ALGUNAS RECTIFICACIONES AL CUADRO

Contrariamente a lo que reza su horóscopo, nuestro misántropo no pretende ni ha pretendido nunca eludir ningún automatismo: es, al revés, un individuo de costumbres maquinales y fijas, de reflejos dignos del perro de Pavlov. Se levanta, pasea, come, duerme la siesta a horas regulares; repite itinerarios consabidos; se detiene a menudo en los mismos sitios y, una vez se habitúa a cualquier cosa —un cine, un café, un plato de comida—, acepta difícilmente la menor variante. Acostumbrado, por ejemplo, en los USA, a que las puertas vidrieras se abran electrónicamente a su paso, como al conjuro de una fórmula mágica, bastará con que el dispositivo de alguna no opere para que, ante el discreto regocijo de los presentes, se dé violentamente de narices con ella y permanezca unos segundos borracho, abrumado con la injusticia del batacazo.

Posee en cambio, y en alto grado, las características de torpeza y lentitud saturninas. No sabe hacer nada con sus manos, y el más nimio incidente o problema doméstico le deja anonadado y confuso: es incapaz de cambiar una llanta, componer un enchufe, preparar un café, hacerse un huevo frito. Su desconocimiento de la mecánica y, en general, de todas las artes de bricolaje, alcanza extremos increíbles: de haber sido cortada con el mismo patrón que él, la desdichada humanidad no habría descubierto el fuego ni inventado la rueda, vegetaría aún en la ignorancia más crasa. En verdad, como solía recordarle su esposa en épocas de anterior militancia, había nacido para señorito.

Resulta realmente cómico —y también algo patético— su forcejeo diario con los objetos: llaves, sacacorchos, abrelatas, cremalleras, agujas. Cuando sus reiteradas y cada vez más frenéticas tentativas de abrir, digamos, el paraguas fracasan de modo lamentable, nuestro capricornio se siente embargado por sentimientos de frustración e impotencia, atribuye el episodio a una turbia conspiración mundial contra su inteligencia y si el maldito artilugio resiste y se empeña en burlarse y desafiarle, empezará a golpear con él las paredes con rabia demente, a falta de no poder hacerlo en la cabeza de los compasivos viandantes. Como ese anciano que, después de bregar desesperadamente con la solidez y constancia de un filete, duro como una suela de plástico, se lo saca de la boca al mismo tiempo que la dentadura y dice a ésta con sarcástico retintín, que se lo coma, si quiere, ella sola, el silencioso, ensimismado vecino de la Rue Poissonnière, después de una serie de mandobles y porrazos a la inocente fachada de su inmueble, arrojará su porfiado enemigo al suelo y lo empujará a patadas, como un poseso, a la alcantarilla más próxima.

Hay que verle también plantado en medio de la calle como un bobo, con el impermeable, el sombrero y las gafas, mientras contempla la zanja de obras públicas en la que, desde hace unas semanas, trabajan media docena de moros, sin advertir que su cachazuda presencia obstaculiza la maniobra de una furgoneta, hasta que el chófer, nervioso, da un claxonazo y, con sobresalto grotesco, le obliga a saltar al arroyo. Quien le haya pillado alguna vez en trance tan ridículo, no podrá sino coincidir en el sardónico juicio de su mujer: cada día se está pareciendo más a su tío Eulogio.

Paisajes después de la batalla
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