«Era como un experimento con seres humanos»
HAJIME MASUTANI (nacido en 1969)
Masutani nació en 1969 en la prefectura de Kanagawa. Su familia era «de lo más normal», pero él empezó a sentirse un extraño y acabó casi sin hablar. No le gustaban los deportes ni la escuela, pero sí dibujar.
Estudió arquitectura. La religión no le interesaba mucho hasta que miembros de algunas nuevas religiones se pusieron en contacto con él. Aum Shinrikyo era la más atractiva y se adhirió.
Después del atentado criticó algunas de las decisiones de Aum y lo encerraron incomunicado en Kamikuishiki. Se sentía en peligro y huyó. Por eso lo expulsó Aum.
Le gusta abordar las cosas de una manera lógica. Aunque es crítico con las enseñanzas de Aum, algunas de ellas le parecen admirables. Durante su aprendizaje tuvo varias experiencias místicas, pero lo sobrenatural, lo escatológico y las teorías conspiratorias como las de la masonería le interesan poco. Cuando era miembro, desaprobaba que Aum tomara ese camino, aunque hasta que vio su vida amenazada no se decidió a dejar la secta.
Oculta el hecho de que fue adepto y vive solo, trabajando a tiempo parcial. Hablamos durante muchas horas y se sinceró conmigo.
La verdad es que nunca he tenido grandes frustraciones ni problemas. Era más bien como que me faltaba algo. Me gustaba mucho el arte, pero la idea de dedicar mi vida a pintar cuadros y ganar un dinero con ellos no me atraía. Cuando iba a la universidad topé con un libro sobre Aum en una librería y me atrapó. «A lo mejor, más que pintar», me dije, «lo que me ayudaría a conocer mejor mi ser interior es una vida religiosa.»
Entonces estaba en primero de carrera. Un día, viajando solo por la región de Kansai, me enteré de que había un dojo de Aum en Kioto y me pasé por ahí. Estaba en un edificio alquilado y era muy espartano, incluso el altar era sencillo. No se parecía a otras religiones que gastan fortunas en boato y esplendor. Aquello era modesto y honrado. La gente vestía sencillamente. Estaba Matsumoto y oí su prédica.
A decir verdad, no entendí de qué hablaba. (Risas.) Estaba cansado del viaje y me entraba sueño. Pero sí capté la fuerza que transmitía el sermón y tuve la impresión de que era algo profundo. Creo que entendía las cosas más por intuición artística y emotiva que porque siguiera la lógica.
Después del sermón nos invitaron a quedarnos para hablar. Yo pude hablar en persona con Hideo Murai, del que decían que había alcanzado la salvación. No tenía ningún aura sagrada y me pareció un simple adepto de Aum. Después de hablar del cuerpo y otras cosas, me dijo de sopetón: «¿Quieres hacerte miembro?». Luego supe que era una de las tácticas de la secta. La gente que acude a este tipo de sitios busca algo, llenar un vacío, pero lo cierto es que el dojo parecía bastante agradable. Me pareció gracioso que me pidieran que me hiciera miembro así, de repente, y allí mismo rellené la inscripción. Costaba treinta mil yenes, que, como no llevaba bastante dinero encima, pagué a mi regreso a Tokio.
Estuve yendo una temporada al dojo de Setagaya, pero la mayor parte del tiempo la empleaba repartiendo folletos de Aum. Más que aprender, lo que hacíamos era acumular méritos. En el dojo tenían planos de Tokio, dividida en sectores, y nos decían qué zona nos tocaba cubrir cada día. Íbamos en coche por la noche y nos decían qué barrio nos tocaba, y salíamos para allá. Recorríamos las calles e introducíamos los folletos en los buzones. Yo me lo tomaba muy en serio. Tenía la sensación de estar haciendo algo importante y disfrutaba de la actividad física que suponía. Además, creíamos que si hacíamos méritos espirituales, el gurú [Asahara] nos conferiría energía.
Entonces, ¿te divertías más repartiendo folletos que estudiando?
El rumbo de mi vida había cambiado. Por mucho que estudiara arquitectura o encontrara un buen trabajo, no pasaría de eso. En aquel momento pensaba que tenía más sentido proseguir con mi aprendizaje espiritual hasta llegar a la iluminación.
O sea, que la vida normal y corriente había dejado de interesarte y tenías aspiraciones más espirituales.
