«“¿Qué será eso?”, pensé»
SHINTARO KOMADA (58)
El señor Komada trabajó en uno de los principales bancos de la ciudad hasta que a los cincuenta años lo recolocaron en una agencia inmobiliaria. Al cumplir los cincuenta y tres, la edad estipulada para la prejubilación en la empresa, lo dejó. Al parecer, es una práctica corriente en los bancos cuando los empleados se acercan a la jubilación. En la actualidad dirige una galería de arte de su propiedad. Sin experiencia previa en ese campo, lleva seis años con ella y en ese tiempo ha desarrollado un considerable gusto. Es la viva imagen de un banquero, un hombre serio, trabajador infatigable con una vida sana y familiar. Igual de honesto parece en lo que se ha convertido en su «segunda carrera». Asegura que es paciente por naturaleza. Por desgracia, eso significa que se quedó pacientemente sentado junto a los paquetes de gas sarín a pesar de que empezó a sentirse mal «justo antes de que el tren entrase en la estación». Sufrió lesiones graves, pero, en su opinión, lo que le salvó la vida fue el hecho de estar sentado contra la corriente de aire en relación con el lugar donde habían colocado los paquetes. De no haber sido así, las cosas habrían sido mucho peor para él.
Le gustan los coches y, cuando dispone de tiempo libre, conduce para ir con su mujer a visitar distintos museos.
Tomo la línea Seibu desde Tokorozawa hasta Ikebukuro; después cambio a la línea Marunouchi hasta Ginza, y de allí la línea Hibiya hasta Higashi-ginza. En total, el trayecto me lleva una hora y veinte minutos. Los trenes van siempre llenos, especialmente en la línea Seibu. Desde Ikebukuro hasta Ginza también resulta agotador. Dejo pasar dos o tres trenes hasta que llega el que sale de Ikebukuro. Detesto pelearme por un sitio, por eso me aseguro de colocarme el primero de la cola. Suelo subir por la puerta delantera del segundo vagón.
Como Ikebukuro es el final de la línea, al entrar el tren en el andén descienden todos los pasajeros. Normalmente bajan como mínimo unas veinte personas, pero aquella mañana fueron muchas menos, cinco a lo sumo. No me llamó la atención, porque es algo que sucede de vez en cuando.
Una vez se ha bajado todo el mundo, entran los empleados de la estación para revisar el tren y asegurarse de que nadie se ha olvidado nada. Cuando han terminando de comprobar que todo está en orden, anuncian: «¡Pueden subir!». El encargado de revisar aquel día era un empleado a tiempo parcial, una persona sin la suficiente experiencia. Es terrible. Era joven e iba vestido con una chaqueta. Por las mañanas se ve a muchos estudiantes que trabajan media jornada. Van vestidos con esas chaquetas de la Autoridad del Metro en lugar de llevar el uniforme verde reglamentario. Había un paquete envuelto en papel de periódico en una esquina, junto a uno de los asientos de la parte derecha, justo enfrente de mí. Lo vi con mis propios ojos. «¿Qué será eso?», pensé. Los responsables del metro, sin embargo, dejaron subir a la gente y no se hicieron cargo de aquello. Tenían que haberlo visto a pesar de que nunca han llegado a admitirlo. Si lo hubieran retirado de allí a su debido momento, el número de víctimas habría sido muy inferior. Fue una verdadera lástima.
Pero en el caso de que lo hubieran sacado y tirado a la papelera de la estación, el daño podría haber sido mayor, ya que la gente se amontona allí, como sucedió en la estación de Kodenmacho.
De cualquier modo, el tren arrancó con los paquetes a bordo dos o tres minutos más tarde. Me considero afortunado por no haberme sentado en el lado donde estaban, sino en el contrario. Así quedé fuera del torrente de aire por donde circulaba el gas.
En realidad, lo primero que pensé es que alguien había vomitado y había usado los periódicos para tratar de limpiarlo. Tanto el papel como el suelo a su alrededor estaban empapados. Se mire como se mire, el hecho de que aquel empleado no se hiciera cargo de algo que obviamente tenía que haber visto va contra todo sentido común. El tren se puso en marcha. El olor lo inundó todo. He oído que en teoría el sarín es inodoro, pero no era el caso, se lo aseguro. Olía a una especie de sirope dulce. Llegué a pensar que era perfume, porque no resultaba desagradable. Si hubiera olido mal, todo el mundo se habría asustado. A sirope dulce: así olía.
El tren continuó con su recorrido; Shin-otsuka, Myogadani, Korakuen. Cerca de Myogadani, la mayoría de los viajeros empezaron a toser. Yo también, por supuesto. Todo el mundo se tapaba la nariz y la boca con pañuelos. Era una escena muy extraña, tosiendo juntos al unísono. Creo recordar que muchos pasajeros empezaron a bajarse en Korakuen. Movidos por un mismo impulso, empezaron a abrir las ventanas: les picaban los ojos, nadie paraba de toser, era una escena terrible… Yo no tenía ni idea de lo que ocurría, todo resultaba muy extraño, pero seguí leyendo el periódico, como de costumbre. Es un hábito muy arraigado.
Cuando el tren se detuvo en la estación de Hongo-sanchome, subieron cinco o seis empleados del metro. Parecía que ya les habían prevenido: «¡Ah, sí, aquí está!». Se llevaron el paquete con las manos, sin ninguna protección. El suelo estaba completamente impregnado de sarín, pero lo único que hicieron fue limpiarlo por encima. Al terminar, el tren reemprendió la marcha. En Ochanomizu volvieron a subir seis empleados. En esa ocasión llevaban fregonas.
