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Georgie
Inglaterra, 1921
En tus primeras visitas te impacientas con facilidad. Aún no me conoces, no entiendes que mi cerebro funciona de un modo distinto al tuyo y toma senderos tortuosos. Me sugieres que nos sentemos a hablar en la sala común de la planta baja.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque es más aceptable que sentarnos aquí, en tu habitación.
—Odio la planta de abajo.
—¿Por qué? ¿Qué le pasa?
—Está llena de… —intento explicártelo—, llena de otros. Me río cuando alguien derrama agua o tropieza. El doctor Churchward me dice que mis respuestas son inapropiadas y que no tengo habilidades sociales.
Te sientas en mi silla de escritorio y me estudias hasta que siento que me arden las mejillas y la cabeza se me colma de rabia, aunque no sé por qué. Miro fijamente a mi pared blanca.
—No te gusta que te miren, ¿verdad?
—No.
—No te gusta que te toquen.
—No.
—No te gustan los sonidos fuertes.
—No.
—No te gustan las personas.
—Tú me gustas.
—¿De verdad?
—Sí.
—Pero si nunca me miras a los ojos.
No digo nada. La pared es plana y refrescante. Intento sacar parte de la rabia que hay en mi cabeza y dejarla en la pared. Sí que me gustas, pero nunca le he dicho estas palabras a nadie antes, excepto a mi hermana, y ahora temo que desaparezcas y habértelas dicho. Me levanto sin mirarte y me quito la ropa.
—Espera un momento —dices rápidamente—, ¿qué demonios haces?
—Quiero que me veas de verdad, sin los trozos que están escondidos, porque sé que hay partes de mí que son feas y quiero que sepas que están ahí para que no salgas corriendo cuando las veas en algún momento del futuro.
Me quito los calcetines y me quedo desnudo.
—Dios, estás loco.
No me gusta que me digas eso. Es como cuando el chico de la planta de abajo, el que tiene el ojo mustio —uno de los otros—, me clavó el tenedor en la mejilla y me llegó hasta la lengua. Lo perseguí escaleras arriba con el tenedor colgándome de la cara y mi sangre manchando la alfombra. Cuando lo atrapé, yo…
—Bueno, Georgie —interrumpes mis pensamientos—, ya te he visto, así que puedes vestirte otra vez, gracias.
—¿Has visto las partes malas?
—A mí me pareces completamente normal.
Me siento mal. Me pongo el camisón.
—¿No has visto las partes malas, las partes de dentro que son feas y deformes?
—Oh, Georgie, deja que te cuente un secreto.
Te inclinas hacia mí y provocas que yo retroceda hasta la ventana por el pánico que siento, con una pierna dentro de los pantalones y la otra fuera, y me caigo de espaldas al suelo y la cabeza choca con el zócalo. Tú me miras fijamente, desconcertado, pero te vuelves a sentar en tu silla, esperas a que me levante y continúas hablando como si no hubiera ocurrido nada. Creo que ese es el momento en que empiezo a quererte.
—Mi secreto —dices— es que yo también tengo partes malas dentro que son feas y deformes, pero yo las escondo mejor que tú.
Escucho tu voz, tu voz suave y triste, y me rasco la nuca.
—Enséñame una —digo.
Te quedas pensando un momento más largo de lo normal. Te pasas la mano por los rizos y tiras de ellos con tanta fuerza que te tiene que doler.
—Te odiaba cuando era un niño, Georgie, incluso sin conocerte. Te odiaba porque Jessie te quería muchísimo y yo quería que me quisiera a mí en vez de a ti. Te maldecía por hacerme miserable cuando lo que quería era ser feliz en mi nueva familia. Dormía en tu cama y cada noche, en la oscuridad, clavaba uno de los alfileres de mamá en tu almohada, uno que le había robado. ¿Y sabes lo que me imaginaba que era?
Yo niego con la cabeza. Mi corazón está tan frío que apenas se mueve.
—Imaginaba que —continúas en un tono que nunca he oído antes salir de tu boca— era tu ojo. Quería hacerte lo peor que se me ocurría, dejarte ciego.
—Solo era una almohada.
—Sí, solo era una almohada.
—¿Por qué vienes? —Te sorprende mi pregunta aunque sea bastante obvia—. ¿Por qué te encierras en esta prisión medio día cada semana cuando tienes toda la libertad del mundo esperándote ahí fuera?
Te encoges de hombros, quitándole importancia.
—Porque me interesas.
—¿Por qué? Crees que estoy loco.
