Bernardo del Carpio

Al rey Alfonso II se le puso el sobrenombre de Casto por la rigurosa continencia que mostró durante toda su vida. Parece que nunca tuvo relación marital con su esposa y es bien sabido que no engendró hijos que pudieran sucederlo en el trono. A los goces carnales el rey Casto anteponía otros que tenían más que ver con el espíritu, así la erección de hermosos edificios o la atención de los gastos de joyas sagradas. La primera basílica de Santiago de Compostela, cuando se descubrió la tumba del apóstol, o el ornato de la iglesia de San Salvador de Oviedo, con la famosa cruz de la que fueron unos ángeles los propios orfebres, son muestras de los verdaderos intereses de aquel rey. También era dado a la conversación con algunos de sus súbditos más cercanos, y entre ellos ocupaba un lugar especial don Sancho Díaz, conde de Saldaña.

Un día, un fiel consejero comunicó al rey no solo los ocultos amores de su hermana doña Jimena con el conde de Saldaña, sino que, como consecuencia de ellos, la joven princesa había quedado encinta. Saber profanada en su hermana la virtud de la castidad, que el rey tanto valoraba, y traicionada la confianza que había depositado en el apuesto conde, su íntimo amigo, fueron los móviles de la terrible severidad de su comportamiento. Algún romance le atribuye también, sin pruebas, una secreta atracción incestuosa hacia doña Jimena, que habría sido el principal motivo de su celosa decepción.

Con el mayor secreto, el rey ordenó que el conde fuese preso y que, tras arrancarle los ojos, se le encadenase para el resto de su vida en la más oscura e incómoda mazmorra de un castillo perdido en la comarca leonesa de Luna. A su hermana ordenó recluirla, también de por vida, en un monasterio, y que se la despojase de aquel fruto de su pecaminosa relación en cuanto naciese.

Bernardo, hijo de Sancho y Jimena, creció sin preocupaciones bajo la tutela del rey, que mostraba hacia él mucho afecto. Desde su infancia, Bernardo, dedicado a aprender todas las destrezas que debían convertirlo en un guerrero, ignoró la verdad de sus orígenes. Por otra parte, eran muy pocos los que conocían aquella verdad, y el rey les había advertido de las peligrosas consecuencias de su indiscreción.

Los narradores no coinciden en el relato del descubrimiento de aquella verdad por parte de Bernardo. Unos cuentan que fue la confidencia de una vieja nodriza de su madre, en el momento de la muerte. Otros apuntan a que Bernardo escucharía de modo fortuito las circunstancias de su origen, en cierta ocasión en que andaba de caza por los valles de Luna. Otros, que la noticia le fue comunicada al final de un juego, envuelta en el fingido arrebato de unos reproches.

Lo cierto es que Bernardo, que entonces era ya un joven caballero, quedó muy desazonado ante la revelación de la identidad de sus padres y la penosa noticia de que, por castigo del rey, su padre permanecía encadenado en una prisión y su madre obligada a la clausura de un monasterio.

Bernardo hizo saber al rey que conocía la verdad y le pidió la liberación de sus padres. El rey se enojó mucho y sin duda a partir de entonces cambiaron sus sentimientos hacia su sobrino porque, engañosamente, le dio a entender que tal liberación dependía de los resultados que Bernardo consiguiese en su actividad como guerrero. Sin embargo, tras muchas victorias de los ejércitos reales a las órdenes de Bernardo y alcanzar éste mucha fama por sus hazañas y hasta salvar la vida del rey, el soberano no acababa de dejar en libertad a Sancho y a Jimena.

