«Lo primero que pensé fue que no podía faltar a clase»
YUSUKE TAKEDA (15)
Yusuke Takeda acaba de empezar segundo de bachillerato. Acudió a la entrevista con su madre. Con quince años ya es mucho más alto que ella, pero en su rostro aún queda una expresión de niño. Si especifico que estudia en un selecto instituto de Tokio, quizá se entienda mejor el tipo de joven que es. A primera vista se aprecia su curiosidad, nada ávida por otra parte. Se nota que ha crecido en una familia bien avenida rodeado del amor y la atención de sus padres.
Contestó a mis preguntas con sinceridad y soltura. No me dio la impresión de que se sintiera apocado en ningún momento, ni que fingiese ser lo que no es. Fue su madre, al contrario, la que parecía estar más nerviosa. No sé si Yusuke responde al actual prototipo de estudiante de bachillerato, pero me resultó muy divertido hablar con él, ya que no tengo ocasión de hablar a menudo con chicos o chicas de su edad.
Nació en Tokio y ahora vive en Hirao. Tiene un hermano pequeño. Su sueño es ser policía. Su madre no sabe bien por qué, pero asegura que se lo toma muy en serio desde hace tiempo. Cuando pasan por televisión algún documental sobre ese tema, no se lo pierde. Su madre dice que ya desde pequeño veía con avidez todo lo relacionado con investigaciones o rescates, como por ejemplo los accidentes por descarrilamiento de tren. Sin embargo, y por extraño que parezca, Yusuke no demuestra un interés especial por el atentado a pesar de haber sido una de las víctimas…
Practica judo en el instituto. Es aficionado a las maquetas de trenes y a la música, aficiones que comparte con su padre, cosa que les permite disfrutar juntos.
Su sueño más inmediato es cumplir los dieciocho años y sacarse el carnet de conducir. Le gustan mucho los coches. Cuando tiene tiempo libre, se dedica a limpiar y encerar el coche de la familia. Sin embargo, antes que el carnet de conducir tiene que aprobar el examen de ingreso a la universidad. Va a regañadientes a la academia preparatoria tres veces por semana.
Cuando ocurrió el atentado, iba a la escuela que se encuentra junto al instituto donde estudio ahora. Queda a unos quince minutos a pie desde la estación Ogikubo. Ahora estoy en bachillerato, pero como están juntas, hago el mismo recorrido que antes. Se puede ir en autobús desde la estación, pero en el instituto nos recomiendan caminar. Tampoco quieren que nos excedamos si no es necesario, pero sí que andemos cuanto sea posible.
Tenemos horario de verano y de invierno. En verano empezamos a las nueve menos veinticinco, y en invierno a las nueve menos cinco. En marzo comienza el horario de verano, pero como era un día especial fui un poco más tarde. El día 22 se iba a celebrar la ceremonia de graduación y ese lunes teníamos que ensayar. Por eso nos dejaron llegar un poco más tarde, aunque en realidad sólo fueron cinco minutos.
Salí de casa alrededor de las ocho. Si salgo a esa hora, normalmente llego sobre las nueve. Tardo más o menos una hora en metro. Desde la puerta de casa hasta la estación de Hirao, con cinco minutos basta. Sí, está muy cerca. Tenía que llegar a Kasumigaseki en la línea Hibiya y hacer transbordo a la Marunouchi. Ésa es mi ruta.
Después del suceso no volví a utilizar la línea Marunouchi. En lugar de eso, hago transbordo al cercanías en Ebisu. No dejé de utilizarla por culpa del atentado, es sólo que así el viaje se hace más corto, unos cuarenta y cinco minutos en total. Últimamente llego tarde al instituto porque me despierto con la hora justa pensando que tengo tiempo de sobra. No es que estudie más que antes por estar en bachillerato… (Risas.)
Por mucho que dijeran, la ceremonia de graduación no era nada especial, ya que todos mis compañeros iban al instituto de al lado. Asistimos por obligación.
Salí a las ocho, pero antes de llegar a la estación descubrí que me había olvidado de llevar un formulario para pedir los textos de bachillerato y el dinero para pagarlos. Cuando me di cuenta, estaba a mitad del camino entre mi casa y la estación, por eso volví enseguida. Casi nunca me olvido de nada…
Por culpa de mi descuido ya iba con el tiempo justo. En la línea Hibiya pasan trenes cada tres o cuatro minutos. Me subí a uno más tarde de lo normal. No iba muy lleno. Es muy raro encontrar un sitio libre. Tan sólo había algunas personas que se sujetaban a las correas del pasamanos.
