Capítulo XII

BARCELONA, primavera de 1919

 

Empujó la verja que cerraba el jardincillo delantero del palacete, miró hacia atrás con gesto de preocupación y se tranquilizó algo al comprobar cómo el alboroto era un eco lejano: la calle estaba tranquila. Sacó del bolsillo de su sotana un pañuelo blanco, se quitó la teja y secó el sudor de su frente. Luego volvió a cubrirse, recogió el manteo y lo plegó sobre su brazo izquierdo, tratando de recomponer la dignidad de su figura. Subió la pequeña escalinata y golpeó tres veces el pesado aldabón que representaba la figura de un dragón cuya cola se retorcía formando el asidero.

El tiempo de espera se le hizo interminable hasta que una doncella, con la frente cubierta por una cofia de encaje y vestida con un sencillo traje negro, le franqueó la entrada.

—Buenas tardes, mosén.

—Buenas tardes, hija, buenas tardes.

—¿Le ocurre algo?

—¿A mí? ¿Por qué lo dices?

—El mosén tiene el rostro acalorado, como si hubiese venido corriendo.

—¡He venido corriendo! —Josep Gudiol se quitó la teja y se la entregó a la fámula; otra vez tuvo que echar mano del pañuelo para limpiarse el sudor que empapaba de nuevo su frente.

—¿El mosén corriendo por la calle como si fuese un pillastre?

—¡Es que la calle está para no asomar la nariz! —protestó el eclesiástico.

—¿Por qué lo dice?

—¿Te parece poco lo que está ocurriendo? ¡Barcelona es más peligrosa cada día que pasa! ¡No sé adonde vamos llegar!

—¿Va a quitarse la capa? —le preguntó la doncella desentendiéndose de las protestas del sacerdote.

—No.

—Pues aquí no hace precisamente frío y usted viene muy acalorado.

—Así es como se cogen los resfriados —sentenció el mosén—. ¿Está el señor ocupado? Habíamos quedado a las cuatro, pero no me ha sido posible llegar antes.

—Lo aguarda en la biblioteca desde hace más de media hora. Me ordenó que en cuanto llegase…

—¡Está bien, está bien! —la interrumpió el sacerdote que no deseaba retrasarse un segundo más.

La doncella lo acompañó hasta la puerta de la biblioteca, llamó suavemente y la abrió sin esperar respuesta.

—Disculpe el señor, la visita que esperaba ha llegado.

El dueño de la casa dejó de escribir, miró por encima de sus gafas y al ver al mosén salió a su encuentro.

La biblioteca era un lugar acogedor, estanterías de maderas nobles donde podían verse perfectamente alineados los lomos de bellas encuadernaciones en piel. Mullidas alfombras de tonos suaves en el suelo y ventanas de cristaleras emplomadas.

—¡Mi querido Gudiol! ¡Qué alegría! —el arquitecto lo recibió con los brazos abiertos.

El clérigo, con su cara redonda, pulcramente rasurada, mantenía un aire más juvenil, mientras que la barba de Josep Puig i Cadafalch había encanecido y le daba un aspecto más avejentado. Se veían con frecuencia desde que, hacía ya más de una década, protagonizaron la excursión al valle de Boí que, pese a sus dificultades, les había deparado numerosas satisfacciones, aunque el paso de los años no había conducido las cosas por donde ellos hubiesen deseado. Sus «descubrimientos» habían levantado una oleada de entusiasmo, tanto en los círculos afines al catalanismo político como en un sector más amplio de la sociedad barcelonesa, donde el románico se había puesto de moda. Eran numerosas las familias de la pudiente burguesía de la ciudad que consideraban de buen gusto tener entre los objetos de decoración de sus mansiones alguna pieza procedente del denominado arte nacional de Cataluña.

Era una moda tras la que se atisbaba un cierto trasfondo político. Pero como toda moda, despertaba intereses económicos en el complicado mundo de las antigüedades. Los marchantes, los anticuarios y los intermediarios buscaban ganancias sustanciosas y fáciles, sin importarles las graves consecuencias que se derivaban para el patrimonio. Muchas iglesias habían sido expoliadas, a veces con la colaboración de los propios párrocos e incluso de instancias más elevadas de la jerarquía eclesiástica.

La misión de 1907 despertó en los años siguientes tales expectativas que condujeron a un mercado negro que se realizaba a plena luz del día. Las últimas noticias llegadas hasta el obispado de Vic hicieron que mosén Gudiol viajase a Barcelona, sin pérdida de tiempo, en un intento desesperado por evitar una catástrofe.

—¿Lo veo alterado? ¿Le ocurre a usted algo?

—He apretado el paso más de lo debido. En la plaza de Cataluña hay formada una buena.

—¿Qué ocurre?

—Protestan los trabajadores de la Canadiense. ¡Maldita la hora en que decidí no subir por la Via Laietana y tomar el paseo Sant Joan! Me han abucheado y algunos me han arrojado objetos que, gracias a Dios, no me han alcanzado.

