Capítulo XVIII
ROSELLÓN, junio de 1123
El viaje había resultado agradable. El viento de poniente no dejó de soplar los cinco días que había durado el trayecto. Para los remeros fue una bendición del cielo, apenas habían tenido que bogar fuera de las maniobras de la salida del peligroso puerto de Génova y para entrar en la ensenada de Colliure.
El lugar era poco más que una aldea de pescadores, a juzgar por las cabañas que con poco orden se extendían por la zona. Un par de barracones era todo lo que daba sensación de puerto a la hermosa ensenada.
Antes de ponerse en camino, Aldo y Arnulfo compraron algunas provisiones, aunque era poco lo que podían adquirir: algo de pescado ahumado, unos tasajos de carne seca, queso, una hogaza de pan y un pequeño pellejo de vino, que pagaron a precio de néctar. Aldo también compró una manta, que enrolló con unos cáñamos que había trenzado y colgó a su espalda. Arnulfo estaba más preparado para el viaje e iba mejor equipado.
Ya en la puerta de su cabaña, el pastor que les había vendido el queso les dijo que hasta Perpiñán había algo más de diez leguas y que el camino era llano, apenas un par de lomas.
—Sólo tendréis que vadear un arroyo y, en este tiempo, baja tan seco que por muchos sitios lo podréis cruzar sin necesidad de mojaros los pies. Si apretáis el paso, podréis cruzarlo antes del anochecer. Ahora los días son largos.
—¿A cuánto queda ese riachuelo? —preguntó Aldo.
—Está a mitad de camino.
—¿Has dicho antes que vayamos siempre hacia el norte bordeando la costa y que, conforme la tarde avance, tengamos siempre el sol a nuestra izquierda?
—Eso es, cuando lleguéis a la laguna de San Nazario, si veis que se os echa la noche encima, deberíais buscar alojamiento en la aldea.
Decidieron que lo mejor era ponerse en camino. Comerían después de hacer un par de leguas. Siguieron el trazado de la antigua vía romana que bordeaba la costa del Mediterráneo, con el propósito de llegar a Perpiñán, donde el cantero tenía que entregar una carta. Suponía desviarse algunas jornadas de su camino que discurría en dirección contraria, pero Arnulfo se había comprometido a hacerlo. Apenas habían recorrido unos centenares de pasos, cuando preguntó al pintor:
—¿Hay alguna razón para que hayas mostrado tanto interés por ese riachuelo?
Aldo se detuvo y lo miró fijamente. En sus ojos había un brillo burlón. Alzó la cara y husmeó, como si fuese un lebrel que olfateaba el rastro de una presa.
—¿No hueles?
—¿A qué?
—¡A bicho! —exclamó soltando una risotada—. Llevo sin lavarme más de un mes.
Arnulfo se quedó mirándolo entre pensativo y extrañado.
—¿Tú te lavas mucho?
—Si tengo oportunidad, dos o tres veces a la semana.
—¡Santa Madre de Dios! —El cantero se llevó las manos a la cabeza—. ¡Te vas a poner enfermo!
Aldo no pudo evitar una carcajada.
—¿De qué te ríes?
—¡De ti, Arnulfo! Estás equivocado.
—¿Equivocado, dices, pintor? ¡El equivocado eres tú! Lo dice todo el mundo: ¡Es malo lavarse!
—Todo el mundo no piensa eso —le respondió Aldo.
—Sólo un demente pensaría otra cosa. ¡Todos los médicos afirman que no es bueno mojar la piel muchas veces! ¡Puede estropearse, incluso encoger!
Aldo, haciendo un esfuerzo por contener la risa, le preguntó:
—¿Cuántas veces?
Arnulfo tardó unos segundos en contestar. Parecía calcular el tiempo adecuado entre lavado y lavado.
—¡Qué sé yo! Una o dos veces al año. No creo que la piel pueda resistirlo mucho más.
—Estás en un error, Arnulfo.
