«Dos días antes del atentado nació mi primera hija»
YASUSHI NAKATA (39)
El señor Nakata nació en el barrio de Kakigaracho, en Nihonbashi, cerca de Suitengu, en Tokio. Es el prototipo de hombre de barrio popular. Tuve esa impresión en el transcurso de nuestra conversación. Es un hombre abierto, rápido, caza al vuelo lo que quieren decir los demás y extrae sus propias conclusiones. No por ello, sin embargo, oculta cierta timidez que hay en su carácter.
De joven fue un auténtico fan del rock and roll. Quería dedicarse a la música profesionalmente. Reconoce que se emocionó la primera vez que escuchó Hold on, I’m coming, de Sam and Dave. Recuerda que vio la película sobre el festival de Woodstock cuando aún estaba en secundaria. Tiene casi cuarenta años, pero se diría que se resiste a convertirse en uno más, uno de esos hombres corrientes del montón. Tal vez, sencillamente, no pueda serlo. Es posible que la impresión se acreciente aún más debido a su delgadez.
Trabaja en el departamento de ventas de una empresa de programación. Es aficionado al tenis. Se casó hace tiempo con una mujer, nueve años menor, que conoció jugando al tenis. Fue entonces cuando sentó la cabeza, asegura. El sábado anterior al atentado nació su primer hijo.
Cuando apareció en televisión, lo vio un antiguo amigo y se puso en contacto con él de inmediato. Ese encuentro fue la ocasión perfecta para volver a reunir a su antigua banda. Ahora alquilan un local dos veces al mes para ensayar. Para él no es más que una afición: «Ya que sólo lo hacemos por gusto, nos da igual equivocarnos. Por eso nos divertimos tanto».
En la actualidad vive en Matsubara, en la prefectura de Saitama. Me entrevisté con él un domingo por la tarde en una cafetería próxima a la estación de Soka. Vestía camiseta y vaqueros rotos. Obviamente, al trabajo va con traje.
Según tengo entendido, mi familia vive en la zona de Kakigaracho desde la época Meiji, es decir, hace casi cien años. Mis padres eran empleados, no comerciantes. Nací y crecí allí. En la época de la burbuja, más o menos en 1987, nos expropiaron la casa y nos dieron a cambio un piso en Hamamachi, un barrio vecino. La razón era que iban a construir algo, pero a día de hoy no han hecho nada de nada. Es un solar que sirve de aparcamiento.
Trabajo en una empresa de programación, pero después de graduarme estuve dando tumbos por ahí durante cuatro años. Toqué en una banda hasta los veintiséis años. Nuestro rollo era Jimi Hendrix, blues, cosas así. En un principio tocaba la guitarra, pero después me cambié al bajo, aunque, si es necesario, toco cualquier cosa. Mis padres se habían resignado. Soy su único hijo y vivía con ellos. Me habían dado por imposible.
La verdad es que resulta muy complicado subsistir sólo del rock. Al final tuve que ganar dinero. Cantaba algunos temas pop y hacíamos pequeñas giras por teatros de provincias… Me di cuenta del oscuro futuro que tenía frente a mí. Algunos conocidos con más talento que yo habían empezado a ganar dinero con la música. No era mi caso. Me resigné. (Risas.) Fue entonces cuando comencé a trabajar en esto y lo otro, en bares de ambiente ligero y locales por el estilo. Algunos amigos míos siguen en el mundo de la música. En una ocasión me invitaron a participar como cantante de una banda de pop, pero eso…
Un compañero de la banda, que la había dejado antes que yo, trabajaba como informático. Me pidió que fuese a trabajar con él. Yo no sabía nada de ordenadores, pero en aquel momento faltaba gente del sector; contrataban a cualquiera que estuviera dispuesto a trabajar. En aquella empresa no estuve en el departamento de ventas, sino en el de informática. Durante un año entero fue como si me hablasen en chino. En realidad es un trabajo que puede hacer cualquiera que sepa sumar, restar, multiplicar y dividir, aunque, si uno quiere llegar a lo más alto, sin duda hace falta inteligencia.
Fue así como empecé a llevar una vida honesta y responsable. Era muy duro. Me pasaba noches enteras en vela por culpa del trabajo y en aquella época el sueldo de un informático era muy bajo. Para ganar algo de dinero no quedaba más remedio que hacer horas extras. Trabajé allí tres años y medio, pero como mi inteligencia no daba para más, me resigné hasta que comprendí que podía pasar al departamento de ventas. De esta manera cambié de empresa. Se dedicaban a lo mismo que la anterior, a la programación. Pensé que lo más fácil sería continuar en el mismo sector.
