La bruja castigada
En la catedral gerundense, en lo más alto del contrafuerte de la torre románica de seis plantas conocida como «Torre de Carlomagno», destaca sobre la desnudez del muro la gran figura oscura de una gárgola de aspecto humano. Al parecer, no siempre estuvo la gárgola en ese lugar, sino que apareció cierto día de modo milagroso.
Hubo en la localidad una mujer de quien se aseguraba que era bruja, capaz no solo de convertirse en gato, en cuervo y en sapo, animales a los que muy a menudo se veía en los alrededores de su vivienda, sino de formular hechizos que producían entre sus vecinos muy poderosos males de ojo. Hasta hubo quien aseguró haberla visto volar sentada en una escoba, mientras cantaba esa canción que tanto les gusta entonar a las brujas:
Lunes y martes y miércoles, tres;
jueves, y viernes, y sábado, seis.
El colmo de sus malas artes era que, por la noche, iba a tirar piedras contra la catedral, mientras entre murmullos injuriaba a los santos apóstoles, a san Miguel, a santa Elena y hasta a Nuestra Señora de la Predela y a la del Bell Ull, es decir, a todos los santos y vírgenes objeto de culto y exaltación en el templo.
De todas las actividades de la bruja, parece que este diario apedreamiento de la catedral era lo que más le molestaba a Dios Nuestro Señor, que por fin, harto de las agresiones blasfemas de aquella malvada, decidió castigarla. Y dijo Dios: «pedres tires, pedres tiraràs, de pedra restaràs», y la bruja quedó metamorfoseada en una enorme gárgola.