«No comprendo lo que hicieron. Quizá debido a eso no albergo odio contra ellos»

TOSHIMITSU HAYAMI (31)

El señor Hayami trabaja en un mercado de abastos al por mayor en Ningyomachi. Su empresa es intermediaria en la venta de azúcar y almidón, aunque también se dedican al arroz y al aceite.

Su trabajo no consiste únicamente en comprar productos en origen para comercializarlos después. En su departamento también especulan y negocian con los precios. Sin duda es la parte más comprometida del negocio. Negocian por teléfono con productos que no pueden ver ni tocar. Entran y salen cantidades de dinero que pueden superar con facilidad los cien millones de yenes. Es una gran responsabilidad.

«En este mundo hay mucha gente sucia. Es fácil reconocerlos con sólo mirarlos a la cara», asegura. Él, al menos, parece un hombre sensato, en sus ojos no se aprecia maldad alguna a pesar de su mirada penetrante y decidida.

Lleva el pelo corto, es de complexión robusta, moreno de piel, con esa apariencia, modales y forma de hablar propios de la gente recia. Jugaba al béisbol cuando estudiaba secundaria.

En el momento del atentado, su mujer estaba embarazada de tres meses. Su primer hijo nació en octubre: «Menos mal que no ocurrió antes de que se quedase embarazada». Tenía miedo de que el sarín pudiera provocar algún tipo de secuela genética. Una lógica preocupación por su familia. Probablemente ya vive tranquilo en su nuevo hogar con su mujer y su hijo.

Las transacciones que hacemos son bastante particulares y el proceso que llevan es muy complicado. Si lo resumo diciendo que negociamos con acciones, creo que se entenderá mejor. Cerca de aquí hay muchas empresas que se dedican a las transacciones comerciales. Si camina un poco desde la estación de Ningyomachi, verá un edificio al que llaman la Bolsa de Grano de Tokio. Ése es el punto de partida de todos los demás negocios.

En sesiones de un minuto, o un segundo incluso, se intercambian infinidad de valores. Eso implica mucha tensión. Estamos todo el día colgados al teléfono y cada hora ofrecemos a nuestros clientes nuevos precios de venta a través de opciones de compraventa. Nuestro beneficio son las comisiones. No es frecuente que una empresa que se dedica a la venta al por mayor de cereales tenga también un departamento de transacciones. Normalmente, las empresas se dedican a eso en exclusiva, con todas sus ramificaciones, pero la nuestra es especial. Nuestro principal negocio lo constituye la venta al por mayor.

Dentro de la compañía, nuestro departamento está muy diferenciado de los demás. Los compañeros de otras secciones se dedican a las ventas, digamos normales, de cualquier negocio relacionado con la alimentación. Van a ver a sus clientes, se encargan del transporte de los artículos, etcétera. Sin embargo, nuestro trabajo se reduce exclusivamente a hablar por teléfono. Compramos y vendemos cosas que no vemos con nuestros ojos.

La primera transacción se produce a eso de las nueve de la mañana y la última sobre las tres y media de la tarde. Tengo licencia para operar en bolsa y mientras está abierta trabajo. Esa licencia te la dan ellos. Te acreditan con un carnet. (Me lo muestra. Es un carnet con una fotografía. Lo lleva guardado en una funda de plástico.) Se renueva cada dos años. Si no lo tengo, no puedo operar ni disponer de una cartera de clientes. Con él puedo trabajar también fuera de la oficina. No es que vaya personalmente con la soja en la mano a ver a mis clientes, sino que ellos me confían su dinero para negociar un buen precio. Invierten con nosotros para mejorar sus márgenes… Por mucho que salga de la oficina, lo cierto es que el negocio no anda muy bien. La mayor parte de las veces, los clientes son fijos y es difícil conseguir nuevos. Llevó mucho tiempo dedicado a esto, catorce años para ser exactos. Gracias a eso tengo bastantes clientes. El beneficio está en las comisiones, como le he dicho antes, pero nosotros tenemos un sueldo fijo. Por mucho beneficio que obtengamos, nuestra prima no sube gran cosa. No es como en las empresas norteamericanas, donde funcionan con salarios variables en función de comisiones y beneficios. Algunas empresas de la competencia han implantado en parte ese sistema, pero no es nuestro caso. No somos más que simples empleados que cargan con toda la responsabilidad en sus espaldas. No hay margen para hacer cosas extrañas o poco éticas. La verdad es que somos todos bastante honestos. Por ejemplo, no tenemos autorización para jugar con los pagos de márgenes. Una vez recibidos los devolvemos, porque hay muchos clientes que especifican claramente que, si no los reciben, compran en otra parte. En total somos unas sesenta empresas las que nos dedicamos a esto. Una competencia considerable que no se puede obviar.

