El topo de la catedral de León
Desde el interior del templo, sobre la puerta derecha de la fachada oeste de la catedral de León, puede verse un gran objeto oval, convexo, de color oscuro. Se trata de la piel del monstruoso y mágico animal que destruía los cimientos del edificio en los primeros tiempos de su construcción.
La ruina nocturna de las obras consolidadas durante el día causó la admiración de los arquitectos y albañiles, y el asombro se hizo temor cuando, a pesar de su vigilancia, no consiguieron descubrir al ser que las echaba abajo. Al parecer, la tierra se removía fuertemente sin que nadie visible interviniese en ello, y en el violento retemblar se venían abajo los sillares que con tanto esfuerzo habían sido asentados.
Se cuenta que don Manrique, que entonces era obispo de la ciudad, encargó a varios clérigos, en cuya entereza confiaba, para que se apostasen en aquel lugar y no dejasen de observar con atención lo que sucedía, y que ellos consiguieron divisar, entre los movimientos que aquella noche volvieron a sacudir los cimientos del edificio, las grandes uñas y los anchos pies y hasta el hocico de un gigantesco topo que excavaba con fuerza la tierra que rodeaba los sillares.
Se juzgó que el tamaño de aquel topo, y su sacrílega labor, denunciaban alguna conjura diabólica contra el templo, y con exorcismos y una red bañada en agua bendita se consiguió capturar al topo y luego matarlo, conservándose su piel como recuerdo del extraño trance. Se dijo luego que habían sido los moros, que entonces atravesaban una época de continuas derrotas a manos de los ejércitos cristianos, quienes habían invocado a los poderes maléficos para traer al mundo aquel animal extraordinario y emplearlo en una obra destructiva que no consiguió prevalecer.