«Ya no me quedaba nada que vomitar, pero las arcadas no paraban. Creo que expulsé sangre»
SEIJI MIYAZAKI (55)
El señor Miyazaki nació en la localidad de Takada, en la prefectura de Niigata. Es el tercero de seis hermanos de una familia campesina oriunda de una de las zonas de Japón donde más nieva. La vida durante la posguerra fue muy dura para ellos. Cultivaban arroz, pero prácticamente nunca podían comer arroz blanco. De pequeño, el señor Miyazaki creía que el pescado más selecto y más caro era la caballa.
Quiso asistir a la escuela secundaria técnica, pero el primogénito de la familia, destinado a quedarse a cargo de la casa familiar, perdió un brazo en un accidente laboral. Los padres le dijeron: «Es imposible recoger arroz con un solo brazo. Tú te harás cargo». En lugar de a la escuela técnica, lo enviaron a una escuela agrícola. Su hermano mayor se casó con una mujer del pueblo y, a pesar de su minusvalía, decidió dedicarse al campo. Los padres le dijeron a Miyazaki que ya no hacía falta en la casa. Lo echaron sin más. Se fue de casa con lo puesto, con un futón bajo el brazo, como se dice en Japón; se marchó a Tokio, allí encontró un trabajo en una fábrica de papel situada en el distrito de Adachi.
A pesar de su dura vida, es una persona tranquila y optimista que no le guarda rencor a nadie por el pasado. No se desanima con facilidad. Al oír su historia pensé que la vida se arregla muchas veces por sí sola, siempre y cuando uno sea digno de confianza. Para el señor Miyazaki lo más importante es la salud y la concentración. Con esas dos premisas, asegura, todo lo demás se puede superar. Hablando con él cara a cara se nota ese orgullo sano de quien ha logrado salir adelante con lo puesto y formar una familia sin ayuda de nadie. El atentado le provocó una notable pérdida de salud y de concentración, de ahí su enorme enfado.
En la primera fábrica de papel donde trabajé estuve alrededor de siete años. Había un turno de noche y era peligroso. Decidí dejarlo cuando tenía veinticinco años. En una jornada se producían muchas lesiones. Tenía que girar a mano los rollos de cartón y doblar papeles muy duros. Si eras lento o un poco torpe, podías cortarte los dedos con suma facilidad. Trabajar sin uno de los dedos en una fábrica de papel era todo un motivo de prestigio. Las normas de seguridad nos obligaban a cubrir las máquinas con una especie de capas que se supone que nos protegían. En realidad no era más que una molestia, así que al final las quitábamos e inevitablemente se producían accidentes.
Un conocido mío se cortó el dedo anular a la altura de la segunda falange. Lo hizo a propósito. Era un gran aficionado al esquí, pero no tenía dinero suficiente para dedicarse a ello. Se lo cortó y cobró una cantidad estipulada por el seguro. Como los accidentes eran algo corriente, la gente se conocía los trucos para provocarlos. No había más que poner el dedo un instante en la cinta continua de la máquina para que desapareciera sin más. El dinero del seguro estaba asignado en función de la falange por la que se seccionaba el dedo. A mi compañero lo ingresaron en el hospital, lo curaron y el seguro le pagó la cantidad que le correspondía. A partir de ese momento pudo esquiar… El anular es el dedo menos importante para la vida cotidiana, de ahí que fuera el más barato.
Dejé la fábrica para trabajar en una pastelería. Akebono, así se llamaba. Estaba situada en Ginza y me proporcionaban alojamiento. Empecé mi nueva vida vendiendo dulces en el barrio cuatro de Ginza, aunque los hombres no nos dedicábamos a la venta al público. Pasaba la mayor parte del tiempo con los repartos a restaurantes, cajas de regalo para los clientes, etcétera. Los internos, es decir, los que trabajábamos y vivíamos en la pastelería, éramos tres hombres y nueve mujeres. La mayoría de las chicas venían de sitios muy lejanos, de Okinawa o Kagoshima.