Uno de mis colegas se independizó para trabajar por su cuenta. Conserva su puesto con nosotros, pero no es empleado directo, por lo que no recibe el salario como los demás. Tampoco pensión de jubilación ni garantías. A cambio, se lleva una comisión del 35 por ciento. El resto se queda en la empresa. Es el único caso.

La competencia en este sector es feroz. Hoy en día, por ejemplo, hay muchas empresas que cuentan con tienda propia y comercian con soja. Eso nos ha obligado a cambiar, a reorganizar el trabajo y compartirlo con nuevos competidores. El porcentaje de las comisiones que recibíamos se decidía de antemano, aunque en la actualidad esa regla se ha roto. Existe, pero en realidad es como si no existiera. Nosotros recibimos comisiones por nuestra mediación, pero algunas de esas pequeñas empresas juzgan innecesario cargarlas. No me explico cómo pueden sobrevivir sin ellas. Llaman la atención de los clientes con informaciones engañosas y ponen el acento en que no necesitan pagar las comisiones.

¿Se dan casos, por ejemplo como el mío, de gente que no entiende nada de este tipo de transacciones y, a pesar de todo, acuden a ustedes con cien mil yenes para que los inviertan donde mejor les parezca?

No, no muchos. Pocas veces tratamos con gente corriente que no tiene nada que ver con el negocio. Hace poco, un cliente nos confió medio millón de yenes y perdió seiscientos cincuenta mil. Como le faltaban ciento cincuenta mil, nos pidió financiar la deuda con pagos aplazados. Gente de ese tipo es la que acude a nosotros; han jugado en Bolsa con anterioridad.

Si compras valor en soja y baja su cotización en la Bolsa, no obtienes ningún beneficio. No queda más remedio que tomar una decisión y, si vendes, las pérdidas son muy cuantiosas. Sin embargo, si te quedas con el producto físicamente, al menos puedes vendérselo a un productor. Es una garantía que te permite vender de vez en cuando para mantener el valor y minimizar la pérdida. Por todo ese tipo de razones es por lo que le digo que éste es un trabajo muy especial.

Cuando se mueve el dinero, lo hace en grandes cantidades. Últimamente, el mercado más activo es el del maíz. Un cliente que nos confió treinta millones de yenes para invertir en ese producto ya lleva ganados por encima de los cien millones. Y sólo en el plazo de medio año. Es un mundo agresivo, muy volátil. Obviamente, hay mucha gente que gana grandes cantidades, pero otros pierden muchísimo. Hay un gran número de personas que lo han perdido todo, absolutamente todo. Una ruina total. En la época de la burbuja, en las noticias atribuían todo lo malo al riesgo excesivo en Bolsa. Algunos políticos mostraban especial predilección por señalarlos como los culpables de todo… Este negocio tiene una imagen un tanto contaminada. Hoy en día ya no se oyen tantas noticias como entonces, pero en realidad tengo la impresión de que las transacciones especulativas han aumentado en relación con la época de la burbuja.

Mi trabajo es interesante. No, no entré en este mundo porque me gustase especialmente. Empecé en la empresa y, por pura casualidad, me destinaron a este departamento. Para mí era un mundo desconocido completamente nuevo. Me encontré con algo muy distinto a lo que imaginaba. Nunca he estado una jornada laboral completa sentado a la mesa, ni tampoco fuera de la oficina como haría un comercial. No se puede comparar con nada. La verdad es que todavía disfruto de la frescura que sentí nada más empezar.

Por una parte me gustaría trabajar por mi cuenta. Lo malo es que así no tendría garantías. Si estuviera soltero me lanzaría, sin duda, pero tengo una mujer y un hijo. Si lo dejo todo por una aventura incierta, lo más seguro es que no obtenga ni estabilidad ni gratificaciones a final de año. Mi mujer está de acuerdo. Para ella es mejor que me quede como estoy. Trabajaba en la misma empresa, sabe bien de lo que hablo.

Intento llegar a la oficina a las 8:20 de la mañana. La Bolsa abre a las nueve. Llego antes para tener margen de movimiento, aunque no tenemos que fichar hasta las 8:40. En cuanto abre la Bolsa empieza a sonar el teléfono.

Vivimos en Shiraoka, al sur de la prefectura de Saitama. La estación más cercana es Shiraoka, en la línea Tohoku. Nos mudamos hace tres años, nada más casarnos. Mi mujer nació ahí. Yo soy de Tokio, pero los alquileres son prohibitivos y, ya que teníamos que irnos lejos, preferimos hacerlo a un lugar conocido. En Shiraoka no hay nada. En los alrededores sólo hay campo. El aire es puro, pero lo malo es que en invierno hace un frío que pela. Hay una diferencia de entre cuatro y cinco grados respecto al centro de la ciudad. Al principio, el desplazamiento se me hacía muy largo y pesado. Con el tiempo he llegado a acostumbrarme.