Exacto.
La gente que se plantea cuestiones fundamentales suele seguir una pauta de conducta: cuando es joven, lee muchos libros, descubre filosofías diferentes y elige entre ellas un sistema de ideas. Pero ése no fue tu caso. Tú te dejaste llevar por un impulso y te uniste sin más a Aum.
Era joven. Aum empezaba a ser cada vez más importante en mi vida. Comencé a faltar a clase, a perder créditos y supe que tendría que repetir el curso. En aquel difícil trance, Matsumoto [Asahara] me dijo: «Deberías hacerte monje». Y pensé que era una buena idea.
Ocurrió durante lo que ellos llaman «yoga secreto». Matsumoto se sentaba flanqueado por varios de sus discípulos más antiguos, nosotros nos sentábamos enfrente y pedíamos consejo, nos confesábamos o lo que fuera. Por entonces, los creyentes comunes y corrientes podían hablar directamente con él. Era un momento en que Aum quería engrosar sus filas y expandirse, y creo que les interesaba más hacer proselitismo que considerar debidamente mi caso. También me decían que no era capaz de desenvolverme en el mundo secular por culpa del karma de la renunciación. Poco después me hice monje. Fue en 1990. Yo era de los primeros. Al principio estaba completamente empapado de Aum y no lo dudé. Si el gurú decía: «Renuncia al mundo», el discípulo debía obedecer. Yo creía que Matsumoto era la persona que podía responder a todas mis preguntas. Confiaba en él.
Cuando era sólo creyente, antes de hacerme monje, participé de mala gana en la campaña electoral. El gurú nos lo pidió y yo hice lo que pude, pero las elecciones no me interesaban. Cuestionaba todo lo que hacíamos, como si ya entonces estuviera en desacuerdo con lo que pasaba. (Risas.) Para mí lo importante era la iluminación y todo lo demás era perder el tiempo. Aunque haya algo que uno no acabe de entender en lo que dicen los practicantes iluminados, siempre es lo correcto. Eso es lo que tienden a pensar los adeptos de Aum. Puede que no entiendas algo, pero siempre tiene un significado profundo.
Mi familia se oponía a que me retirara del mundo, pero yo nunca le había hecho mucho caso. Dejé la universidad, el piso, abandoné todo lo que tenía y me retiré al centro de Aum en el monte Fuji. Sólo podíamos llevarnos lo que nos cupiera en un par de maletas.
Después me enviaron a Naminomura, en Aso. Como había estudiado arquitectura, me destinaron a la construcción, aunque lo único que hice en la universidad fue dibujar esbozos. Al ver que me habían elegido a mí en lugar de a otros más fuertes, pensé que debía de haber un error. «¿Estáis seguros?», pregunté. «Tú ve», me dijeron. Y fui. Trabajé de peón, y al final del día le dije a mi superior, Naropa [Fumihiko Nagura], que no podía seguir, que no tenía resistencia física. Me destinaron entonces al departamento de economía doméstica. Allí me dedicaba a preparar comidas y hacer la colada. Me costó bastante acoplarme a aquella vida, pero como cumplir con las tareas que el gurú me había asignado era un acto de devoción, lo hacía lo mejor que podía.
El trabajo en Aso era tan duro que mucha gente desistía. Yo pensé que era demasiado tarde para volver al mundo y continué. Debo decir, sin embargo, que trabajaba con una sensación de plenitud. Seguíamos la «dieta Aum» y todos los días comíamos arroz y verduras hervidas. Con aquella dieta se tenían visiones de los manjares que te gustaría comer, pero procuré no dejarme tentar. Yo ya era casi vegetariano y aquel régimen alimentario no me desagradaba tanto. Me sentía libre de todos los apegos del mundo que pueden engañarnos.
Veamos… ¿Cuánto tiempo pasé en Naminomura? No teníamos calendarios y perdíamos la noción de los días, pero debí de pasar bastante tiempo. Construimos varios edificios. Cuando uno lleva una vida tan sencilla y sin cambios durante tanto tiempo, empieza a sentir cierto malestar. Entonces estalló un gran conflicto entre este malestar y mi deseo de salvación.
