«Sería terrible morir así»
MITSURU KONO (53)
El señor Kono nació en el seno de una familia campesina de la localidad de Oyama, en la provincia de Tochigi (al norte de Tokio), en 1941, el año en el que empezó la guerra del Pacífico. Después de terminar el instituto consiguió un trabajo en una imprenta en Kayabacho gracias a un amigo. Fue durante la época en la que aún quedaban coches tirados por caballos en los antiguos distritos de los almacenes de Tokio, la zona que se encuentra actualmente frente a la estación de Tokio. Vivió en una habitación de la fábrica hasta que cumplió veintiún años. En su tiempo libre iba al cine o, como mucho, a pasear con sus amigos por las colinas cercanas.
En 1969 se casó. Tenía veintiocho años. Su mujer y él viven actualmente en Soka, en la prefectura de Saitama. Tienen dos hijos que ya han cumplido los veinte.
Es de constitución robusta y nunca ha estado enfermo. Está convencido de que el fundamento de su buena salud es comer bien y beber con moderación. Si sale alguna noche, no prueba una gota de alcohol al día siguiente, aunque su mujer le abra por descuido una botella de cerveza. Sin duda es un hombre con una gran fuerza de voluntad.
Va a la piscina una vez por semana. El atentado afectó mucho a su salud. A partir de ese momento empezó con su nuevo régimen de vida.
Su gran afición son los bonsáis. Sólo con mencionarlos se le ilumina el rostro y se pone a hablar de ellos sin parar. Después del 20 de marzo, sin embargo, se encontraba tan mal, tan confundido que decidió deshacerse de sus queridas plantas. Por suerte, cambió de opinión a tiempo aunque no lo suficiente para evitar que un amigo suyo se llevara diez de sus mejores especímenes.
En nuestra empresa hacemos libros de contabilidad. Trabajo allí desde hace treinta y nueve años, desde 1957. No había otro sitio adonde ir. (Risas.) Últimamente el negocio no marcha bien porque todo el mundo se pasa a los ordenadores. Cada vez hay menos demanda. Ahora le das a un botón y todo resuelto. Luego ya no queda más que meterlo todo en un sobre y mandarlo por correo. Listo. La demanda de libros de facturas y albaranes ha desaparecido casi por completo y la cosa va a empeorar de ahora en adelante. Somos ocho en la empresa. Antes éramos veinticinco.
Me despierto a las 5:30 y lo primero que hago es regar los bonsáis. Antes de beber yo tienen que beber ellos. Una vez cada tres días es suficiente, pero en verano tengo que hacerlo todos los días. Poseo un total de ochenta macetas, así que me lleva un buen rato ocuparme de ellas, media hora como mínimo. Cuando termino, desayuno, me visto y salgo de casa sobre las siete. Camino hasta la estación de Matsu bara Danchi y tomo el tren de las 7:17. Sin embargo, aquel día me retrasé.
Lo cierto es que aparte de los bonsáis tengo otra afición: soy pescador, de río. Suelo tomarme un día libre después de salir a pescar. Hacen falta un montón de herramientas, botas altas, caña de pescar, todo tipo de aparejos. En fin, tengo que limpiar cada una de las piezas del equipo. Es mi carácter. No me queda más remedio que tomarme un día libre.
Normalmente salgo con mis amigos de pesca. Conducimos toda la noche del sábado hasta lugares remotos como Niigata. No dormimos y tan pronto como amanece empezamos a pescar, desde el alba hasta la una más o menos. Empezamos corriente abajo y subimos hacia la cabecera del río, en dirección a la ciudad. Cuando la autopista de Kanetsu está atascada, esperamos hasta que se despeje. En días así suelo llegar a casa sobre las diez de la noche y el lunes siguiente me lo tomo libre. Aquel fin de semana, el del 18 y 19 de marzo, fuimos al río Daimon, en Nagano, justo debajo del lago Shirakaba. Volví a casa el domingo a las ocho de la tarde, pero el lunes tenía bastante trabajo. Así que tuve que ir. No pude tomarme el día libre. Dejé las cosas para otro momento y lo coloqué a toda prisa. Salí de casa diez minutos más tarde de lo normal. No me dormí. Nunca me duermo.
Hago transbordo en Takenozuka para coger el primer tren de la línea Hibiya. Podría cambiar en Kita-senju, pero está demasiado abarrotado. Hace seis o siete años se me rompieron las gafas allí. Me aplastó literalmente una masa de gente que entraba en el vagón. Renuncié a Kita-senju. Tengo más posibilidades de encontrar un asiento libre en el primer tren de Takenozuka. En cuanto me siento, me pongo a leer mi libro sobre bonsáis o una revista. Pero aquel día iba tarde y tomé otro tren. Me senté en los asientos de la parte derecha en el sentido de la marcha, junto a la puerta central del tercer vagón delantero. La policía me ha preguntado por ese detalle muchas veces. Lo recuerdo perfectamente. No lo olvidaré mientras viva. (Risas.)