Puig i Cadafalch hizo un gesto cargado de preocupación. Barcelona era una ciudad donde el anticlericalismo había aflorado con fuerza en numerosas ocasiones. Aún estaban frescos los graves sucesos vividos en 1909, en la llamada Semana Trágica, donde ardieron más de ochenta establecimientos religiosos. Tenía vivas en su retina las imágenes macabras de los féretros de monjas y frailes abiertos en plena calle, y cuerpos momificados sacados de sus sepulturas y expuestos al escarnio de las turbas.

—¿Quiere un poco de agua?

—No me vendría mal.

—Póngase cómodo, ahora mismo se la traen.

Agitó una campanilla, mientras el mosén se quitaba el manteo. Su gruesa sotana de lana era más que suficiente en el confortable ambiente de la biblioteca, calentada por los gruesos troncos que ardían en la chimenea. Segundos después apareció la doncella.

—¿Ha llamado el señor?

—Herminia, traiga un poco de agua al mosén.

La doncella preguntó al clérigo.

—¿Quiere que me lleve la capa?

—Si es tan amable.

Mientras aguardaban, el mosén desahogó su crispación.

—No sé adonde vamos a llegar. Todo el mundo anda revuelto, unos por unas cosas y otros por otras. ¡Amigo Puig, vamos por mal camino! ¿Sabe lo último que se comenta?

El arquitecto se encogió de hombros.

—No sé a qué se refiere, circulan tantos rumores. Hoy, además, no he pisado la calle.

—Se dice que todos los trabajadores de las oficinas de la Canadiense se han puesto en huelga, como muestra de solidaridad con media docena de compañeros despedidos la semana pasada.

—Creo que fueron ocho.

—¡Seis u ocho qué más da! —protestó el mosén—. Lo grave es que más de un centenar se ha puesto en huelga. Al parecer, esta mañana se presentaron en las oficinas de la empresa, como cualquier otro día. Cada cual se aplicó a sus tareas, pero poco antes del mediodía arrojaron las plumas al suelo, vaciaron los tinteros y se marcharon. Eran más de un centenar y se han concentrado a las puertas de la oficina. Allí llevan varias horas lanzando gritos y exigiendo la readmisión de los despedidos.

La llegada de la doncella con una bandeja interrumpió la conversación. La dejó en una mesita auxiliar y solicitó permiso para retirarse.

—¿Alguna otra cosa, señor?

—Puedes retirarte Herminia, muchas gracias.

El propio Puig llenó las copas y ofreció una al mosén, quien bebió con cierta ansiedad.

—Bueno, mi querido amigo, supongo que los perentorios términos de su nota de ayer no tienen relación alguna con la huelga de la Canadiense.

—¿Perentorios, dice?

—Creo que es una forma acertada de calificar esas líneas.

Mientras Gudiol dejaba su copa sobre la bandeja, el arquitecto hurgó entre los papeles de su bufete, hasta encontrar la nota que el sacerdote le había enviado la víspera. Se caló unas antiparras algo anticuadas y leyó:

 

Mi dilecto y apreciado don Josep:

Es urgente que nos veamos a la mayor brevedad posible para tratar de un asunto de extrema gravedad. El tiempo apremia y corremos el riesgo de llegar tarde, si no tomamos las medidas adecuadas.

Quedo a la espera de sus noticias.

Atentamente, reciba el cordial saludo de su amigo,

Josep Gudiol i Cunill

 

—Me parece que no he exagerado un ápice al utilizar el término «perentorio».

—Tiene razón. Todo esto es fruto del desasosiego que me embarga de unos días a esta parte.

Puig i Cadafalch arrugó el entrecejo:

—¿Puedo serle útil?

—¿Por qué cree que estoy aquí?

—Explíquese, Gudiol.

—Tenemos que poner coto a lo que está ocurriendo en la diócesis de Urgell.

Puig i Cadafalch hizo un gesto de impotencia.

—Ya sabe que es poco lo que podemos hacer, De Brocà nos lo dejó claro. Mientras no se modifique la ley, el código de Derecho Canónico considera que los edificios de la iglesia son de su propiedad y también su contenido. El obispo de la diócesis puede disponer de ellos como considere conveniente. Ni siquiera el Servicio de Conservación y Catalogación de Monumentos puede hacer nada.

—Sin embargo, lo que ha ocurrido es tan grave que no podemos permanecer con los brazos cruzados.

—¿Qué ha ocurrido?

—Algo muy grave.

—¿Quiere usted explicarse?

Gudiol resopló con fuerza tratando de serenarse.

—Desde hace varias semanas, un grupo de compradores recorre las iglesias de la diócesis tentando a los párrocos con ofertas sobre tallas de madera y otros objetos.

—Eso no es nuevo, amigo Gudiol —lo interrumpió el arquitecto.

—Pero sí lo es que se hayan comprado unas pinturas.

—Desgraciadamente, no sería la primera vez que se ha vendido un frontal.

—No me refiero a un frontal.

—¿Entonces? —Puig se había quitado las gafas.

—Han vendido unas pinturas murales.

Un atisbo de tensión asomó al semblante del arquitecto.

—¿Unas pinturas murales? ¿Quiere usted explicarse? ¡Cómo van a venderse unas pinturas murales! ¿Cómo van a llevárselas?

