Doña María de Padilla y don Fadrique
Alfonso XI vivió célebres amores con doña Leonor de Guzmán, de quien nacieron varios hijos bastardos que originarían, como se sabe, graves disturbios en la sucesión de la corona. Muerto el monarca, su amante de tantos años tendría un final triste a manos de la que había sido la esposa legal.
El legítimo heredero, don Pedro I de Castilla, al que unos conocen con el sobrenombre de Cruel y otros con el de Justiciero, tuvo también famosos amores fuera del matrimonio, entre otros con doña María de Padilla, dama al parecer muy bella. Se cuenta que entre doña María de Padilla y don Fadrique, uno de los hermanos bastardos de don Pedro, que llegó a maestre de la Orden de Santiago, surgió una atracción amorosa que ninguno de los dos pudo dominar y que al fin se convirtió en fuerte pasión, que cumplían con todo el sigilo posible. Y parece que la noticia de aquellos amores llegó al conocimiento del rey don Pedro. Aunque el rey disimuló lo que sabía, esperando sin duda el momento más oportuno para vengarse, procuró que doña María se mantuviese recluida en el alcázar de Sevilla.
Doña María y don Fadrique, con ayuda de un caballero del entorno sevillano de la dama, urdieron un plan para que la primera se escapase del alcázar y acompañase al maestre a Navarra, donde los Beaumont, nobles de sangre real buenos amigos suyos, la protegerían de las iras vengativas del rey de Castilla. Doña María saldría del alcázar disfrazada entre los campesinos que cada día trabajaban en sus huertas y jardines. Por su parte, disfrazado de arriero, don Fadrique había llegado a Sevilla para encontrarse con ella antes de partir juntos.
Sin embargo, el caballero que les ayudaba en su empresa resultó estar al servicio del rey don Pedro, con lo que no solo doña María no logró salir del alcázar, sino que su enamorado don Fadrique fue identificado y hecho preso en secreto. Al parecer, de nada le sirvió su alta categoría social: se asegura que fue muerto en el alcázar por servidores de don Pedro y que la mancha imborrable de su sangre puede verse todavía en el suelo de la antecámara real.