«Asahara será un personaje grotesco, pero no puedo quitármelo de la cabeza»
HIDETOSHI TAKAHASHI (nacido en 1967)
Takahashi nació en 1967 en Tachikawa, Tokio. Estudió geología en la Universidad de Shinshu y se especializó en astronomía geodésica. Siempre le ha gustado observar el cielo con un telescopio. El atentado con gas lo dejó consternado y abandonó Aum. Ha aparecido en televisión criticando a Aum y ha publicado un libro —Volver de Aum— en el que cuenta por qué se metió en la secta y la abandonó.
Cuando era estudiante habló un día con Shoko Asahara, que daba una conferencia en la universidad. Luego, Yoshihiro Inoue le insistió para que se adhiriera y lo hizo. Pero los estudios le ocupaban casi todo el tiempo, se fue distanciando de Aum y al final abandonó la secta. Pero como no podía concentrarse en los estudios, se unió de nuevo, esta vez como monje. Eso fue justo antes del atentado de Matsumoto de mayo de 1994.
Lo destinaron al ministerio de ciencia y tecnología, bajo la dirección de Hideo Murai. Asahara le ordenó que desarrollara un programa informático que predijera los terremotos. El programa predijo el terremoto de Kobe de 1995 y Asahara lo elogió por su trabajo.
Habla de forma clara y lógica, una característica que comparten muchos adeptos y exmiembros de Aum. Si una cosa no le parece lógica, no se la cree. Desde luego, si uno mira así las cosas, el mundo debe de parecerle un lugar ilógico lleno de contradicciones y confusión, donde no resulta fácil vivir.
Ahora trabaja para una empresa de topografía y lleva una vida completamente normal. Promete dedicar su vida a responder a la pregunta «¿Qué era Aum?» y por eso, cuando puede, asiste a los juicios.
En la universidad sentía una gran distancia entre mi ser exterior y mi ser interior. Me mostraba alegre y entusiasta con mis amigos, pero cuando me encerraba en mi habitación, me sentía abrumado por la soledad y por el sentimiento de no tener a nadie en el mundo.
Ya de niño era así. Recuerdo que siempre me metía en el armario. No quería ver a mis padres y ni siquiera en mi habitación me encontraba en mi propio espacio. De niño, uno siente que sus padres no paran de interferir. Para mí, el único lugar en el que podía escapar y estar en paz era el armario. Admito que es una costumbre extraña, pero cuando me veía allí dentro, solo en la oscuridad, sentía que mi conciencia se agudizaba. Estaba solo conmigo mismo en la oscuridad. Por eso creo que, desde niño, he tendido siempre a un tipo de retiro como el de Aum.
En la escuela me gustaba el rock progresivo. El muro de Pink Floyd, por ejemplo. Desde luego, no es la clase de música que yo recomendaría, salvo si lo que uno busca es deprimirse. (Risas.) Conocí a Gurdjieff por King Crimson. El guitarrista del grupo, Robert Fripp, era seguidor de Gurdjieff. Y desde que se interesó por eso, su música cambió radicalmente. Creo que ese tipo de música ha influido mucho en mi actitud ante la vida.
En el instituto me dediqué al deporte, al baloncesto y al bádminton, pero cuando entré en la universidad, sentí que debía trazar una línea entre mi persona y la sociedad. Entré en lo que se llama estado de moratoria, que es un estado de crisis de identidad. Mi generación creció en un Japón en pleno desarrollo económico y veíamos la sociedad influidos por esa imagen. Yo no me identificaba con la «sociedad adulta» que veía. Me parecía pervertida, por así decirlo. ¿No había otra manera de vivir, de ver el mundo? En la universidad tenía mucho tiempo libre y les daba vueltas a estas cuestiones.
Cuando uno es joven, tiene muchas fantasías en la cabeza, pero cuando se enfrenta a la realidad, se da cuenta de lo inmaduro que es. Yo me sentía frustrado.
Para liberarme, para empezar una nueva vida, me interesé por toda clase de cosas, con la esperanza de encontrar las fuerzas que necesitaba para vivir. La vida está llena de sufrimiento y las contradicciones del mundo real me molestaban. Para escapar de ellas, me imaginaba una sociedad utópica, lo cual seguramente me hizo más susceptible de ser captado por un grupo religioso que tuviera la misma visión.
