Santo Domingo de la Calzada
Nacido casi al hilo del año mil, fue santo Domingo en su existencia mortal un hombre humilde e insignificante. Tanto que, según aseguran los cronistas, ningún monasterio lo quiso admitir para ser fraile, al menos hasta después de muchos años, cuando su conducta resultó bien conocida como ejemplo de vida piadosa.
Su vocación para el ejercicio de la caridad era muy grande y Domingo, al margen del mundo eclesiástico, se construyó una choza junto al Camino de Santiago, y dedicó todos sus esfuerzos a ayudar a los peregrinos, arreglando las sendas, mejorando los pasos difíciles, tendiendo puentes y, con el paso del tiempo, fundando comedores y refugios.
Muchos años después de muerto aquel santo caminero, en una posada al borde del Camino, entre el burgalés Belorado y la riojana Nájera, sucedió su milagro más famoso.
Llegó a la posada un matrimonio alemán, que en compañía de su hijo pregrinaba hacia Santiago de Compostela desde su lejano país. El hijo era un mozo esbelto y rubio, y al verlo, una de las mozas de la posada se sintió irremediablemente atraída hacia él. Que la atracción era fatal lo demuestra el comportamiento que tuvo la moza más adelante en el caso. Aquella noche, sin más preámbulos, fue a visitar al mozo en su cámara, y parece que se metió en su lecho dispuesta a tener con él amorosa comunicación. Mas el mozo, sea porque durante la peregrinación quería mantenerse casto, sea por cualquier otra razón, o por la simple causa de encontrarse muy fatigado, rechazó enérgicamente sin contemplaciones los arrumacos y la disposición de entrega de la moza.
La muchacha se sintió tan despechada por el desprecio del joven alemán que imaginó una venganza a la altura de su ira. Y como la malicia es capaz de nutrirse, para su ejercicio, hasta de los más sagrados ejemplos, debió de recordar, por haberlo oído en algún sermón, la historia de José y sus hermanos, y la de aquella copa que él mandó esconder entre las pertenencias de ellos. Es el caso que la posadera tenía, como el tesoro de su ajuar, un vaso, taza o cuenco de plata que había heredado de un abuelo suyo. La moza se hizo furtivamente con el vaso y lo escondió en la mochila del joven alemán. Cuando los peregrinos hubieron seguido su camino y el vaso fue echado de menos por su dueña, la joven urdió los embustes precisos para que los agentes de la justicia fuesen en busca de los alemanes y, tras registrar su impedimenta, encontrasen el vaso escondido.
El joven fue acusado de ladrón y, sin que sirviesen de nada sus protestas y sus juramentos de que era inocente, el juez lo mandó ajusticiar. Fue ahorcado al alba del siguiente día, y su cuerpo, como ordenaba la ley, quedó colgado entre los cuerpos de otros ahorcados que permanecían en el patíbulo, las cuencas vacías y los rostros y las manos despellejadas por la voracidad de las aves carroñeras, para aviso y escarmiento de maleantes.
Los padres del joven siguieron su camino hacia Santiago, llenos de dolor, y consiguieron cumplir su voto de peregrinos. Al regreso de Santiago, los tristes padres quisieron ver el terrible lugar donde debía permanecer el cuerpo de su hijo. Cuando llegaron ante el patíbulo, entre un revolar de cuervos y urracas, descubrieron que el cuerpo de su hijo se conservaba incólume, con color en las mejillas y el aire de estar dormido y no muerto.
El ahorcado les sintió llegar, abrió los ojos y les sonrió. Luego, con voz tenue pero serena, les dijo que no estaba muerto, gracias a Santo Domingo que, invisible, permanecía junto a él desde el momento de la ejecución, sujetando sus piernas para que el peso del cuerpo no hiciese correr y ajustarse a su cuello el nudo de la soga que debía haberlo estrangulado.
Con mucha alegría y esperanza, los padres del joven acudieron al merino para informarle del prodigioso suceso y pedirle que ordenase soltar al joven. Era la hora del almuerzo y el merino se disponía a engullir dos rollizos pollos asados. El merino escuchó cortésmente lo que los padres del joven le contaron, pero luego, tras ajustarse al cuello la servilleta, aseguró con firme convicción que aquel hijo ahorcado de que hablaban estaba tan vivo como los dorados pollos que había delante de él. En aquel momento, aquellos cuerpos hechos ya vianda por la virtud de la manteca y del horno se pusieron torpemente en pie y, descabezados y cojos como estaban, saltaron tambaleantes de la mesa, y hay quien asegura que escaparon por la puerta cacareando.
En el interior de la catedral de Santo Domingo de la Calzada se recuerda este milagro, y en una jaula hay siempre un gallo y una gallina tan vivos como aquel joven ahorcado que, con la ayuda del santo justiciero, pudo terminar felizmente su peregrinación.