—He oído decir a unos clérigos que más de dos veces al año les parece excesivo. Muchos sostienen que sólo una vez al año basta con lavarse la cara y las manos cada cierto tiempo.
—Lavarse nada tiene que ver con la religión —Aldo hizo ademán de reiniciar de nuevo la marcha, pero Arnulfo lo sujetó por el brazo.
—¿Has perdido el juicio?
—¿Por qué lo dices?
—Porque estás contradiciendo lo que se dice en los Santos Evangelios —murmuró el cantero, vivamente preocupado.
—¿Dice en los Evangelios que sólo debemos lavarnos una vez al año o que es pecado hacerlo con más frecuencia?
—No sé lo que dice en los Evangelios. ¡No sé leer! Además, tengo entendido que están escritos en latín —el cantero, cada vez más confuso, preguntó—: ¿Tú sabes leer?
—Sí.
—¿Has leído los Evangelios?
—No, no los he leído. Como acabas de decir, están escritos en latín.
Arnulfo dejó escapar un largo suspiro, como si se quitase un gran peso de encima.
—Entonces, ¿cómo sabes que en los Evangelios no dice que sea pecado lavarse más de una vez al año?
—Yo no he dicho que lo sepa. Te he preguntado si tú lo sabías.
—Se lo he escuchado decir a los clérigos.
Aldo estuvo a punto de morderse la lengua, pero no lo hizo.
—A veces, los clérigos dicen tonterías y, desde luego, afirman cosas que tienen poco que ver con la doctrina de Jesucristo.
Arnulfo se santiguó tres veces con una rapidez asombrosa y miró, con gesto de preocupación, para todas partes.
—¡No deberías decir esas cosas!
La conversación había derivado por un camino que para Arnulfo resultaba peligroso. Había escuchado algunas historias acerca de los enfrentamientos producidos en Milán como consecuencia del rechazo que provocaba la vida de los clérigos y de las fuertes explosiones de cólera popular en el barrio de Pataria que habían sido sofocadas a sangre y fuego.
Arnulfo era un excelente cantero, capaz de conseguir a golpe de martillo y cincel que las piedras hablasen, pero no entendía de sutilezas ni deseaba complicarse la existencia con ciertas cosas. Le gustaba su trabajo porque le permitía una libertad de movimientos que no tenía la mayor parte de las gentes, como los campesinos atados a la tierra, que no podían abandonarla sin el consentimiento de su señor. Podía ir de un lado para otro, ver mundo y construir templos a mayor gloria de Dios. Los viejos canteros decían que nunca se había construido tanto y que los maestros eran cada vez más atrevidos. Se levantaban torres tan altas que parecía imposible que se mantuviesen en pie. Había escuchado decir a un maestro constructor que se podía levantar una torre, cuya altura fuese seis veces el perímetro de su base, con tal de disminuir el volumen de piedra conforme se ganase altura, según unas proporciones determinadas.
Echó a anclar y decidió retomar la conversación por el principio.
—Oye, Aldo, estabas bromeando cuando me has dicho que te lavabas dos o tres veces a la semana, ¿verdad?
—No, no bromeaba. Hablaba en serio. Es una práctica que me ha acompañado en los últimos tiempos. En realidad, antes pensaba lo mismo que tú. Consideraba que lavar el cuerpo con cierta frecuencia era perjudicial para la salud, pero después de mi estancia en Jerusalén no soy de la misma opinión. La limpieza del cuerpo es una necesidad, la higiene es imprescindible para la salud.
—¡Eso es cosa de infieles!
—¡Eso es cosa de higiene!
—¡Dicen que los moros tienen baños públicos y no reparan en bañarse juntos.
—Es cierto, pero nada hay de malo en ello.
—¿Es cosa de infieles y dices que no hay nada malo en ello?
—También lo hacían nuestros antepasados.
—¿Nuestros antepasados?