Cuando el tren llega a Shiraoka, ya no queda un solo asiento libre. En Omiya se baja la mayor parte de los pasajeros y entran otros nuevos. Una vez más se llena hasta los topes. Pasadas las estaciones de Urawa, Akabane y Oku, va tan saturado que mucha de la gente que espera en los andenes ni siquiera puede subir. Resulta imposible moverse. En el peor de los casos, hay viajeros que quieren bajarse en Akabane y no lo consiguen. Llego a Ueno sobre las 8:02 de la mañana. Allí hago transbordo a la línea Hibiya para ir hasta Ningyomachi.

Me levanto sobre las 5:30 de la mañana. A las 6:15 veo en el canal 12 la información sobre el precio de los cereales en la Bolsa de Chicago. No es una obligación, sólo lo hago para saber cómo está el mercado. Salgo de casa a las siete en punto.

En un día normal suelo acostarme sobre las doce, lo cual significa falta de sueño crónica. Llega un momento que te acostumbras y ya no supone especial sufrimiento. Por ahora estoy bien de salud. El trabajo termina a las 17:30. Vuelvo a casa directo. En una hora y media estoy de vuelta. No suelo hacer horas extras a no ser que se produzca algún inconveniente como la caída del sistema informático o algo así. Nuestro trabajo se estructura por horas. En ese sentido es sencillo.

El día del atentado cayó entre un domingo y un festivo. En el departamento dos compañeros habían pedido vacaciones. Yo no podía faltar ni llegar tarde; de los siete que somos, faltaban dos.

Cuando me bajé en la estación de Ueno, me encontré por casualidad con un compañero. Tomamos juntos la línea Hibiya. Nos subimos en el vagón de atrás y nos fuimos moviendo hacia el de delante. En el transbordo de Ueno el vagón de atrás queda más a mano, pero en Ningyomachi la salida está delante. Lo mejor es aprovechar las paradas para adelantar. En Akihabara nos encontramos con otro compañero. Ya éramos tres. Justo después de salir de la estación, el tren se detuvo en mitad del túnel. Hubo un anuncio por megafonía. Hablaron de una explosión en la estación de Tsukiji. Lo repitieron dos o tres veces, pero no dijeron nada más.

Poco después, se produjo otro anuncio: «Todos los pasajeros del tren precedente han tenido que bajar en la estación de Kodenmacho. Les comunicamos que la vía ya ha quedado libre». Por lo que dijeron, pensamos que también nosotros tendríamos que bajar allí. No nos quedaba más remedio que continuar a pie hasta la oficina. Sólo es una estación, poca cosa.

La salida en Kodenmacho queda en la parte de atrás. Estábamos en el tercer vagón por la parte de delante. Nos vimos obligados a deshacer todo el camino. En el andén había mucha gente. Vimos a una mujer desplomada cerca de la pared. Parecía sufrir un ataque de epilepsia. Todo su cuerpo temblaba, tenía unas terribles convulsiones. Estaba tumbada boca arriba. Era joven. A su lado había un chico que se hacía cargo de ella.

Al contemplar la escena me pregunté qué le ocurriría, pero lo cierto es que no nos detuvimos. En ningún momento se me ocurrió que aquello tuviera relación con la explosión de la que habían hablado. Pensé que le había dado el ataque por haber subido a un tren atestado de gente.

Un poco más adelante nos topamos con un hombre de unos cincuenta años que estaba en el suelo cerca de la vía. Tenía espasmos aún más violentos que la mujer. Había a su alrededor tres o cuatro personas que trataban de calmarlo. Primero aquella mujer, luego el hombre. Por un instante pensé que la mujer le había rociado con uno de esos esprays contra los sobones y ella también lo había inhalado.

Debajo de los pies del hombre había papeles de periódico mojados. No podía imaginar la razón por la que estaban allí, quizá porque se había orinado encima. Sin embargo, era un líquido incoloro, parecido al agua. De haber sido pis, habría tenido un color más amarillento. Todo eso sucedió mientras caminábamos. En ningún momento nos detuvimos. Tan sólo me pregunté qué sucedía. Ni siquiera hablé de ello con mis compañeros. Caminábamos juntos. Yo era el que estaba más cerca de la vía, es decir, pasé justo al lado del periódico impregnado con el sarín, a una distancia máxima de treinta centímetros.

La explosión de Tsukiji quedaba lejos. No pensé que nada de aquello tuviera relación. No se me pasó por la cabeza que sucedía algo fuera de lo normal por el simple hecho de que hubiera allí un periódico mojado. En mi mente sólo había una idea fija: no llegar tarde a la oficina. Andábamos justos de personal. Si me daba prisa, llegaría a tiempo, como muy tarde a las nueve. Desde Kodenmacho hasta la oficina se tardan diez o quince minutos si uno aprieta el paso.

