Capítulo II
LA casa era un palacio, la vivienda de uno de los hombres más ricos de Jerusalén. Los dos esbirros lo condujeron hasta una dependencia que daba al patio principal.
—Aguarda hasta que vengan a buscarte.
La estancia era agradable, acogedora. Por una ventana podía verse una hilera de pinos de Alepo, cuyo oscuro verdor marcaba un fuerte contraste con la blancura de la cal. El suelo de la habitación estaba cubierto por mullidas alfombras y en las paredes colgaban damascos y sedas que denotaban la riqueza de su propietario.
Aldo rondaría los treinta años, aunque desconocía su edad exacta. Era de estatura mediana, tenía la tez blanca, aunque curtida y cubierta por una barba pelirroja. Igual que su llamativa melena, que cuidaba con esmero. Había tenido no pocos problemas porque era mucha la gente que consideraba el cabello pelirrojo un signo de mal agüero. Sus ojos tenían un color parecido al de la miel clara y daban a su mirada un toque de melancolía que, con frecuencia, respondía a su estado de ánimo.
Era muy poco lo que sabía de su infancia, aparte de que había nacido en Brescia, donde su padre trabajaba como tejedor. Le había contado que, tras la muerte de su madre, de la que tenía un vago recuerdo, se trasladaron a Milán en busca de mejores horizontes. Un día, sin despedirse de nadie, abandonaron la casa donde había nacido y tomaron el camino de la capital de la Lombardía. Allí, según decían, había tanto trabajo que los tejedores ocupaban todo un barrio de la ciudad. La situación, sin embargo, no respondía a sus expectativas. La competencia era feroz y los comerciantes se aprovechaban de la abundancia de mano de obra.
Algunos de sus recuerdos más antiguos estaban ligados a las frecuentes protestas de los tejedores por mejorar sus condiciones de trabajo. Algunas acabaron en revueltas que se saldaron con muertos, heridos y viviendas incendiadas. Aldo había escuchado decir muchas veces a su padre que los gobernantes siempre estaban del lado de los poderosos comerciantes y que eran ellos quienes controlaban los resortes del poder en la ciudad.
En ese ambiente, Aldo creció junto a su hermana, fallecida por culpa de unas fiebres malignas que causaron una gran mortandad entre las gentes humildes. Recordaba la impotencia y el dolor de su padre y lo que dijo el clérigo cuando, al día siguiente, la enterraron junto a otros dos niños: había que tener resignación porque era Dios quien disponía de la vida y de la muerte de las personas, y era su dedo omnipotente el que señalaba a los que debían acudir a su encuentro en el reino de los cielos. Añadió varias veces que había que estar preparado para cuando llegase ese momento y no sufrir los tormentos del infierno por los siglos de los siglos.
Pensar un castigo por los siglos de los siglos le parecía terrible. No podía hacerse una idea exacta de lo que eso significaba, pero lo que no podía soportar era la idea de un fuego que quemase durante un tiempo que jamás se acababa. Un día había acercado su dedo a la llama de una vela. Fue un instante y el dolor le resultó insoportable. ¡Cómo podía sufrirse un tormento como aquél sin que tuviese fin! No comprendía cómo Dios podía castigar con una pena como aquélla.
La imagen que tenía del Creador era la de un ser muy poderoso. Mucho más que el señor que vivía en el castillo, al que había visto una vez montado a caballo, vestido de hierro y acompañado por un tropel de jinetes que lo arrollaron todo a su paso.
Cuando los domingos asistía a la misa, apenas se enteraba de nada. Las primeras veces miraba con atención lo que el sacerdote hacía en el altar, pero perdía la mayor parte de los detalles porque casi todo lo hacía de espaldas a la gente, además hablaba en una lengua que él no comprendía. Su padre le había explicado que se llamaba latín y era la que se hablaba en la época de Jesucristo. Con el paso del tiempo ocurrió, sin que su padre supiese explicárselo, que sólo la conocían los sacerdotes y algunas personas más.
—¿Por qué dicen la misa en latín? —le preguntó un día.
Su padre no supo responderle; sin embargo, le comentó que quizás lo harían así porque era la lengua en que estaba escrita la Biblia y que ése era el libro que leían los sacerdotes en la misa.
Aldo únicamente se enteraba de lo que decía el sacerdote, cuando dejaba de moverse alrededor del altar y se volvía para dirigirse a los fieles en lombardo, la lengua que la gente hablaba y comprendía. Entonces ponía gran empeño en que se le entendiese y alzaba mucho la voz para que lo escuchasen hasta los que estaba al final de la iglesia, junto a la puerta. A él le gustaba ponerse en la primera fila y los domingos pedía permiso a su padre para irse pronto y coger un buen sitio; su padre era de los que siempre se quedaban al final.
