplomática y chaleco, el cabello castaño peinado elegantemente, la cadena del reloj asomando por el pecho y unos zapatos negros pulidos hasta parecer espejos. No era el Sir Montague Chamford con quien había compartido coche el día anterior, ni aquel al que había encontrado metido en faena con las malas hierbas dos días atrás. Este día su sonrisa era refinada y distinguida, y Jessie se quedó impresionada. A aquel hombre no iba a ser tan fácil reducirlo.

Alargó la mano para saludarlo.

—Buenos días.

Él la aceptó con un apretón firme pero lo alargó unos instantes más de lo normal, como si estuviera verificando su fuerza. Jessie tuvo la horrible sensación de que el hombre llevaba observándola desde aquel escalón más tiempo del que había pensado en un principio, y al hacerlo le había ganado la mano de un modo casi siniestro.

—¿Está el doctor Scott? —le preguntó inmediatamente.

—Efectivamente. Venga y únase a nosotros en el desayuno.

«¿A nosotros? ¿Ya han estado intercambiando historias con unas tostadas y un café por delante?».

Jessie entró tras él en el club y atravesó un paisaje de oscuras paredes revestidas de roble y sillones de piel, con un aroma a cera de abeja incapaz de enmascarar el olor a humo de tabaco que emanaba de cada poro del lugar. No obstante, a Jessie le gustaba la tranquilidad de aquel sitio, la sensación de calma que impregnaba cada sala, con el único sonido de los murmullos de los caballeros y el tintineo de la porcelana que se oía al entrar en el gran salón del desayuno. Entendió por qué iban los hombres allí, con sus chalecos y sus cigarros y sus reglas de comportamiento.

—Señorita Kenton, permítame presentarle al doctor Scott.

Un hombre regordete que estaba sentado en una de las mesas se puso de pie, se quitó la servilleta que llevaba metida en el cuello de la camisa de esmoquin e inclinó la cabeza educadamente. Era de altura media y desprendía una pulcritud que inspiraba confianza al instante. Jessie se lo imaginó perfectamente como doctor, disipando los miedos de sus pacientes. Llevaba el cabello plateado peinado hacia ambos lados por medio de una raya perfecta que dejaba al descubierto el cuero cabelludo rosado, y una barba de chivo que resaltaba sus facciones suaves. Tenía las mejillas rubicundas, como si hubiera tenido que soportar fríos vientos en su fin de semana de caza, o quizás debido a un exceso de brandies la noche anterior. Se dieron la mano y le ofreció asiento a Jessie junto a él con una sonrisa amable.

—Así que usted es la joven que ha perdido a su hermano. Se ha desvanecido —dijo, negando con la cabeza—. Qué insólito.

Jessie sintió una inesperada sensación de alivio en el pecho porque alguien pensara que era insólito en lugar de verlo como una escapada normal de cualquier joven al que se le antoje, y sonrió a aquel doctor Scott.

—Sí, es insólito.

—Debe de estar muy preocupada.

—Lo estoy. Por eso necesito hablar con usted.

El hombre apartó el plato con los restos de huevos revueltos e inmediatamente apareció un camarero a su lado, pero Jessie rechazó la oferta de un desayuno completo.

—Solo café, por favor. —Se volvió hacia el doctor Scott—. Usted estuvo con mi hermano en la sesión de espiritismo de Chamford Court, ¿no es así?

—Sí, así es.

El caballero no parpadeó ni apartó la mirada. No estaba avergonzado de haber sido uno de los buscadores de Madame Anastasia.

—¿Puede contarme qué ocurrió?

—Claro. —Dio unos toquecitos con el dedo en el mantel inmaculado, como organizando los pensamientos—. Nos sentamos todos en círculo tocándonos las manos y Madame Anastasia recibió, por medio de su joven guía espiritual, la visita de un hombre mayor que quería contactar con su hijo. Hubo la parafernalia habitual de las velas titilando, los golpes en la puerta, y resultó que el nombre del tal hijo comenzaba por la letra K.

—¿Kenton? —Jessie sintió un escalofrío por la espalda.

—Bueno, eso es lo extraño. Su hermano parecía estar convencido de que esa letra era por alguien llamado Kingsley.

