El Cazador Negro (Eiztari-beltza)
Son muchos los lugares del País Vasco donde se dice que transcurrieron los hechos que dieron origen a la maldición del Cazador Negro, a quien se conoce con nombres distintos: Mateo Txistu, el cura Salamón, Juanito Txistularixa, Martín Abad y otros. También ciertos narradores señalan que el suceso tuvo lugar en una iglesia del monte Udala.
El tal Mateo Txistu, o como se llamase realmente, era un sacerdote muy aficionado a la caza. Tanto que, hasta cuando paseaba leyendo su breviario, llevaba al hombro la escopeta, por si en el transcurso de su caminata se cruzaba con algún animal que abatir.
Cierta mañana de fiesta, mientras decía misa, y precisamente en el momento de la consagración, oyó ladrar a sus perros, que tenía atraillados a la puerta de la iglesia con el propósito de salir a cazar en cuanto terminase de celebrar el sacramento.
Los ladridos, ansiosos y acuciantes, le anunciaban la proximidad de alguna pieza, y el cura se sintió muy desazonado. Hay quien asegura que el animal, una liebre, entró en la iglesia y recorrió con rápidos brincos el pasillo entre los bancos, antes de desaparecer de un salto a través de una ventana del ábside.
Mateo Txistu abandonó sin miramientos su sagrada tarea, buscó en la sacristía su escopeta, corrió veloz hacia la puerta mientras se despojaba de las vestiduras litúrgicas y, tras soltar a los perros, echó a correr detrás de la liebre. Y detrás de la liebre sigue corriendo, día y noche.
La maldición de Mateo Txistu solo concluirá el día en que pase delante de una iglesia en el momento mismo de la misa en que él cambió la hostia por la escopeta y acabe de celebrar el sacramento. Al parecer, esto no ha sucedido todavía, pues es posible a veces, sobre todo en las noches de invierno, escuchar a lo lejos el paso de los vehementes ladridos de sus perros, condenados, como él, a vagar eternamente en busca de una caza inalcanzable.