Disfrutaba mirando las pinturas que decoraban las paredes. Las que había detrás del altar eran las mejores. Era una pared curva, que llamaban ábside, y en ella estaba representada la imagen de Jesucristo sentado, bendiciendo con una mano y sosteniendo en la otra una esfera, cuyo significado no comprendía. Cuando le preguntó a su padre, le respondió que ni lo sabía, ni le importaba. Aldo había observado que desde la muerte de su hermana cada vez le interesaban menos cosas.
—Si quieres saberlo, pregúntaselo al cura.
Lo hizo, pero la respuesta no lo dejó satisfecho. Decía que aquella esfera representaba la Tierra, pero eso no tenía sentido. ¿Cómo iba a representarse la Tierra con una esfera? ¡Todo el mundo sabía que era plana!
En la misa, en lugar de aburrirse, como les ocurría a otros muchachos, disfrutaba escudriñando los detalles de las pinturas. A veces iba a la iglesia, aunque no fuese domingo, y se quedaba largo rato contemplando las imágenes y haciéndose preguntas. ¡Hubiese hecho cualquier cosa por obtener respuestas! Quería saber por qué a los ángeles se les representaba con alas, también si serían hombres o mujeres. Se preguntaba la causa por la que había tantos ojos pintados en las paredes o quiénes eran los Reyes Magos.
Recordaba que el sacerdote, en varias ocasiones, había dicho cosas terribles contra los magos, los que hacían conjuros y estudiaban las estrellas. Decía que eso era cosa de paganos y los paganos habían perseguido y martirizado a los cristianos en los primeros tiempos. Un día les contó que habían crucificado a san Pedro con la cabeza hacia abajo, que llevaban a los cristianos al circo para que se los comiesen los leones y que los habían utilizado como antorchas para iluminar los jardines de sus reyes. Aldo sintió un escalofrío al recordar el dolor que le produjo en el dedo la llama de la vela.
También se preguntaba: «¿Por qué en las esquinas donde estaba representado Cristo había pintados unos animales que parecían escribir unos libros?».
Su padre le había dicho que eran los que habían escrito los evangelios. Se quedó muy sorprendido porque no podía explicarse que un toro y un león pudiesen escribir, eran bestias salvajes. Pensó que se trataría de un milagro tan complicado de entender como muchas de las historias que escuchaba en los sermones. En la misa prestaba poca atención cuando el sacerdote amenazaba con los tormentos del infierno, procuraba no escuchar y se imaginaba cosas, mirando las pinturas. Se concentraba en Jesucristo sentado, que era la obra que más llamaba su atención. Estaba en el interior de una especie de huevo y quien lo pintó lo hizo a tamaño mucho más grande que las demás figuras. Para Aldo era algo lógico porque Jesucristo era el más importante. Le gustaban los colores de su túnica, pero no tanto la expresión de su rostro: lo veía demasiado rígido, demasiado serio, demasiado severo. Cuando le miraba, ajeno a lo que ocurría a su alrededor, sentía cierto miedo porque se lo imaginaba como un juez, y su padre le había hablado siempre mal de los jueces. Decía que eran parciales, que no aplicaban la ley con justicia y que siempre favorecían a los ricos. Tampoco le convencían las explicaciones del sacerdote cuando decía que la justicia de Dios no se parecía a la de los hombres. Afirmaba que era una justicia más justa, pero un castigo como el del infierno sembraba muchas dudas en Aldo, aunque no se lo había dicho a nadie, ni siquiera a su padre.
Cuando andaba por los quince o quizás los dieciséis años y llevaba trabajando más de cinco como aprendiz de tejedor en uno de los talleres del barrio de Pataria, asistió a una ordalía. Habían acusado a una mujer de adulterio y brujería.
Su padre le había explicado mucho antes que una adúltera era una mujer que estaba casada y se había acostado con un hombre que no era su marido. La mujer decía que era una acusación falsa, pero su marido insistía. Era su palabra contra la de su esposo y no había forma de saber quién decía la verdad. Rechazaba la acusación de bruja diciendo que simplemente conocía las propiedades de algunas plantas que servían para calmar dolores y curar enfermedades. El asunto había levantado mucho revuelo y el arzobispo decidió que la mujer fuese sometida al juicio de Dios.
