Los Pirineos
En tierra aragonesa, en lo alto del Pueyo de los Bañales, quedan las huellas de los pies de Hércules y dos grandes piedras, llamadas el Huso y la Rueca, que el héroe alzó con sus poderosos brazos y lanzó lejos de sí. Sin duda dejó tales señales de su paso preso de furia, en los tiempos en que pretendió los amores de la divina Pyrene, tan bella como orgullosa, que habitaba por aquellas tierras y que prefirió morir entre las llamas de sus propios bosques, tras prenderles fuego, antes que entregarse a aquel pretendiente que no dejaba de acosarla. Se dice que como consecuencia del gigantesco incendio brotaron ríos de plata fundida y que el héroe levantó los montes para que sirviesen de túmulo al cuerpo de su amada imposible.
También en aquellos parajes permanece la cueva que sirvió de cobijo a Caco, el célebre ladrón de los tiempos antiguos. Los miembros del linaje de Caco debían de tener singulares fuerzas físicas, pues cuando Hércules y Pierres buscaban a Caco para saludarlo, encontraron a una hermana suya que estaba arando y que, para señalar el lugar donde habitaba su hermano, no soltó las manos del arado, sino que lo alzó de la tierra doce palmos, con bueyes y todo.
Hércules y Pierres encontraron a Caco y, tras emborracharse juntos, los tres nuevos amigos se fueron a cazar, pero solamente encontraron un león que Caco mató abriéndole las mandíbulas hasta partirle el cráneo. Por su parte, y a falta de otro animal comestible, Pierres agarró una vaca y se la cargó al hombro. En cuanto a Hércules, desgajó una corpulenta haya para apoyarse en su tronco mientras descendía de las montañas. En la fachada del Ayuntamiento de Tarazona se muestran en bajorrelieve las imágenes que perpetúan el recuerdo de tales hazañas.
Tres cumbres especialmente altas de los Pirineos, el Monte Perdido, el Cilindro de Malboré y el pico de Añisclo, reciben el nombre de Las Tres Sorores —As Tres Serols—. Ciertos narradores cuentan que, en realidad, esas tres montañas son el túmulo funerario de quienes fueron un día tres jóvenes y bellas hermanas que, el mismo día de sus bodas, asistieron a la invasión de su aldea por un grupo de guerreros del rey visigodo Eurico. Los invasores se llevaron cautivos a su padre y a sus prometidos, con los demás hombres del pueblo. Pasado el tiempo, los invasores convencieron a las tres muchachas de que tanto su padre como sus novios habían muerto, y ellas acabaron adoptando la fe arriana y casándose con tres de aquellos enemigos. Sin embargo, ni el padre ni sus verdaderos prometidos habían muerto, y la maldición paterna, recibida en sueños, las obligó a huir por las asperezas del monte buscando un escondite para su desesperación. Por fin, un cataclismo geológico sepultó a cada una de ellas bajo las montañas que hoy recuerdan su relación fraternal.