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¿Qué diablos andará manipulando nuestro hombre en su propio teléfono?
La línea instalada en su leonera enlaza directamente con la del piso de enfrente: es, en realidad, una mera extensión de la misma. Pero, aunque siempre la desenchufa porque no quiere que nadie le moleste y el brusco zumbido del receptor le horroriza, hemos advertido que la conecta a menudo cuando se ausenta, sobre todo si la esposa está en casa y, como suele, conversa interminablemente con sus amigas.
Ahora, el atrabiliario personaje retira un pequeño dispositivo adherido al aparato, se instala cómodamente en su sillón, mira a través del cristal de la ventana la superficie grisácea de los tejados, contempla una de las palomas estúpidas cuyas deyecciones salpican el canalón de desagüe, se frota las manos como el obeso sexual que, después de masturbarse ante una modelo de Playboy, deliciosamente relajado ya, hace ese típico ademán de enjabonarse y decide que ha llegado el momento oportuno de fumarse con calma un purito. La cinta grabadora, entre tanto, gira monótonamente con sus pausas, preguntas, digresiones, suspiros.
Como siempre… Encerrado en su celda sin ver a nadie… No, dice que no le interesa… Ha perdido el contacto con todos sus amigos… Le dieron una buena indemnización cuando se marchó, pero el dinero no va a durar eternamente… Como no se espabile un poco, amanecerá sin un real en el bolsillo el día menos pensado… Claro que lo sabe, se lo dije montones de veces cuando aún nos hablábamos… Exacto, prefiere hacerse el tonto… Nada, pasear de un lado a otro como un turista… ¿Yo? ¿Qué quieres que haga? Hace tiempo que he renunciado a intervenir en sus asuntos… Al fin y al cabo es mayor de edad y sabe lo que quiere… No, ni siquiera coincidimos en la portería… Sólo las notas y mensajes… Nada, pensamientos, reflexiones. ¡El otro día me copió el poema de un místico sufí, traducido del persa!… Ya sé que me quiere a su manera pero, para mí, es como si se hubiera ido a otro planeta… Por fortuna, tengo mi trabajo, una vida independiente de la suya, de otro modo… Lo mejor es tomar las cosas con humor y hacer como si fuese viuda…
La cinta se interrumpe, y el tenue hilillo transmisor —semejante a aquel de quien, incapaz de confesar directamente a su consorte que su vida común se ha vuelto un desierto, decide recurrir al subterfugio de soñar fingidamente en voz alta y decir así, en un estado de supuesto sonambulismo, lo que no alcanza a manifestar despierto— se pierde en un silencio opaco: nuestro hombre guarda el magnetófono como si nada hubiera pasado, sin temor a que —conforme al símil anteriormente trazado— su otra mitad, el ofuscado cónyuge, sacuda al presunto soñador a bofetadas e intercepte con brutalidad la ingeniosa estratagema comunicativa.
Inútil agregar que su conducta incalificable moviliza nuestros sentimientos de desprecio e indignación: ¡no contento con ser un mirón, el triste sujeto que acapara inmerecidamente esta historia, resulta, para colmo, un aprendiz de espía!