Aldo estaba emocionado. ¡Un juicio de Dios! ¡Una ordalía! ¡Aquello era algo extraordinario! ¡Un juicio donde el juez era Dios! Se fijó la fecha para el domingo de Pascua, lo que, según decían, favorecía a la bruja adúltera, a quien la mayor parte de la gente consideraba culpable, porque tenía a su favor el tiempo de la Semana de Pasión, un periodo de ayunos y penitencias para recordar la crucifixión de Jesucristo; una época del año en que todos imploraban el perdón de Dios. Eso, según afirmaba la gente, favorecería a la pecadora.
Recordaba que se había congregado un enorme gentío en torno al gran estanque del monasterio de los benedictinos, donde los monjes criaban peces para su consumo y también para venderlos en el mercado. Era uno de los mejores negocios de Milán.
Conforme se acercaba la fecha de la ordalía crecía la expectación entre las gentes, llenas de curiosidad morbosa, no sólo por conocer el veredicto de la divinidad sobre el asunto que las autoridades eclesiásticas sometían a su consideración, sino también porque se desvelaría el secreto sobre la clase de prueba a la que habría de enfrentarse la adúltera para demostrar su inocencia. La prueba era siempre terrible porque únicamente así se podía poner de manifiesto si se contaba con la ayuda divina. Aldo había preguntado sobre la clase de pruebas que se ponían y le habían dicho que eran muy variadas.
—Yo vi, cuando era un joven como tú —le contó un anciano tejedor, cuyos pulmones estaban tan deshechos que no paraba de escupir esputos sanguinolentos— un juicio en que dispusieron que un hombre, acusado de robar unas gallinas, caminase descalzo sobre un lecho de brasas incandescentes.
—¿Qué ocurrió?
—¡Que corría como un loco sobre las ascuas, pero se achicharró las plantas de los pies! —exclamó soltando una risotada.
—Y después, ¿que pasó?
—Que le cortaron las manos y lo dejaron desangrarse. ¡Chillaba como un marrano cuando lo degüellan!
Le explicaron que, en otra ocasión, la persona juzgada hubo de introducir la mano en un caldero de aceite hirviendo.
—¡Eso es horrible! —exclamó Aldo impresionado.
—Pues no es lo peor de la prueba.
—¿Cómo que no?
—No, porque al acusado se le exige superarla, salir indemne de ella. En este caso, sin la menor ampolla. Si no es así, se le declara culpable.
El arzobispo, sentado en un alto sitial, presidía la ceremonia frente al estanque de los benedictinos, acompañado de muchos otros clérigos y señores. Los días anteriores, un enjambre de trabajadores había levantado un enorme estrado cubierto con un dosel en cuyo centro destacaba el escudo de armas de su eminencia, quien había llegado poco antes del mediodía montado en un carro tirado por media docena de mulas ricamente enjaezadas. Había descendido con ayuda de varios sacerdotes que revoloteaban a su alrededor y la gente aplaudió su presencia. Impávido a las muestras de la muchedumbre, impartió varias bendiciones con su enguantada mano, enfundada en seda roja. Tenía el rostro alargado, surcado por profundas arrugas que marcaban una piel lechosa en la que destacaba una prominente y ganchuda nariz.
Aldo lo vio a pocos pasos. Se había levantado muy temprano y había conseguido un buen lugar: estaba cerca del estrado, en primera fila. Desde allí podría verlo y escucharlo todo. Apagado el revuelo por la presencia del arzobispo, unos trompeteros hicieron sonar sus instrumentos y el gentío guardó un relativo silencio porque eran más los que siseaban, pidiéndolo, que los que estaban callados. Entonces un sacerdote, con voz campanuda, leyó un texto donde se explicaban las causas por las que su eminencia, el arzobispo Norberto había decidido someter el asunto al juicio de Dios. Luego impetró la ayuda de la divinidad e invitó a los presentes a rezar tres Pater noster.
Apenas apagados los murmullos de las oraciones, un rugido alertó a Aldo. A lo lejos apareció la mujer escoltada por un piquete de soldados. Fue recibida como un malhechor. La gente le gritaba obscenidades a su paso, insultándola con toda clase de improperios. La llamaban bruja, puta y ramera, le escupían y algunos hasta le arrojaban inmundicias.
Aldo pensó que durante la Semana Santa la gente no había elevado sus oraciones pidiendo justicia. Aquella muchedumbre ya la había condenado. Avanzaba con paso lento y torpe. Cuando llegó cerca de donde él estaba arreciaron los gritos y los insultos. No podía ver su rostro, velado por la capucha de su tosca y sucia saya, rota y deshilachada por varios sitios. Mantenía la cabeza gacha, fija en el suelo, sin atreverse a alzar la mirada. Aldo gritó fuerte unas palabras de ánimo y ella levantó la cabeza, la capucha cayó hacia atrás y pudo ver que no sería mucho mayor que él. Sus facciones eran bellas a pesar de estar contraídas por la angustia y sentirse abochornada.
