El enamorado de Elisenda de Montcada
Siendo todavía niño, un paje se enamoró de Elisenda de Montcada, que tenía su misma edad, y le pidió que se casase con él cuando ambos fuesen mayores. Elisenda le contestó que aquéllos no eran asuntos propios de niños, y que ya hablarían de ello cuando creciesen.
Convertido ya el paje en un apuesto mozo y Elisenda en una hermosa doncella, volvió a requerirla de amores, pero Elisenda le respondió que los separaba demasiado su rango, pues ella tenía la obligación de casarse con algún caballero. Entonces el paje se alistó en el ejército cristiano y fue a la guerra contra los moros, y su comportamiento en las batallas fue tan descollante que el rey le concedió muchos títulos y dignidades.
El antiguo paje regresó al castillo de Montcada para mostrar a Elisenda todos los pergaminos que habían hecho de él un noble caballero y solicitarla en matrimonio, pero Elisenda le informó de que el propio rey había pedido su mano y que no podía anteponer a aquella petición la de un simple caballero, por noble que fuese.
Desconsolado, el antiguo paje regresó a la frontera, para entregarse con furia desesperada a la lucha contra los moros, y su valerosa actuación, a lo largo de los años, le hizo ganar muchos más títulos y blasones. Un día llegó a su campamento la noticia de que el rey acababa de morir, y el valeroso caballero se puso de camino a la corte para entrevistarse con Elisenda, ya viuda, y pedirle por tercera vez que se casase con él. Elisenda le recibió cubierta de negros ropajes y, tras agradecerle su petición, le respondió, con toda simpatía pero también con toda firmeza, que la viuda de un rey no debía casarse otra vez, sino entrar en un convento para servir a Dios.
Elisenda de Montcada se hizo monja e ingresó en el monasterio de Pedralbes, donde llegó a ser abadesa. Su desdichado amador, decepcionado en lo más hondo, decidió entonces tomar también los hábitos religiosos. Cumplidos todos los requisitos, el caballero se hizo fraile, pero no podía olvidar a Elisenda, su amada de toda la vida, y un día tuvo la idea de encaminarse al monasterio de Pedralbes y proponerle ser su confesor.
Cuando llegó, le dijo a la hermana portera que estaba allí para hablar con la madre abadesa, la que en el mundo había sido reina y se había llamado Elisenda de Montcada. La portera, echándose a llorar, le contestó que la madre abadesa acababa de morir.