Capítulo XXVIII

TAÜLL, diciembre de 1123

 

El obispo entró en el templo por la puerta abierta junto al campanario, cuya planta baja utilizó como sacristía para revestirse con los ornamentos que requería una ocasión tan especial.

La iglesia estaba repleta de gente. Allí se agolpaban casi todos los vecinos de la Guinza, porque San Clemente le había ganado la partida a Santa María en el pulso que los dos barrios habían mantenido en lo tocante a la consagración de los templos. Ramón Guillem, un eclesiástico cuya fama había desbordado los límites de su obispado, recorrió el templo, sosteniendo su báculo en una mano y repartiendo bendiciones con la otra. Era alto, enjuto y su rostro inspiraba confianza.

Al enfilar la nave central alzó la vista y se detuvo un instante con la mirada fija en el ábside: la imagen que se alzaba en la bóveda le había hecho contener la respiración. Avanzó por el estrecho pasillo que le abrían los clérigos entre la apiñada muchedumbre, que casi cerraba el paso. Muy pocos de los presentes habían visto a un obispo y todos querían estar cerca de él, incluso tocarlo si era posible. Hasta Taüll habían llegado muchas historias relacionadas con la vida ejemplar de aquel hombre, con fama de santo.

En la aldea las últimas semanas habían estado marcadas por la actividad, los nervios y la ansiedad. Los vecinos se habían afanado para que todo estuviese a punto el gran día que, definitivamente, había quedado señalado para el segundo domingo de adviento y que por fin había llegado.

Aldo y Lucila, cuyo embarazo apenas era perceptible bajo las haldas de su gruesa ropa de lana, se apretujaban en medio de la multitud junto a la primera de las columnas que separaban la nave central y la del evangelio. El pintor, que se había percatado del impacto que su Cristo había producido en el obispo, ya no apartó su vista del rostro del prelado, quien no tenía ojos más que para el Pantocrátor que lo miraba desde las alturas. Ramón Guillem avanzaba absorto en la contemplación de la imagen.

—¡Está impresionado! —susurró Lucila al oído de su marido.

—Ya me he dado cuenta —le confirmó Aldo sin apartar la mirada del eclesiástico que, abstraído, había dejado de bendecir.

Comenzó la misa de consagración y cuando llegó la hora de las lecturas, el obispo se sentó en el lado del evangelio, en una cátedra traída desde Barbastro para la ocasión; en el lado de la epístola, en un recio sillón tapizado con piel de becerro, estaba el señor de Erill. Ramón Guillem dirigía continuas miradas al Pantocrátor que, rodeado por los símbolos de los evangelistas, llenaba la cubierta del ábside. El trazo del dibujo era firme y los colores vivos y limpios. Se preguntaba quién lo habría hecho. La imagen respiraba majestuosidad y vida; daba la sensación de que, en cualquier momento, aquel Cristo iba a ponerse de pie para dirigir la palabra a los fieles.

A pesar de su larga experiencia como pintor, Aldo se sentía como un principiante. Había trabajado sin descanso durante siete semanas y había terminado la víspera. Cuixart había sido una gran ayuda, no sólo por haber cumplido su palabra de conseguir lo que él llamaba arenita para que el color azul dejara de ser un problema, sino porque se había responsabilizado de una de las naves laterales. La presión bajo la que trabajaron sin descanso había dado un resultado inesperado.

Aldo, al final, se había decidido por un Pantocrátor, pero desde el primer momento deseaba que su Cristo, mucho más que un juez que va a premiar a los buenos y castigar a los réprobos, fuese un maestro impartiendo doctrina y guiando a sus ovejas en medio de la oscuridad. Ego sum lux mundi, podía leerse en las páginas del libro que mostraba. Ahora, perdido entre la muchedumbre que seguía atenta el ritual, miraba embelesado su obra, convencido de que había logrado su propósito. Lucila le apretó la mano en un gesto cargado de complicidad.