¿Que si tengo el carácter apto para las ventas? Pues, la verdad… No sé qué decirle. Mucha gente dice que sí, pero en realidad yo creo que lo que pasa es que no valgo para otra cosa. (Risas.)
Nuestro trabajo consiste en abrir mercado. Para tener cierta seguridad nos citamos previamente por teléfono con los clientes potenciales. En cualquier caso, tenemos que visitar empresas para vender. No nos dedicamos a los particulares. Vendemos paquetes completos de oficina diseñados exclusivamente para las empresas.
El negocio no va bien. Todo el mundo trata de reducir gastos, no invierten en nada, tampoco en comprar software. Ponemos el triple de ahínco en el trabajo que en la época de la burbuja, pero con que las ventas lleguen a la mitad de entonces, nos damos por satisfechos. Es una situación muy complicada. La mía es una empresa de capital extranjero y los sueldos base no son muy altos. Tenemos un porcentaje sobre las ventas, por lo que si el negocio va mal, sufrimos considerablemente. Lo bueno es que sólo con vender un paquete las ganancias son generosas. Los ingresos anuales han descendido entre dos y tres millones de yenes en relación con los años de la burbuja. Yo me casé justo cuando estalló. No podía haber elegido peor momento. (Risas.)
De soltero salía prácticamente todos los días. Ganaba mucho dinero y me gasté una cantidad considerable. Tenía que haber sido más previsor, ahorrar, pero no lo hice. Pequé de optimista al pensar que, por muy mal que fuesen las cosas, el mundo de la informática quedaría al margen. Me fundí todo mi dinero.
Dos días antes del atentado nació mi primera hija. Mi mujer estaba en casa de sus padres, en Minowa, e iba a la clínica en Tsukiji. Mientras tanto yo vivía solo en Matsubara. Si le digo la verdad, no sentí ninguna alegría especial cuando nació mi hija. Fue más bien algo como: «¡Ah, vale!».
El día del atentado tenía que ir a trabajar para elaborar un presupuesto que debía entregar a un cliente. No era tan importante, pero había que terminarlo sin falta. Pensaba acercarme a la clínica en cuanto hubiera acabado. Tenía que ir por si acaso…
Dos días antes del atentado, el sábado, fui a casa de mis suegros. Nada más llegar me enteré de que ya estaba en la clínica. Me dirigí allí, pero llegué pasadas las tres y la hora de visita había terminado. Así que tuve que volver a casa sin verla. Al poco rato me llamaron para avisarme de que había nacido mi hija. Fue un parto sin complicaciones.
El domingo vi por primera vez la cara de la niña. No sentí tanta emoción, la verdad. Nunca he querido hijos, pero mi mujer sí y no me quedó más remedio…
Tenía intención de volver a la clínica el lunes después del trabajo para llevar algunas cosas, pero al final no pude por culpa del atentado. Creo que mi mujer se puso furiosa. Seguramente pensó que estaba bebiendo por ahí. (Risas.) No tenía tele en la habitación y no supo nada del atentado hasta más tarde. Nadie le dijo nada.
La mañana del 20 de marzo entré en el metro, me subí al tercer vagón del tren que tenía su origen en Takenozuka, como siempre. Me senté y me quedé profundamente dormido. Cuando quise darme cuenta, el tren se había parado en mitad de ninguna parte, entre Akihabara y Kodenmacho. Dijeron algo por megafonía: «Explosión en Tsukiji. Este tren finaliza su servicio en Kodenmacho. Rogamos a los pasajeros que se bajen en esa estación». Cuando entró en la estación, se bajó todo el mundo. En cuanto salí vi gente tumbada en el suelo. Había una mujer y un hombre que sufría convulsiones. Oí decir a alguien que se trataba de un ataque epiléptico. El hombre tendría unos treinta años. Más tarde me enteré de que la mujer vivía cerca de mi casa y cogía el tren anterior en la misma estación.
Me fui directo a la salida. Pensaba ayudarlos, pero desistí porque ya había bastante gente haciéndose cargo… Esperé en el vestíbulo de la estación entre cinco y diez minutos. Estaba lleno. Todos esperábamos que volviese a funcionar la línea. Muchos se cubrían los ojos, actuaban de un modo extraño.
