«Había pedido un crédito y mi mujer estaba embarazada. Pensé: “¡Qué inoportuno!”»

NOBURU TERAJIMA (35)

El señor Terajima es técnico de mantenimiento de uno de los principales fabricantes de fotocopiadoras. Utiliza a diario la línea Hibiya desde Soka hasta Higashi-ginza. Realiza inspecciones regulares a las máquinas y se encarga de algunas reparaciones. Normalmente trabaja en las oficinas gubernamentales de Kasumigaseki.

Vivía solo en un apartamento en Soka hasta que se casó seis meses antes del atentado. Pidió un crédito y se compró una casa en la misma localidad. Poco después, su mujer se quedó embarazada. Justo en ese momento de cambio que supone la edad adulta, cuando uno debe afrontar las responsabilidades de la madurez, fue cuando se vio envuelto en el atentado.

Lo primero en lo que pensó al sentirse enfermo tras inhalar el sarín en la estación de Kodenmacho fue en el hijo que estaba por venir, en el enorme crédito que le quedaba por pagar.

Nos encontramos en la planta superior de un café en Soka. Era un mediodía de domingo soleado. Tras la ventana, las parejas de jóvenes y familias con niños pequeños paseaban por la avenida que queda frente a la estación. Una escena de vida tranquila en uno de los barrios de la periferia.

El señor Terajima respondió a las preguntas despacio, después de una profunda reflexión, muy atento a no decir más de lo que consideraba necesario.

Siempre quise ser pintor, pero mi padre murió justo después de terminar el instituto y necesitábamos dinero. Mi hermano mayor estaba en la universidad. Todos queríamos que terminase la carrera. Yo suspendí los exámenes de acceso a la universidad, aunque encontré una salida en una escuela especializada, y eso significa que tenía que encontrar trabajo rápido.

En un principio me dediqué a la venta de casas. Era un trabajo muy exigente y extraño. Lo dejé y estuve un tiempo de acá para allá hasta que encontré el empleo que tengo todavía hoy. La verdad es que me hubiera gustado trabajar en planificación o en publicidad inmobiliaria, pero o bien me decían que carecía de la experiencia suficiente, o bien que aún no tenía el carnet de conducir. En fin, acabé por entrar en una empresa con una sólida reputación. En otras palabras, me decidí por la estabilidad.

Me casé el mes de septiembre anterior al atentado y nos compramos un apartamento en Soka. Firmamos el contrato aquel mismo mes aunque la entrega no era hasta el siguiente mes de abril. Hasta entonces seguimos en la casa que tenía alquilada. Alrededor del 20 de marzo, ya lo teníamos todo preparado para la mudanza y en ese momento se produjo el atentado. Habíamos dado una batida por todas las tiendas del barrio para buscar cajas para la mudanza. Lo empaquetamos todo.

En realidad nunca imaginé que fuera a tener una casa en propiedad. Nunca le había dado demasiada importancia al lugar donde vivía, pero en una ocasión fuimos a un salón inmobiliario y nos gustó lo que vimos. Nos preocupaban los intereses del crédito, como es lógico, pero los de la inmobiliaria terminaron por convencernos cuando nos explicaron que, si firmábamos en ese momento, pagaríamos el 3,9 por ciento en lugar del 4 que habría que pagar en breve. Fue una compra impulsiva. Firmamos un crédito a veinticinco años. No es ninguna broma comprar una casa.

Elegí Soka porque mi madre vive en Satte, en la prefectura de Saitama, y mi suegra en Shinagawa. Queríamos vivir en medio de las dos, pero el centro de la ciudad resultaba demasiado caro.

Tenemos una niña pequeña ruidosa como un demonio. Hasta hace dos años, yo vivía feliz, despreocupado y solo. Ahora estoy casado, soy padre, tengo un crédito a mis espaldas y estoy completamente arruinado. Todo mi dinero se ha esfumado. (Risas.)

Me casé a los treinta y cinco años. De haber esperado un poco más, creo que ya no lo habría hecho. Estoy seguro de que me hubiera parecido demasiada molestia. Conocí a mi mujer haciendo windsurf. Navegaba desde los veinticinco años. Ahora ya no tengo tiempo de practicar, pero en aquella época no me importaba conducir hasta la playa de Shonan o Zaimokuza. Una vez por semana me levantaba a las cinco de la mañana y conducía tres horas. Estaba pletórico de energía. Fue antes de que el windsurf se popularizara. Me compré una tabla de segunda mano con un amigo y la guardábamos en un lugar junto a la playa. Me pregunto qué habrá sido de ella.

Ahora, cuando tengo un momento libre, lo único que puedo permitirme es ir a un salón de juego y jugar al pachinko. (Risas.) ¡Nada de pintura al óleo tampoco! Soy de esa clase de persona que si se mete en algo, lo hace a fondo, le dedico mucho tiempo, así que, si no lo tengo, no lo hago.

El mes de marzo estuve muy ocupado. Estoy a cargo de la zona de Kasumigaseki y por culpa del presupuesto del Gobierno, tengo que cuadrar las compras de equipo, los gastos de las oficinas, las enormes entregas de material… Los clientes deben usar los recursos que tienen asignados antes de que finalice el año fiscal, por eso es la época del año de más trabajo. El atentado tuvo lugar entre dos días de fiesta, pero yo no me podía permitir en ese momento disfrutar de un puente así de largo.