Cuando el obispo tomó la reliquia del mártir Cornelio para colocarla en el ara, siguiendo la normativa establecida por los cánones eclesiásticos de que toda iglesia al ser consagrada había de tener una reliquia en su altar, se hizo un silencio momentáneo al que siguió un murmullo de admiración. La gente se santiguaba, bisbiseaba una plegaria o se daba golpes de pecho.

Concluida la larga ceremonia, el obispo bendijo, rociándola con agua bendita una inscripción grabada la víspera, a toda prisa, en una de las columnas, como recordatorio para la posteridad de aquel momento.

 

Anno ab incarnacione Domini MCXXIII III idus decembris venit Raimundus episcopus Barbastrensis et consecravit hanc ecclesiam in honore Sancti Clementis martiris et ponens reliquias in altare sancti Cornelii episcopi et martiris.

 

Luego recorrió el templo acompañado por el señor de Erill y su esposa, escuchando los detalles que el párroco le indicaba. El cortejo se abría paso entre la muchedumbre. Todos deseaban besar la mano del obispo, rompiendo el cordón que formaba su nutrido séquito de eclesiásticos. De vez en cuando, el maestro Benito explicaba al prelado y al señor ciertos detalles de la construcción.

—Me gustaría conocer al autor del Pantocrátor. ¿Está por aquí? —preguntó el obispo al llegar de nuevo al presbiterio y detenerse ante la imagen.

Arnulfo, que se había hecho con un lugar de privilegio junto a Benito, aprovechó su envergadura para pasear la vista sobre la multitud. Vio a Aldo y a Lucila que permanecían en el mismo lugar desde el que habían seguido la ceremonia. El cantero hizo un gesto a su amigo para que se aproximase, pero era difícil hacerlo.

—Eminencia —Arnulfo sabía poco de tratamientos—. Aldo está allí, junto a aquella columna, pero me temo que no podrá acercarse.

—¿Quién es Aldo?

—El pintor, eminencia. El pintor por el que preguntáis.

Erill susurró algo al oído del capitán de su guardia que no se había separado del lado de su señor, y Arnulfo lo acompañó. El capitán, revestido con su cota de mallas, se abrió paso entre la gente que se apartaba rápidamente.

—El obispo quiere verte. —Las palabras del soldado sonaron como una orden en los oídos de Aldo, quien junto a su mujer se acercó sin dificultad hasta el prelado. Ambos besaron con humildad la mano que les extendía.

—¿Eres su autor? —Ramón Guillem señaló al Pantocrátor.

—Sí, ilustrísima —tartamudeó nervioso.

—¿Te llamas Aldo?

—Sí, ilustrísima.

—¿También eres lombardo, como Benito?

—Sí, ilustrísima —repitió por tercera vez.

—Mi enhorabuena y mi bendición, Aldo. Tu trabajo es un canto a la grandeza de Dios Nuestro Señor.

—Gracias, sois muy generoso con mi humilde trabajo.

—¡A ese Cristo sólo le falta hablar! Aprovecha bien ese don que Dios te ha dado y que os bendiga a ti y a tu esposa —miró a Lucila—, con una vida sosegada y un premio en el paraíso.

Aldo besó la mano del obispo que ya se retiraba arrastrando tras de sí el gentío que llenaba el presbiterio.

Cuixart aprovechó el momento para acercarse a Lucila y Aldo, apenas quedaban dos o tres personas en el presbiterio.

—Enhorabuena, maestro —lo dijo con orgullo y añadió con satisfacción—. Al principio hubiese jurado que no lo conseguirías. Pero has demostrado que eres el mejor.

Miró a Lucila, la saludó con una ligera inclinación de cabeza y se marchó.

—¿Estás contento? —le preguntó ella, aprovechando que estaban solos.

—Mucho.

Ella alzó la vista y exclamó:

—¡Es magnífico, Aldo, magnífico!

Tomó a su mujer por el brazo y le susurró al oído:

—Lo que nadie sabe, amor mío, es que también guarda el secreto de la Ruta de los Sacerdotes.