PAISAJES DESPUÉS DE LA BATALLA
El barrio ofrece un aire desolado: la huelga general indefinida de los obreros clandestinos de la confección, sus manifestaciones violentas para obtener la regularización de sus documentos de trabajo, los conatos de incendio de los grupos autónomos anticapitalistas, los choques cada vez más frecuentes entre comandos de protesta contra el genocidio del pueblo oteka y brigadas de autodefensa de las milicias patrióticas de Charles Martel han provocado el cierre masivo de los comercios y la supresión casi completa del tráfico. Automóviles volcados e incendiados por militantes de facciones rivales, detritos acumulados en las aceras desiertas, barricadas improvisadas con adoquines, troncos de árboles, bancos de madera y carrocerías chamuscadas de la esquina del Rex evocan escenas de insurrección y pillaje, de encarnizada resistencia a una brutal invasión enemiga. Los habitantes se han atrincherado en sus casas y se protegen de los cócteles molotov o impactos de bala con los postigos y persianas corridos. La guerra de consignas opuestas trazadas en las paredes ha alcanzado su paroxismo: las pintadas se suceden sobre fachadas, portales y cierres metálicos sin perdonar ni un centímetro. Los mensajes políticos que transmiten conforman un verdadero babel lingüístico y advertirás en seguida la emergencia de áreas idiomáticas de aleatoria y difícil clasificación. Su escritura se limita a un conjunto de signos y figuras próximos unas veces a los jeroglíficos egipcios y otras a los ideogramas silábicos de las extintas civilizaciones de Mesopotamia. Aunque el plazo apremia y los granillos de arena escurren sin tregua de un compartimento a otro del reloj, no resistirás a la tentación de detenerte, anotarlos cuidadosamente en tu cuaderno y, sentado en el guardabarros de un vehículo destrozado, procurar descifrar su enigmática significación. Una pasión voraz de aprender, de asimilar los símbolos, creencias, lenguaje de comunidades remotas y aun desaparecidas absorbe por completo tu atención y energías. Desearías compilar, si dispusieras de tiempo, la totalidad de la memoria y conocimiento humanos desde el instante grandioso en que el cuadrúpedo se alzó sobre sus extremidades traseras hasta el momento en que, con la minutera pegada a tu pecho a la altura del corazón, te entregas a una vertiginosa y ya vana labor de lingüista. Quisieras abarcar en un lapso brevísimo la increíble variedad de credos, cultos, ceremoniales, costumbres, valores, ideas, sentimientos, obsesiones de los hombres y mujeres que te han precedido y te seguirán: entrar en su fuero interno y morada vital, comprender sus aspiraciones y anhelos, comulgar con su fe, sentir sus tristezas y alegrías; componer un libro abierto al conjunto de sus voces y experiencias, construido como un rompecabezas que sólo un lector paciente, con gustos de aventurero y etnólogo, sería capaz de armar. Acomodado en la carrocería maltrecha del automóvil, llenarás página a página tu sobado cuaderno de signos cabalísticos hasta llegar al final. Cuanto has transcrito reproduce únicamente las pintadas que divisas desde tu asiento y lamentarás carecer de medios y de tiempo para proseguir tu labor. Cerca de ti, escurriéndose entre los residuos aún humeantes de los incendios y las barricadas solitarias, desfilan individuos de origen incierto, con brazaletes y emblemas de imposible identificación. Observarás que algunos comunican entre sí con ademanes y gestos en su alfabeto próximo al de los sordomudos; otros, se sirven de esa especie de taquigrafía sonora, hecha de breves o largas modulaciones agudas, que los indígenas guanches usaban quizá desde antes de la llegada de los conquistadores y que, a fin de liquidar de una vez para siempre las viejas y absurdas querellas lingüísticas de tus compatriotas, debería ser proclamada solemnemente el idioma oficial de la fatídica e incorregible Península: el silbo gomero. Al cabo de unos minutos de audición, harás como ellos y, con los dedos en la boca, emitirás prolongados y melodiosos silbidos mientras, en medio de la colosal hecatombe, avanzas por el bulevar devastado y cubierto de residuos junto a edificios desdentados y tuertos, bostezos cavernosos de muros agujereados, pilas de neumáticos misteriosamente preservados de las llamas, montones apestosos de basura, objetos arrojados en plena huida, vestigio indudable del ajetreado saqueo. El arco monumental a Ludovico Magno cabalga a horcajadas un espacio asolado en el que, a juzgar por los boquetes abiertos en el asfalto, ha debido desarrollarse la acción principal: uniformes y estandartes caídos de los comandos secretos conmemorativos del genocidio oteka se mezclan en el polvo y ceniza con las banderas, medallas y escudos de los sectarios y cruzados de Charles Martel. Las hogueras que han socarrado las enormes pintadas de los inmuebles parecen haber respetado en cambio las modestas inscripciones y dibujos garabateados junto al ángulo de la Rue Saint Denis: KATIE, TE AMO; el corazón sangrante atravesado por una flecha y los nombres enlazados de Charles y Magdalen; EL REVERENDO OS ESPERA EN EL JARDÍN ; el poema en acróstico a las gemelitas. Los defensores de la limpieza y homogeneidad del barrio han aprovechado el pánico y confusión reinantes para señalar con estrellas de David los armazones metálicos de los almacenes y tiendas judíos. La Rue d’Aboukir es una vasta perspectiva de aceras vacías, puertas atrancadas, edificios desiertos. Algunos balcones lucen todavía pancartas indicativas de una ocupación de los talleres de prêt-à-porter por parte del personal indocumentado; otros, exhiben crespones negros o anuncian el cierre definitivo del establecimiento por causa de defunción. A lo largo de tu melancólico y pausado trayecto toparás con entierros de diferentes ritos: los féretros son transportados a hombros por una pequeña comitiva de parientes y escucharás, amortiguados por la distancia, los lloros y lamentaciones del mujerío. Una flauta delicada y sutil, de iniciación a la sama, preludia en sordina la voz dulce y difusa de un derviche sufí. En el cruce de la Rue Saint Foy, un túmulo improvisado, coronado de flores, señala el lugar donde un transeúnte perdió recientemente la vida. Atasco automovilístico, barahúnda incesante, operaciones de carga y descarga de la Place du Caire han cedido paso a un silencio denso y amenazante, interrumpido a trechos por el retumbo de una caja de cartón sacudida por ráfagas de viento bruscas y espaciadas. Los paquistaneses y bangladesís ordinariamente agrupados en el burladero central han huido con los amos de los comercios que les explotaban. Ahora, sólo distinguirás a un individuo moreno, de aspecto demacrado e hirsuto, que parece aguardar una improbable llamada del más allá junto a la cabina transparente de teléfonos: le reconocerás a la primera ojeada y avanzarás hacia él con paso resuelto, adivinando, antes de que tenga tiempo de esbozarlo, su ya previsto ademán de tenderte un sobre rectangular azul en el que figura el texto del telegrama.