—Con seguridad no lo sé. Hace un par de semanas me llegó un rumor, aunque por lo que he podido averiguar todo este negocio se inició hace ya varios meses. Algunas informaciones apuntan a que ya se ha cerrado la operación.

—Vamos a ver Gudiol, ¿quién va a comprar unas pinturas murales? ¿Acaso alguien pretende llevarse la iglesia a su casa? —ironizó Puig.

—La iglesia, no. Pero las pinturas, sí.

—Sigo sin comprender.

—Es posible desprender las pinturas de las paredes, sin dañarlas y trasladarlas a otro lugar, donde vuelven a colocarse sobre una nueva pared.

—¿Ha dicho usted que pueden arrancarse los frescos de las paredes sin que sufran deterioro?

—Eso es lo que he dicho.

—¿Quién puede hacer una cosa así?

—Por lo visto hay una técnica, al parecer bastante antigua, que permite desprender las pinturas de la pared sin que sufran el menor daño.

—¿Qué me dice?

—Lo que oye. El obispo de Urgell está en contacto con un marchante para cerrar una operación de alto calado. Todo apunta a que detrás de ese marchante hay unos coleccionistas norteamericanos, creo que de Boston. —Gudiol se empapó el sudor una vez más—. Por lo visto, también al otro lado del Atlántico nuestro románico hace furor.

—¿Quién es el marchante?

—Estamos hablando del mismo individuo que se hizo con el frontal de San Clemente de Taüll.

—¿Y dice que el obispo de Urgell está en el ajo?

—Todo apunta a que es él quien lo impulsa.

—¡Santo Dios! ¿De qué pinturas estamos hablando?

—Del ábside de Santa María de Mur. Como le he dicho, los compradores serían unos coleccionistas norteamericanos. Creo que la venta ya está realizada. —El mosén rellenó el agua de su copa.

—¿Seguro?

—No podría hacer una afirmación rotunda, pero hasta mis oídos ha llegado una cifra.

—¿Cuánto?

—Quince mil pesetas.

—Eso significa que la operación está ya muy avanzada.

—Ya se lo he dicho.

—Tenemos que evitar que ese individuo haga algo irreparable. ¡Ha demostrado ser muy hábil para conseguir lo que se propone!

—¡Es un pirata! ¡Su único dios es el dinero! —añadió el mosén.

—Ciertamente carece de escrúpulos —ratificó el arquitecto.

—Hay algo más —señaló el mosén con la voz temblorosa.

—¡Por favor, Gudiol, dígamelo todo de una vez!

—Por lo que barrunto, esos norteamericanos no están dispuestos a dar por concluidas sus compras con Santa María de Mur. Me han comentado que hay mucha gente haciendo preguntas por el valle de Boí y eso es muy sintomático. Varios son conocidos marchantes, incluso algún anticuario de Barcelona se ha dado una vuelta por allí. En algunos lugares, la gente está alterada porque para los aldeanos su iglesia forma parte de sus vidas. Una cosa son objetos abandonados en un rincón de la sacristía de los que apenas tienen noticia y otra muy diferente las imágenes a las que han rezado durante generaciones: Cristos, Vírgenes o santos en los que han depositado sus esperanzas, sus frustraciones y sus ilusiones. Son a los que le han pedido que llueva o que deje de llover, que la cosecha sea buena o que la vaca tenga un buen parto. Han suplicado por sus seres queridos cuando han estado enfermos o han celebrado bajo su mirada entierros, bodas y bautizos.

Puig i Cadafalch estaba pálido. Su semblante parecía de mármol.

—Hay que llamar a Cambó para que tome cartas en este asunto.

Descolgó el teléfono y esperó a que le diesen línea, pero el aparato se mantenía en silencio. Golpeó varias veces la tecla, pero no logró conexión.

—Parece que los de la Canadiense no son los únicos que están en huelga.

—¿No tiene línea?

—No. —Puig colocó el teléfono en la horquilla y preguntó al mosén—: ¿Cómo se ha enterado de lo de Santa María de Mur?

—Me lo ha contado Vallhonrat.

—¿Dónde lo ha visto?

—Estaba por la comarca del Pallars haciendo dibujos de las pinturas de la zona, para ilustrar unos artículos que piensa publicar Pijoan, cuando se dio de bruces con el asunto.

—¿Fue a Vic a contárselo? —En los ojos del arquitecto brilló un destello de malicia que no pasó desapercibido a Gudiol.

—No me tome el pelo. Lo que ocurrió es que yo también andaba por allí. Me habían informado de la existencia de unos relicarios del siglo XI y tenía mucho interés en verlos.

—Hay que hacer algo —insistió el arquitecto haciendo otro intento infructuoso por conseguir línea en su teléfono—. No podemos consentir que vuelvan a repetirse episodios como el de los sepulcros de los condes de Urgell, que ya están en los Estados Unidos.

—Pues me temo que las pinturas de Santa María de Mur tienen el mismo destino. Ignoro si acabarán decorando la mansión de algún multimillonario o irán a parar a algún museo.