Por un instante sus miradas se cruzaron, Aldo sintió un estremecimiento. Sus ojos eran tan luminosos que supo que era inocente. Tenía que serlo para atreverse a afrontar una prueba tan dura. Aquellos ojos, de un azul intenso, eran como un libro abierto donde podía leerse que su corazón estaba limpio.
Llevaba las manos atadas a la espalda y le habían cortado el pelo con poco cuidado, a trasquilones. ¡El cabello era pelirrojo, como el suyo!
Se detuvo ante el estrado y dos de los soldados, a empellones, la obligaron a arrodillarse. El arzobispo hizo una indicación y el clérigo que había leído el texto, se adelantó hasta el borde del estrado. Llevaba otro pliego en la mano.
—¡Ponte de pie! —ordenó con voz tan potente que los gritos y silbidos, que no habían cesado, se apagaron en pocos segundos.
Con las manos atadas, tuvo dificultades para levantarse, pero ninguno de los soldados se molestó en ayudarla; trastabilló y se escucharon algunas risotadas.
—¿Eres Maria Buonisegna?
La acusada asintió.
—¡No he escuchado tu respuesta! —gritó el clérigo.
—Sí —la voz apenas le salía del cuerpo.
—¡No te he escuchado! —repitió colérico.
La mujer tenía la cabeza hundida entre los hombros y la mirada clavada en el suelo.
—Sí —repitió acongojada.
—¡Mírame cuando te hablo! —le gritó cada vez más alterado.
De repente, una sacudida agitó los hombros de la joven: había roto a llorar. Uno de los soldados la agarró por el cabello y tiró hacia atrás sin consideración. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras la gente comenzaba a gritar, escarneciéndola con otra lluvia de insultos.
Aldo sentía cómo su corazón se desbocaba y la sangre golpeaba en sus sienes, lleno de impotencia ante el infame espectáculo. Aquello no podía ser la justicia divina. Era un montaje para que la gente se divirtiese. ¡Era una farsa!
Se trataba de la forma que tenía mucha gente, amparándose en el anonimato de la masa, para desahogarse de las miserias que llenaban su vida cotidiana. Posiblemente la pobre desvalida, cuya imagen era la viva representación de la inocencia maltratada, no fue consciente de aquel calvario, cuando tomó la decisión de aceptar la ordalía. Y si era consciente… si era consciente…
Aldo pensó que si la joven estaba dispuesta a afrontar tal suplicio, que no había hecho más que comenzar, era la prueba más evidente de que no había cometido los delitos de que la acusaban.
—¿Eres Maria Buonisegna? —le preguntó por tercera vez, alzando su voz por encima de los gritos del gentío.
La mujer apenas pudo responder entre sollozos y el clérigo consciente de que no conseguiría una respuesta más acorde con sus deseos, la dio por buena. Alzó las manos, pidiendo silencio y dio lectura al texto del pliego:
Nos Norberto, archiepíscopo de Milán y su diócesis, por la gracia del Espíritu Santo, y en uso de los poderes que me han sido conferidos por la Santa Madre Iglesia, ordeno que en el día de hoy, en que se cuentan veintidós calendas del mes de mayo del año de mil ciento y ocho del nacimiento de Nuestro Salvador, invocamos la ayuda del Cielo para establecer, con justo discernimiento, la verdad acerca de la inocencia o culpabilidad de tu sierva Maria Buonisegna, de dieciséis años de edad, poco más o menos, casada con Antonio Malatesta de cuarenta y cuatro años, mercader en paños, quien la acusa de brujería e infidelidad conyugal, por haber cometido adulterio con un joven tejedor, que fue hallado muerto en la alcoba de la mencionada Maria Buonisegna…
—¡No es cierto! —gritó la acusada con una voz que sorprendió a todos—. ¡Mi marido mandó colocar el cadáver!
—¡Silencio o mandaré que te azoten por desacato! —ordenó el eclesiástico interrumpiendo la lectura.
…hallado muerto en la alcoba de la mencionada Maria Buonisegna, según han declarado varios testigos. La acusada se ha negado de forma contumaz a reconocer su pecado por lo que solicitó acogerse al juicio de Dios para demostrar su inocencia.
Igualmente, la llamada Maria Buonisegna ha sido acusada de realizar cocimientos, practicar conjuros y confeccionar ungüentos para realizar actos de brujería.
