DE VUELTA A LA ALDEA
El edificio es un antiguo prostíbulo para inmigrados, con una escalera de madera en espiral desvencijada y oscura. Los visitantes del morabito aguardan pacientemente en el rellano, junto a la puerta de su cuchitril: mujeres envueltas en chales y caftanes, individuos sombríos y ensimismados, manos y cabellos teñidos de alheña. Al llegar él y acomodarse en un escalón junto al último miembro de la cola, le observan con indiferencia, sin preguntarse qué hace allí. Nuestro hombre ha tenido, es verdad, la elemental precaución de cambiar su habitual sombrero de fieltro con un turbante amarillo adquirido por el módico precio de diez francos a un regatero de la rue Polonceau. ¡Si su esposa le viera en aquel instante le abrumaría, con toda razón, bajo el peso de sus hirientes sarcasmos!
Quienes acaban de ser atendidos salen reconcentrados y silenciosos de la habitación, con un triángulo de papel en la mano: al volver a casa, deben poner un extremo del mismo en un vaso de agua y beber ésta de un tirón, arrojar otro al fuego y coser el tercero al vestido, de forma que roce siempre la piel; o conseguir un mechón de los pelos de la persona querida u odiada, una fotografía reciente de ella y volver allí, a ver al milagrero, para que éste escriba una fórmula eficaz y potente que, unida a los cabellos, será depositada bajo el colchón o la almohada; o arrancar el corazón a un gallo, ponerle una pizca de sal, acribillarlo de alfileres como el acerico de una costurera y suspenderlo con un hilo rojo en las ramas de un árbol: su enemigo agonizará sin remedio conforme el erizado corazón se seque.
Cuando llega su turno, nuestro hombre —utilizo aún, como siempre, el plural a fin de evitar las bromas de mal gusto que podría suscitar el empleo del adjetivo posesivo en primera persona del singular entre lectores malintencionados y aviesos— penetra en el tabuco del morabito: una habitación con un hornillo de gas, adornada de signos zodiacales, manos, ojos, triángulos, inscripciones cúficas. Su anfitrión es un hombre de mediana edad con zaragüelles, chilaba, gafas, almaizal y turbante, sentado en cuclillas sobre una estera. Con un ademán señorial, te invita a instalarte en ésta frente a él, me coge la mano, consulta las lineas, murmura conjuros y ensalmos, revuelve el contenido verde de un vaso y escupe en él un chorro abundante de saliva.
Veo una gran plaza despejada, gentío, mucho tráfico, cornetas, tambores, una banda de música… Veo a un muerto, un ataúd de madera y de bronce… El público rodea el catafalco y deposita flores sobre la tapa… Pero el espíritu del muerto es más fuerte que todos y vuela al país natal… Veo una aldea, arbustos, chozas de madera… El muerto está con los suyos, saluda a sus esposas, besa la mano de sus padres… Sus asesinos, ahora, no pueden nada contra él… Tiene el poder de atraer la lluvia y los corazones… No será barrendero ni colector de basuras sino un héroe conocido en el mundo entero… Los morterazos, obuses, metralla se transforman en flores y frutos silvestres… No volverá a caer en el barro, destrozado, borracho, en un paisaje sembrado de cráteres lunares… No sufrirá más frío ni hambre ni sed ni humillaciones… Ahora es libre y feliz… Desde la caja en que creyeron encerrarle, ríe, reirá siempre, de la credulidad y estupidez de sus adoradores… Veo, veo aún…