El trabajo que teníamos pendiente tenía algo que ver con el VIH. Estábamos imprimiendo etiquetas para una empresa farmacéutica. Dos etiquetas de color que iban pegadas al envase. Teníamos que enviar el pedido antes del día 25. Había que empezar a imprimir el día 22. No me quedó más remedio que ir para dejar todas las planchas preparadas.
De camino, antes de llegar a la estación de Akihabara si no recuerdo mal, el tren se detuvo. Se oyó un anuncio por megafonía: «Ha habido un accidente en Tsukiji. Nos detendremos aquí unos instantes». No estuvimos mucho tiempo, ni siquiera el suficiente para aburrirme. Ese tipo de paradas se produce constantemente. Después volvimos a detenernos entre Akihabara y Kodenmacho. Otro anuncio. Explicaron algo sobre una explosión de gas en Tsukiji. Lo repitieron dos veces. Se oyó un rumor en el vagón.
Cinco o seis minutos más tarde, no estoy seguro, el tren entró en la estación de Kodenmacho. En ese mismo instante oí el grito de una mujer. Era muy agudo, como el chillido de un loro. En realidad no la vi, pero por el tono pensé que era una mujer. Me llegó desde el exterior del vagón. «¿Y ahora qué pasa?», me pregunté. El andén estaba tan atestado de gente que no se veía nada desde dentro.
Hubo otro anuncio: «El tren quedará detenido en la estación por tiempo indefinido». Prácticamente un tercio de los pasajeros ya se había bajado del tren. Yo continué sentado. Teniendo en cuenta experiencias pasadas, sé que suele ser mejor idea quedarse sentado donde uno está. A veces el tren se pone en marcha casi de improviso. Me molesta que eso pase cuando ya he decidido cambiar de tren.
El caso es que esperé dos o tres minutos hasta que anunciaron: «Este tren queda fuera de servicio». «Ya está», pensé. Me levanté. Hay dos estaciones entre Kodenmacho y Kayabacho, o sea, entre treinta y cuarenta minutos a pie. Si me daba prisa podría llegar a las nueve. Cogí la bolsa de papel que había dejado en el portaequipajes y salí al andén. Junto a una columna en dirección a la cabecera del tren había un hombre tumbado boca arriba. Agitaba los brazos y las piernas con espasmos, como si estuviera a punto de morir. Apoyé la bolsa de papel contra la pared y le sujeté las piernas. No fui capaz de controlarlo por lo agitado que estaba. Tenía los ojos cerrados. Lo sujeté seis o siete minutos. Al final murió, lo sé. Fue la undécima víctima mortal. Era el señor Tanaka, de Urawa. Cincuenta y tres años, los mismos que yo.
Yo no soy de esos que pasan de largo cuando ven a alguien que se encuentra mal. Si ocurre algo, ahí estoy yo para echar una mano. La gente me dice que no debería buscarme problemas (risas), pero soy incapaz de mirar a otra parte. Alrededor de una mujer que se había desplomado había unas diez personas. Hay que ser cuidadoso si tienes que atender a una mujer, pero a un hombre le puedes echar una mano sin demasiadas contemplaciones. De todos modos, ya había mucha gente alrededor de ella. Yo estaba agachado y alcanzaba a ver sus piernas entre las del resto de la gente. Era la señorita Iwata. Tenía treinta y dos años. Murió dos días después.
Le grité a toda la gente que caminaba por el andén: «¡Este hombre está enfermo! ¡Que alguien llame a un encargado!». Miré a mi alrededor. No vi a ninguno en toda la estación. Al poco tiempo, sin embargo, apareció uno. Se fue derecho hacia la mujer, no a donde yo estaba. Le grité: «¡Aquí, aquí!». Él contestó: «Estoy yo solo. No puedo atender a dos personas a la vez». Me enteré más tarde de que él mismo había resultado gravemente herido y estuvo a punto de perder la vida.
Continué allí agachado, frotando las piernas del hombre. De pronto noté un olor como a cebollas podridas. Sabía que era gas porque habían dicho algo sobre una explosión. Tenía que salir de allí tan rápido como pudiera. Me levanté, cogí la bolsa de papel (me sorprende que aún recuerde ese detalle) y salí de allí por piernas. Cada segundo era importante. Ni siquiera me tomé la molestia de sacar el billete; salté el torniquete y me lancé escaleras arriba sin dejar de gritar: «¡Gas! ¡Gas! ¡Tienen que salir de aquí!». El resto de la gente subía despacio, completamente ajena a lo que estaba pasando. Otros bajaban. No había nadie para impedirles que lo hicieran. Cuando comencé a gritar, la gente que estaba más arriba empezó a quejarse: «¿A qué viene tanta prisa?» «¡Eh, usted! ¡No empuje!». Quizá tenían miedo de que pudiera provocar una estampida, pero yo seguí abriéndome paso. Corrí hasta una calle lateral, me estrujé entre los coches aparcados. No podía quitarme de la cabeza la idea de que las calles principales resultaban muy peligrosas. Pensé incluso en la posibilidad de meterme en uno de los coches, pero lógicamente estaban todos cerrados. Los nervios me dominaban de tal manera que no podía pensar con claridad.
