La Escala de la Doncella

En los tiempos en que gran parte de España era árabe, fue señor de Mogente, en Valencia, un hombre justo llamado Mohamed ben Abderramán ben Tahir, a quien Dios, con la sabiduría, la riqueza y el poder, le concedió una hija que creció llena de belleza y de inteligencia, y a quien sus contemporáneos conocieron con el nombre de Fátima de los Jardines.

El padre de la muchacha estaba tan orgulloso de las aptitudes que su hija tenía para todas las cosas del espíritu que buscó para formarla los mejores maestros en las enseñanzas del Corán, en las artes de la música, de las matemáticas y de la poesía, y en el conocimiento de las maravillas de la creación.

Por fin, advirtiendo que la inteligencia de su hija no parecía colmarse, buscó al más sabio entre los sabios, un mago famoso en todo el Islam que habitaba en una lejana ciudad del otro lado del mar, y le ofreció grandes riquezas si accedía, durante algunos años, a ser preceptor de su hija en los conocimientos secretos sobre la sombra invisible de lo que existe, y sus potencias y encantos.

El mago, que ya tenía bastantes años y quería asegurarse una vejez confortable, accedió a lo que Mohamed ben Tahir le proponía, y se trasladó a Mogente para enseñar a Fátima sus artes secretas. Y con su magisterio, la inteligencia de la hermosa muchacha encontró nuevos espacios en que expandirse y gozar, pero también nuevos motivos de extrañeza. Pues las enseñanzas que el mago transmitía a su joven discípula le hicieron ver las cosas cotidianas de una manera diferente a como las había contemplado hasta entonces, y con ello surgieron en ella inquietudes y dudas antes desconocidas que el mago, paciente, iba procurando aclararle.

La muchacha era muy aficionada a contemplar los parajes que rodeaban el castillo de su padre desde una alta torre que él había mandado construir para que sirviese de estudio y biblioteca a su hija. Desde que era niña, llamaron la atención de Fátima las formas que presentaba en un punto el cauce del torrente que atraviesa la villa, sucesivas plataformas que ordenan una extraña escala de enormes peldaños.

A la luz de sus nuevos conocimientos, la muchacha intuyó que aquellas formas no respondían a un capricho de la naturaleza, sino que eran un signo de la realidad misteriosa y secreta que el mago le estaba enseñando a descubrir. Cuando le comunicó su sospecha, el mago, tras estudiar sus libros, le confirmó que aquellas formas de la roca anunciaban, ciertamente, el acceso a un palacio subterráneo donde se guardaban extraordinarias riquezas, pero que su entrada estaba rigurosamente vedada a los mortales.

La noticia de aquellas desconocidas maravillas que permanecían tan cerca de ella, pero que le estaban prohibidas, entristeció a la joven, y su pena se hizo tan acuciosa que dejó de leer, de hacer música, de cantar, de reír y hasta de comer, y vagaba por los corredores y los jardines del castillo con la mirada perdida, sin pensar en otra cosa que en aquellos espacios en los que nunca sería capaz de penetrar.

Mohamed ben Tahir sentía en su propio corazón el pesar de su hija, y le ofreció al mago nuevas riquezas si conseguía que pudiese conocer lo que se guardaba en el palacio maravilloso que la montaña escondía. El mago aducía que, para entrar allí, sería preciso conjurar fuerzas muy peligrosas y utilizar sortilegios que podían resultar fatales para la gente mortal.

Pero Fátima estaba cada día más desmejorada, y su buen padre acabó forzando al mago a utilizar sus saberes para penetrar en aquel palacio al que conducía la gran escala de roca. Lo hicieron los tres una noche, después de que el mago, con voz temblorosa, hubiese dado lectura a la invocación escrita en un viejo manuscrito. Cuando el mago terminó de pronunciar aquellas palabras, la montaña rugió, como si le doliese abrirse en la brecha que al fin desgarró la roca y les permitió penetrar en sus entrañas.

El tiempo de su estancia debería ser muy corto, pues corrían el peligro de que, acabados los efectos del sortilegio, la montaña se cerrase otra vez, dejándolos para siempre atrapados en su interior. Por eso apenas pudieron hacerse una idea de lo que aquel palacio secreto contenía. Todo era tan maravilloso que los tres humanos sintieron la embriaguez de conocer bellezas cuya existencia no habían podido imaginar. Mas enseguida el mago les hizo salir, pues el tiempo del sortilegio se cumplía, y apenas unos segundos después de que hubiesen abandonado el lugar la roca volvió a cerrarse con un sonido que parecía mostrar el alivio de la montaña al recuperar su cuerpo compacto.

Aquella visita al palacio encantado no solo no colmó la curiosidad de Fátima, sino que la enardeció aún más, y a su tristeza se unía la avidez de penetrar otra vez en el lugar de las maravillas y seguir accediendo a su vista y a su conocimiento. El mago se resistía, pero el poderoso padre de la muchacha no se oponía a sus deseos, y la lectura de la secreta invocación volvió a celebrarse una vez, y otra, y otra, ante el entusiasmo de la muchacha y el creciente terror del mago. Pues, aunque cada vez que entraban en el palacio encantado tenían muy en cuenta el plazo de su estancia, temía que las fuerzas dueñas de tanto poder acabasen destruyendo a los osados humanos que con tanta insistencia lo invocaban.

Por fin, el mago, incapaz de resistir la congoja en que vivía, pidió a Mohamed ben Tahir y a Fátima de los Jardines que lo liberasen de sus obligaciones y le permitiesen regresar a su tierra, aunque tuviese que devolver parte de las riquezas con que había sido pagado su trabajo. Fátima y su padre estudiaron la propuesta, y al fin decidieron dejar que se marchase sin pedirle a cambio otra cosa que aquel viejo pergamino manuscrito en que estaba escrito el sortilegio que permitía penetrar en el palacio encantado. El mago, aunque muy a su pesar, accedió.

Después de la partida del mago, Fátima de los Jardines, tras leer el sortilegio, visitaba cada noche el palacio encantado, procurando salir antes de que el hechizo perdiese su poder, y nunca se cansaba de las maravillas que allí se encerraban. Un día descubrió nuevas bellezas y perdió la noción del tiempo. La abertura en la roca de la montaña se cerró y Fátima de los Jardines quedó atrapada en su interior.

Después de una búsqueda desesperada, Mohamed ben Tahir supo que su hija había quedado presa del encanto, al oír sus gritos pidiendo de ayuda, que, muy amortiguados pero no por ello menos dolorosos, salían del centro de la montaña. Mohamed ben Tahir buscó al mago que había sido dueño del sortilegio, pero éste le aseguró que no había otro ejemplar de aquel escrito en el mundo, y que él ya no podía ser de ayuda.

Mohamed ben Tahir mandó traer a otros magos, a gentes conocedoras de los umbrales de lo oculto, pero nadie consiguió abrir la montaña. Hizo que brigadas numerosísimas de hombres fornidos cavasen con sus picos la roca, pero ésta se mostraba maciza y tantos esfuerzos no tuvieron resultado. Han pasado los siglos y Fátima de los Jardines permanece prisionera del hechizo en aquel lugar. Dicen que, a veces, se la oye gritar pidiendo ayuda.

En Mogente, la famosa torrentera es todavía conocida con el nombre de Escala de la Doncella.

Leyendas españolas de todos los tiempos
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