—Sí, los romanos en la época del imperio construyeron grandes baños en los que uno podía bañarse con agua tibia y hasta caliente: eran las termas. Había un horario para los hombres y otro para las mujeres.
El rostro del cantero reflejaba incredulidad.
—¿Eso es cierto?
—Tan cierto como que tú y yo estamos aquí.
Tal y como les había indicado el pastor, la vieja calzada romana, cuyo pavimento estaba deteriorado por muchas partes, discurría por una zona llana y atravesaba un paisaje hermoso. Habían recorrido algo menos de dos leguas cuando se detuvieron a comer bajo la sombra de unos gigantescos robles que se alzaban al pie del camino. El queso era excelente y el pan estaba tierno; el vino, por el contrario, era pésimo y su sabor estaba impregnado del alquitrán del pellejo. Quien se lo había vendido los había engañado miserablemente.
Se detuvieron el tiempo justo para reponer fuerzas y, sin detenerse más de lo preciso, reemprendieron la marcha. A lo lejos se veían algunos campesinos afanados con sus tareas, pero por el camino había poca gente.
Conforme avanzaba la tarde, un viento del oeste que había comenzado como una suave brisa que aliviaba el calor, cobró fuerza poco a poco; agitaba las hojas de los árboles y en el cielo aparecieron las primeras nubes, blancas y algodonosas. En menos de una hora, antes de llegar al riachuelo que tanta conversación había generado, el cielo había perdido su luminosidad y estaba cubierto por una densa capa de nubes, cada vez más oscuras. Los pájaros revoloteaban inquietos y buscaban refugio.
—Tenemos tormenta a la vista —comentó Arnulfo. Aldo asintió.
Descendían por la suave ladera de una de las colinas, a cuyo pie discurría mansamente un arroyo que era poco más que una hebra de agua, cuando cayeron las primeras gotas: espaciadas y gruesas. En un par de minutos, la lluvia se había convertido en un aguacero y el primer fogonazo llenó el paisaje de una luz blanquecina que se desvaneció al instante; el trueno tardó algunos segundos en llegar.
—¡Maldita sea! —exclamó Arnulfo—. Tendremos encima esa tormenta en menos que canta un gallo. ¡Vamos a ponernos como sopas!
—Aprieta el paso y crucemos el arroyo lo antes posible —lo apremió Aldo—. No vaya a darnos un disgusto. Tal vez, al otro lado de esa loma encontremos dónde refugiarnos.
Echaron a correr ladera abajo y cruzaron el cauce sin dificultad. La lluvia arreciaba y los relámpagos se sucedían a intervalos cada vez más cortos. Los truenos sonaban más fuertes a medida que la tormenta se acercaba, dejando apenas un respiro entre uno y otro. Parecía que el cielo iba a desplomarse sobre sus cabezas.
—¡No querías lavarte! —gritó Arnulfo sofocado por el esfuerzo y chorreando agua por todas partes.
—¡Pero no de esta forma!
Instantes después, alcanzaron la cresta de la ladera y, a través de la lluvia, contemplaron una amplia llanura salpicada de árboles.
—¡Ni un maldito lugar donde guarecerse! —exclamó el cantero sacudiendo la cabeza.
Tenían la tormenta encima, apenas había un instante entre relámpagos y truenos.
—Tal vez si nos acercamos a la playa encontremos algún refugio donde…
Aldo no terminó su propuesta. Zigzagueando, como una serpiente luminosa, un rayo cayó en el tronco de un copudo olmo que quedaba a su derecha, muy cerca de donde ellos estaban. Lo hendió por la mitad, incendiándolo. Su chisporroteo provocó un pequeño fuego que la fuerza del agua apagó rápidamente. Una nube de humo los envolvió momentáneamente y un fuerte olor a quemado se extendió por la zona.
Habían enmudecido y estaban paralizados. Aldo tenía un nudo en el estómago y contemplaba, con la respiración contenida, el atemorizado rostro de Arnulfo.