Cuando se plantea la cuestión de Aum, siempre se habla de malas relaciones paternofiliales y familias deshechas, pero la cosa no puede reducirse a algo tan simple. Es cierto que una de las cosas que atraen de Aum es que promete dar una salida a las frustraciones y a los problemas familiares de la gente, pero otro factor mucho más importante son los sentimientos apocalípticos de «fin del mundo» que todos experimentamos. Si no tenemos en cuenta estos sentimientos, no sólo de los japoneses, sino de toda la humanidad, no podremos explicar la atracción que ejerce Aum en tanta gente. Decir que se trata de problemas familiares no vale.
Un momento. ¿De verdad crees que todos los japoneses tienen ese sentimiento de fin del mundo?
A lo mejor no se puede generalizar y decir que todos lo tienen, pero sí creo que todos los japoneses tenemos una visión apocalíptica, un temor inconsciente y secreto. Cuando digo que todos los japoneses siente este miedo, me refiero a que unos han descorrido el velo y otros aún no. Si descorriéramos ese velo de pronto, todos sentiríamos terror acerca del futuro, del rumbo que lleva nuestro mundo. La sociedad es el pilar de nuestras vidas y no sabemos lo que le va a ocurrir en el futuro. Este sentimiento es más grande en las sociedades opulentas. Es como una sombra amenazante que creciera más y más.
Creo que palabras como «decadencia» o «caída» son más apropiadas que «fin».
Puede, pero recuerda que cuando las profecías de Nostradamus se pusieron tan de moda yo era estudiante, y aquella sensación de que «el fin se acerca» se abrió paso en mi interior por culpa de los medios de comunicación. Y yo no era el único. No quiero que parezca que lo reduzco a una cuestión generacional, pero creo firmemente que todos los japoneses de aquellos años estaban muy imbuidos de la idea de que el mundo se acabaría en 1999. Los monjes de Aum aceptaron íntimamente el fin del mundo porque, cuando se hicieron monjes, renunciaron por completo a sí mismos, y por tanto abandonaron el mundo. Dicho de otra manera: Aum es un conjunto de personas que han aceptado el final. La gente que sigue teniendo esperanza en el futuro conserva un apego al mundo. Y quien tiene apegos no renuncia a su yo. Para los monjes, en cambio, era como si se hubieran arrojado por un acantilado. Y esto les hacía sentirse muy bien. Perdieron algo, pero también ganaron algo.
Por lo tanto, la idea del fin es uno de los ejes en torno a los cuales giró Aum. «El Armagedón se acerca, haceos monjes», nos decían, «y donad todo vuestro dinero a Aum.» Y ésos eran sus ingresos, claro.
Pero hay muchos otros grupos religiosos que han partido de una visión apocalíptica, como los testigos de Jehová, por ejemplo, o los davidianos de Waco. ¿En qué se diferencia Aum?
Robert Jay Lifton ha dicho que hay muchas sectas con creencias apocalípticas, pero Aum es la única que ha hecho del fin del mundo una cuestión programática. Y tiene razón.
Aún hoy hay un elemento de Aum, su poder de atracción y dirección, que no acabo de entender. ¿En qué residía su tremenda fuerza, que atrajo a tanta gente, a mí incluido?
Cuando iba a la universidad fueron muchas las nuevas religiones que quisieron que me convirtiera a ellas, pero en capacidad de entender hacia dónde se dirigía el mundo, de formular una visión religiosa del mundo, de buscar un estilo de vida acorde con esa visión y ponerlo en práctica con rigor, Aum estaba muy por encima de las demás. Aum era el grupo más sorprendente. Yo los admiraba porque practicaban seriamente lo que predicaban. Comparadas con ellos, otras religiones parecían pasivas, resignadas, fáciles, cómodas. Los ejercicios de Aum eran durísimos. Su doctrina religiosa —que debemos transformar nuestro cuerpo antes de poder transformar el mundo— era poderosamente convincente. Si había alguna posibilidad de salvación, pensé, está aquí.
Por ponerte un ejemplo: con la escasez de alimentos que hay en el mundo, si todos redujéramos nuestro consumo como lo hacía la dieta de Aum, el problema se acabaría. En lugar de aumentar la producción, cambiar nuestro cuerpo, porque los adeptos de Aum comían muy frugalmente. Si la humanidad quiere vivir en armonía con la tierra, es hora de empezar a pensar así.
