La dona d’aigua del Montseny
Una enorme encina recuerda, en un paraje del Montseny, la historia de amor del señor de Can Blanch y de la dona d’aigua. Bajo tal encina descansaba un día el señor, durante una de las partidas de caza a las que era aficionado, cuando escuchó una voz dulcísima que cantaba no muy lejos de allí. Siguiendo el sonido de la voz, el señor bajó hasta el arroyo y encontró a la dama más hermosa que pudiera imaginar.
El señor de Can Blanch comprendió que ni la belleza ni la voz de aquella mujer correspondían a una criatura humana, sino a una dona d’aigua, uno de esos seres maravillosos que habitan en las fuentes y pertenecen al espíritu de la naturaleza. Mas quedó tan prendado de la dama que, incapaz de separarse de ella, le pidió que le acompañase a su torre y fuese su huésped durante unos días.
Ella accedió, y después de un tiempo, que fue de gustosa compañía para los dos, el caballero le pidió a la dona d’aigua que se casase con él. Ella reflexionó sobre aquella petición y al fin aceptó ser la esposa del caballero, con la condición de que nunca le recordase su naturaleza de dona d’aigua, pues en el mismo momento en que lo hiciese, se apartaría para siempre de su lado. Él prometió lo que ella quiso, y se casaron.
Fueron felices un tiempo. El señor olvidó la caza y solo vivía para estar con su bella esposa. Tuvieron un hijo y una hija. Pero la mujer dedicaba muchas horas al cuidado de los niños, por lo que el señor recuperó su gusto por la caza y la compañía de otros cazadores y comenzó a ausentarse de la torre con frecuencia. Una vez su esposa le reprochó sus ausencias, y al señor de Can Blanch le molestó el reproche. El entendimiento que había entre ellos durante los primeros años de matrimonio empezó a transformarse en discrepancia y hostilidad.
En cierta ocasión en que los excesos del señor de Can Blanch y sus compañeros de correrías habían alborotado la torre hasta altas horas de la noche, la esposa del señor vituperó su conducta con palabras fuertes. Lleno de soberbia, el señor de Can Blanch le replicó a su mujer que ella no tenía ninguna autoridad para reprenderle pues, sin linaje ni sangre conocida, solo era una dona d’aigua que él había elevado a la nobleza. La mujer, sin decir una sola palabra, salió corriendo de la torre y desapareció en el bosque, aunque hubo quien aseguró haberla visto arrojarse a la sima del Gorc Negre.
Arrepentido, el señor de Can Blanch buscó infatigablemente a su esposa, pero no pudo encontrarla. Un día supo que, por la noche, la dona d’aigua regresaba a la torre, para conversar con sus hijos y cuidarlos. De su visita quedaban entre los cabellos de los niños las perlas en que se convertían las lágrimas que derramaba al separarse de ellos.
Parece que continuó visitándolos a lo largo de los años, pero el señor de Can Blanch no consiguió volver a verla nunca más, aunque gracias a aquellas perlas consiguió hacer frente a las deudas que amenazaban la estabilidad y el futuro del señorío.