Era una pastelería antigua de mucho renombre. Nuestra vida y nuestro trabajo estaban sujetos a tal cantidad de normas y tradiciones, que llegaban a ser una verdadera molestia. Vivíamos todos juntos en una casa propiedad del dueño situada justo detrás del teatro Meiji. Cada vez que queríamos darnos un baño, por ejemplo, nos teníamos que sentar de rodillas en el pasillo y anunciarle al patrón: «Señor: Yo, Miyazaki, me dispongo a bañarme en este momento». Estuviera presente el dueño o no, había que cumplir con el ritual. Él era el primero en bañarse. Si tenía alguna reunión o algo le retrasaba, los internos debíamos esperar hasta la medianoche. Había días en los que estaba permitido lavarse la cabeza; en el caso de los hombres, los miércoles y los sábados. Sólo nos daban libre para ir a la peluquería, un verdadero fastidio. A mis veinticinco años me resultaba tan agobiante que hasta me costaba respirar.
Lo peor de todo era la comida. El arroz siempre estaba frío; en el desayuno, en la comida y en la cena. Durante todo el tiempo que estuve allí no comí nunca arroz caliente. Un día, un antiguo compañero de la fábrica de papel me invitó a visitarlo en su nuevo trabajo. La mujer que estaba a cargo del alojamiento de los empleados cocinaba para ellos todos los días y les servía arroz caliente. Uno podía comer tanto como quisiera. Probé la comida. Estaba deliciosa… (Risas.) Decidí trabajar con ellos. Me daba igual el salario, sólo quería comer arroz caliente y la cantidad que me diera la gana.
En la empresa no nos dedicamos a la fabricación sino a la venta. No había peligros ni turnos de noche. Trabajo ahí desde hace veintiocho años.
Me casé a los treinta. Tengo una hija de veintitrés y un hijo de veintiuno. Los dos trabajan. La chica vive con nosotros, pero el chico ha preferido independizarse. Vive solo en una casa propiedad de la empresa. No creo ser un padre pesado (risas), pero los hijos lo interpretan de otra manera.
Vivimos en Kashiwa en una casa que construí cuando tenía cuarenta años. Tomo la línea Tokiwa hasta la estación de Kita-senju, donde hago transbordo a la línea Hibiya para ir hasta Tsukiji. Sumando los transbordos tardo en total una hora. En Kita-senju espero a que salga el tren que tiene su origen en esa misma estación para poder sentarme. Salgo de casa aproximadamente a las 7:10. El trabajo empieza a las 8:55, aunque los de ventas llegamos más o menos a las 8:20. Es temprano, pero es una antigua costumbre. Tengo entendido que cuando la empresa se encontraba más allá del río Sumida, aún se mantenía la tradición de fregar el suelo de delante de la tienda temprano por la mañana. Obviamente ya no lo hacemos, pero el hábito de llegar pronto no ha cambiado. Entre nuestros clientes tenemos muchas empresas pequeñas y oficinas. En los barrios populares tienen costumbre de abrir temprano, así que nosotros también venimos pronto para atenderles. Es una especie de enseñanza que los nuevos reciben de los más veteranos de la empresa.
En la época en la que se produjo el atentado estábamos muy ocupados. Marzo es el mes en el que se cierra en Japón el año fiscal y, como yo estoy en ventas, tengo que cumplir con muchas formalidades. Una de las más importantes es conocer exactamente nuestras pérdidas y ganancias. También negociar muchos detalles con los proveedores. Sin duda es la época más atareada de todo el año. Volvía a casa muy tarde, sobre las once de la noche, pero no me importaba porque allí no tenía nada que hacer, y si regresaba pronto, no me quedaba tranquilo. Estoy acostumbrado a ese ritmo.
Todos los lunes tenemos reunión. Empezamos a las ocho de la mañana. De no haber sido un lunes que caía entre festivos habría ido más temprano y no me habría encontrado con el atentado. Ese día, sin embargo, habían suspendido la reunión debido a la fiesta del equinoccio de primavera que se celebraba el martes. Hay muchos departamentos en la empresa que cobran el día 20. No podemos llevarnos a casa los talones, los pagarés o las letras de cambio de los clientes. En caso de perderlos, sería un verdadero desastre. Lo guardamos todo en la caja fuerte y el plazo máximo para depositarlo allí es, precisamente, la tarde del 20. Los de ventas fuimos los únicos que suspendimos la reunión. Otras secciones las celebraron como de costumbre, de ahí que nadie resultase herido.