Me dio un ataque de tos. Tosía tanto que me resultaba imposible leer el periódico. «Ya queda poco para Ginza», me dije. «Aguanta hasta llegar allí.» Apenas podía mantener los ojos abiertos. En la estación de Awajicho me convencí de que ocurría algo realmente grave, pero me obligué a continuar hasta Ginza. Aguanté porque cerré los ojos. No me dolía la cabeza, no tenía náuseas ni nada por el estilo; aunque me daba la impresión de que iba a perder el conocimiento.
Por fin, el tren llegó a Ginza. Abrí los ojos y descubrí que el vagón estaba completamente a oscuras, como en una sala de cine. Me bajé. Estaba mareado. A pesar de todo, logré subir las escaleras sujetándome al pasamanos, consciente de que podía caerme en cualquier momento. En condiciones normales habría hecho transbordo a la línea Hibiya, pero anunciaron por megafonía que, debido a un accidente, el servicio sufría retrasos. «¡Vaya! Allí sucede lo mismo», pensé. «Sea lo que sea esto, no es sólo cosa mía.»
Quiero que entienda usted una cosa: si hubiera sufrido un dolor insoportable, si hubiera vomitado o perdido la vista de repente, me habría bajado del tren de inmediato, pero no ocurrió nada de eso. El gas me atacó despacio, de manera que no me encontré tan mal hasta que llegué a Ginza. Nunca he padecido ningún tipo de enfermedad grave, tampoco me han hospitalizado. Siempre he gozado de buena salud. Quizá por eso aguanté tanto tiempo.
El tren continuó su recorrido. Tenían que haberlo detenido en Hongo-sanchome, en Ochanomizu como mucho. ¿Cómo es posible que no se dieran cuenta de que algo terrible sucedía después de ver a todos los pasajeros aterrorizados? Media hora antes, cuando me había subido al tren en la estación de Kasumigaseki, ya reinaba un completo caos. Estaban en situación de emergencia y lo sabían; tenían que haber detenido los trenes después de evacuar a los pasajeros. De haber actuado así, el número de víctimas habría sido mucho menor. Fue una grave negligencia, un fallo completo de comunicación interna.
Trepé por las escaleras como pude. Sabía que tenía que salir de allí lo antes posible o, en caso contrario, moriría. Me dominaba un absoluto pavor. Logré alcanzar la salida. Tenía que ir deprisa a un hospital. Pensé ir a pie hasta el de Ginza, adonde iba siempre, pero había una distancia considerable. No quería caminar por la avenida principal y desplomarme en mitad del tumulto. Decidí ir despacio por las calles adyacentes. Daba tumbos como un borracho. Todo estaba oscuro y neblinoso. No dejé de escuchar todo el rato ambulancias, sirenas de bomberos, campanas de aviso. La gente caminaba despavorida. No podía dejar de pensar: «Está pasando algo grave».
Llegué a la oficina y le pedí a uno de mis colegas que viniese conmigo al hospital. «Acompáñeme, por favor», le rogué, «no veo por dónde voy.» En el hospital ya había varias personas con síntomas parecidos a los míos. Le expliqué a la enfermera de la recepción que no podía ver. «De acuerdo, pero esto no es una clínica oftalmológica», fue su respuesta. Aún no habían comprendido la situación. Empezó a llegar más gente en las mismas condiciones. Al poco tiempo, la televisión ofreció todo tipo de detalles sobre los síntomas que padecían las víctimas. En el hospital se percataron al fin de lo que tenían entre manos. Adaptaron los sofás de la zona de recepción para convertirlos en camas improvisadas. Empezaron de inmediato con las transfusiones de sangre. Muy pronto, los faxes se atascaron dada la cantidad de información médica que les llegaba.
Me transfirieron a otro hospital donde estuve ingresado cuatro días. Mis ojos mejoraron poco a poco. Al segundo día ya podía ver con normalidad. Únicamente tenía un dolor insoportable en la frente y en las sienes. No podía dormir. Me despertaba en plena noche y sólo lograba descansar, como mucho, dos o tres horas al día. Llegué a pensar que nunca podría volver a trabajar en condiciones normales y me resigné. Todas las noticias que oía eran malas: dos o tres personas habían muerto, otras tantas habían quedado en estado vegetativo.
Dos días después de que me dieran el alta regresé al trabajo y le aseguro que no estaba en absoluto preparado para empezar de nuevo. Me sentía aletargado, me agotaba con suma facilidad, no era capaz de recordar nada, ni siquiera la rutina diaria. «¿Cómo voy a empezar de nuevo?» Por muy extraña y enervante que fuera la situación, no tenía ninguna prueba fehaciente de que se debiera al gas sarín. Todo aquel asunto seguía poniéndome muy nervioso y me daba miedo ir a cualquier parte en coche. Me preguntaba si sería capaz de conducir de nuevo.
Durante un tiempo me dio pánico viajar en metro, pero no me quedaba más remedio, así que me obligaba a hacerlo. Hoy en día sigue sin gustarme. Después de una experiencia así, el temor que me provoca ir bajo tierra en una caja metálica, la posibilidad de que vuelva a ocurrir algo, resulta agobiante, pero ¿qué otra opción le queda a un trabajador que tiene que desplazarse a su oficina? No hay alternativas.
Antes me enervaba, me enfurecía cuando escuchaba lo que decían los de la banda de Aum, pero ahora no me parecen más que tonterías. ¿Por qué razón tenían que matar indiscriminadamente a gente inocente? ¿Por la simple razón de complacerle a él, a ese Asahara? ¿Qué se supone que debo hacer con toda esta rabia que me consume? Me gustaría que los juzgaran a todos de una vez y que los condenasen lo antes posible para pagar por lo que han hecho.