Bernardo acabó enfrentándose con el rey y éste manifestó no estar dispuesto a levantar el añejo castigo. Bernardo mostró su indignación y el rey desterró de la corte a su mejor guerrero, que se retiró a su castillo del Carpio, en términos de Salamanca, desde donde se dedicó a saquear a sus vecinos. Las gentes fueron a quejarse al rey, quien tanto por aplacar aquella furia saqueadora como por la necesidad que tenía de la ayuda de Bernardo para defender su reino, al cabo de un tiempo prometió solemnemente liberar a sus padres si regresaba a ponerse a su servicio y le entregaba las llaves del castillo del Carpio. Cuentan que el caballero leonés se avino a ello de muy buen grado, y que el rey ordenó al fin que sacasen al antiguo prisionero de sus mazmorras. Sin embargo, cuando aquellas nuevas llegaron al castillo de Luna, el desdichado conde había muerto tres días antes.

Afirman algunos cronistas que, no obstante, el rey, con el propósito de cumplir su palabra, ordenó que el cadáver, convenientemente adecentado y vestido, fuese sentado en la sala de uno de los palacios reales para recibir con solemnidad a Bernardo, que cuando se adelantó para abrazar a su padre se encontró con aquella inerte y macabra figura. Otros narradores añaden que Bernardo, tras el doloroso horror de aquel encuentro, hizo sacar a su madre del monasterio y traerla a aquella sala y juntar su mano con la del muerto, para pública confirmación de las nupcias secretas, pero lícitas, en que él había sido engendrado. Lo cierto es que Bernardo nunca pudo recuperar vivo a su padre, y que con esa tristeza debió afrontar la mayor de sus hazañas para defender la independencia española.

En aquel tiempo Carlomagno iba extendiendo su imperio por toda Europa. El rey Alfonso, que carecía de sucesión y era ya anciano, se dejó influir por ciertos cortesanos y embajadores y accedió a que Carlomagno se hiciese cargo de su reino, a su muerte. Pero el emperador no estaba dispuesto a esperar y además quería castigar a Marsilio, rey árabe de Zaragoza, que se negaba a prestarle obediencia, de modo que preparó un poderoso ejército y se dirigió a los Pirineos sin que lo detuviese la revocación, por parte del rey Alfonso, de su anterior propósito.

Es de sobra conocido cómo los asturleoneses, al mando de Bernardo del Carpio y en coalición con los árabes de Marsilio, derrotaron en Roncesvalles al ejército francés, haciéndolo retroceder desordenadamente después de que allí hubiesen perecido los famosos Doce Pares, algunos de ellos recordados en el romancero con los nombres de Durandarte, Montesinos, Beltrán, Guarinos, Baldovinos, Reinaldos y, sobre todo, Roldán, el glorioso caballero.

Roldán era invulnerable a las heridas, pero Bernardo, curtido en las peleas cuerpo a cuerpo de la tierra leonesa, llamadas aluches, le venció estrechándolo entre sus robustos brazos hasta asfixiarlo, no sin que antes la espada y el caballo del héroe francés hubiesen dejado la huella de su tajo y de sus herraduras en innumerables comarcas de la península.

Después de nuevas aventuras, de derrotar varias veces a los moros y de conquistar muchas ciudades, parece que Bernardo se casó con una dama llamada doña Galinda, hija del conde Alardos, y que tuvo con ella a Galín Galíndez, que llegó a ser un caballero de renombre.