—¿Kingsley?

—¿Conoce a algún Kingsley?

Jessie se reclinó en la silla impresionada. ¿De eso iba la obsesión de Tim con las sesiones de espiritismo? ¿Una búsqueda alocada del padre de Kingsley?

—Señorita Kenton, ¿se encuentra bien?

Las pausadas palabras venían de Sir Montague, que estaba sentado frente a ella. Daba pequeños sorbos a un Earl Grey y fumaba un cigarrillo, al tiempo que la observaba a través del humo. Nunca antes lo había visto fumar, así que supuso que debía de ser un hábito londinense.

—Sí, estoy bien. —Pero no lo estaba—. Kingsley era el hijo de Sir Arthur Conan Doyle —les contó—. Murió durante la guerra, tras lo cual Sir Arthur afirmó estar constantemente en contacto con su espíritu.

—¿No escribió Conan Doyle un libro sobre espiritismo? —preguntó Sir Montague.

—Sí. Era un creyente acérrimo en los espíritus y siempre aseguró que contactaría con los vivos cuando pasara al otro mundo. Murió hace unos tres años y hay muchas personas que dicen contactar con él con regularidad.

—Pero no Madame Anastasia —señaló Sir Montague.

Jessie no hizo ningún comentario, sino que miró alrededor. Era la única mujer de la sala; las mesas estaban llenas de hombres con trajes y corbatas que privaban a la estancia de color. Junto a la ventana reconoció a uno de los ministros del Gobierno de coalición de Ramsay MacDonald, enfrascado en una conversación con un hombre corpulento con actitud de hastío y un puro entre los dedos a esa hora temprana de la mañana. Un banquero, quizás, o el editor de algún periódico. Se imaginaba a hombres como aquellos en lugares parecidos por todo Londres, tomando las decisiones que más tarde se confirmarían en el Parlamento. Pero ¿dónde estaban las mujeres?

—¿Habló Timothy con usted? —preguntó Jessie, volviéndose hacia el doctor Scott.

—Sí, querida, lo hizo. —Abrió mucho los brazos, casi dejando caer la jarra de leche que había sobre la mesa—. Cuando estábamos todos unidos en el círculo de poder, pude sentir la tensión del chico. Le temblaban las manos.

Jessie intentó imaginárselo, sentir lo que Tim sintió, pero no lo consiguió. ¿Cómo podía ser Tim tan crédulo?

—¿Qué dijo?

—Dijo algo muy raro. Murmuró que aquello era más difícil que escalar.

—¡Escalar!

El doctor Scott se mostró incómodo ante la reacción explosiva de Jessie en aquella atmósfera apagada de la sala.

—Las palabras exactas de su hermano fueron: «Esto es mucho peor que la escalada que voy a hacer mañana».

—¿Escalada? No tiene sentido. ¿Por qué haría eso? —Jessie cogió la taza y dio un sorbo con una mano que podía pasar por tranquila—. Ya he llamado a todos los hospitales de Londres —les dijo pausadamente—. Y no hay datos de él.

—Bueno, eso es buena señal —dijo Sir Montague, y apagó el cigarrillo.

—¿Ha hablado con la Policía? —preguntó el doctor Scott acariciándose la barba de chivo con actitud pensativa.

—Lo hizo mi padre, y no se interesaron por el tema.

—Quizás estén en lo cierto —dijo Chamford, y levantó la ceja mirando a Jessie.

—Lo siento, pero creo que la Policía debería preocuparse más de lo que lo hace —le contestó ella más educadamente.

—Claro, es comprensible que piense eso. Pero intente verlo como una buena señal por parte de la Policía, desde su experiencia, y confíe en que su hermano vuelva sano y salvo.

—Espero que esté en lo cierto.

Soltó la taza y se volvió hacia el doctor Scott.

—¿Dijo, por casualidad, dónde iba a escalar?

—No, no me lo dijo. Qué mala suerte todo este asunto, ¿verdad, amigo?

Con uno de esos desconcertantes momentos de visión interior, Jessie se dio cuenta de que aquella cita no estaba saliendo bien para ninguno de los asistentes.

—¿Oyó algún ruido de mi hermano después de que saliera de la sala?