Eso me recuerda la novela de Kurt Vonnegut Payasadas, en la que los chinos menguan a la mitad para resolver el problema alimentario del mundo.
Gracioso. En realidad yo dejé Aum y luego volví. Esta segunda vez noté el clima de violencia que se respiraba. El primer día pensé: «¡Ay, ay, ay, que he metido la pata!». Los adeptos que aún hacían vida normal parecían más alegres, pero en Kamikuishiki, donde sólo vivían monjes que habían renunciado a todo, se percibía claramente aquel ambiente de desesperación.
Nada más entrar me pusieron a trabajar en la fabricación de máquinas de limpieza Cosmo. Decían que estábamos siendo atacados desde el exterior con gas sarín y que estos aparatos iban a reducir la toxicidad. Justo antes de hacerme monje el líder dio un sermón. «Me han atacado con gas tóxico», nos dijo, sin dejar de toser. Renqueaba y tenía la cara amoratada. Parecía realmente afectado. «Me queda un mes de vida y, a este paso, Aum será destruido. Antes de que esto ocurra, quiero que los que creen en mí se reúnan en torno a mi persona. Seréis mi escudo.» Fue un sermón elocuente, que puso a prueba la fe de los adeptos laicos: ¿ahí está el líder en tan difícil trance y nosotros aquí sentados tan tranquilos? ¿Es esto tener fe? Trescientas personas hicimos votos a la vez, yo entre ellas, como arrastrado por la corriente. La cosa empezó a extrañarme cuando me obligaron a someterme a lo que llamaban la iniciación de Cristo, en la que nos hacían tomar drogas. Se mire como se mire, se llevó a cabo sin ningún cuidado. Usar drogas en nombre de la religión para acceder a no sé qué estado elevado ya es sospechoso de por sí, pero aunque uno lo acepte como un medio legítimo, al menos hay que hacerlo con orden. Lo que nos daban era algo parecido al LSD, me temo, y para muchos era la primera vez. Algunos se volvieron locos y luego se olvidaron de ellos. Esto me contrarió mucho. Aunque el líder lo hubiera dispuesto como un medio para elevar el espíritu, la manera como se llevó a cabo dejó mucho que desear.
Yo me resistía a someterme a esta iniciación de Cristo y, después de pasar por ella, empecé a plantearme seriamente si dejar Aum. Era tal mi indignación que me preguntaba, llorando: «¿Qué diablos hago aquí?». Y no era yo sólo: incluso había líderes que desaprobaban aquella iniciación, practicantes iluminados que estaban pendientes de los labios de Asahara. Era como si Aum fuera a desmoronarse.
Creo que me uní como si me embarcara en una aventura. Hay que ser comprensivo con un sistema capaz de abrirle a uno un mundo completamente desconocido y por eso acepté ese sistema… Ya se sabe, donde fueres haz lo que vieres… Pero si por una parte quería abrazar el estilo de vida de Aum y seguirlo a pie juntillas, por otra lo consideraba con distancia y ponderación.
El caso es que, después de lo de las drogas, me entraron muchas dudas y me resistía a hacer el trabajo que me habían asignado. No me tragaba así como así la doctrina del Vajrayana. No había adeptos a los que pudiera manifestar mis dudas y el líder quedaba demasiado por encima de mí como para hablar con él personalmente. Y cuando me atrevía a decirle a alguien que allí pasaba algo sospechoso, me respondía con una respuesta estereotipada: «Lo único que podemos hacer es seguir a Aum». Pensé que si quería saber algo, tenía que hablar con alguno de los líderes.
A todo esto, un día, Niimi, Eriko Iida y Naropa [Fumihiko Nagura] me pidieron que fuera a verlos y, cuando fui, como si de otra iniciación se tratara, me ataron y empezaron a gritarme: «¿Por qué no haces la vida que hacemos en Aum? ¿Por qué descuidas tu aprendizaje? ¡No crees en el gurú!».
Viendo que era una buena oportunidad, decidí comentarles las dudas que tenía. «¡Parad un momento!», les dije. «No entiendo lo que está pasando en nuestra comunidad y por eso no cumplo con las actividades como debiera.» Les expliqué lo que sentía e Iida me dijo: «Todos nos sentimos así, pero el único camino es seguir al gurú».