—¡Santa Madre de Dios! —exclamó el cantero y con voz perentoria le gritó—: ¡Vamos, pintor, alejémonos rápidamente!
Caminaron a toda prisa en dirección a la playa para no extraviarse. Si deseaban proseguir su marcha hacia el norte, debían avanzar siguiendo la línea de la costa, dejando a su derecha el mar. Era la única forma que tenían de orientarse, al haber perdido la referencia del sol. Después de una hora de penoso caminar estaban empapados, exhaustos y ateridos de frío. Llegaron a una laguna próxima a la playa, junto a la que se alzaba una choza de pescadores.
Las paredes de adobe formaban un círculo coronado por un cono de ramas secas, muy inclinado. Se acercaron, la puerta estaba cerrada. Sin embargo, el humo que salía por la chimenea que emergía de la techumbre indicaba que había gente en el interior. Arnulfo golpeó con fuerza a la par que gritaba:
—¡En el nombre de Dios! ¡Abrid!
Sus gritos no tuvieron respuesta. Arnulfo golpeó otra vez y repitió su llamada, pero obtuvo el mismo resultado.
—¡Maldita sea! —exclamó el cantero, aporreando la puerta por tercera vez.
Su imagen, empapados hasta los huesos y agotados por el esfuerzo, era penosa. Ninguno de los dos se había percatado de que unos ojos inquietos los observaban por una abertura disimulada en la pared.
Aldo exclamó con voz potente, pero con la resignación de quien no espera respuesta:
—¡Sólo somos dos caminantes que imploran cobijo en medio del temporal!
En el interior de la cabaña todo era silencio.
—Si hay alguien dentro, está claro que no va a abrirnos ¡Vámonos de aquí! —Arnulfo había perdido la paciencia.
Se disponían a marcharse cuando una voz llegó hasta sus oídos.
—Un momento, aguardad.
Sólo fueron unos segundos, pero la espera se les hizo interminable, a pesar de que estaban tan empapados que la lluvia ya no podía mojarlos más. La puerta de la cabaña crujió y al abrirse apareció una mujer todavía joven, pero su aspecto desaliñado la hacía parecer algo avejentada. Llamaban la atención unos grandes ojos negros que brillaban en la oscuridad como si fuesen carbones incandescentes.
—¡Pasad, rápido!
El interior de la cabaña era húmedo y oscuro, pero estaba lleno de olores aromáticos. En el techo colgaban manojos de hierbas y sobre el fuego borboteaba un puchero, colgado de un gancho. En un rincón había una yacija y empotrado en la pared un largo tablero donde podían verse numerosas escudillas y potes.
—Acercaos al fuego, estáis chorreando. ¡A quién se le ocurre andar por estos descampados con un tiempo como éste!
—La tormenta nos sorprendió por el camino —se excusó el cantero, frotándose las manos junto al fuego.
—¿Quiénes sois? —preguntó la mujer, que sostenía dos tazones de barro vidriado, todo un lujo, en una mano y con un cazo removía el contenido del puchero.
—Soy cantero y voy a Perpiñán, aunque sólo de paso. Tengo trabajo más al sur, al otro lado de los montes, en tierras de Aragón —respondió Arnulfo.
La mujer llenó el primer tazón de un caldo aromático y denso, y se lo ofreció.
—Toma, esto te hará entrar en calor, pero ten cuidado, está hirviendo.
Llenó el otro tazón y se lo ofreció a Aldo, que parecía olvidado del agua y del frío, interesado en el contenido de las escudillas y los potes.
—¿Y tú? Tampoco eres de aquí, ¿verdad? —lo dijo como si conociese a todo el vecindario de la zona.
—No.
—¿Dónde has trabajado antes? —la voz de la mujer sonó suave.
Aldo la miró a los ojos y modificó su impresión inicial. Poseía una hermosura desconcertante. El negro de sus ojos era luminoso y tenía una dentadura perfecta. Respondió con desgana:
—En la Lombardía y en Jerusalén.
—¿Eres lombardo?