En general, no como nada por la mañana, tan sólo un poco de café, algún dulce y con ésas me marcho de casa. Para encontrar sitio libre espero al tren que viene de Kasumigaseki y subo por la puerta delantera del tercer vagón. Aquel día tenía que llegar al de las 7:53. Normalmente, en cuanto me siento me quedo dormido. No leo ni el periódico. Se me abren los ojos de manera automática justo antes de llegar a Higashi-ginza, aunque reconozco que me he quedado dormido en tres ocasiones. (Risas.)

Aquel día me desperté en Kodenmacho. Oí un anuncio por los altavoces del tren: «Ha habido una explosión en Tsukiji. Nos detendremos aquí y esperaremos hasta nuevo aviso». Me quedé sentado. Al cabo de un rato dijeron: «El servicio no se restablecerá por el momento». ¿Qué otra opción me quedaba aparte de bajarme? Fue entonces cuando noté ese fuerte olor a propanol. El propanol lo usamos para limpiar los cristales de las fotocopiadoras, por eso lo reconocí enseguida. Siempre llevo conmigo un bote en el trabajo.

Al salir del tren me fijé en un paquete envuelto en papel de periódico que estaba junto a una columna que quedaba a mi derecha. Parecía ser el origen del olor. En un primer momento apenas me di cuenta. Lo vi cuando me puse a escrutar el suelo para tratar de descubrir de dónde venía. De tanto olisquear terminé por inhalar profundamente. Al fin y al cabo, el propanol no es un producto químico peligroso.

En la estación de Kodenmacho sólo había una persona que tenía mal aspecto. Un hombre. Me fijé en él cuando pasé por el torniquete de salida. Estaba sentado en el suelo, apoyado contra una columna. Echaba espuma por la boca, vomitaba, le temblaban las manos. Pensé que estaba enfermo.

Salí a la calle y decidí seguir a pie hasta Nihonbashi. Fue entonces cuando empecé a sentirme realmente mal. Comenzaron los mareos, las náuseas. Mi vista se nubló; mejor dicho, no era capaz de notar la diferencia entre llevar las gafas puestas o no llevarlas. No podía enfocar, todo estaba borroso. Por si fuera poco, me dolía mucho la cabeza. Perdí el sentido de la orientación, de repente no tenía ni idea de adónde me dirigía. Pensé que, si caminaba en la misma dirección que el resto de los viandantes, terminaría por llegar a alguna parte. Me dejé llevar por la multitud.

Tuve que sentarme a tomar aire en varias ocasiones. Quería irme a casa, pero la oficina estaba cerca. Decidí caminar hasta allí, pero perdí toda noción de adónde me dirigía. Deshice el mismo camino dos o tres veces. Caminar me resultaba muy penoso. Pensé que padecía un ataque de anemia o algo así. Quise entrar en una tienda para comprar un mapa, pero no podía leer.

No sé por qué, se me ocurrió que me habían estallado los vasos sanguíneos. Me dio un ataque de pánico. Es algo que le sucede con cierta frecuencia a la gente que está en la treintena. Había pedido un crédito y mi mujer estaba embarazada. Pensé: «¡Qué inoportuno!». Me sentía muy mal. ¿Y si había inhalado ya aquella cosa?

Caminé a ciegas y, de algún modo, llegué a la estación de Nihonbashi. Tomé la línea Ginza hasta Ginza. Caminé hasta la oficina. No me acuerdo de nada de lo que sucedió a partir de ese momento. Es como si se me hubiera borrado la memoria. Llegué a la oficina poco después de las 8:45 y ya estaban preparando el día. Me puse la ropa de trabajo para unirme a mis compañeros, pero era incapaz de mantenerme en pie. Nunca sabré cómo fui capaz de cambiarme de ropa, pero eso demuestra mi enorme responsabilidad en el trabajo. (Risas.) Será cuestión de fuerza o hábito, quién sabe. De otra forma, nunca habría ido a trabajar en ese estado.

No pude aguantar más. Me fui al Hospital de Hibiya. Llegué sobre las 10 de la mañana. En ese momento ya atendían a mucha gente. Vi las noticias de la tele y oí que mencionaban la puerta delantera del tercer vagón del tren detenido en Tsukiji. De pronto todo encajó: «Había un paquete en el suelo cubierto con papeles de periódico cuando me bajé en Kodenmacho», me dije. Me había quedado allí olisqueando, tratando de averiguar si el olor provenía de allí. Por eso mi estado era mucho más grave que el de los demás.

Estuve una noche ingresado en el hospital. Los síntomas desaparecieron en cuanto me pusieron suero intravenoso. La vista también mejoró poco a poco.

En la actualidad no padezco ningún efecto secundario. Bueno, quizá mi memoria es peor que antes. No es que olvide las cosas como si tuviera una especie de amnesia. Simplemente se me van. Mientras hago algo, de repente me pregunto: «¿Qué estoy haciendo?». Se me va por completo de la cabeza. No es que se me olvide algo que me han dicho, es que incluso se me olvida que me lo han dicho. Tengo que apuntarlo todo para no olvidarme.

¿No le hace sentir mal desde entonces el olor del propanol?

He utilizado propanol en el trabajo durante al menos diez años, por eso soy capaz de reconocerlo. Me enteré más tarde por las noticias de que lo habían usado para fabricar el sarín.

Underground
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