LA CITA

Llegarás con media hora de retraso: Agnès te aguarda vestida como en la fotografía, pero ha cubierto sus hombros gráciles con una chaquetilla de cuero, calza unos deliciosos botines blancos y empuña nerviosamente una fusta con aires de amazona precoz. Sus labios carnosos esbozan una mueca desabrida y te mira con ojos llameantes mientras te anodinas, gozoso, a implorar su perdón.

¿Es ésta tu manera de ser puntual?, te dice.

Acabo de recibir la carta hace unos minutos, mi amor, le dices. Suelo recoger la correspondencia una vez por semana y al ver que me convocabas hoy mismo, te juro que vine zumbando en el primer taxi.

Tus excusas no me interesan ni poco ni mucho, te dice. No has llegado a la hora que yo exigía, has desobedecido a mis órdenes, me has hecho esperar. Tenía ganas de conocerte, de pasar la tarde contigo. Ahora, tu visita me aburre. Eres lento y pesado. Lo mejor que puedes hacer es largarte por donde has venido.

Agnès se cruza de brazos con una encantadora expresión de despecho y de cólera. El instante es sublime y quisieras prolongar indefinidamente tu éxtasis, flotar en un estado perpetuo de arrobo y felicidad. Sus botines están al alcance de tus labios y los cubres de besos. Aunque le suplicas, admites tus faltas, sufres sus desaires, prometes enmendarte, bendices sus desdenes, entonas un mea culpa y te vuelves alfombra, tu sometimiento aviva todavía su fastidio e irritación. Su figura se muestra cada vez más hosca e inopinadamente, cuando ya desesperas, adelanta su piececito izquierdo y lo planta en tu cabeza. Sus órdenes, proferidas en voz aguda, te llevarán directamente a la gloria.

Quítate la ropa hasta quedar en cueros, te dice. Anda, rápido.

Gracias, mi amor, le dices.

¿Estás ya empalmado?, te dice.

Sí, mi amor, le dices.

Quiero ver tus nalgas velludas, te dice. Ponte a cuatro patas y enséñamelas.

Aquí las tienes, mi amor, le dices.

La zanahoria, te dice, ¿la has olvidado?

No, mi amor, le dices.

Hala, te dice, métetela de una vez en el culo. ¿Qué diablos estás esperando?

Si me permites enjabonarla un poco, le dices.

No te hagas el estrecho, te dice. De un tirón y hasta el fondo.

Por favor, le dices. Te juro que no cabe.

En-te-ri-ta, ¿me oyes?, te dice. Y entre tanto deja de meneártela.

Como tu ordenes, mi amor, le dices.

Esta vez soy yo quien te va a sacar una foto con mi polaroid, te dice.

¿Una foto?, le dices.

Sí, te dice, con el tallo de la zanahoria asomando por el trasero y la picha bien tiesa.

¿La guardarás para ti como recuerdo?, le dices.

¡Serás cretino!, te dice. ¡Se la enviaré a tu mujer y a todas tus vecinas de escalera!

¿Cómo?, le dices.

¿No me has oído?, te dice. ¡Sacaré un centenar de copias y las distribuiré entre tus amigos!

¿Te estás burlando de mí?, le dices.

Dentro de unos días verás si bromeo, te dice. Eres un cerdo y quiero que la gente lo sepa.

No puede ser, le dices, no vas a hacerme eso.

¡Cómo que no voy a hacerlo!, te dice. ¿No acabas de jurarme que eras mi esclavo y podía hacer contigo cuanto quisiera?

Sí, mi amor, le dices. Pero eso no, te lo suplico: ¡no me hagas eso!

¡Pues lo haré!, te dice. Me has inventado expresamente para ello. Eres un hipócrita, un vago y un inútil. No sirves absolutamente para nada. Ni siquiera sabes componer tu novela. Estoy harta de verte babosear a mis pies.

Agnès, te juro que, le dices.

Déjame en paz, te dice. No soporto más tu jeta asquerosa.

Yo, le dices.

Basta de pucheros, te dice. Has fracasado en todas las pruebas. Inventa otra cosa si puedes: lo que es yo, ya no aguanto.

Una música de tambores y flautas, acompañando una delicada salmodia, cubrirá paulatinamente su voz. Los derviches, tocados con gorros ocres en forma de estela mortuoria y envueltos en el blanco simbólico de sus mortajas, empiezan a girar como trompos en el sentido inverso a las agujas del reloj, con la mano derecha vuelta hacia arriba y la izquierda hacia abajo, recibiendo y dando, transmutando su energía en alquimia, levitación pura, conos de deslumbrante blancura, los brazos abiertos, tendidos como alas. Cuadrúpedo, con el trasero al aire y el tallo foliado de la zanahoria plantado en el ano como un plumero vistoso, nuestro desdichado héroe ofrece un espectáculo grotesco y lamentable. La etérea, casi irreal oscilación de los bailarines traza un círculo mágico alrededor de él: pese a sus esfuerzos en escapar y ocultarse, permanece atrapado por una telaraña invisible. Afortunadamente, los ejecutantes de la sama no parecen advertir su presencia. Situado en el núcleo central del viaje, en la espiral de la mutación interior donde se funden el ser y no ser —umbral de la iniciación y el conocimiento sin límites— acogerá como un maná las palabras del Maestro acuclillado en el mihrab sobre una escueta y humilde piel de cordero.

¿Quieres alcanzar la experiencia integral, el sentimiento de la verdad encubierta por los setenta y siete velos, el fuego anímico que te transformará en un radiante cuerpo de luz?

¡Sí, quiero!, aúlla.

¿No sabes que el ser nace, evoluciona y muere en estrecha relación con la totalidad del universo? Abre el interior de una gota de agua: brotarán cien océanos puros. Examina atentamente un grano de arena: verás en él cien montañas. El corazón de un grano de trigo es idéntico a cien cosechas. La pupila del ojo es un cielo infinito. En cada átomo centellean cien soles. La vía del amor y la danza es una apertura hacia esta Unidad.

El anciano sufí se interrumpe: la ceremonia ha terminado. Cuando se desvanece en la sombra, entre el eco sutil y dulcísimo de los tambores y flautas, un movimiento brusco del antebrazo doblado —fruto quizá de un desesperado ademán de retenerle, quizá de una ridícula tentativa de imitar su límpida ebriedad espiritual—, al volcar la lámpara de la mesilla contigua al sofá cama y hacerla caer estrepitosamente al suelo, devolverá de golpe a nuestro acongojado héroe a una inmisericorde y feroz realidad.

Paisajes después de la batalla
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