El doctor Scott frunció el ceño.

—Creo que oí el sonido de un coche al arrancar, pero eso es todo.

—¿Nada que proviniera del recibidor?

—No.

—¿Qué ocurrió en la sala de la sesión tras todo aquello?

—La gente estaba molesta. La médium se encontraba clara y comprensivamente importunada. Intentó seguir adelante, pero no funcionó.

—¿Los demás buscadores pensaron que el comportamiento de Tim había sido extraño?

—Claro que sí. Uno de los jóvenes asistentes dijo que había visto a su hermano en sesiones anteriores y que nunca se había comportado así.

—¿Sabe su nombre?

—No, no lo había visto nunca antes.

A Jessie le extrañó lo complaciente que estaba siendo aquel desconocido y lo paciente que era con ella.

—Joven señorita, si sigue mirándome de ese modo me convertiré en una calabaza o algo por el estilo.

Jessie parpadeó; se dio cuenta de que estaba sentada en silencio como una idiota mirando a aquel hombre y se sonrojó.

—Lo siento, doctor Scott. Estaba pensando en lo que me acaba de contar.

—Siento no poder ayudarla más. Ahora —sacudió la servilleta de tela— déjeme que le ofrezca un poco de esta excelente mermelada de naranja. Es casera, la hace el club, ¿sabe?

Hubo una pausa durante la cual Sir Montague se inclinó con la expresión alerta y precavida.

—Creo que la señorita Kenton no está satisfecha con la cita, debo decir.

«Ya basta», pensó Sir Montague.

Jessie se puso repentinamente de pie y ambos hombres se quedaron mirándola, asombrados por la reacción.

—No se va, ¿verdad, señorita Kenton? —dijo el doctor Scott.

—Me temo que tengo que ir a trabajar. Gracias por su tiempo y por su ayuda. Ahora les dejo que disfruten de su desayuno en compañía.

Les sonrió y les dio la mano a ambos.

Para su sorpresa, el doctor Scott envolvió con sus manos las de Jessie con fuerza, como si intentara aferrarse a ellas. Sus ojos examinaron el rostro de la joven, su cabello, su vestido de lana de color gris pálido con botones plateados y el cuello en un tono naranja vivo.

—Ahora es mi turno de hacer una pregunta —dijo—, si me lo permite.

Ella asintió, sorprendida por la fuerza que ejercían sus dedos.

—¿Su padre está muerto?

—No, no, está vivito y coleando, vive en Kent.

—Entonces, ¿por qué su hermano pensaba que su difunto padre era quién estaba presente en la sesión de espiritismo?

Aquello no se lo había planteado Jessie. Tim era adoptado y fue como si de repente se tratara de un pequeño traidor, desvelándose como un extraño.

—Así que quiere encontrar a su padre biológico.

Jessie se estremeció ante la duda.

—No —dijo—, nunca antes lo ha mencionado.

Hubo otra pausa incómoda y entonces el leve sonido de la sala se hizo más significativo.

—Una cosa más —dijo con suavidad el doctor Scott—, algo que sigue inquietándome. Aquella noche, justo antes, la espléndida Madame Anastasia había hecho su gran entrada triunfal y su hermano estaba sentado con los ojos cerrados, murmurando cuatro nombres.

Se detuvo en ese punto del relato.

—McPherson, Hatherley, Hosmer y Phelps. ¿Le dicen algo? —Seguía teniendo las manos de Jessie atrapadas entre las suyas.

—No. —Jessie mantenía la mirada inocente sobre él—. No, nada en absoluto. Pero ahora debo irme. Gracias por su ayuda, doctor Scott.

El caballero permaneció sentado por un instante que se percibió incómodo antes de recomponerse, sonreírle y, finalmente, soltarle las manos.

—Le deseo lo mejor en su búsqueda de Tim, señorita Kenton. Hágame saber qué ocurre; siempre puede hacerlo dejándome una nota aquí, en el club.

—Gracias, lo haré.

Se giró para despedirse de Sir Montague, pero él ya estaba de pie y apartándose de la mesa.

—La acompañaré hasta la estación de metro —dijo.