Me llamaron para que volviera a la sede del monte Fuji y me uniera al departamento de animación. A aquellas alturas, la sede de Aso había dejado de ser el centro de las actividades de Aum y estaba como estancada, así que me alegré de irme. En el departamento de animación nos dedicamos a hacer películas de dibujos animados. Era bastante chusco. Se trataba de ilustrar los poderes sobrenaturales que tenía Matsumoto… Lo dibujábamos levitando y cosas por el estilo. Una película normal hubiera sido más convincente, porque nadie daría crédito a unos dibujos animados. El resultado era horrible. Por entonces tuve más ocasiones de ver a Matsumoto y cada vez me desencantaba más de él y de Aum.
Después de eso hice toda clase de tareas hasta que Shoko Asahara me ordenó que empezara mi aprendizaje. Consistía en estudiar y meditar; espiritualmente era satisfactorio, pero también agotador. Aparte del tiempo del que disponíamos para comer e ir al baño, teníamos que pasarnos el día sentados. Incluso debíamos dormir sentados. Estudiábamos durante una serie de horas y luego hacíamos un examen. Así día tras día.
Con este aprendizaje estuve como medio año. Mi sentido del tiempo es vago y no podría decirlo con seguridad… Había quien se pasaba años. Uno no sabe cuándo puede irse, lo decide el gurú. A mí me tuvo aprendiendo durante mucho tiempo, luego me mandó a trabajar otra vez, luego a aprender…
¿Era Asahara quien decidía cuándo se avanzaba de nivel? ¿Quien decía, por ejemplo: «Mañana pasas al siguiente estadio»?
Sí, pero yo nunca avancé. Ni siquiera me pusieron un nombre sagrado.
Pero tú te aplicaste durante mucho tiempo y te esforzaste. ¿Por qué no avanzaste?
Aum tendía a otorgar la salvación en función de lo que uno había contribuido a la organización. El nivel espiritual de la gente era importante, claro, pero lo decisivo era cuánto había dado. En el caso de los hombres, la clave era su formación. Los que habían estudiado en la Universidad de Tokio rápidamente eran elevados a un nivel superior de salvación, o se les daba un trabajo importante, o se los nombraba líderes. En el caso de las mujeres, todo dependía de lo guapas que eran. No es broma. Lo mismo que en el mundo secular. (Risas.)
Pienso que yo no le era muy útil a Matsumoto. Hasta cierto momento creía que mi fracaso se debía a que no me esforzaba, pero llegó un momento en que empecé a pensar que también podía ser que los licenciados de la Universidad de Tokio gozaban del favor del maestro.
Cuando se lo decía a mis amigos, me atajaban diciendo: «Piensas eso porque estás sucio», o «Eso es el karma», lo cual significa que la culpa de todas las dudas que uno pueda tener proviene de su suciedad. De igual manera, todo lo bueno se debía al gurú.
Es un sistema bastante efectivo. Todo se recicla y se concluye dentro del sistema mismo.
Creo que era el camino que había que seguir para acabar con el yo.
Al principio, todos los miembros que acababan de ingresar tenían muchos deseos, pero viviendo en Aum los perdían. Por muy insatisfecho que estuviera uno con la vida en Aum, siempre era preferible a la de fuera, llena de suciedad y apegos. Vivir con personas que pensaban lo mismo lo hacía más llevadero psicológicamente.
Hacia 1993 la secta se volvió más violenta. ¿Tú lo notaste?
Sí. Los sermones versaban cada vez más sobre el budismo Vajrayana, y más gente empezó a hacerse la ilusión de que el Vajrayana se realizaría. Yo no podía seguir la doctrina de que los medios no importan. No me sentía cómodo. El aprendizaje empezó a incluir elementos extraños: las artes marciales pasaron a formar parte importante de nuestro día a día y yo sentía que el ambiente cambiaba. Pensé seriamente en si debía seguir en Aum.
Lo que uno pensaba tenía poca importancia, porque Matsumoto estaba convencido de que ése era el camino más corto para llegar a la meta. Y si él estaba convencido, no podía hacer nada. Era o someterse o irse.
