EN LA PENUMBRA
Llegados a este punto, no es preciso admitir que la gama de ocupaciones e intereses del andoba es más bien limitada: callejeos maniáticos, obsesivos, casi perrunos por el Sentier; visitas extravagantes y errátiles a asambleas y morabitos; lecturas poco recomendables, recopilación de recortes de prensa, fantasías epistolares, escucha indiscreta de las conversaciones de su mujer. La contemplación del plano del metro le absorbe durante horas: la simultaneidad espacial le hace olvidar el rigor avaricioso del tiempo, esa vía estrecha, en sentido único, que necia e inexorablemente le empuja desde atrás. Cuando baja a la estación de Bonne Nouvelle y toma por ejemplo la línea de Balard, se acomoda, si hay sitio, junto a la ventana y observa, arrobado, el paisaje del túnel. Con seriedad y aplomo increíbles, sostiene que es el más ameno, variado y romántico de toda la parte norte de Francia.
A la lista de las actividades ya mencionadas, nos permitiremos añadir otra: el cine. Esta afición, que habíamos mantenido hasta ahora semioculta, podría hacer concebir al lector la ingenua esperanza de que menda ha preservado junto a sus raptos sufís una pequeña y tierna esfera de inclinaciones y gustos artísticos. Él, que aborrece cordialmente el teatro y no ha puesto los pies en su vida en una exposición de pintura, podría ser en efecto uno de esos fieles y abnegados cinéfilos capaces de hacer cola bajo la nieve para asistir al pase de alguna de sus películas favoritas. Las posibilidades de la vasta ciudad en la que vive tocante a la materia son, como es notorio, objeto de pasmo y envidia en el mundo entero. Basta consultar Pariscope o cualquier otra guía de espectáculos de la semana para experimentar esos sentimientos de felicidad y embriaguez que daría a un pobre y desdichado habitante de Calatayud o Almansa el libre acceso a un vasto y fabuloso harén. Si fuera medianamente abierto y sensible, podría ver en verdad una buena cincuentena de filmes de calidad, que saben combinar hábilmente el interés de la acción, el ritmo narrativo y la soberbia interpretación de los personajes: volver a disfrutar, digamos, como en los tiempos en que frecuentaba el Instituto Francés de su ciudad natal, de algún filme de Carné y Prévert, como «Les enfants du paradis» o «Les visiteurs du soir»; revivir las emociones juveniles que agitaban su alma —antes de que se arrugase y empequeñeciera hasta convertirse en lo que es hoy: una pasa de Málaga—, con el lirismo exaltado del «Potemkin» o «Tempestad sobre Asia»; tomar su línea de metro favorita, Clignancourt-Porte d’Orleans, y trasladarse al barrio Latino, para elegir uno de los filmes raros y secretos proyectados en las salas de Arte y Ensayo que tanto excitan a la cofradía de entendidos y a ese público exquisito de locas que visionan por vigésima vez una obra sólo por un genial contraplano de Welles o una leve palpitación muscular de la arrugada y severa mejilla de Bogart.
Pero no ocurre así y preferimos advertir inmediatamente al lector para que luego no se sienta decepcionado. El presunto cinéfilo se desinteresa del todo de esa clase de filmes cuya constante reposición confiere a la ciudad su puesto privilegiado de guía y antorcha del mundo de la cultura: visita tan sólo las salas pomo que tanto abundan en su barrio y cuyos programas, exhibidos a lo largo de los bulevares, ofrecen títulos tan atractivos y estimulantes como «Éxtasis colectivos», «Bananas mecánicas», «Lenguas expertas» o «¡Tápeme usted los tres agujeros!». Enfundado en su impermeable y con el eterno sombrero de fieltro, se dirige al cine contiguo a la Porte Saint Denis, abona el precio de la entrada, baja la tenebrosa escalera que lleva al sótano, sigue el rayo de luz de la acomodadora, ocupa una butaca solitaria y desvencijada. ¿Habrá tomado en serio la cita del sombrío revolucionario oteka? Dada la oscuridad del lugar, no nos consta que se haya instalado en la decimocuarta fila ni podemos distinguir a ningún agente secreto vestido de niña, con tirabuzones, trajecito blanco y sandalias: se ha repantigado en su asiento y contempla con despego y aparente anafrodisia la trabajosa, interminable jodienda de un individuo que, después de bajarse al pilón con una hembra de pubis copiosamente forrado, ofrece en primer plano el torpe vaivén, musicalmente acompañado con valses de Strauss, de sus enormes y velludas nalgas. Mientras algunos espectadores suspiran y parecen urdir un nada misterioso tejemaneje con la bragueta posiblemente abierta, él lozano y orondo como fruta recién traída del campo. Su fantasía, descubrimos, es mucho más retorcida y aviesa: meter desde la contera hasta el mango, entre la raja del resollador y abominable sujeto, el dispositivo entero de su paraguas.