En el exterior, las hojas de los árboles se esparcían por las aceras de Saint James’s Square como manos húmedas que se aferraban a los tobillos de los paseantes. Jessie caminaba a paso rápido, con la cabeza baja y en medio de un remolino de ideas.

Alguien mentía.

Todo estaba mal. ¿Por qué pensaría Tim que Sir Arthur Conan Doyle querría contactar con su hijo en el mundo terrenal cuando sabía perfectamente que Kingsley había muerto hacía tiempo? ¿Por qué habría decidido ir a escalar? ¿Por qué murmuraría en voz alta los nombres de los cuatro personajes de las historias de Sherlock Holmes? McPherson, Hatherley, Hosmer y Phelps, como si se tratara de un conjuro. ¿Sería para invocar al espíritu de Conan Doyle? Pero entonces se había levantado mostrándose claramente incómodo y se había ido de allí.

Nada de aquello tenía sentido, por muchas vueltas que le diera.

—¿Señorita Kenton?

Esta levantó la cabeza. En aquel momento iba descendiendo los amplios escalones del paseo y las nubes se arremolinaban grises y bochornosas sobre ellos; parecían presionarla, atrapar sus pensamientos en el interior del cráneo. Fue entonces cuando volvió a percatarse repentinamente de la presencia de la figura esbelta que la acompañaba. Se detuvo abruptamente y él tuvo que retroceder varios pasos para ponerse a su altura. Jessie volvía a sentirse impactada por el cambio que había experimentado el joven en Londres, con una elegancia que lo rodeaba y cubría como su traje.

Sir Montague…

—Por favor, llámeme Monty. El Sir no hace más que enturbiar lo demás, como los paraguas —dijo con una sonrisa afable.

Jessie apartó la mirada de Sir Montague para observar el tráfico incesante del bulevar, como si la visión de los taxis libres y del autobús con el anuncio de Bovril pudiera devolverle la mente a la vida normal, con la que parecía haber perdido contacto en los últimos cinco días.

—Monty, ¿qué fue lo que ocurrió allí?

—¿Qué quiere decir?

Ella lo miró con dureza y él tuvo la delicadeza de dejar de fingir que no la comprendía.

—Señorita Kenton, estamos intentando ayudarla, no engañarla. Le aseguro que el doctor Scott es de fiar; fue honesto con usted sobre lo que ocurrió con su hermano. —Hablaba en voz baja y Jessie tenía que concentrarse mucho para conseguir oírlo entre el ruido—. ¿Por qué no iba a serlo? No ganaría nada con ello.

Jessie se acercó a él más de lo que el decoro permitía.

—¿Y usted, Monty, está siendo honesto conmigo? —le preguntó directamente—. ¿Tiene algo que ganar?

En lugar de contestarle, le cogió la mano y se la pasó por el brazo mientras bajaban los escalones, obligándola una vez más a ir a su ritmo, y Jessie amplió la zancada para poder seguirlo.

—Veo que su hermano significa mucho para usted —dijo.

«No tiene ni idea de lo que significa mi hermano para mí. No tiene ni idea de que perder a Timothy es como perder una parte de mí».

Pasaron bajo el arco que daba a Trafalgar Square y ella no hizo nada por apartar la mano del agarre de Sir Montague.

—Estoy siendo sincero con usted, señorita Kenton, por favor, no dude de mí. Si en algún momento pareciera… —chasqueó los dedos— dudoso, es porque siento el gran peso de la responsabilidad de esa sesión de espiritismo sobre mis hombros. Y siento mucho las payasadas con Madame Anastasia. Lamento… —Se le fue apagando la voz.

Jessie giró la cabeza y clavó la mirada en el fino rostro de mejillas pronunciadas de su acompañante, con la sensación de que iba a recibir algo más sólido por su parte. Sin embargo, lo que percibió fue que frunció el ceño, obviamente incómodo y alerta como un perro de caza, cuando le llamó la atención algún movimiento extraño más allá de la grandiosa piedra del Arco del Almirantazgo. Los ruidos se filtraban por él: voces altas, gritos… Desde algún lugar llegó el sonido de un fuerte crujido repentino, como si fueran huesos partiéndose, y Jessie notó cómo el corazón se le colocaba en la garganta.