ESPACIO EN MOVIMIENTO
Llegados a este punto de la mal hilvanada y dispersa narración, no dudamos de que la vasta legión de admiradores de la Ciudad Luz se sentirán defraudados en sus legítimas esperanzas de ver reflejados en aquélla los lugares, personajes y tópicos que conocen y aman. En vez de frecuentar, por ejemplo, los medios artísticos, refinados y elegantes que tanto fascinan a los héroes novelescos de Carpentier o Cortázar —esos patriotas revolucionarios perdidamente enamorados de Francia y todo lo francés—, nuestro atrabiliario sujeto, cuando no toma el metro y se pierde en un adocenado y vulgar laberinto de pasillos, escaleras y enlaces, recorre espacios sin solera literaria alguna y en los que por contera apenas se escucha la lengua vernácula. Ni por asomo le veréis en esos cafés del Barrio Latino, Montparnasse o Saint Germain des Prés, llenos de exiliados latinoamericanos y autóctonos con su correspondiente diploma de Beaux-Arts o l’Ecole del Hautes Etudes o pasear en calesa por una de las hermosas avenidas que convergen en la Estrella, en compañía de Reynaldo Hahn u otro asiduo del clan Verdurin. El París de los Borbones y Bonapartes, planificado y neutralizado por sus arquitectos con vistas a posibles explosiones sociales, no le impresiona ni poco ni mucho. Las grandiosas perspectivas de cartón piedra, sus edificios conminatorios y adustos, le dejan de hielo. Lo que le atrae —y responde a sus gustos lamentablemente groseros— es el París alógeno, poscolonial, barbarizado de Belleville o Barbes, un París que no tiene nada de cosmopolita ni culto, sino iletrado y meteco.
El hormigueo de la calle, su frondosidad creadora, le procuran diariamente un espectáculo continuo, variado y gratuito. En la Rue d’Aboukir o la Place du Caire, como en la Porte de Clignancourt o la Goutte d’Or, saborea la presencia fluida e incesante del gentío, su movilidad desordenada, su diáspora febril por la rosa de los vientos. La paulatina deseuropeización de la ciudad —la emergencia de zocos y hammams, venta ambulante de totems y collares, pintadas en árabe y turco— le colma de regocijo. La complejidad del ámbito urbano —ese territorio denso y cambiante, irreductible a la lógica y programación—, invita a cada paso a trayectos versátiles, que tejen y destejen, lienzo de Penélope, una misteriosa lección de topografía. Los modestos ilotas de la difunta expansión económica han traído con ellos los elementos e ingredientes necesarios a la irreversible contaminación de la urbe: aromas, colores, gestos, un halo de amenazadora proximidad. Nuestro excéntrico personaje ha advertido que no es necesario coger el avión de Estambul o Marraquech en busca de exotismo: basta con salir a estirar las piernas para topar inevitablemente con él. La transparencia y brutalidad de las relaciones sociales del Sentier, su creciente confusión de lo público y lo privado, configuran lentamente un mapa de la futura ciudad bastarda que será al mismo tiempo el mapa de su propia vida. Los cartones y barajas con que los fulleros de Xemáa el Fna sonsacan los cuartos a los incautos, han bajado desde Barbes a las aceras del bulevar y se extienden poco a poco, como una plaga, por los barrios concurridos por el gran mundo. La megalópolis moderna vive ya a la hora de Bizancio: con un poco de suerte, se dice, llegará el día en que los verá confluir por los tentáculos de l’Etoile hasta los pies del sacratísimo Arco de Triunfo.