Un rato después, poco antes de llegar a Roppongi, me percaté de que había mucha gente que tosía. Recuerdo que pensé: «Hoy es un día muy raro».
Siempre subo al vagón por la puerta de atrás porque está más cerca de la salida para el transbordo. Pero aquel día no llegué a tiempo y lo hice por la de en medio. Me quedé de pie, distraído. No sé por qué, pero de pronto sentí sofocos y no por respirar mal. «¿Qué me pasa?», me pregunté. Era una cosa rara, tenía dificultad para respirar pero a la vez podía hacerlo con normalidad. No, no recuerdo que oliese a nada especial.
Cuando llegamos a la estación Kamiyacho, el tren estuvo un buen rato detenido. No sabía qué pasaba. Por el altavoz anunciaron: «Ha habido una explosión en la estación Hatchobori, nos detendremos aquí unos minutos». Si era una explosión, el tren no iba a funcionar durante un buen rato. Miré el plano del metro, y de repente mi vista se oscureció, aunque en ese momento no hice mucho caso.
Pensé que debía llamar a casa desde el teléfono público, pero había una cola muy larga. Mientras me planteaba qué hacer, hubo otro anuncio: «Algunas personas se han desmayado en la parte de delante del andén. Hay un objeto sospechoso a bordo. Diríjanse a la salida, por favor».
¿Qué pensaste cuando oíste «objeto sospechoso»?
Pensé: «¿Qué será eso?», aunque en realidad no hice mucho caso. Soy optimista por naturaleza. (Risas.) Lo primero que pensé fue que no podía faltar a clase a pesar de que la interrupción de la circulación en el metro era una excusa más que justificable.
En realidad, el tren no paró. Sólo dejaron bajar a los pasajeros del primer vagón y enseguida continuó hasta la siguiente estación. «Para dejar paso a otros trenes, continuamos hasta la siguiente estación. No suban al primer vagón, por favor.» Creo que a partir del segundo vagón sí había gente. Pensé que, en caso de ir hasta Kasumigaseki, tendría que cambiar a la línea Marunouchi. Como en realidad no quería ir al instituto, me bajé del tren y me quedé allí.
Pasé el torniquete y salí a la calle para llamar a casa. Muy cerca de la boca del metro había una cabina de teléfono. Llamé desde allí. Mientras subía la escalera, vi a mucha gente agachada que se tapaba la boca con un pañuelo. Pensé que era a causa del «objeto sospechoso».
Yo también respiraba con dificultad, pero pronto me olvidé porque lo más importante para mí en ese momento era que no iba a ir a clase. (Risas.) Después de llamar a casa, empecé a sentirme mal. Tenía náuseas. Estaba todo oscuro, pero como era la primera vez que me bajaba en Kamiyacho, en realidad no conocía el aspecto real de aquel barrio. Cuando volví a casa, seguía igual.
MADRE: Llamó a casa y me dijo: «Parece que ha habido una explosión en Hatchobori y el metro se ha parado». Como a mí me sonaba que aquel día iban a ensayar la ceremonia de graduación y pagar los libros de texto, le dije: «Espera ahí un momento. Voy a llamar al instituto. Llámame otra vez dentro de cinco minutos».
Colgué el teléfono y llamé. No sabían nada del asunto. «Si no se encuentra mal, nos gustaría que cogiera el cercanías y viniera. Es preferible que hagamos todos juntos el ensayo», me dijeron. Mi hijo llamó de nuevo. «Tu profesor me ha dicho esto, así que vete.» «Pero es que no me siento bien», me contestó él. Tenía la tele encendida y en los programas de la mañana ya había empezado el alboroto provocado por el suceso del metro. Decían que había sido por algún tipo de producto tóxico. Le dije: «De acuerdo. Vuelve a casa».
YUSUKE: Volví a casa en taxi desde Kamiyacho. Creo que ya se habían enterado de lo ocurrido y por eso había tantos por allí. Estaba todo lleno de taxis. No me costó mucho encontrar uno libre. Antes de llegar a casa estaba más o menos recuperado. Sólo lo seguía viendo todo oscuro. Mi madre me examinó los ojos y vio que tenía las pupilas muy pequeñas. Fuimos al Hospital de Hirao enseguida.
