INTERPRETEN CORRECTAMENTE A MARCUSE
Bruscamente, la revolución. La interminable y hasta ahora paciente cola de espectadores, que aguarda con su prole el anhelado momento de entrar en el Rex, se ha puesto en marcha, empuja las barreras metálicas, manifiesta una creciente indisciplina, abuchea, aúlla consignas, invade la calzada, establece contacto con los transeúntes, expone sus quejas y reivindicaciones, fraterniza con quienes parecen simpatizar con su causa, increpa a recalcitrantes y opositores, alza el puño, entona himnos, apedrea a los automóviles. Agitadores disfrazados de Pato Donald, Pluto o Mickey Mouse se han infiltrado en la multitud, distribuyen folletos incendiarios contra el orden reinante, arengan elocuentemente a las masas, denuncian su estado de alienación y miseria, la injusticia general que caracteriza el sistema, proclaman la imperativa necesidad del cambio, la conquista de un mundo nuevo y armonioso, de una sociedad abierta al sueño y la esperanza, en una palabra, el acceso a esa dinámica que impulsa la brusca aceleración de la Historia, da un salto cualitativo al mañana y sustituye la realidad de un presente gris y zafio con un modelo ya existente, en otras latitudes, en tecnicolor fabuloso: Disneylandia.
Enardecida por los discursos de los provocadores, la muchedumbre comienza a destrozar escaparates, vuelca autobuses y furgonetas, arranca, adoquines y papeleras, corta árboles, improvisa barricadas, prepara cócteles molotov, se enfrenta a las fuerzas represivas. Para evitar una posible identificación en las fotografías, los cabecillas se cubren el rostro con máscaras de osezno, conejito o ardilla: quemarán cubos de basura y neumáticos, arrojarán proyectiles a las brigadas de choque de la gendarmería armadas de gases lacrimógenos y protegidas con escudos y cascos. El bulevar se ha convertido en un gigantesco campo de batalla, lleno de furia y zumbido: mientras los donaldistas y dumbistas más radicales ocupan y saquean los locales del respetable periódico gubernamental de la esquina —ese Humanité que tan admirablemente encarna los ideales y anhelos de la pequeña, unidimensional burguesía— la turba de hinchas de Bambi o los «Ciento y un dálmatas» rechaza al adversario de clase hacia el moderno edificio de Correos, acepta por razones de estrategia el apoyo de grupos minoritarios y potencialmente peligrosos —que habrá que eliminar más tarde, una vez llegada al poder— partidarios del gato Fritz o Asterix, moviliza energías y apresta sus fuerzas para el asalto final al Palacio de Invierno.
Refugiado en su antro, a salvo de bombardeos e incendios, el perspicaz gurú de la imparable revolución de los ochenta consulta a los astros para determinar el momento más favorable a la realización del ideal disneyista: los idus de mayo.