Por los poderes que nos han sido otorgados por los sagrados cánones de nuestra Santa Madre Iglesia, concedemos a la citada solicitante la posibilidad de acogerse a la ordalía. Y para que no quede duda de que es la Divina Voluntad la que interviene para que la verdad resplandezca, hacemos pública la prueba que ha de afrontar.
El clérigo hizo una señal con la mano y dos individuos hicieron sonar unos potentes cuernos. A continuación, media docena de tamborileros, que ocupaban la parte frontal del estrado, ejecutaron un prolongado redoble. El silencio entre la muchedumbre era absoluto, sobrecogedor. Hasta los más leves murmullos se habían apagado. Llegaba el momento de desvelar la prueba a que iba a ser sometida la acusada.
El clérigo, consciente de que era el centro de todas las miradas, carraspeó aclarándose la garganta:
La acusada, desnuda y con las manos atadas a la espalda, será introducida, en un saco embreado y lastrado con veinticuatro libras de piedra, en compañía de dos gatos. El saco, convenientemente cerrado, será arrojado al agua. Si la acusada sale con bien, quedará demostrada su inocencia y limpia de toda culpa. De lo contrario, será considerada culpable. ¡Hágase la voluntad de Dios Nuestro Señor!
Ni siquiera los más cercanos al estrado oyeron las últimas palabras. El rugido de la muchedumbre debió escucharse a una legua de distancia. Nadie recordaba una ordalía como aquélla.
Aldo estaba horrorizado, notó un nudo en el estómago y sintió nauseas.
Ahora se explicaba por qué habían escogido aquel lugar. La sumergirían en las aguas del estanque, que en el centro alcanzaba las cinco varas de profundidad. La desgraciada iba a tener una muerte segura, con las manos atadas no tenía la menor posibilidad de salir viva del saco. Los gatos, enloquecidos, la arañarían y morderían, sería una muerte horrible. Aquellos desalmados habían dispuesto que el saco estuviese embreado para impermeabilizarlo y de esa forma prolongar su martirio. Cuando el agua entrase por alguna parte, los gatos se volverían más agresivos. La mente que había dispuesto aquel suplicio había hecho gala de la mayor crueldad.
Sintió cómo la furia crecía en su interior y no pudo evitar que de su boca saliese un grito de condena.
—¡Eso es una barbaridad! ¡Es una locura!
Nadie le hizo caso.
Sintió necesidad de marcharse, no podía permanecer. Era como si con su presencia estuviese aceptando la infamia que iban a acometer con aquella infeliz. A codazos y empellones se abrió paso entre la multitud y se alejó tan deprisa como pudo. Alguien que estaba muy cerca y había escuchado sus gritos, no lo perdía de vista.
Ya lejos, se sentó en el tocón de un árbol y comenzó a vomitar sin percatarse, hasta que lo tuvo encima, de que aquel individuo lo había seguido. Temió que fuese un malhechor que trataba de robarle. Podría hacerlo sin dificultad porque estaba exhausto, como si hubiese caminado durante horas. Sin embargo, le habló con voz suave.
—Veo que no disfrutas con el espectáculo.
Aldo, desconfiado, lo miró en silencio. Hasta allí llegaban los gritos del gentío.
—Si vienes a robarme, te prevengo de que mis bolsillos están tan vacíos como mi estómago.
—No es mi intención. Si te he seguido es porque me ha parecido que no disfrutabas con el juicio de Dios.
—¡Eso es una farsa!
—Es mucho peor —asintió el individuo con voz serena.
—¡Es una locura! —exclamó Aldo con el torso inclinado hacia delante y las manos apoyadas firmemente en las rodillas, notando que su estómago se agitaba de nuevo.
—Mucho peor que eso.
—¿Peor? —preguntó alzando la cabeza con los ojos enrojecidos.
—Es una infamia.
—¿Por qué lo dices?
—Porque en todo este asunto lo único que hay es una palabra contra otra. El supuesto adúltero, con quien esa joven cometió el pecado de que se le acusa, está muerto.
—¿Qué quieres decir con eso?
El desconocido, un individuo enjuto de carnes con el pelo blanco y cortado, y el rostro picado por la viruela, se encogió de hombros.
—El marido la acusa de adulterio y afirma que es bruja, sabedor de que conoce las propiedades de las plantas, pero ella lo niega. Los testigos son empleados del marido, dependen de él. Su testimonio ante un tribunal tendría poca consistencia. ¿Por qué tiene que ser la mujer quien asuma la acusación? ¿Por qué no se ha sometido a su esposo a una prueba similar?
—Porque ella es la acusada —afirmó Aldo con poca convicción.
—¿Por qué no se ha admitido que todo es una calumnia, un falso testimonio?
—¿Maria… Maria…?
—Maria Buonisegna —le ayudó el desconocido.