Yo insistí: «Si apenas conocemos al gurú, ¿cómo podemos seguirlo? Yo creo en él, pero sin saber quién es realmente, no puedo seguirlo a ciegas». Por mucho que los apremié, sólo me contestaban: «Lo único que podemos hacer es creer en él y seguirlo».
No te imaginas lo frustrado que me sentía. Una persona como ella [Eriko Iida], practicante iluminada de Mahamudra, ¿y no sabía decir otra cosa? «¿Y tú te llamas iluminada?», le pregunté. Si aquello era lo único que iba a sacar en claro, preguntar era perder el tiempo. Decidí dirigirme a mi superior en el ministerio de ciencia y tecnología, Hideo Murai, pero no me contestó. Silencio total. Mi último recurso era preguntarle al mismísimo líder, pero desistí y me concentré en mi aprendizaje.
Yoshihiro Inoue era la única persona a la que me sentía espiritualmente afín en Aum y quería preguntarle, pero se encontraba fuera empleado en algún trabajo secreto y no pude ponerme en contacto con él. Así que pasé unos meses lleno de inquietud.
Al año de ingresar yo en Aum, Murai me ordenó que trabajara recopilando información sismológica, pero dada la incertidumbre que existía sobre el rumbo de Aum y la confusión general, sabía que no podría concentrarme. No sabía qué buscaba Aum y se lo pregunté directamente a Murai: «Parece que hay algo oculto en Aum. ¿Qué piensas?». En aquel momento me dedicaba a labores astrológicas que me acercaron al líder y vi cómo entraban y salían a diario las altas jerarquías. Era como si hubieran corrido un tupido velo sobre sus actividades. La persona que tenía la llave de aquel mundo oculto era Murai, así que le pregunté. Como no podía hacerlo cara a cara, lo hice por teléfono. Se quedó callado durante un momento y luego dijo: «Me has decepcionado». En aquel instante supe que mi vida en Aum se había acabado.
No creo que los crímenes de Aum fueran simples actos de dementes. Desde luego, hay algo de locura, pero también había unas creencias religiosas. Eso es lo que de verdad quiero saber. Seguro que sólo Asahara y Murai pueden explicarlo cumplidamente. Los demás adeptos eran meros peones, pero ellos dos no: daban las órdenes y tomaban decisiones con una idea clara de lo que buscaban. El rival contra el que yo luchaba, solo contra él, era la verdadera motivación de estas dos personas.
La mayoría de la gente detenida por el atentado con gas eran devotos acérrimos del líder que no habrían dejado que las dudas les impidieran hacer lo que les mandaron. El único que aún podía pensar por sí mismo era Toru Toyoda. Siempre que yo manifestaba dudas sobre Aum, las consideraba seriamente. Aunque luego me decía: «Vale, Hidetoshi, pero el mundo ya está en el Armagedón y es demasiado tarde».
Conocía a Toyoda bastante bien porque entramos en Aum casi al mismo tiempo; a él lo nombraron líder enseguida. Así es como Aum lo utilizaba. «Yo tampoco entiendo lo que está pasando», me dijo, «pero ya que soy un líder, más vale que actúe como tal.» Cuando oí esto, pensé: «Bueno, él también lo está pasando mal, incluso peor que yo». Eso fue antes del atentado con gas. Yo le hice de chófer durante un tiempo.
Si Murai te hubiera dicho que soltaras el gas, ¿habrías desobedecido?
Sí, pero no se lo ordenaron a cualquiera. Los que cometieron el atentado habían sido reducidos a una condición en la que no podían escapar. Seguro que los reunieron en la habitación de Murai y se lo ordenaron como si tal cosa, diciéndoles: «Es una orden de arriba». Una orden de arriba era como un mantra en Aum. La gente que cometió el atentado fue escogida entre los adeptos más acérrimos. «Has sido elegido», les dijeron. Los líderes apelaban a su sentido de la fe. Fe, en Aum, significa obediencia total.
Por eso no me eligieron a mí. Yo formaba parte de la masa que no había alcanzado la iluminación. En otras palabras, no se fiaban de mí.
