CONSECUENCIAS DE UN PORTAZO INTEMPESTIVO

Inopinadamente, cuando ya habíamos perdido toda esperanza, se produjo el portento. Nuestro héroe había corrido cuidadosamente el cerrojo de su leonera y vestido con su habitual impermeable ocre y tocado con su sombrero de cuadros enfiló por el estrecho pasillo de suelo de madera en busca del ascensor. La puerta de éste estaba abierta y en su interior descubrió, atónito, a su mujer.

Tú: Hola. Qué sorpresa. Cuánto tiempo.

Ella: Sí, parece mentira. Tú: ¿Vas abajo?

Ella: Sí, claro.

Tú: ¿Te molesta si entro?

Ella: No, en absoluto. Al contrario: tenía ganas de verte.

Tú: Yo también. Hay que ver lo difícil que resulta encontrarse en París. Vivimos enfrente uno del otro y pasan meses y meses sin que siquiera nos crucemos.

Ella: Es verdad. Puedes vivir durante años en este barrio sin saber quiénes son tus vecinos. Tú: A veces eso es una ventaja.

Ella: Sí, desde luego.

Tú: No lo digo por ti, naturalmente. Estaba pensando en los demás. En la estupidez de las relaciones convencionales que impone la proximidad.

Ella: Totalmente de acuerdo. También yo las aborrezco. Resulta mucho más cómodo ignorarse y tirar cada cual por su lado. Pero contigo es distinto. Me había acostumbrado a tu presencia. Te echaba de menos.

Tú: Yo también. Muchas veces pensaba hoy voy a encontrarla en la escalera o la portería y cuando salía de casa y no te veía, no sé cómo explicarlo, experimentaba una gran frustración.

Ella: Exactamente como yo. Soñaba en que topaba contigo en el ascensor y luego, al abrir los ojos, me sentía muy sola.

Tú: Es realmente curioso. A mí me sucede igual. Estamos charlando tranquilamente los dos, como en este momento, y de pronto, cuando todo va bien entre nosotros, zas, ¡me despierto!

Ella: A lo mejor soñábamos los dos al mismo tiempo.

Tú: ¡Con tal de que no despertemos ahora! Ella: ¿Lo lamentarías?

Tú: Sería de verdad muy triste. Por una vez que tenemos la oportunidad de hablar y vernos las caras.

Ella: Sí, el azar que nos ha reunido es extraordinario. Quien sabe si se volverá a repetir.

Tú: Es como si lo estuviese aún imaginando. ¡He vivido esa escena tantas veces!

Ella: A menudo temía no reconocerte, llevarme una desilusión, encontrarte cambiado. Como cuando esperas ardientemente algo y luego te decepciona. Pero veo que no: que mi sueño es real.

Tú: ¿De veras?

Ella: Sí, hay algo en ti que permanece siempre joven, como si por milagro no te afectara el tiempo. Tú: ¡Qué alegría me das! Si supieras cuán viejo y cansado me siento.

Ella: Al revés. Estás rejuvenecido. Hay algo nuevo en ti: una energía, una vitalidad que antes no tenías. No sé cómo decirlo: una especie de magnetismo.

Tú: ¿Hablas en serio?

Ella: ¿Tengo cara de bromear? Posees una fuerza interior, una sensación de seguridad que irradia, y fascina. He visto en El País tus artículos científicos sobre el dióxido de carbono y el calentamiento progresivo del globo terráqueo. Una obra maestra.

Tú: ¿Los conoces?

Ella: Son deslumbrantes. En la oficina no nos cansamos de leerlos y comentarlos en voz alta.

Tú: Bueno, yo, en realidad, lo que me proponía era hacer unas apostillas burlonas a la situación en que.

Ella: No seas modesto. Has escrito una obra científica poderosa. La gente te sigue, discute tus ideas.

Tú: Yo creía que ese tipo de sátira se dirigía sólo a un núcleo muy reducido capaz de.

Ella: Tienes una masa de lectores enorme. El público te admira. Me siento muy orgullosa de ti.

Tú: Me dejas confuso. Yo siempre escribía mis cosas con la esperanza de que tú y unos cuantos entendiérais por qué me he alejado de la política y apartado de todo: para que me comprendiéseis y, bueno, me quisiérais un poco. Pero nunca pensé que.