—¿Maria Buonisegna ha acusado a su marido de falso testimonio?
—Lo hizo, pero su acusación no ha sido tenida en cuenta. Por eso afirmo que todo es una infamia, porque el arzobispo y sus clérigos saben que todo eso de la ordalía es una farsa. Esa mujer no tiene la más mínima posibilidad de salir con vida. Quien lo ha dispuesto es un ser perverso. No es más que una forma de distraer la atención de la gente. Desde hace dos semanas, en Milán no se habla de otra cosa que no sea este triste espectáculo. ¿Has visto el ansia con que todos esperaban conocer la prueba? ¡El arzobispo y sus secuaces son una pandilla de simoníacos y fornicadores! —el desconocido había alzado la voz.
Aldo se quedó mirándolo fijamente. A pesar de tener las facciones marcadas por la viruela, resultaban agradables. No eran muchos los que se atrevían a calificar al arzobispo y sus clérigos de tal manera.
—Si consideras esto una infamia, ¿por qué has venido?
—Porque abrigaba la esperanza de encontrar alguna persona con la suficiente sensibilidad como para rechazar prácticas tan inhumanas.
Aldo no abandonaba la cautela y se mantenía en guardia. Su padre le había dicho que la Iglesia tenía espías por todas partes. El arzobispo y quienes lo rodeaban estaban inquietos con cierta agitación promovida por algunos clérigos que los acusaban de haber abandonado la verdadera doctrina de Jesús, haberse apartado de la sencillez que presidió la vida de los primeros cristianos y de tener el corazón pegado a las riquezas. Algunos de esos eclesiásticos ejercían su ministerio en la Pataria, el barrio donde los tejedores vivían hacinados con sus familias. Los soldados del arzobispo habían apresado a algunos de esos clérigos y dado escarmientos muy severos a varios tejedores acusados de ser partidarios de unas ideas que rompían el orden establecido por Dios. Había oído decir que en algunos círculos de tejedores, donde se reivindicaban salarios más altos y mejores condiciones, se celebraban reuniones de forma clandestina y se hablaba de la necesidad de cambiar la situación.
En ese instante, en la lejanía, se alzó un eco de gritos que no parecían humanos.
Aldo sintió vergüenza y agachó la cabeza, notando una punzada de dolor, como si las zarpas de los gatos estuviesen desgarrando sus entrañas. Alzó la mirada y vio lágrimas en los ojos de aquel desconocido a quien preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Gregorio.
—¿Eres de Milán?
—No, pero vivo aquí desde hace muchos años, llegué cuando aún no sabía andar.
—¿De dónde venías?
—De Quíos.
—¿Dónde está eso?
—Es una pequeña isla bañada por las aguas del Egeo, cerca de las costas de Asia.
Aldo se encogió de hombros. No podía situar el lugar.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Aldo.
—Soy pintor.
Por un instante, el joven tejedor contuvo la respiración, no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Guardó silencio unos segundos hasta que le volvió a preguntar con voz temblorosa:
—¿Pintor?
—Sí, me encargan imágenes o escenas para decorar el interior de los templos.
—¿Pintas para esos que llamas falsarios?
—¡No! —fue mucho más que una negación.
—¡¿Cómo que no?! —Aldo se puso de pie.
—Ellos hacen el encargo, pero yo pinto para mí, para dar rienda suelta a mis deseos, a mis creencias, a mis sensaciones más íntimas. Pueden comprar mi trabajo, también mi esfuerzo y mi sudor, pero no pueden comprar mi alma.
Aldo se quedó mirándolo, estaba aturdido. Los alaridos eran ahora como un eco lejano, el rugido de la multitud había perdido buena parte de su vigor. Ahora se percibían gritos que parecían de protesta.
—Esa desgraciada ha muerto —sentenció Gregorio.
Aldo se santiguó y murmuró una plegaria. Luego miró a los ojos de aquel hombre tan distinto a todas las personas que se habían cruzado en su vida. Era sensible ante la desgracia y el dolor de sus semejantes, y además… era pintor. Un pintor extraño que vendía su esfuerzo porque la vida lo exigía, pero no entregaba su alma.
—¿Dime que no mientes cuando dices que pintas para ti?
Gregorio le puso una mano sobre el hombro, con gesto amistoso.
—¿Por qué iba a mentirte?
—Porque no puedo creer que esté hablando con… con…
—¿Con quién? —le ayudó Gregorio.
—Con la persona de cuyas manos salen las figuras que llenaron los sueños de mi infancia.
El pintor se pasó la mano por el mentón, lo miró fijamente y le preguntó:
—¿Quieres decir que te gustaría pintar?