Hay una cosa que no entiendo. Algunas de las víctimas del atentado a las que entrevisté me dijeron que, según la experiencia que tenían del trabajo en empresas, si hubieran estado en Aum y les hubieran ordenado que liberaran el gas, es muy posible que lo hubieran hecho. Tú, en cambio, que sí estabas en Aum, dices que te habrías negado. ¿Cómo es eso?
Decir que me habría negado quizá no es del todo cierto. Hablando con el corazón, si me lo hubiera ordenado Murai, lo más seguro es que me hubiera negado. Pero si Yoshihiro Inoue me hubiera dicho: «Hidetoshi, es parte de la salvación», y me hubiera dado la bolsa con el gas, a lo mejor lo habría hecho. O sea, que es una cuestión que depende de las relaciones personales.
Murai era mi jefe, pero era una persona fría y estaba muy por encima de mí. Si me hubiera dicho que lo hiciera, yo le habría preguntado por qué, y si hubiera insistido: «Es una tarea fea, pero es por el bien de Aum y quiero que lo hagas», quiero pensar que habría fingido obedecer y luego, en el último minuto, habría encontrado una salida. Como [Kenichi] Hirose, que cambió de idea y se bajó del tren, creo que, al final, yo también habría desobedecido.
Pero en el caso de Inoue es distinto. Había algo en él que me cautivaba. Tenía un fuerte sentido del deber religioso. Si lo hubiera visto debatirse en la duda, creo que habría colaborado. Tenía una gran influencia sobre mí. Si me hubiera apremiado diciendo que era una misión que sólo nosotros podíamos cumplir, posiblemente habría accedido. Habría actuado de manera muy distinta. Lo que quiero decir es que, al final, la lógica pinta poco en las motivaciones de la gente. Dudo que los que lo hicieron fueran siquiera capaces de pensar con lógica cuando les dieron la orden de liberar el sarín. No tenían carácter, se vieron arrastrados por los acontecimientos, se asustaron y simplemente hicieron lo que les decían. En casos extremos de guruísmo, el sistema de valores de los individuos desaparece. En esas situaciones, la gente no tiene la fuerza mental necesaria para relacionar sus actos con la muerte de otras personas.
No importa lo mucho que uno resista y se oponga, el hecho es que en un grupo como Aum el sentido del yo se difumina. Se nos obliga a aceptar las cosas desde arriba y se nos ataca constantemente por no acatar la jerarquía, por no ser lo bastante devotos, y al final doblegan tu voluntad. Yo, no sé cómo, pude resistir, pero mucha gente acabó sometida.
Vale, pero ¿y si te lo hubiera ordenado Asahara, si te hubiera dicho: «Takahashi, quiero que lo hagas tú»? ¿Qué habrías hecho?
Creo que le habría plantado cara. Si me hubiera dado alguna explicación razonable, habría escuchado. Pero si no, le habría hecho preguntas hasta que me convenciera. Ya sólo por eso me habrían descartado. Ya antes le había hablado con toda franqueza y me había dicho que era una persona muy sincera. Creo que ni Shoko Asahara ni Hideo Murai me hubieran convencido, porque nunca me hablaban francamente.
Un momento. Antes has dicho «en casos extremos de guruísmo», como dando a entender que no era tu caso. Pero si la esencia de la fe en Aum Shinrikyo es el guruísmo, ¿no es una contradicción lógica?
Como he dicho antes, cuando me sometieron a la iniciación de Cristo, empecé a tener serias dudas sobre los métodos de Aum. El abismo que veía entre los adeptos y el líder me desengañó por completo.
Entonces, ¿qué te mantenía en Aum? Tenías a Shoko Asahara, la doctrina y los compañeros adeptos. ¿Cuál de estas tres cosas?
Casi no me quedó nada. Toda mi fe la deposité en Inoue. Estaba solo en Aum, aislado. Me mandaron que hiciera investigaciones astrológicas en el ministerio de ciencia y tecnología, algo que a mí no me interesaba nada. No quería que información científica sobre el movimiento de los astros se usara para algún dudoso sistema de adivinación. Algo que siempre estaba presente en Aum era el deseo de conseguir poderes sobrenaturales, pero a mí no me cabía en la cabeza que hubiera gente que se creyera esas cosas. Para mí era una completa pérdida de tiempo.