Ella: Todos los días compro el periódico para leerte. Resulta más fuerte que yo: necesito saber lo que piensas. Es una verdadera adicción.

Tú: Apenas puedo creerlo. ¡Me siento tan feliz!

Ella: ¿Has escrito todavía algo nuevo?

Tú: Bueno, ayer redacté algo que.

Ella: ¿Lo llevas encima?

Tú: No sé, déjame ver.

Ella: ¡Me gustaría tanto leerlo!

Tú: Es un simple borrador sobre.

Ella: Lo mismo da. Tu estilo es magnífico. Cuando leo tus traducciones poéticas me siento tremendamente dichosa.

Tú: Tal vez entre esos papeles.

Ella: ¿Me permites?

Tú: No sé si es esto. Me parece que.

Ella: Es tu escritura.

Tú: No, me he equivocado de carpeta. Lo que quería mostrarte no está aquí. Por favor, dámela.

Ella: Una zanahoria en el ano y una pluma plantada en la parte que sobresale, me la meneo pensando en ti. ¿Qué significa esta carta?

Tú: Ha habido una confusión. La carpeta no es ésa. ¿Me la devuelves?

Ella: ¿Eres tú quién la ha escrito?

Tú: No, bueno, es decir, yo.

Ella: Conozco perfectamente tu letra.

Tú: Sí, es mía, pero en realidad.

Ella: Es una carta indecente y grosera. ¿A quién se la mandas?

Tú: Te lo ruego, devuélvemela.

Ella: Esto requiere una explicación. ¡Quiero saber exactamente quién es la destinataria!

Tú: Por Dios, dámela. Es una mera fantasía mía. La encontré en la página de anuncios eróticos y quería.

Ella: Pues no te la doy, ¿te enteras? La leeré hasta el final. Así sabré de qué manera ocupas verdaderamente tu tiempo.

Tú: Te lo suplico. Es una broma personal mía. No tiene la menor importancia.

Ella: ¡Cómo que no la tiene! Todo eso es obra de un enfermo. ¡Exijo que me digas quién es esa mocosa!

Tú: Dame la carpeta de una vez.

Ella: ¡Ay, me ha mordido!

Tú: ¿Mordido? ¿Qué estás diciendo?

Ella: ¡Un ratón! ¡Me acaba de morder un ratón salido de tu manga!

Tú: ¿Un ratón?

Ella: Míralo, ¿no le ves el hocico? ¡Ahora mismo asomaba la cabeza entre tus gemelos!

Tú: Ah, sí, claro: el Ratoncito. No te preocupes: es inofensivo. Se habrá asustado al verte y.

Ella: ¿Qué haces con ese animalillo asqueroso? ¡Me ha mordido la mano y dices que es inofensivo!

Tú: No grites, mujer, que no es nada.

Ella: Quiero salir inmediatamente de aquí. Me has encerrado en el ascensor con ese horrible bicho. Aprieta de una vez el botón o abre la puerta.

Tú: Ya lo estoy intentando, pero no puedo. Me parece que estamos inmovilizados. Tal vez han cortado la corriente y.

Ella: ¡Lo que me faltaba! ¡Atrapada en el ascensor contigo y un ratoncito! Apuesto algo a que lo has hecho ex profeso.

Tú: Te juro que.

Ella: Sí, lo has hecho aposta. Conoces de sobra mi claustrofobia y asco a los ratones. ¿Qué piensas hacer ahora para sacarme de aquí?

Tú: Ya he tocado el timbre de alarma. El portero vendrá en seguida.

Ella: Eso me enseñará a fiarme de ti. No te basta con tratarme como me tratas. Eres un verdadero monstruo.

Como ocurre con cierta frecuencia, el portazo desatento de algún gamberro ha bloqueado momentáneamente el ascensor entre dos pisos y cuando el dispositivo se pone de nuevo en marcha nuestro héroe se enjuga pausadamente el sudor: alguien, un alma oportuna y caritativa, debe de haber reajustado entre tanto la manija culpable de tan triste y aciaga interrupción. Tras asegurarse en el espejo de la absoluta normalidad de su aspecto, abandonará su breve prisión, cruzará el vestíbulo, pulsará el botón de la puerta y cederá cortésmente el paso a la vecina teñida de rubio mientras la saluda en silencio con una breve y circunspecta inclinación de cabeza.

Paisajes después de la batalla
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