—Sí, de Brescia, aunque he pasado la mayor parte de mi vida en Milán.
Al escucharlo, removió el puchero para disimular la agitación que le había producido la respuesta.
—¿Dices que has estado en Jerusalén?
—Sí, hace poco que he regresado.
La mujer se agachó para echar unos leños al fuego y después atizó las brasas. Aldo aprovechó para preguntarle.
—¿Y tú, a qué te dedicas?
La mujer se irguió lentamente, llevándose las manos a la cintura. No era tan ancha como podía hacer pensar la amplitud de su saya. Aldo pudo adivinar un cuerpo esbelto. El pintor lanzó una furtiva mirada al escote y adivinó unos senos grandes. Notaba el calor de su cuerpo sobre sus empapadas vestiduras.
Ella, ignorando la pregunta, entrecerró los ojos, como si de aquella forma mejorase la visión, y escudriñó sus facciones. Aldo tuvo la sensación de que trataba de buscar un recuerdo perdido en su mente. También a él le embargaba una extraña sensación, como si un fantasma del pasado se agitase ante él.
—¿Qué has hecho en Jerusalén?
—Pintar.
—¿No has ido en peregrinación, en busca del perdón de tus pecados?
Aldo percibió cierta ironía y se limitó a responder con un monosílabo.
—No.
Cada segundo que pasaba estaba más convencido de que él había visto aquel rostro en alguna parte, pero no lograba situarlo.
—¿Buscabas una poderosa reliquia? —Entornó los ojos. Eran bellísimos.
Aldo notó cómo se agitaba su interior, presa de un creciente deseo morboso.
—Ya te lo he dicho, he ido a pintar.
La forma en que lo miraba aquella mujer lo estaba poniendo nervioso. Tenía la sensación de que ella buscaba un recuerdo perdido en su memoria. Olvidándose del consejo que ella le había dado a Arnulfo, se llevó el tazón a la boca y se quemó. La mujer no se privó de una picara sonrisa y cogió otro tazón para servirse.
—¿Eras ya pintor cuando estabas en Milán?
—Sí.
—Hace algún tiempo conocí a un pintor que trabajó en Milán.
—¿Quién era ese pintor?
—El mejor —respondió ella sin vacilar.
Ahora fue él quién clavó sus ojos en las negras pupilas de aquella desconocida. Sabía de sobra quién había sido el mejor pintor de Milán durante muchos años.
—¿A quién te refieres?
Antes de responder, dio un ligero sorbo a su caldo y lo miró con gesto altivo.
—A Gregorio, el bizantino.
Aldo se quedó paralizado, notando cómo su corazón se aceleraba y la sangre golpeaba en sus sienes. Tardó algunos segundos en formular la pregunta:
—¿Tú conociste al maestro Gregorio?
—Sí, ¿te extraña?
—Gregorio fue mi maestro.
La mujer dejó el tazón sobre un taburete y se acercó hasta Aldo. Su rostro indicaba que el recuerdo que buscaba desde hacía rato en su cabeza se había desvelado.
—Lo sabía, lo sabía. Tú… tú eres el aprendiz que… ¡Tú eres Aldo!
—¡Lucila!
Arnulfo, que no había parado de dar pequeños sorbos a su caldo y que empezaba a entrar en calor, asistía asombrado el curso de la conversación.
—¡Aldo, el aprendiz de Gregorio!
—¡Lucila! —repitió el pintor.
Tenía ante sus ojos a la joven que trabajaba en el almacén donde compraba los ingredientes para las pinturas de su maestro y que un día desapareció sin dejar rastro.
—¡Aldo! ¡Qué alegría! —exclamó la mujer poniendo con ternura una de sus manos en el hombro del pintor. Aldo se estremeció al sentir su contacto. Recordó que un día, cuando fue a por uno de los encargos de su maestro, ya no estaba. Cuando preguntó por ella, todo lo que recibió fue una lacónica respuesta:
—Lucila se ha marchado.