Poco después se produjo un nuevo anuncio: «El aire de la estación está contaminado. Rogamos abandonen el recinto y salgan a la calle». Me dirigí a la escalera. Estaba mareado, tenía la sensación de que me tambaleaba. Tuve que hacer un esfuerzo para salir. En la calle también había un hombre que sufría convulsiones. Era la tercera persona, en poco rato, que veía en un estado grave. Me extrañó mucho. Giré a la derecha. También allí había gente sentada en el suelo. Algunos incluso echaban espuma por la boca. «Esto es muy raro. Si me quedo aquí, corro peligro. Tengo que alejarme como sea», me dije a mí mismo.
Casualmente la casa de mis padres está en Hamamachi, no muy lejos. Decidí ir allí. Se tarda unos veinte minutos a pie, lo justo para no tomar un taxi. Empecé a caminar. Poco a poco empecé a verlo todo doble. No podía enfocar, tenía frío. Pensé que había inhalado algo extraño, pero en ningún momento me sentí tan mal como para ir al hospital. Estaba seguro de que me recuperaría después de descansar un poco. Mis padres estaban en casa. Les pedí que me dejasen tumbarme un rato. No sabían nada de lo sucedido, simplemente dijeron: «De acuerdo, échate». Llamé al trabajo para avisarles de que había ocurrido un accidente y me sentía mal. Trataría de recuperarme y en un rato los llamaría de nuevo.
Aún conservaba mi antigua habitación. Me tumbé en el futón. Tenía curiosidad por saber qué había pasado. Encendí el televisor. En las noticias aparecía la zona de Tsukiji. Debían de ser sobre las nueve de la mañana. Dijeron que el atentado se había perpetrado con un gas venenoso. Me dolía la cabeza, los ojos, la garganta. Por si no fuera suficiente, tenía la impresión de sufrir una taquicardia y aún lo veía todo doble. Empecé a pensar que realmente me pasaba algo grave.
Mi tío es médico en la prefectura de Kanagawa. Lo llamé. «Tienes que lavarte bien los ojos e ir al hospital rápidamente», me ordenó. Llamé a un taxi y le pedí que me llevara al Hospital Memorial de Mitsui. Cerca de Ningyomachi, el taxista me dijo que lo mejor sería que hablase con la policía porque la zona estaba acordonada. Estaba plagada de coches patrulla y ambulancias. Me bajé allí y me acerqué a unos agentes para explicarles mi estado. Me metieron en una ambulancia y me llevaron al Hospital de Tajima, en Ryogoku.
(El señor Nakata fue trasladado desde el Hospital de Tajima al de las Fuerzas de Autodefensa, en Setagaya. Estuvo ingresado ocho días. Su nivel de colinesterasa había descendido hasta cinco veces por debajo de lo normal. Tardó tiempo en recuperar los valores de referencia. Las jaquecas y el persistente dolor de ojos continuaron durante mucho más tiempo. De hecho, aún no ha recuperado por completo el valor de colinesterasa.)
Pasé una larga temporada con los ojos mal, me cansaba con suma facilidad. Era muy duro sentarme a trabajar con el ordenador, porque me resultaba casi imposible enfocar. Ya antes del atentado era miope, y en una revisión que me hice hace poco descubrí que mi ojo izquierdo había empeorado. El derecho está bien, aunque no ha desaparecido del todo un persistente dolor en el fondo del ojo.
Después del atentado me daba miedo volver al metro. El día en el que se celebró el primer juicio contra Asahara no fui a trabajar. Mi mujer me suplicó que me quedara en casa. Llamé al trabajo para explicarles mis motivos. A partir de entonces, pensé cambiar la ruta, pero al final qué más da. Al fin y al cabo se trata del mismo metro.
Cuando le dieron el alta y por fin pudo ver la cara de su hija, ¿sintió algo especial?
La verdad es que no. (Risas.)
Cuando trabajaba en la empresa anterior, fui en algunas ocasiones a vender paquetes de programas a algunas de esas nuevas sectas religiosas. En momentos de recesión son los únicos que tienen dinero. Me presenté allí sin cita previa y al final me compraron algunos paquetes, aunque tampoco tantos, ya que sólo les serían verdaderamente útiles en caso de tener un millón de adeptos. No son productos que puedan venderse en cualquier parte, así que con colocar uno ya se gana bastante dinero. No fui nunca a Aum.
Me dedico a los ordenadores porque es mi trabajo, pero honestamente no me gustan demasiado. No me seduce la idea de entregarles mi vida. ¡El omnipotente mundo de la informática…! Enviamos correos electrónicos por cualquier tontería en lugar de hablar las cosas en un minuto. Nos hemos metido en este mundo y hemos perdido el contacto con la realidad… Los de Aum tienen el mismo comportamiento.