Justo en ese momento teníamos con nosotros en casa a la hermana mayor de mi mujer y a su marido, que habían venido el viernes anterior desde Hokkaido. Se habían instalado allí cuarenta años antes, después de recibir del Estado unas tierras para cultivar. Desde entonces no habían vuelto a pisar Honshu, la isla principal. El día 21 me había propuesto hacerles de guía en Tokio. Les gusta mucho el sumo y querían ver sin falta el Kokugi Kan, el estadio principal, además del santuario de Yasukuni. Les dije: «Hoy estoy muy ocupado, pero mañana pasaremos el día entero juntos y os llevaré a donde queráis». Salí de casa el lunes por la mañana y, por desgracia, ya no pude ocuparme de ellos como debía.
Cuando el tren se detuvo en la estación de Kodenmacho, anunciaron por megafonía que había tenido lugar una explosión en Tsukiji. El anuncio se produjo cuando las puertas estaban abiertas. ¿Dijeron Tsukiji? En cualquier caso, explicaron que habían encontrado explosivos y que los trenes quedaban retenidos en las estaciones donde se encontraban hasta nuevo aviso. Esperé en el tercer vagón, junto a la puerta de atrás. Al poco tiempo de producirse el anuncio noté un olor parecido al de la goma quemada. La mujer que estaba sentada frente a mí se tapó la boca con un pañuelo, se levantó y salió del vagón. Yo estaba de pie. Pensé: «¡Qué suerte!», y me senté.
Nada más hacerlo empecé a sentirme mal. Lo cierto es que el día anterior había bebido demasiado con nuestros invitados. Pensé que era resaca por el exceso de alcohol. Tenía náuseas. Lo primero que se me vino a la cabeza es que no podía vomitar delante de la gente. Uno no sabe si le puede ver algún conocido. Sería una auténtica vergüenza.
Salí del vagón a toda prisa. Corrí. Lo único que quería era vomitar fuera de la estación, lejos de aquel lugar. Atravesé el torniquete, aceleré el paso, pero a mitad de la escalera mis piernas flaqueaban. Me sentía cada vez peor, casi no podía continuar. Al menos había llegado hasta allí y creo que eso me vino bien. Ahora me doy cuenta de que el haber bebido mucho el día anterior, precisamente, me salvó la vida.
En cuanto salí a la calle vomité en un rincón donde había unas plantas. Cuando terminé era incapaz de levantarme. Lo intenté, pero no tenía fuerzas. Me tumbé. No fue ésa la única vez que vomité. Devolví varias veces más, aunque no sentía ningún alivio.
Llevaba una bolsa. La coloqué a modo de almohada y me tumbé. Sudaba a pesar del frío. Las náuseas no desaparecían. Estaba en esta salida, en la número uno (la señala en un mapa). Cada vez tenía más frío. No entendía por qué. ¿Cómo era posible? Mire el cielo, que estaba completamente nublado, pero pensé: «Al salir de casa hacía buen tiempo». Imaginé que había cambiado el tiempo y amenazaba lluvia. Nunca había estado así de enfermo hasta ese momento. Realmente no sabía lo que significaba tener el cuerpo tan mal.
¿Había más gente tumbada a su alrededor?
Lo cierto es que no sabría decirle. No me fijé en nada más. Algunas personas que pasaron por allí me preguntaron si me encontraba bien. Sólo quería que me dejasen descansar un momento. Insistieron en que allí no estaba bien y al final me metieron en un coche, en un coche normal. Detenían a todos los conductores que pasaban por allí, metían dentro a los pasajeros que se encontraban mal y les pedían que los llevaran a algún hospital. A uno incluso llegó a llevarle un camión. Yo insistí en que quería descansar, pero se negaron a dejarme allí. Casi me llevaron obligado. Seguía aterido de frío, temblaba. Por si fuera poco, también sudaba. El conductor me preguntó: «¿Adónde vamos?». «A Tsukiji», le contesté. Aún tenía intención de ir a la oficina. Llevaba a más personas y, obviamente, no me preguntaba sólo a mí, pero yo no podía pensar en nada más que en mí. El único pensamiento que ocupaba mi cabeza era: «Tengo que llegar a la oficina como sea».
Le dije al conductor que me sentía mal. Me pidió que esperase un momento. Fue al maletero a buscar una toalla limpia. La utilicé para taparme la boca durante el trayecto. No quería manchar nada. Sudaba profusamente. Éramos tres víctimas en total: otro hombre, una mujer y yo. La mujer iba sentada en el asiento de delante. Los dos hombres atrás.