Otra nueva práctica del aprendizaje era colgar a la gente boca abajo. Todo el que violaba los mandamientos era atado por los pies con cadenas y colgado boca abajo. Dicho así, no parece muy grave, pero era tortura, ni más ni menos. La sangre le chorreaba a uno piernas abajo y parecía que te las fueran a arrancar. Violar los mandamientos abarcaba desde romper el voto de castidad teniendo relaciones con una chica hasta que sospecharan que éramos espías o teníamos tebeos… El cuarto en el que yo trabajaba entonces estaba justo debajo del dojo de Fuji y oía los gritos de la gente, verdaderos alaridos de dolor, gente gritando: «¡Matadme! ¡Evitadme este sufrimiento…!». Eran gritos casi inhumanos, como los que daría alguien sometido a un dolor atroz. «¡Maestro, maestro, ayúdame! ¡No lo haré más!» Cuando oía esto, se me ponían los pelos de punta.
No me explicaba qué sentido tenía aquello. Pero lo más extraño es que muchas de las personas que fueron tratadas así siguen en Aum. Los torturaron, estuvieron a punto de morir, luego les dijeron: «Te has portado bien», y ellos pensaron: «Fui capaz de superar las pruebas que me pusieron. ¡Gracias, oh, gurú!».
Naturalmente, si se pasaban, uno moría. Así es como murió Noaki Ochi, aunque nunca nos lo dijeron. Luego empezó la iniciación con drogas. Todo el mundo pensaba que era LSD. Veíamos visiones y cosas, pero a mí no me parecía que fuera la manera de alcanzar la salvación. Corrían rumores de que alguien había muerto, o de que pensaba escaparse, o lo habían pillado y le habían hecho cosas, pero los rumores en Aum no pasaban de ser rumores que no había manera de confirmar. Nuestra capacidad de discernir lo bueno de lo malo estaba cada vez más mermada.
También corrían rumores de que había espías infiltrados en Aum y usaban detectores de mentiras para descubrirlos. Decían que era otra prueba iniciática y todo el mundo tenía que someterse al aparato. Me parecía extraño que el gurú, que se supone que lo sabía todo, no fuera capaz de distinguir quiénes eran los espías con sólo mirarlos. Además, una vez me preguntaron por mi mejor amigo, al que habían encerrado incomunicado. Me sometieron a la prueba y me hicieron todo tipo de preguntas, incluso algunas muy impertinentes que no pude aceptar. Luego les pregunté a mis superiores por qué me preguntaban aquellas cosas que no tenían sentido. Eran cuestiones obscenas sobre asuntos personales, íntimos. Saber la respuesta no les llevaría a ninguna parte. Debieron de molestarse porque al poco Tomomitsu Niimi me dijo: «Te trasladamos. Haz la maleta ahora mismo». Y me encerraron incomunicado. Le pregunté por qué, pero no me contestó. Fue entonces cuando empecé a preguntarme qué estaba pasando allí. El aprendizaje debía de llevar a la salvación, pero ahora se usaba como método de castigo.
La celda era del tamaño de un tatami. La puerta estaba cerrada. Era verano y hacía mucho calor, pero tenían el radiador encendido. Me obligaban a beber litros y litros de una bebida especial que me daban en una botella de plástico y sudaba a chorros. Era como si así quisieran expulsar algo malo de mí. Naturalmente, no podía bañarme y estaba sucio. No había váter, sino un simple cubo. La cabeza me daba vueltas y no podía pensar con claridad.
No sé cómo no pereciste.
Habría sido un alivio y, la verdad, a veces quería morirme. Pero ya se sabe que cuando la gente se ve en trances como ésos se vuelve muy resistente. A la mayoría nos encerraban porque empezábamos a dudar o porque habíamos dejado de serle útiles a Aum. No sabíamos cuándo nos permitirían salir. Así que me propuse sacar provecho de aquello y aplicarme seriamente al aprendizaje. Si seguía quejándome, nunca me dejarían salir. Lo único que podía hacer era pensar de forma positiva y seguir adelante.
Parte de nuestra práctica diaria consistía en una ceremonia iniciática llamada bardo leading. Nos llevaban a un cuarto, nos vendaban los ojos, nos ataban las manos a la espalda y hacían que nos sentáramos. Entonces empezaban a tocar un tambor, a tañer una campanilla y a exclamar a voz en grito: «¡Aprende, aprende! ¡No hay vuelta atrás, demos lo mejor de nosotros mismos!».
