«Después de comer me entraba un sueño horrible que no era capaz de controlar. Estuve así casi un mes»
SABURÔ SHIMADA (62)
El señor Shimada nació el 7 de julio, el séptimo mes del año, del año siete de la era Showa (1932). Todo con el número siete, lo cual hace pensar en buenos augurios ya desde el nacimiento. «¿Cómo lo siente usted?», le pregunté en nuestra entrevista. Antes de contestar reflexionó. «No es nada especial.» A mí me dio la impresión de que en realidad quería decir: «Bueno, no está mal».
Trabajó en una pequeña industria metalúrgica especializada en la fabricación de tornillería hasta que se jubiló a los sesenta años. Sus hijos se independizaron hace tiempo. «¡Uf, al fin he terminado una etapa importante de mi vida!» Tenía previsto mudarse al campo para vivir una vida tranquila, alejado de la agitación de una gran ciudad, pero la empresa le pidió que continuase un poco más dada la escasez de mano de obra. Sus planes se trastocaron y eso significó, a la postre, que se viera envuelto en el atentado cuando se desplazaba al trabajo.
Lo entrevisté durante alrededor de una hora en su descanso de mediodía. Nos dejaron una habitación del almacén de la fábrica situada en Ichinohashi. Me impresionó el hecho de que al final de nuestra conversación suspirase y dijese en un murmullo que no parecía ir dirigido a nadie: «No sé por qué, pero últimamente me harta todo lo que me rodea…».
Es probable que esté cansado de ir al trabajo todos los días, subir a trenes repletos de gente, tener que estar de pie durante las dos horas y media que dura el viaje. Es difícil relacionar el atentado con su estado de ánimo actual. Sin embargo, mi hipótesis después de escuchar los testimonios de las víctimas es que probablemente sí tenga algo que ver.
La fábrica produce unas diez mil variedades de tornillos. Los fabricamos, los almacenamos y, cuando recibimos el pedido desde alguna de nuestras oficinas regionales, los enviamos. Actuamos como una especie de centro de distribución, es decir, almacenamos la totalidad de la producción de la empresa. Tenemos que estar pendientes de toda esa enorme variedad de productos. Es un trabajo minucioso. No es algo que pueda hacer cualquiera que empieza a trabajar, requiere bastante tiempo. Por eso el responsable de producción, un antiguo compañero, me suplicó: «Shimada, por favor, vuelva al trabajo con nosotros».
Me había jubilado a los sesenta años y vivía la mar de tranquilo en Tsukuba, pero como me lo pedía un compañero, no pude negarme y empecé de nuevo. Anteriormente no trabajaba aquí sino en la oficina central de Tamachi. Allí también me pidieron que me quedara, pero lo rechacé: «Se lo agradezco, pero déjenme que me marche y disfrute de mi jubilación», les dije. También me gustaría marcharme de aquí dentro de poco… (Risas.)
Después de terminar los estudios tuve varios empleos. Primero en una bolera de Tokio, la única que existía en los años 27 y 28 de la era Showa (1952-1953). La mayoría de los clientes eran de una guarnición cercana, norteamericanos y agregados del Ejército. En aquel entonces una partida costaba entre 250 y 300 yenes, un precio prohibitivo para los japoneses de clase media. Era un lugar con una atmósfera muy peculiar. Yo manejaba las máquinas desde el interior, no las había automáticas como ahora. Teníamos que colocar los bolos a mano. Nos llamaban los Pin Boys.
El sueldo no estaba nada mal. Cuando había trabajo, los solicitantes formaban una larga cola. Ya no existe en la actualidad, pero se hallaba junto al campo de rugby de Jingû Gaien. Me acuerdo de las colas impresionantes que se formaban. ¿Propinas? Sí, cuando trabajábamos con ahínco, los extranjeros tiraban la bola de vez en cuando con alguna moneda metida en alguno de los agujeros. Sucedía en pocas ocasiones, pero alguna sí. El Japón de entonces era un país muy pobre.
