El trovador Macías

Hacia 1340 nació en una parroquia cercana a la gallega villa de Padrón el trovador Santiago Macías, que habría de morir muy lejos de su tierra natal antes de cumplir los treinta años de edad. De su infancia y mocedad no se sabe nada. Lo primero que se conoce de él es que el comendador don Fernán Núñez de Toledo, siendo ya Macías un joven de reputado talento poético, le hizo gentilhombre y lo puso al servicio del maestre de Calatrava, don Enrique de Aragón.

En la casa del maestre había una muchacha muy hermosa, de la que Macías se enamoró. Los narradores discrepan al relatar la relación de la joven con el maestre, pues unos dicen que se trataba de su propia hija, mientras otros aseguran que era una de las damas de compañía del palacio. En cualquier caso, se trataba de una persona principal, con un destino matrimonial que no se correspondía con las condiciones de un pobre trovador como era el joven Macías.

Sin embargo, parece que la dama correspondió a los requerimientos amorosos del poeta, y que entre ambos hubo una pasión intensa y oculta. Pero el maestre había dispuesto que la muchacha, fuera su hija o una dama principal, se convirtiese en esposa de uno de los señores importantes de su entorno, el marqués de Porcuna, con quien hizo que se casase, para desesperación del trovador y de su secreta enamorada.

A partir de aquella boda, Macías convirtió en trovas las penas de su corazón desolado y, a través de su palabra, en clave de poesía, daba a conocer el dolor que lo atormentaba y la causa verdadera de su tristeza. El asunto fue tan evidente que hasta el marido de la hermosa añorada se enteró y acabó denunciando al maestre el caso de aquel trovador extravagante que se declaraba enamorado de su esposa mucho más allá de los límites que podían tolerar las cantigas y otros divertimentos.

El maestre, que gustaba de la poesía de Macías, habló con él del caso y, al saber que aquellos amores eran ciertos, exigió al joven trovador que olvidase a su amada y no diese ocasión a los celos de su legítimo marido. Macías se declaró incapaz de aquella renuncia, y el maestre, no sin pena, ordenó que lo encerrasen. El lugar de la prisión fue Arjonilla, a cinco leguas de Jaén, cerca de Porcuna y Andújar.

El encarcelamiento no enfrió la pasión del trovador y, desde su celda, acompañado de su laúd, entonaba cada jornada, en el atardecer, las canciones que le inspiraba el alejamiento de su amada y las penalidades que su desamor le hacía sufrir. Las canciones eran tan bellas y salían de un corazón tan sincero que a los alrededores de la prisión empezaron a acercarse algunas gentes de las cercanías, que llegaban a escondidas para escuchar las quejas poéticas del triste preso:

Cativo de miña tristura

xa todos prenden espanto

e preguntan qué ventura

foi que me tormenta tanto.

Mais non sei no mundo amigo

a quen máis de meu quebranto

diga desto que vos digo:

Quen ben see, nunca debía al pensar, que fas folía.

El cautivo cantaba en lengua gallega, tan apropiada para la nostalgia de sus quejas, pero también lo hacía en castellano, con la misma pena:

Quien mis cuitas entendiese

y mi dolor y quebranto,

y de mí se adoleciese,

compartiría mi llanto.

Cuanto más, si bien supiese

el gran bien que yo perdí:

Dios mío, eli, eli,

eli lama sabac thani.

La noticia de aquella tristeza amorosa tan bellamente proclamada corrió de boca en boca y recorrió muchas leguas. Y las gentes que venían a oír al trovador al fin del día se multiplicaron, de modo que, aunque todos eran discretos y procuraban disimular su presencia, al cabo alcanzó notoriedad el suceso de aquella multitud que se congregaba por la noche ante la mazmorra de Macías para oírle cantar.

La furiosa rabia del marqués de Porcuna iba creciendo, y al fin decidió terminar de una vez con aquella situación. No se sabe si el arma homicida fue una lanza o un venablo. Tampoco se conoce el modo como fue arrojada contra el irreductible poeta y ni siquiera si fue la mano del carcelero o la propia mano de aquel marido celoso quien la lanzó. En todo caso, una tarde la voz de Macías ya no se escuchó, porque había muerto aquel mismo día con el corazón atravesado por un arma.

El cuerpo del desventurado trovador fue trasladado a la ermita de Santa Catalina, donde se le enterró. En la losa sepulcral, el maestre que había sido su señor ordenó que se grabase un epitafio conciso:

AQUÍ YACE

MACÍAS EL ENAMORADO.

Nunca faltaron flores sobre esa lápida.

Leyendas españolas de todos los tiempos
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