—Más que nada en el mundo.
Aquella noche la discusión con su padre fue enconada. En la conciencia de Aldo siempre pesó como una losa creer que tan agria disputa pudo acelerar su muerte. Abandonó el taller donde trabajaba por unas miserables monedas de cobre, que apenas le alcanzaban para cubrir su sustento y entró como aprendiz de Gregorio, quien se hizo cargo de su manutención y aprendizaje.
Todos los días, así lo había acordado con el maestro, acudía a visitar a su padre, que se mostraba huraño. Era la única sombra en aquellos días felices para Aldo que disfrutaba como nunca conociendo los rudimentos de la pintura. Se estaba materializando el sueño de su infancia. Un sueño de esos que, por lo general, la vida se encarga de difuminar poco a poco hasta que acaba convertido en polvo de ilusiones nunca realizadas.
Un día, cuando fue a visitar a su padre, lo encontró postrado en el lecho. Tenía mal aspecto: estaba pálido y su cuerpo se estremecía, sacudido por continuas convulsiones. Se protegía del frío con una raída manta, aunque estaban en pleno mes de agosto y el ambiente era asfixiante. Se quejaba de dolores en el vientre y de frío. Aldo mandó recado a su maestro con un vecino: no estaba dispuesto a dejarlo solo en aquellas condiciones. Lo embargó la emoción cuando, a la mañana siguiente, vio aparecer a Gregorio acompañado por un médico que, tras un somero examen, no le dio muchas esperanzas. El galeno soltó varios latinajos, le practicó una sangría y ordenó que le preparasen una tisana. Su maestro le dejó una provisión de dinero antes de marcharse.
Durante dos días, Aldo no se separó de su padre. Estaba cada vez peor. Cuando se quedaba dormido, se mostraba agitado, angustiado y murmuraba palabras y frases que carecían de sentido. Al atardecer del segundo día, la fiebre cedió y pareció mejorar. El corazón de Aldo se llenó de gozo cuando le escuchó decir que si deseaba ser pintor, aprendiese a serlo.
—Pero ha de ser con una condición.
—¿Cuál? —preguntó emocionado.
—¡Que seas el mejor!
Aldo estaba alborozado, la enfermedad empezaba a remitir y su padre no se oponía a sus deseos. Salió a la calle para comprar algo de comida y celebrar el momento. Al ver a su padre, cuando regresó cargado de viandas, desapareció su gozo. La felicidad se había mostrado cicatera, lo había visitado tan fugazmente que apenas había durado unas horas. El semblante del enfermo anunciaba que su final estaba próximo. Su rostro se había transformado: tenía la nariz afilada, la piel se había apergaminado y cobrado un tono de amarilla transparencia. Los pómulos parecían más prominentes, tenía la boca y los ojos hundidos. Su expresión era la viva imagen de la muerte. Aldo jamás la olvidaría.
Tomó su mano y la notó lánguida y sin calor. Su padre, haciendo un esfuerzo, trató de sonreír, pero sus labios se crisparon y Aldo fue incapaz de decirle algo porque las palabras se le atragantaron.
Las exequias, costeadas por Gregorio, fueron algo más que decentes y, desde luego, muy por encima de lo que podía permitirse un humilde tejedor. Después del funeral, el joven se concentró en su aprendizaje para el que mostraba unas cualidades extraordinarias. Progresaba a tal velocidad que su maestro empezó a descubrirle algunos de los secretos del oficio: le reveló los ingredientes para obtener determinados colores, conoció nombres de piedras extrañas de llamativos nombres, algunas de las cuales venían de muy lejos y costaban una fortuna. Había que pulverizarlas en el mortero. Aprendió las proporciones y las combinaciones adecuadas. Poco después, su maestro le confió la compra de aquellas piedras brillantes, que valían su peso en oro. Acudía a la tienda de un mercader, que vivía en una casa fortificada, cuya fachada ocupaba todo el testero de una plaza, frente a la iglesia de san Ambrosio. Siempre preguntaba por Lucila, siguiendo las instrucciones de Gregorio. Allí podían encontrarse casi todos los productos que llegaban de Oriente, cargados en naves genovesas y, en menor medida, venecianas. Podía comprarse lapislázuli para obtener azules, malaquita para los verdes o polvo de bermellón para los rojos. Tierra de Egipto, goma arábiga, resinas, pan de oro, carboncillos, cal, finísima escayola, barnices y aceites, también maderas secas y curadas para configurar frontales. Todo lo que un pintor podía necesitar para acometer una obra.
