Un tesoro de la Alhambra
Washington Irving recogió la historia del soldado encantado que guarda parte de los tesoros de Boabdil. Irving cuenta que, en cierta ocasión, a finales del siglo XVIII, un estudiante de Salamanca que había encontrado una sortija de oro y plata en que figuraba el sello de Salomón, y que la guardaba como ornato de su mano derecha, andaba vagabundeando por Granada en tiempo de vacaciones, con su guitarra al hombro y los bolsillos vacíos. El estudiante conoció a una hermosa y tímida joven, criada de un sacerdote, de la que se enamoró, y a la que acosó con asiduas visitas a su calle y serenatas nocturnas, sin conseguir de ella una sola sonrisa.
Una noche, víspera de San Juan, el estudiante se encontraba en un pequeño puente sobre el río Darro, apenado por los desplantes de su huidiza amada, cuando llegó a su lado un guerrero revestido de una armadura antigua, portador de alabarda y escudo, armas en desuso al menos desde tres siglos antes. El soldado no parecía llamar la atención de ninguno de los transeúntes que se entregaban a la fiesta propia de la jornada.
El estudiante trabó conversación con aquel individuo tan extrañamente ataviado. Luego le siguió a una de las torres aledañas al conjunto de la Alhambra, hacia la parte del Generalife, y tras entrar con él en una caverna subterránea abierta de repente ante ellos de modo maravilloso, y encontrarse ante un enorme cofre cerrado, escuchó de la boca del estrafalario guerrero un relato que lo llenó de admiración.
Aquel guerrero dijo que era un soldado de la Guardia Real de los Reyes Católicos, que había caído prisionero de los moros durante el cerco de Granada, y que permanecía cautivo cuando se preparaba la rendición de la ciudad. En su precaria situación, el soldado tuvo que prestarse a ayudar a un alfaquí a esconder en cierta gruta, bajo una de las torres del conjunto de la Alhambra, unos tesoros del rey Boabdil. Lo que el soldado no imaginaba era que el alfaquí era un nigromante que, con un poderoso hechizo, lo iba a dejar mágicamente ligado a los tesoros, como su guardián, hasta que él regresase para recuperarlos. Sin embargo, el alfaquí no había regresado nunca, y el soldado estaba sujeto para siempre al hechizo, que solamente perdía su poder una vez cada cien años, con ocasión de la noche de San Juan y durante tres noches sucesivas, en que él tenía la posibilidad de salir de la gruta para esperar la llegada de alguien capaz de deshacer el hechizo.
Resultaba que aquel sello de Salomón que el estudiante lucía en una de sus manos, que le había permitido ver al soldado, invisible para todos los demás, podía ser el talismán con virtud para desencantarlo y conseguir los tesoros escondidos en el gran cofre que ante ellos se mostraba, aunque le era preciso también contar con la colaboración de un sacerdote cristiano, en riguroso ayuno de veinticuatro horas, que debería leer los santos exorcismos para alejar a los diablos, y de una doncella que portaría en su mano el sello de Salomón.
Ni que decir tiene que el estudiante, que debía tener alguna noticia de las artes que se aprendían en la salmantina cueva de San Cipriano, pensó en la muchacha que lo tenía enamorado y en su amo. El propio Irving declara no conocer cuáles fueron las negociaciones entre el estudiante y el eclesiástico, aunque parece que las que tuvo con la doncella no fueron prolijas. Y por fin, cuando se iba a cumplir la tercera de las noches, se encaminaron a la torre para romper los hechizos y hacerse con el tesoro.
El sello de Salomón, sostenido por la doncella, les franqueó la entrada a la gruta. Dentro estaba el soldado, pidiendo que se apresurasen. El sacerdote leyó los exorcismos, y un nuevo toque del sello de Salomón en la tapa del cofre hizo que éste se abriese. El estudiante se apresuró a llenar el zurrón con las prodigiosas joyas que allí dentro había, pero el soldado le dijo que era preferible sacar el cofre al exterior, y ambos empezaron a empujarlo con mucho esfuerzo. Mientras tanto, el largo ayuno del sacerdote era ya para él tan penoso que, considerando que había cumplido con su obligación, se puso a comer un bocadillo que llevaba guardado para el caso.
El efecto de su gula fue funesto, pues las joyas que el estudiante había puesto en su zurrón volvieron al cofre, y el cofre se cerró y volvió a la gruta, y la gruta, con el soldado, quedó de nuevo cubierta por los peñascos que sirven de cimiento a la torre. Acaso el sello de Salomón habría podido servir para abrirla de nuevo, pero en aquellos momentos de confusión el anillo había caído de la mano de la doncella y había quedado dentro de la gruta, con el tesoro y el desventurado soldado que lo guardaba y que debe de seguir haciéndolo aún, si en las dos vísperas centenarias de San Juan que median desde el suceso hasta nuestros días no ha aparecido alguien con ese sello capaz de romper los sortilegios.
Irving dice que estudiante, doncella y sacerdote se fueron tristes de allí, aunque luego recoge los testimonios de otros narradores, según los cuales no todas las joyas del zurrón del estudiante habrían vuelto al cofre, de manera que tuvo suficiente fortuna para casarse con la joven doncella e invitar al eclesiástico a opíparos banquetes.