VERLO PARA CREERLO
En las pausas que siguen o preceden a sus tareas de copista, recopilador, corresponsal anónimo o autor chapucero de fantasías científicas, el atrabiliario vecino de la Rué Poissonniére, abandonando su melancólica observación de las palomas en el alero gris del tejado, el domo verde mazapán de la Opera o sus manos descoloridas y enjutas —temeroso de detectar, contra toda lógica, los síntomas anunciadores de una abominable verruga—, revuelve a veces la pila de revistas y publicaciones hacinadas entre sus carpetas hasta dar con un marchito volumen de poesía, regresa al escritorio en el que acaba de redactar una nueva y desvergonzada carta a las modelos del Reverendo y procede a copiar en un cuaderno, con esmerada caligrafía, los divanes del místico sufí Yalalud-din Rumi a su maestro e iniciador Chams Tabrizi:
Era nieve, y me fundieran tus
rayos.
La tierra me bebió; niebla del espíritu
me remonto hacia el sol.
El estrafalario ermitaño del Sentier nos había mantenido celosamente oculta hasta ahora su increíble e insólita afición a la poesía. Su abierto menosprecio al mundo de la cultura, su conducta a menudo indecorosa, la bajeza y zafiedad de sus gustos se compaginan en verdad difícilmente con esa inclinación secreta al lenguaje inefable del fundador de las danzas derviches: ¡su alma empedernida y estéril ha preservado así dichosamente del muermo incurable que le habita un pequeño remanso de efusividad, un diminuto hontanar del que quizá manen sus querencias y emociones más íntimas!
Su rostro, ordinariamente obtuso y huraño, parece abrirse y difundir energía mientras escribe en una tarjeta rectangular destinada a su mujer los versos espirituales del bardo al libre y provocador vagabundo que había irrumpido en su vida:
Feliz momento aquél en que nos
sentamos en el
palacio
tú y yo.
Con dos formas y dos semblantes,
pero una sola
alma,
tú y yo.
Las estrellas del cielo vendrán
a contemplarnos y
nosotros
se las mostraremos a la propia luna,
tú y yo.
Y nos fundiremos en el éxtasis y
no seremos ya
seres individuales,
jubilosos y a salvo del necio lenguaje humano, tú y yo.
Todos los pájaros de brillante
pluma se morderán
de envidia el corazón, en el lugar donde reiremos
tú y yo.
Esta es la maravilla mayor: que
sentados acá, en el
mismo
escondrijo, vivamos
simultáneamente en el Irak y
en Jorastán,
tú y yo.
¡Desgraciadamente para nosotros, no nos será posible captar la muy probable expresión de displicencia, desdén y estupor de la esposa del monstruo en el momento de recorrer estas líneas!