Un día, Lucila desapareció. Fue después de una revuelta en la Pataria, tras el sermón de un clérigo que bramó contra el lujo en que vivían muchas dignidades eclesiásticas, entre ellas el arzobispo, y la simonía de que hacían gala a la hora de entregar prebendas y cargos eclesiásticos. Aldo estaba seguro de que Lucila había sido una de las víctimas de la revuelta, que se había cobrado más de una veintena de muertos, los heridos y detenidos se contaban por centenares.
Pasado un tiempo, su maestro lo inició en la composición de tinturas y en la preparación de resinas. Fue todo un descubrimiento saber que el color amarillo se obtenía batiendo yemas de huevo, de los que se habían separado las claras, que se conservaban para ser utilizadas como aglutinante y abrillantador de superficies.
Gregorio era, sin duda, el mejor de los pintores de la ciudad y su trabajo el más apreciado por los clérigos, ignorantes de sus creencias. Se negaba a contratar paños de lienzo que había de cubrir con sus pinturas, siguiendo unos programas dictados por quien encargaba la obra, como hacían otros pintores, que repetían una y otra vez las mismas escenas. Él hablaba de sus figuras, de su fuerza, proponía representar cosas que hasta entonces nadie había hecho, sacadas del Antiguo o del Nuevo Testamento. Hablaba con orgullo de sus colores, algo que formaba parte de los secretos de su oficio y que ahora revelaba a Aldo. Sus azules eran limpios e intensos, sus verdes suaves, sus rojos poderosos y vivos. Su dorado, que causaba sensación, lo obtenía a partir de oro diluido con unas resinas, cuya fórmula era otro de los misterios de su arte. Pero lo que más llamaba la atención de las pinturas del Bizantino —nombre con que se le conocía popularmente— era la firmeza de su pulso para trazar las líneas y el vigor de sus dibujos con el carboncillo. Les imprimía tal fuerza que despertaban en la gente una catarata de sentimientos y emociones cuando los contemplaban y quedaban extasiados.
Ése era el mayor de los secretos de su maestro y no podía palparse, era algo intangible. Él lo llamaba «ánima». Una fuerza interior, una disposición especial y a la vez necesaria para acometer la obra. «Ánima» era lo que él transmitía a través de sus Cristos y de sus Vírgenes, algo que despertaba la devoción. «Para pintar bien, el ánimo tiene que estar limpio», le repetía su maestro una y otra vez. No se podía transmitir lo que no se poseía. Ése era el principal de sus secretos, ése y el que le costó la vida algunos años más tarde.
Aldo andaría por los veinte años cuando fue elevado a la categoría de oficial, un grado difícil de alcanzar antes de los veinticinco. Los maestros del gremio estaban sorprendidos con su talento, que iba mucho más allá de copiar con habilidad los modelos propuestos. Llamaba la atención la fuerza de sus figuras, la vida que imprimía al rostro de sus Cristos y el movimiento que daba a los símbolos del Tetramorfos, representaciones de los cuatro evangelistas que acompañaban al Pantocrátor, que decoraba buena parte de los ábsides de las iglesias, que desde hacía más de un siglo se levantaban en todo el orbe cristiano; desde las brumosas tierras de Sajonia y Bretaña, hasta los soleados parajes bañados por las aguas del Mediterráneo.
Pasó el tiempo y un día su maestro, a quien ya pesaban los años para subir a los altos andamios, le confió el mayor de sus secretos.
—Hace tiempo que mi vida declina. Quiero revelarte algo que jamás he confiado a nadie.
Aldo se sorprendió.
—¿Hay algo que no me has enseñado?
—Si te refieres a los secretos de nuestro oficio, nada hay que me quede por desvelarte. Lo que ahora deseo confiarte es el gran secreto de mi vida, la verdadera fuerza que ha impulsado mi fe.
—¿A qué te refieres?
—A la fe que anima a todo hombre para vivir. Son muchos los que se conforman con creer lo que otros les dicen, y muchos también los que guardan las apariencias, aunque son presos de la codicia de los bienes materiales. Hay algunos, pocos, que creemos en un Dios de bondad, que es la luz y guía del mundo, que perdona los agravios porque su misericordia es infinita y contraria al castigo, y que le repugna que en su nombre se cometan atrocidades. Creo en un Dios que es amor. Ese es el Dios que he tratado de representar, hasta donde quienes se han erigido en portadores de su mensaje me lo han permitido. Quiero que esta noche me acompañes.
—¿Adonde?
—Ya lo verás.
Aldo no podía sospechar que aquella noche comenzaría una cadena de acontecimientos que conducirían a la muerte ignominiosa de su maestro y a su salida precipitada de Milán. Hacía ya más de dos años de esos tristes sucesos.