Un día, sin embargo, cuando vinieron a por mí, Siha [Takashi Tomita] y Satoru Hashimoto me sujetaron y Niimi me tapó la nariz y la boca para impedir que respirara. «Crees que tus superiores son tontos, ¿eh?», me decían. Querían matarme, pero forcejeé con todas mis fuerzas y pude soltarme. «He hecho todo lo que debía», les dije, «¿por qué me maltratáis?» Pude calmarlos y regresar a mi celda, pero me dije que había acabado con Aum. ¿Cómo podían tratarme así con lo bien que estaba portándome?
Luego me sometieron varias veces a lo que ellos llamaban la iniciación de Cristo. Era como un experimento con seres humanos. Niimi me daba drogas y me observaba como si yo fuera un conejillo de Indias. «¡Bébetelo!», decía con una voz fría e indiferente. Jivaka [Seiichi Endo] y Vajira Tissa [Tomomasa Nakagawa] recorrían las celdas. Mi mente estaba embotada por las drogas, pero lo recuerdo perfectamente. Venían a observar cómo reaccionábamos. Me di cuenta de que a los incomunicados nos usaban para experimentar con drogas. Como vivos, para ellos valíamos poco, debían de pensar que el mejor modo de que hiciéramos méritos espirituales era usarnos en experimentos humanos. Esto me hizo reflexionar mucho sobre mi destino. «¿Voy a morir así?», me preguntaba. «¿Como un conejillo de Indias en un experimento? Si éste es mi destino, la única salida es volver al mundo secular. Esto es horrible, inhumano…» Estaba confundido, me preguntaba en qué había fallado Aum.
Después de las sesiones de drogas, como nos quedábamos exhaustos, dejaban las puertas de las celdas abiertas durante un rato. Al final yo aguantaba mejor, así que un día preparé una muda de ropa y, después de cerciorarme de que no había moros en la costa, me la puse y escapé. Había guardias, pero conseguí escabullirme sin que me vieran.
[Masutani pidió prestado en la calle un billete de autobús y volvió a casa de sus padres en Tokio. Unos meses después supo que lo habían expulsado de la secta. Las razones que dieron, dice, no tienen fundamento.]
Así es como volví al mundo, no porque quisiera llevar una vida normal, sino porque no quería seguir en Aum. La verdad es que no tenía adónde ir, así que volví con mis padres. Mi familia se puso muy contenta y daba gracias a Dios de que hubiera vuelto, pero como hacía cinco años que había roto mis lazos emocionales con ellos, ya no éramos lo que se dice una familia. Yo no podía contentarme con una vida normal, mis padres no podían entenderlo, empezamos a discutir y al final decidí mudarme.
Antes de eso, en marzo de 1995, se produjo el atentado con gas. ¿Qué piensas?
Al principio no creí que hubiera sido Aum. Predicaban sobre budismo Vajrayana, es cierto, y el ambiente había tomado un cariz raro, pero yo no podía concebir que fueran tan lejos para usar gas sarín. Estamos hablando de un grupo que no sería capaz ni de matar una cucaracha. Cuando estaba en Aum, oía comentar a menudo las meteduras de pata del ministerio de ciencia y tecnología, por lo que me costaba creer que fueran capaces de llevar a cabo algo tan complejo. Los medios de comunicación imputaban la acción a Aum, pero Aum y Fumihiro Joyu negaban cualquier relación con los hechos. Al principio me incliné a creerlos. Pero cuando luego, al hilo de la investigación, fueron descubriéndose hechos que contradecían las afirmaciones de Aum, empecé a tener mis dudas. Releí mi diario y parece ser que ya en agosto de ese mismo año [1995] había empezado a distanciarme de Aum. Entonces me convencí de que el autor del atentado había sido Aum.
Aunque huí de Aum porque no estaba de acuerdo con ellos ni podía seguir sometiéndome a su voluntad, no pude readaptarme a la vida secular. La actitud de Aum de querer superar los apegos mundanales me pareció más loable que lo que la sociedad me ofrecía. Empecé a reflexionar sobre lo que era Aum, una organización a la que me había entregado en cuerpo y alma, para establecer lo que tenía de bueno y lo que tenía de malo.
Después de dejar la casa de mis padres me empleé en un supermercado y hacía trabajos por horas para ir tirando. Mantenía el contacto con amigos de Aum y nos juntábamos. Algunos seguían apoyando sin reservas a Aum, y aunque pensaban que lo del atentado había sido un error, seguían creyendo que la doctrina de Aum era válida. Hay tantos puntos de vista como personas. Pero hay muy poca gente que haya roto por completo con Aum y viva de acuerdo con los valores seculares.