Subimos las escaleras y en la calle nos encontramos con que toda la zona estaba llena de gente. Muchos esperaban a que el metro volviese a funcionar, otros buscaban una cabina de teléfono. En el mismo instante que llegamos afuera, un hombre que caminaba delante de mí se desplomó. Parecía haber perdido el conocimiento. Alguien lo ayudó a incorporarse. Lo sentó en el suelo. No sé si era un conocido suyo o no.

Contemplamos anonadados cómo se derrumbaban delante de nuestras narices tres personas. A pesar de todo, no llegué a pensar en ningún momento que ocurría algo extraño. No supe relacionar los hechos. Me había construido una teoría y lo atribuí todo a que se sentían mal. Sí, recuerdo que en el andén había un olor. Dicen que el sarín es inodoro, pero olía a algo aunque no sé cómo explicarlo. Saqué un pañuelo y me tapé la nariz. Quizá fue ese olor lo que me hizo pensar en un espray repelente.

Nada más salir empecé a tener náuseas. El más joven de mis compañeros me preguntó: «¿No le duelen los ojos, señor Hayami?». Mis ojos estaban bien. «No, pero ¿no te sientes mal?», le contesté. «A mí sí», dijo el otro compañero, «siento algo extraño en el fondo del ojo.»

Caminamos hasta la oficina. Empecé a trabajar nada más abrirse la sesión, a las nueve en punto. En la habitación apenas había claridad. Las luces estaban encendidas, pero casi no podía leer mis notas. Lo veía todo borroso. «¡Qué raro!», pensé. Todavía no sabía nada de la contracción de las pupilas. Me resigné y seguí a lo mío. Peor que eso eran las náuseas. Le expliqué a mi jefe lo que me pasaba y me dijo que fuera al baño a lavarme la cara.

Yo no lo vi, pero en el mismo tren había otro compañero del departamento de administración general. Al parecer, esperó en el andén de Kodenmacho a que el tren volviese a prestar servicio. Cuando llegó a la oficina, presentaba los mismos síntomas: dolor de ojos, náuseas. Se lo dijo al responsable de su departamento y fueron ellos los que decidieron que había que llevarlo al hospital. Al final fuimos todos juntos en un coche de la empresa.

Nos dirigimos al Hospital de Bokuto, donde aún no había ingresado ninguna víctima del sarín. Nosotros fuimos los primeros. Aguardamos en la sala de espera y vimos las noticias por televisión. Se veía a los empleados del metro sentados en el suelo tapándose los ojos. Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de lo que había sucedido. Poco después empezaron a llegar muchas más víctimas.

Pasé dos noches ingresado. Tenía la impresión de que no estaba tan grave, pero no me dieron el alta porque los resultados de los análisis de sangre no eran satisfactorios y tenía las pupilas contraídas. Mi mujer estaba embarazada, no quería causarle preocupaciones, pero al quedarme ingresado no me quedó más remedio que avisarla. Cuando me sacaron de la UCI por la tarde para trasladarme a planta, ella se encontraba allí con mis padres y mis suegros. Por la noche no pude pegar ojo. Nunca había estado ingresado en un hospital. Había muchas cosas que me rondaban por la cabeza. Tenía un tubo metido en la nariz para inhalar oxígeno. Era incapaz de conciliar el sueño con esa cosa.

No padecía secuelas, pero me daba miedo viajar en metro. Cambiaba los horarios, los vagones en los que acostumbraba a viajar. Me aterrorizaba que pudiera volver a ocurrir algo parecido. El miedo desapareció poco a poco, sin embargo, cambié de estación para hacer transbordo. Gracias a que puedo llevar una vida normal, el odio se ha ido desvaneciendo lentamente. No es algo que tenga presente. No me interesa en absoluto la religión. No comprendo lo que hicieron. Quizá debido a eso no albergo odio contra ellos. Si llegase a sufrir alguna secuela en el futuro, es probable que me vuelva a invadir ese sentimiento de nuevo, pero de momento…

Lo que más me preocupa son las posibles consecuencias que podría acarrear el sarín si tenemos un segundo o un tercer hijo. No quiero causarle ningún perjuicio a su salud. Antes de salir del hospital se lo comenté al médico. «Nunca se ha producido un caso como éste. No puedo darle una garantía total de que todo está bien», me dijo. Eso es lo único que me preocupa.

Este otoño tenemos previsto mudarnos. Hemos comprado otra casa en Shiraoka. Aún no han empezado a construirla, pero estará lista en otoño.

Underground
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