No había mucha gente. Yo era el tercero en la cola. Ya se habían enterado de lo ocurrido y, cuando les expliqué que venía del metro, me llevaron a urgencias. No pasé por consulta. De repente me pusieron suero. No, no me dolió especialmente, pero dudaba de que mi estado fuera tan grave para eso.
Me quedé sentado en una silla hasta que se terminó el suero. El médico me examinó: «No parece grave. Cuando se termine el suero, puedes irte a casa», me dijo.
Sin embargo, mis pupilas no se recuperaban. Al final tuve que ingresar por si acaso.
Durante todo el tiempo que permanecí en el hospital, estuve conectado a una vía con suero. Me moría de aburrimiento. La cama era sencilla, dura, no pude dormirme hasta las doce. No estaba en una habitación normal, sino en una especie de sala de reuniones que habían dispuesto con veinte camas iguales alineadas. No me quejo, sólo quiero transmitir lo grave de la situación…
Mi apetito era normal. La verdad es que no tuve suficiente con la cena que me dieron y le pedí a mi padre que me trajera algo de comer, además de mi walkman. No tenía dolor de cabeza ni náuseas.
MADRE: Mi marido y yo estuvimos junto a nuestro hijo en todo momento. A mediodía salimos al pasillo para comprar unas bebidas en una máquina expendedora y vimos a una persona muerta. «Está muerto», dijo mi marido. Estaba tumbado en una camilla. Ciertamente, había muerto. Llamaron a la mujer de aquel hombre. El médico le dijo: «La acompaño en el sentimiento». Rompió a llorar. La gente que se encontraba en el pasillo eran pacientes leves. Quizá por ese motivo nos lo habíamos tomado con cierta ligereza hasta ese momento: «¡Qué suceso más horrible!». Cosas así eran los comentarios más normales. Pero después de ver aquello, sentí que estábamos muy cerca de una situación así de grave. Nos invadió el pánico. Sentí miedo de verdad.
YUSUKE: Yo no sentí especialmente que estuviera al borde de la muerte. A lo mejor es por ser un optimista…
Al día siguiente me desperté sobre las siete. Me sacaron sangre y me examinaron de nuevo. Después me cambiaron de habitación: «El nivel de colinesterasa se está recuperando favorablemente. Puedes irte a casa. Pero, por si acaso, no hagas deporte durante un mes».
Tenía previsto ir a esquiar a Appi con mi familia, por eso insistí en que me encontraba bien. Pero me dijeron que no había nada que hacer. El nivel de colinesterasa podía ser bajo a pesar de que no apreciara ningún síntoma… Al final suspendimos el viaje. Lo deseaba desde hacía mucho tiempo. Fue una lástima.
Asistí a la ceremonia de graduación. En el hospital me recomendaron que, a ser posible, tirase la ropa que llevaba puesta en el momento del atentado. Pero era el uniforme de la ceremonia y no me podía deshacer de él. Mi madre lo lavó bien en la bañera y lo secó. En cuanto se acabó la ceremonia lo tiramos.
¿Has visto las noticias con frecuencia?
Pues, sí… No comprendo a esa gente de Aum. Me parecen un colectivo muy extraño. ¿Por qué hicieron algo así sólo por un motivo religioso? Abandonar todo y dejar todo tu dinero a la religión… ¿En qué estaban pensando? A mí no me gusta mucho la religión, por eso no me interesa ese asunto, pero sí los autores materiales de crímenes, por ejemplo, Tsutomu Miyazaki, aquel secuestrador de niñas que actuaba en Tokio y Saitama al que detuvieron en el año 1989.
Ya casi se me ha olvidado que me vi envuelto en el atentado del metro. No tengo ocasión de hablar sobre este asunto con nadie. Justo después me preguntaban: «¿Qué tal, qué sentiste?». Mi respuesta siempre era muy simple: «Nada especial. Estoy bien».
Mis profesores parecían preocuparse mucho por mí, pero tengo la impresión de que entre mis amigos lo comentaron más sólo por el hecho de que dijeran mi nombre en la tele.
MADRE: Mi hijo es increíble. Es capaz de mantener la calma pase lo que pase. Nunca pierde los nervios. Quizá sea una indiscreción decirle algo así, pero para él fue más importante el hecho de recibir dinero de sus familiares cuando lo felicitaron por graduarse. Además, la Autoridad del Metro nos dio diez mil yenes. No supe cómo interpretarlo, porque ellos mismos también son víctimas.
YUSUKE: Sí. Me lo gasté todo en maquetas de tren y cosas así.