—Todos estamos un poco locos en esta vida.
No sé cuándo me mientes, no estoy seguro, así que no sé si me estás diciendo la verdad o haciendo eso a lo que tú llamas bromear.
Quiero acostarme y cubrirme la cabeza con una sábana, pero sé que si lo hago te marcharás, así que me quedo delante de ti, observando cómo das toquecitos con los dedos en el brazo de la silla. No sé por qué haces eso. ¿Es una canción? ¿O es una señal que no consigo comprender?
—Tú nunca mientes, ¿verdad, Georgie?
—No. Digo lo que hay en mi cabeza.
Sonríes.
—Ya me he dado cuenta.
Sacas otro cigarrillo y lo enciendes con una cerilla. Estoy desconcertado, pero entusiasmado por la acción y sorprendido por el olor. Nunca he olido el tabaco antes y no es agradable, pero no me preocupa y alargo la mano. Me das el cigarrillo y lo pongo entre mis labios; inhalo como tú lo haces y toso hasta que los ojos me lloran. Pero me gusta. Te ríes y yo me río contigo. Nos pasamos el cigarrillo el uno al otro hasta que se queda reducido a una pequeña colilla que aplasto con el talón de mi pie. Sonrío al mirar la colilla blanca muerta, cuando en realidad quiero sonreírte a ti.
—Ha sido divertido —dices riéndote.
—El asistente se enfadará. Aquí huele.
—¿Y qué? ¿Qué te pueden hacer? No mucho, ¿no?
Asiento. Es la primera vez que te miento. No te cuento todo lo que pueden hacerme con las agujas.
—¿Por qué vienes?
—Dios, Georgie, no desistes, ¿eh?
—¿Por qué debería?
Te ríes.
—Tienes razón. No hay duda de que aprendes rápido. No eres tan vago como yo. Bueno, te voy a contar por qué vengo aquí.
De repente te pones tan serio que me da miedo. Me quedo mirando a la pared blanca sin decir nada.
—Vengo aquí porque tú y yo somos las dos mitades de una misma persona.
—Eso es mentira. ¿Cómo vamos a ser…?
—No literalmente, Georgie. Es una forma de decir que nos necesitamos el uno al otro.
Asiento.
—Eso es verdad.
—Crecí queriendo ser tú, queriendo que mi hermana me quisiera como te quería a ti, pero sabiendo que siempre sería el segundo plato. Jamás podría hacer las cosas que tú hacías, como recordar listas y patrones y recitar las páginas de las historias de Sherlock Holmes de memoria. Jessie te admiraba más de lo que jamás me admirará a mí.
Siento un calor en el pecho, en las mejillas, en las palmas de las manos. Jessie me admiraba. No lo sabía.
—Creí que quería que me echaran —digo, y tú niegas con la cabeza.
—No. Fue por mí por lo que se deshicieron de ti. Yo fui el culpable. —Te tiras del pelo muy fuerte, demasiado fuerte—. Si nuestros padres no me hubieran encontrado, tú te habrías quedado allí con Jessie y ella te habría enseñado a comportarte correctamente. Ella sabe cómo enseñar cosas; a mí me enseñó a ser tú en muchos aspectos, a que me gustaran las cosas que a ti te gustaban, a hacer las cosas que tú hacías, pero no era tan bueno.
Es como si las manos de alguien estuvieran dentro de mi mente y la desmigaran.
—Tim, ¿hablaba de mí?
—Sí. Pero nuestros padres nunca. No dejaban que se dijera tu nombre en la casa, así que supe que tenía que conseguir que me quisieran o se desharían también de mí. Pero Jessie me contó cómo solías enfrentarte a ellos, cómo los desafiabas, y yo te envidiaba por tener ese valor. —Me sonríes y quiero darte lo que sea que te haga falta.
—Tienes valor —digo—. Vienes a este sitio todos los sábados. Yo huiría de aquí.
Te ríes y me haces feliz. Te hago reír. Te levantas, pero sabes que no debes acercarte.
—Así que ya ves, Georgie, nunca me pude permitir ser yo mismo. Para Jessie quería ser tú, y para nuestros padres, el hijo perfecto. Y sigo haciéndolo así. —Me señalas y, luego, a mi habitación—. Este es el único sitio donde puedo ser yo mismo, sin fingir y sin mentiras. Tan solo tú y yo. Con todas nuestras partes feas y deformadas a la vista.
Levanto la mirada y hago que se pose en tu rostro.
—¿Entiendes? —me preguntas.
—Vamos a echar otro cigarrillo.