Pero, volviendo a tu pregunta de por qué seguía en Aum, te diré que, cuando entré, lo abandoné todo: quemé todos mis álbumes de fotos, mis diarios, rompí con mi novia. Lo dejé todo.
Pero apenas tenías veinte años. Podías empezar de cero. No te ofendas, pero a esa edad tampoco se tienen tantas cosas que uno pueda abandonar…
Sí, seguro que no parecerían tantas… (Risas.) Pero es que soy una persona bastante terca, un rasgo que comparten todos los adeptos de Aum; y era esa obstinación en cosas que a nadie más le importan lo que me hacía perseverar en mi misión. Además, si te entregas así a algo te hace sentirte realizado. Y Aum se aprovechaba de esto. Por eso el aprendizaje era tan duro. Cuanto más duro, mayor era la sensación de plenitud.
Cuando me uní a Aum y me hice monje, me sentía enardecido por haber renunciado al mundo, aunque me pregunto si me hice monje siguiendo realmente mi voluntad. Quizá sólo quería creerlo. El atentado del metro me devolvió a la realidad y dejé Aum. Cosas que había pensado que eran místicas se volvieron quimeras que se esfumaron sin dejar rastro. Es como cuando uno está durmiendo profundamente y alguien grita: «¡Fuego!», y de pronto se ve en la calle. Fue así. Me pasaré el resto de la vida lidiando con estos acontecimientos, no quiero que se olviden.
Permíteme preguntarte otra vez por la idea del fin del mundo. ¿Es el apocalipsis del que habla Aum el mismo que el del judaísmo y el cristianismo? Al fin y al cabo, el milenarismo es un concepto occidental y Nostradamus nada tiene que ver con el budismo.
Lo de menos es la especial interpretación que hace Aum del Armagedón. No creo que esa interpretación pueda competir con la idea cristiana del apocalipsis. Está incluida en ella. Por eso no se puede explicar lo ocurrido en Aum teniendo en cuenta sólo los elementos en los que se basa, principalmente budismo y esoterismo tibetano.
Antes he dicho que no creo que yo sea el único que tiene una visión apocalíptica; a lo que me refería es a que todos, cristianos y no cristianos, creemos en el mismo destino apocalíptico.
A decir verdad, no acabo de entender lo que llamas visión apocalíptica, pero supongo que, si esa visión tiene algún significado, depende de la manera como cada cual la deconstruye.
Exacto. El apocalipsis no es un fenómeno puntual, sino más bien un proceso. Después de un apocalipsis siempre se produce un proceso de purga o purificación. En este sentido, creo que el atentado con gas fue una especie de catarsis, una liberación psicológica de todo lo que se había creado en Japón, la mala fe, la conciencia distorsionada que tenemos. Pero eso no quiere decir que lo ocurrido con Aum haya hecho desaparecer todo. Esa visión apocalíptica sigue existiendo en la sociedad, está latente como un virus.
Y aunque uno pueda librarse de ese virus a nivel individual, seguirá existiendo a nivel social.
Hablas de la sociedad como un conjunto, pero en el llamado mundo secular, la gente normal, y por gente normal entiendo la gente que mantiene cierto equilibrio en sus vidas, deconstruye a su modo ese virus, esa visión apocalíptica, y la sustituye por otras cosas, ¿no te parece?
Sí, es como un proceso de deconstrucción. Algo así tiene que ocurrir necesariamente. Shoko Asahara no pudo deconstruirlo y se dejó llevar por visiones apocalípticas. Y por eso tuvo que crear una catástrofe propia. La visión apocalíptica de Shoko Asahara, en cuanto figura religiosa, dio paso a una visión aún más grande.
Estoy luchando por asimilar todos estos sucesos. Voy al juicio siempre que puedo. Pero cuando veo y oigo a Asahara, siento que nos trata como a idiotas. Me dan náuseas, y, de hecho, una vez vomité. Es un sentimiento triste e irritante. A veces me digo que no merece la pena mirarlo, pero no puedo apartar los ojos de él. Asahara será un personaje grotesco, pero no puedo quitármelo de la cabeza. No debemos olvidar que, aunque por poco tiempo, ese personaje operó en el mundo y provocó esos trágicos sucesos. Hasta que no los supere, no podré vivir en paz.