Ahora no me interesa Aum y me inclino por el budismo primitivo. Todos los que han dejado Aum han incorporado algún aspecto religioso en sus vidas.
Por supuesto, las personas son libres de intentar superar sus deseos y apegos y demás, pero, desde un punto de vista objetivo, parece sumamente peligroso dejar que otra persona, un gurú, controle nuestra conciencia. ¿Sigue habiendo creyentes o excreyentes que no reconocen esto?
No creo que muchos hayan reflexionado sobre eso debidamente. Gautama Buda dijo: «El yo es el verdadero maestro del yo» y «Mantén el yo como una isla, lejos de todo». En otras palabras, los discípulos budistas practican el ascetismo para encontrar su propio yo. Encuentran impurezas y apegos e intentan suprimirlos. Pero lo que Matsumoto hizo fue identificar el yo con esos apegos. Dijo que para librarse de éstos había que liberarse también del yo. Los seres humanos aman el yo y por eso sufren, pero cuando ese yo sea desechado, el verdadero y radiante yo aflorará. Esto es una perversión absoluta de las enseñanzas del budismo. El yo es lo que hay que descubrir, no lo que hay que desechar. Crímenes terroristas como el atentado con gas del metro son resultado de este proceso de renuncia al yo. Si perdemos el yo, entonces nos volvemos completamente insensibles al asesinato y al terrorismo.
En última instancia, Aum creó personas que habían renunciado a su yo y que simplemente obedecían órdenes. Por eso, los supuestos iluminados de Aum, los más avanzados en la doctrina de Aum, no son verdaderos iluminados que dominan la verdad. Es una perversión que unos creyentes que supuestamente han renunciado al mundo vayan por ahí pidiendo donaciones en nombre de la «salvación».
No creo que Matsumoto cambiara poco a poco de ideas. Las tenía desde el principio, y lo que hizo fue llevarlas a la práctica paso a paso.
Así pues, ¿tenía Asahara desde el principio la intención de seguir el budismo Vajrayana o es que en algún momento se dejó engañar?
Ambas cosas. Desde el principio había esa intención, que acabó imponiéndose cuando se rodeó de gente que a todo decía que sí y empezó a perder el sentido de la realidad.
Sin embargo, también creo que, a su modo, Asahara se planteaba seriamente la cuestión de la salvación. Si no, nadie habría renunciado al mundo para seguirlo. Hasta cierto punto había algo místico en Aum. Lo mismo ocurre en mi caso: el yoga y la práctica ascética me han llevado a vivir algunas experiencias místicas.
Aum quiere seguir ahora con las mismas doctrinas, sin Shoko Asahara ni el budismo Vajrayana. ¿Qué piensas?
Como no ha cambiado nada en Aum, sigue habiendo un claro peligro de que se cometan otros crímenes, quizá no ahora, pero sí tarde o temprano. Además, la gente que sigue en Aum ha aceptado el atentado en su subconsciente, por lo que no son conscientes de los peligros que supone continuar con las mismas enseñanzas. Lo único que piensan es en las buenas cosas de Aum y en los beneficios que les ha procurado.
Cuando pienso en las víctimas del ataque y en colegas míos que estuvieron directamente implicados en el crimen, me dan ganas de coger a la gente que sigue creyendo en Aum y gritarles: «¿Es que estáis ciegos?». Aunque lo más probable es que se hayan empecinado aún más. Lo único que podemos hacer es mostrarles poco a poco la verdad y concienciarlos.
Para mí no es fácil reconciliarme con la vida secular. Estoy cansado de pertenecer a grupos y quiero intentarlo por mi cuenta. Una parte de mí quiere suprimir los deseos, pero lo único que puedo hacer ahora es ir paso a paso por mis propios medios.
Entraste en Aum en primero de carrera y has estado en la secta siete años. ¿Crees que ha sido tiempo perdido?
No, no lo creo. Un error es un error, pero superarlo siempre aporta algo válido. Puede ser un punto de inflexión en mi vida.
Hay exadeptos de Aum que han descartado por completo su experiencia en la secta y no leen la prensa ni ven reportajes sobre el tema. No quieren saber nada, pero eso no ayuda a aprender de los errores. Es como cuando se hace mal un examen. Si no repasas los errores, la próxima vez volverás a cometerlos.