Tras dos años lo dejé. Tenía ganas de hacer algo por mi cuenta y puse en marcha la granja avícola de Saginomiya. En aquella época allí no había más que campos y no tuve ningún problema para poner en marcha el negocio. Se me ocurrió porque me había graduado en un instituto agrícola municipal de Tokio. Con un antiguo compañero compramos unas doscientas gallinas y alquilamos el terreno. Producíamos huevos y los vendíamos, pero no era un negocio lucrativo. (Risas.) Doscientas gallinas son poca cosa. Ya entonces hacían falta por lo menos mil para que la cosa fuera rentable. Por eso lo dejamos un año más tarde. Vendimos las gallinas para carne.
Mi tío me colocó más tarde en esta empresa. Antes había otra fábrica que ya no existe y él era el director. Yo tenía veintitrés o veinticuatro años, no lo recuerdo bien. Estaba soltero. Me casé con veintinueve años. Trabajé mucho tiempo en el área de negocio y debía moverme a menudo en coche fuera de la empresa.
Mientras trabajé para la empresa viví en Tokorozawa, en una vivienda en régimen de cooperativa. Después de jubilarme nos mudamos a Tsukuba, donde nos hicimos una casa. Tengo dos hijos, los dos casados en la actualidad, pero en el momento del atentado la chica aún estaba soltera y vivía con nosotros. Mi mujer quería trabajar un poco más, así que las dos se quedaron en Tokorozawa y yo vivía solo en Tsukuba. Una casa deshabitada se echa a perder fácilmente, por eso decidimos vivir separados. Mi mujer venía los fines de semana, limpiaba y lavaba la ropa. Yo comía en la cantina de la fábrica y cenaba por ahí. Lo único que me hacía era el desayuno.
Llevábamos una vida un poco irregular. El viernes, cuando acababa mi jornada, conducía hasta Tokorozawa y me quedaba allí a dormir. Al día siguiente volvía a Tsukuba con mi mujer y el domingo por la noche la llevaba de nuevo a Tokorozawa. El lunes por la mañana iba a trabajar en coche a Hirao desde allí. Finalmente, el pasado mes de mayo mi mujer se mudó a la casa nueva.
El día del atentado fue un lunes, así que fui al trabajo desde Tokorozawa. Caía entre dos festivos y me lo podía haber tomado libre. Me hubiera gustado estar tranquilamente en casa en Tsukuba, pero como tenía que pasar en cualquier caso cerca de la empresa para volver, decidí ir a trabajar. Mi mujer puso cara de sorpresa. «¿Trabajas hoy?», me preguntó, «¿Ni siquiera puedes descansar un día como hoy?». «Ya que tengo que volver a Tsukuba, iré a trabajar», le respondí.
Hice el camino de siempre: la línea Seibu hasta Ikebukuro, transbordo a la línea Marunouchi hasta Kasumigaseki y de nuevo a la línea Hibiya hasta Hirao. Antes de llegar a Kasumigaseki hubo un anuncio por la megafonía del tren: «Se ha producido un accidente en la línea Hibiya. El tren está detenido». Creo recordar que dijeron que había sido una explosión por agentes químicos, pero en realidad no sabía a qué se referían.
Cuando me bajé en Kasumigaseki, todo el mundo llamaba por teléfono para advertir de que llegaban tarde. Eran alrededor de las ocho y media. No había un especial desorden ni pánico. Todo el mundo deambulaba por la estación para buscar otra alternativa que les permitiera llegar a su destino. Yo también llamé por teléfono a la empresa: «No creo que pueda ir porque han suspendido el servicio en la línea Hibiya». Sin embargo, me dijeron: «Si has llegado hasta ahí, ¿por qué no tratas de venir por otro camino?».
Le pregunté a un empleado de la estación qué alternativa tenía. Me dijo que la línea Chiyoda funcionaba sin problemas. Pensé que llegaría antes si tomaba la línea Chiyoda hasta Hibiya, luego la línea Mita del metro administrado por el ayuntamiento de Tokio hasta Tamachi, y, finalmente, el autobús. El empleado me cambió el billete.