Leyendas españolas de todos los tiempos
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
Palabrasdelautor.xhtml
Citaintro.xhtml
ParteI.xhtml
Section0001.xhtml
Section0002.xhtml
Section0003.xhtml
Section0004.xhtml
Section0005.xhtml
Section0006.xhtml
Section0007.xhtml
Section0008.xhtml
Section0009.xhtml
Section0010.xhtml
Section0011.xhtml
Section0012.xhtml
Parte2.xhtml
Section0014.xhtml
Section0015.xhtml
Section0016.xhtml
Section0017.xhtml
Section0018.xhtml
Section0019.xhtml
Section0020.xhtml
Section0021.xhtml
Section0022.xhtml
Parte3.xhtml
Section0024.xhtml
Section0025.xhtml
Section0026.xhtml
Section0027.xhtml
Section0028.xhtml
Section0029.xhtml
Section0030.xhtml
Section0031.xhtml
Section0032.xhtml
Section0033.xhtml
Section0034.xhtml
Section0035.xhtml
Section0036.xhtml
Parte4.xhtml
Section0038.xhtml
Section0039.xhtml
Section0040.xhtml
Section0041.xhtml
Section0042.xhtml
Section0043.xhtml
Section0044.xhtml
Section0045.xhtml
Section0046.xhtml
Section0047.xhtml
Section0048.xhtml
Parte5.xhtml
Montanas.xhtml
Section0051.xhtml
Section0052.xhtml
Section0053.xhtml
Section0054.xhtml
Calles.xhtml
Section0056.xhtml
Section0057.xhtml
Section0058.xhtml
Despob.xhtml
Section0060.xhtml
Section0061.xhtml
Section0062.xhtml
Section0063.xhtml
Section0064.xhtml
Section0065.xhtml
Section0066.xhtml
Section0067.xhtml
Section0068.xhtml
Section0069.xhtml
Section0070.xhtml
Section0071.xhtml
Parte6.xhtml
Section0073.xhtml
Section0074.xhtml
Section0075.xhtml
Section0076.xhtml
Section0077.xhtml
Section0078.xhtml
Section0079.xhtml
Section0080.xhtml
Section0081.xhtml
Section0082.xhtml
Section0083.xhtml
Section0084.xhtml
Section0085.xhtml
Section0086.xhtml
Section0087.xhtml
Section0088.xhtml
Parte7.xhtml
Section0090.xhtml
Section0091.xhtml
Section0092.xhtml
Section0093.xhtml
Section0094.xhtml
Section0095.xhtml
Section0096.xhtml
Section0097.xhtml
Section0098.xhtml
Section0099.xhtml
Section0100.xhtml
Section0101.xhtml
Section0102.xhtml
Section0103.xhtml
Section0104.xhtml
Section0105.xhtml
Section0106.xhtml
Section0107.xhtml
Section0108.xhtml
Section0109.xhtml
Section0110.xhtml
Section0111.xhtml
Section0112.xhtml
Section0113.xhtml
Section0114.xhtml
Section0115.xhtml
Section0116.xhtml
Section0117.xhtml
Section0118.xhtml
Section0119.xhtml
Section0120.xhtml
Section0121.xhtml
Section0122.xhtml
Section0123.xhtml
Section0124.xhtml
Section0125.xhtml
Section0126.xhtml
Section0127.xhtml
Section0128.xhtml
Section0129.xhtml
Section0130.xhtml
Section0131.xhtml
Section0132.xhtml
Section0133.xhtml
Section0134.xhtml
Section0135.xhtml
Section0136.xhtml
Section0137.xhtml
Section0138.xhtml
Section0139.xhtml
Section0140.xhtml
Parte9.xhtml
Section0142.xhtml
Section0143.xhtml
Section0144.xhtml
Section0145.xhtml
Section0146.xhtml
Section0147.xhtml
Section0148.xhtml
Section0149.xhtml
Section0150.xhtml
Section0151.xhtml
Section0152.xhtml
Section0153.xhtml
Section0154.xhtml
Section0155.xhtml
Parte10.xhtml
Section0157.xhtml
Section0158.xhtml
Section0159.xhtml
Section0160.xhtml
Section0161.xhtml
Section0162.xhtml
Section0163.xhtml
Section0164.xhtml
Section0165.xhtml
Section0166.xhtml
Section0167.xhtml
Section0168.xhtml
Section0169.xhtml
Section0170.xhtml
Section0171.xhtml
Section0172.xhtml
Section0173.xhtml
Section0174.xhtml
Section0175.xhtml
Agradecimientos.xhtml
Bibliografia.xhtml
autor.xhtml