NI STALIN NI TRUJILLO NI POL POT: BELA LUGOSI
La idea me vino al contemplar el culebrón interminable que diariamente se formaba a lo largo de la acera de mi manzana durante el festival del Filme de Terror: millares y millares de personas, de todas edades y categorías socio-profesionales aguardaban pacientemente, soportando los rigores de un tiempo desapacible y hosco, el instante exquisito de abonar el precio, bastante elevado por cierto, para introducirse en la sala archirrepleta y pasar allí una hora y pico de angustia y sobresalto, sudores fríos, palpitaciones y vuelcos del corazón, gemidos ahogados y a veces gritos de verdadero pánico, en un estado de febrilidad, casi de trance sólo comparable, por su intensidad y plenitud, al deliquio amoroso. Descubrimiento capital, incontrovertible del que no tardaría en sacar provecho: aquel gentío anhelaba vivir en una atmósfera de zozobra y espanto, estaba dispuesto a sufrir, a pagar por ello.
En consecuencia, desde mi ascensión al poder, he ajustado a dicha observación mi conducta y gobierno, procurando al pueblo, a mi pueblo, de continuo y de balde, un ambiente y acción parecidos a los que antes, por pura frustración, se veían obligados a buscar en la penumbra y anonimato del cine: vivir en un estado de inquietud asfixiante, temblar cada vez que suena el timbre y no es la hora en que suele venir el lechero, bajar desprevenido la escalera y topar con la cabeza ensangrentada del vecino que había contraído la necia costumbre de lamentarse y hablar mal de mí; salir a la calle con el temor de que un coche oscuro, sin matrícula, frene junto a una persona inofensiva cualquiera y cuatro individuos enmascarados la empujen brutalmente al interior del vehículo y desaparezcan con ella sin dejar rastro.
Pasear por las calles de nuestra capital es topar a cada paso con espectáculos sobrecogedores y atroces, que empequeñecen y ridiculizan las hazañas de Drácula o Frankenstein. Los sueños se han vuelto reales: las salas especializadas en esa clase de películas se han visto en el brete, por falta de público, de reconvertirse o cerrar.
Ahora pueden gozar ustedes ininterrumpidamente de cadáveres mutilados, cuerpos grotescos colgando de las farolas, jaurías de perros adiestrados en la caza y devoración de sospechosos, de un primer ministro empalado y sin ojos, con un gracioso alfiler de corbata adornado con sus propios testículos.
Todos los sondeos muestran un índice de satisfacción constantemente elevado y, tocante a mi persona, la cota suprema de popularidad.