Para llegar a la línea Chiyoda hay que atravesar todo el andén de la línea Hibiya. Cuando bajé la escalera para encaminarme hacia allí, lo hice junto a un equipo de identificación de la Jefatura Superior de la Policía metropolitana. Eran cuatro o cinco agentes. Tampoco en ese momento tuve sensación de apremio. No se respiraba en el ambiente que pasara algo grave. Los policías charlaban mientras caminaban. Llevaban su traje de faena azul oscuro con un brazalete que los identificaba. No tenían máscaras de gas.
En el andén había un tren detenido con destino Kita-senju. No había pasajeros en el interior. Los policías entraron en el primer vagón. No había nadie en el andén, sin embargo, un quiosco seguía abierto y dentro estaba la dependienta. Fue la única persona que vi. Todas las puertas del tren estaban abiertas. Apreté el paso para llegar lo antes posible al andén de la línea Chiyoda.
Allí tampoco me encontré con ningún tipo de desorden, ni nada que me llamara especialmente la atención. El servicio no se había interrumpido, aunque no había mucha gente. Lo único extraño fue que uno de los trenes en dirección a Yoyogi-uehara pasó de largo sin detenerse. Sin embargo, el tren que iba a Kita-senju sí se detuvo y pude subir.
Llegué al trabajo sobre las diez y media. En aquel momento moqueaba mucho. Me lo tomé a broma: «Qué extraño. ¿Será alergia al polen, a mis años?». Lo cierto es que parecía que todo el mundo tuviera una alergia. Al poco rato empecé a notar dificultades para distinguir las cosas que estaban encima del estante, me costaba identificar los objetos que manejaba a diario. «¡Vaya! Ni siquiera veo como es debido. No soy capaz de leer las etiquetas de los artículos.» Salí a la calle y todo estaba oscuro. «¡Anda! Se ha estropeado el tiempo», les dije a unos compañeros. «Qué va, si hace muy bueno.» Me extrañé.
A mediodía encendimos el televisor para ver las noticias. Nos enteramos de todo lo ocurrido. Seguí el consejo de mis compañeros y fui al Hospital de Hirao. No paraba de moquear. De camino, me pareció que todo se volvía de color sepia.
Estuve un mes de baja. Ingresado, sólo un día, ya que el resultado del análisis de sangre no dio nada anormal. Pero al volver a casa empeoré. Después de comer me entraba un sueño horrible que no era capaz de controlar. Estuve así casi un mes. Me despertaba por la mañana, desayunaba y, a pesar de que me había despertado hacía muy poco tiempo, volvía a tener sueño. Comía y me dormía. Era matemático. Además, caía en un sueño profundo durante una o dos horas. Me asaltaba un sueño violento que no era capaz de resistir. No podía permanecer despierto. Cada una de las tres veces que comía al día, me dormía. Eso no quiere decir que por la noche no pudiera conciliar el sueño. De hecho, aumentaron mucho mis horas de sueño. El médico me había aconsejado que me cogiera la baja al menos durante un mes y así lo hice. Después de ese tiempo, la somnolencia desapareció. Empecé a trabajar de nuevo. En la empresa estaban en dificultades por la escasez de mano de obra.
No tengo secuelas dignas de mención. ¿La memoria? Obviamente empeora, pero creo que se debe más a la edad y dudo que haya remedio para eso. Para ir al trabajo aún debo subirme a un tren completamente lleno. Viajo de pie durante dos horas y media, desde la estación Ushiku hasta Hirao y eso me agota. Ya tengo ganas de vivir tranquilo, sobre todo después del atentado. Muchas veces se me hace muy cuesta arriba ir al trabajo. Otras, me da por pensar que puede ocurrir algo extraño y me pongo nervioso.
Durante la posguerra hubo movimientos como los de Rengo Sekigun, el Ejército Rojo Japonés, pero la mayoría de ellos se enfrentaba al Estado, no le causaban demasiados problemas a la gente corriente. Esta vez, sin embargo, fue un atentado indiscriminado, y me enerva, me parece que no puede haber crimen más vil.