No sé cómo se desarrollaron los acontecimientos a partir de ese momento, pero nos detuvimos en Hatchobori y me cambiaron a una ambulancia. Nada más bajar les imploré: «¡Déjenme vomitar! Tengo que hacerlo. Esperen un momento». Vomité. Ya no me quedaba nada que vomitar, pero las arcadas no paraban. Creo que expulsé sangre. Estuve todo el tiempo tumbado sobre una especie de lona azul.
No llegué a perder la conciencia. El sanitario de la ambulancia me preguntó varias veces mi nombre, dirección y número de teléfono. Ya lo habían apuntado antes, estaba cansado de que me preguntase todo el rato lo mismo. En realidad, sólo quería confirmar que estaba consciente. Al final logró enfadarme. Sufría unas náuseas terribles y no dejaba de obligarme a repetir una y otra vez lo mismo.
No recuerdo nada de lo que sucedió a mi alrededor. El sufrimiento no me dejaba margen para preocuparme de los demás. Sólo mantenerme en ese estado exigía de mí todo el esfuerzo y dedicación de los que era capaz. Cualquier otra cosa no contaba. Lograba expulsar el aire, pero era incapaz de inhalarlo. Era como si se quedase atascado en algún punto del camino hacia los pulmones. Tenía la impresión de que no me entraba. El sufrimiento era tan intenso que cada vez sudaba más. Me preguntaba: «¿Por qué no puedo respirar? Me voy a morir».
Me llevaron al Hospital de Kyobashi. Fui la primera víctima a la que ingresaron allí por envenenamiento con sarín. Me pusieron oxígeno y tres vías intravenosas. Las arcadas no desaparecieron hasta la tarde.
No pude dormir. Como no me quedaba otro remedio, me pasé toda la noche leyendo una novela policiaca.
¿Leyó toda la noche? ¿No le dolían los ojos?
No, en absoluto. No tengo una vista demasiado aguda. No llego a ver las letras pequeñas, pero, por alguna razón que desconozco, en ese momento no tenía ningún problema. «¿Qué me está pasando? ¡Qué extraño!», me dije. En condiciones normales, si leo por la noche me entra el sueño enseguida, pero aquel día no.
Pasé cuatro noches en el hospital. Me dijeron que no podía moverme. No me quedó más remedio que permanecer todo el tiempo tumbado. No me dolía la cabeza, sólo tenía molestias en la garganta. Mis pupilas se convirtieron en un diminuto punto que tardó mucho tiempo en recuperarse.
Lo cierto es que después del atentado ya no tengo la misma capacidad de concentración. Por mucho que me esfuerce en algo, me canso enseguida. Antes no tenía ningún problema para concentrarme, pero últimamente no lo consigo. Estoy distraído y, cuando leo algo, tengo que repasarlo varias veces hasta que consigo entenderlo del todo. Mis ojos son capaces de seguir el orden de los ideogramas, pero su significado no me llega. Antes del atentado solía leer mucho. Ahora estoy muy molesto porque la velocidad a la que leo se ha reducido de forma considerable. Por si fuera poco, se me olvida todo. Tengo que anotar las cosas enseguida para que no se me vayan. Puede que en parte se deba también a la edad.
Sigo jugando al golf, pero me agota. Cuando termino un hoyo, tengo unas ganas tremendas de sentarme. Mis compañeros bromean y dicen que me hago viejo. Siempre me ha gustado el deporte y estaba orgulloso de mi energía. Últimamente, sin embargo, cualquier cosa me fatiga con suma facilidad. Quizá se deba al gas sarín, aunque no puedo descartar del todo que también sea por la edad. No sé a cuál de las dos cosas atribuirlo.
Si le guardas rencor a alguien, puedo llegar a entender que quieras provocarle algún daño, pero morir por nada, como en el atentado, es intolerable. Esa gente me provoca una ira tremenda. Si hubiera quedado incapacitado para el trabajo, para hacer las liquidaciones y los balances de la empresa y debido a ello hubiera quebrado, ¿quién iba a asumir la responsabilidad? Como no sabían dónde estaba, mis compañeros lo dejaron todo y se pusieron a buscarme. Trabajamos en una empresa pequeña, somos unas treinta personas. Todos salieron de la oficina. No se quedó nadie siquiera para atender el teléfono. En una empresa así, es una situación grave. Por mucho que hablen de indemnizaciones, nada puede reparar lo que pasó. Es exasperante.