Eché a correr de nuevo, en esa ocasión hacia un edificio. Quería escapar de la explosión. Vi uno en el que ya estaban todas las luces encendidas, pero aún era demasiado temprano. La puerta estaba cerrada. Crucé la calle. Me sucedió algo extraño en la vista, como si viera fuegos artificiales, algo así. «¡Qué raro!», pensé. Diez segundos después mi vista se oscureció por completo. Era un día radiante y de pronto cayó una cortina negra de no sabía dónde.
No veía nada. No podía correr, pero sabía que debía cruzar la calle. Corría por puro instinto. Iba por una calle estrecha, no podía estar lejos. Tropecé con algo y me caí al suelo. «¿Me voy a morir así? ¡No quiero morir!»
Oí la voz de un hombre. Me preguntaba qué me ocurría. Recuerdo vagamente que también me preguntó dónde trabajaba. Creo que saqué mi tarjeta de transporte, donde llevaba la identificación de la empresa. En realidad no estoy seguro de cómo sucedieron las cosas. Después, todo se volvió negro. Ya no recuerdo nada más. Cinco o seis horas más tarde me desperté en la cama de un hospital.
Por poco pierdo la vida. Me salvaron tres cosas: la primera, que olí algo; la segunda, que salí corriendo, y la tercera, que un desconocido me encontró y me llevó al hospital sin esperar a que llegase una ambulancia. Si no se hubieran dado esas tres circunstancias, estoy seguro de que habría muerto. Lo he pensado muchas veces. Estoy casi seguro de que el señor Tanaka, el que murió, me dijo cuando olí el gas: «Es demasiado tarde para mí. ¡Corra!».
Mientras los demás pasajeros salían a la calle y caían como moscas, yo recibía tratamiento en el hospital. Si se trata de sarín, un segundo de oxígeno puede significar una gran diferencia. Yo fui la tercera víctima por envenenamiento con sarín en ser hospitalizada. Más tarde supe que cuando trataba de ayudar al hombre en el andén, el paquete con el gas estaba sólo a unos metros de mí.
A mediodía mis ojos mejoraron algo. Aún no podía ver. Era como si tuviera pompas de jabón en los ojos, como si todas las cosas tuviesen una doble o triple capa, como si se arremolinasen a mi alrededor. Mi familia fue a verme al hospital. Sabía que había alguien a mi lado, pero sólo los reconocía por la voz.
Fue terrible. Vomité sin parar. Lo único que expulsé fue un poco de líquido. Tenía espasmos en los músculos de las piernas. Mi nuera y una enfermera tuvieron que darme masajes hasta que se hizo de noche. Estoy convencido de que me pasaba lo mismo que al hombre de la estación, aunque cuando traté de ayudarlo él apenas podía hablar. Debió de sufrir un dolor insoportable.
Al verme en ese estado, mi familia se resignó al hecho de que iba a morir. Sin embargo, al tercer día pasó lo peor. A pesar de lo grave que estuve en un primer momento, pronto desaparecieron los síntomas y me recuperé rápido. A partir del cuarto día me subió la fiebre por encima de los treinta y nueve grados. No me bajó durante cuarenta y ocho horas. Tenía los riñones muy afectados. «No hay forma de recuperarlos», dijeron los médicos. Me sorprendió oír eso. Todos los años pasaba las revisiones médicas sin ningún problema.
Estuve trece días ingresado. En ningún momento me quitaron las vías intravenosas. Querían depurar todos los fluidos de mi cuerpo como fuera. El mayor problema era orinar. Tenía la sensación de que necesitaba ir al baño cada cinco minutos, pero no expulsaba nada; apenas unas cuantas gotas. Me resultaba casi imposible conciliar el sueño con aquellas ganas constantes de hacer pis.
Más o menos a partir del cuarto día empecé a tener alucinaciones. Siempre se repetía el mismo sueño. En cuanto me quedaba dormido, me asaltaba: estaba en una habitación blanca y un velo blanco descendía hasta cubrirme la cabeza. Se agitaba al caer. Trataba de agarrarlo, quitármelo de encima. No es que estuviera muy alto, pero no lograba alcanzarlo. Soñaba lo mismo todas y cada una de las noches.
También notaba esa fuerte presión, como si alguien empujase con todas sus fuerzas mi cuerpo entero. Dicen que las pesadillas son uno de los efectos secundarios que provoca el sarín. En realidad, no se trata exactamente de soñar. El miedo se queda atrapado en la mente y por eso se producen esas reacciones. Asusta. Te despiertas constantemente por la noche y eso te agota.
Otro efecto secundario fue que la vista me empeoraba por momentos. Ya no tengo esperanza de que llegue a recuperarse. No veo las cosas con detalle. Mi trabajo consiste en comprobar las maquetaciones, por lo que resulta muy complicado si no soy capaz de ver las alineaciones.
Me tomé una semana libre. En el hospital me dijeron que debía tomarme al menos tres, pero de haberlo hecho, la empresa habría quebrado. (Risas.) Estoy a cargo de todas las planchas de maquetación y no hay nadie que pueda sustituirme. Podemos dejarlo correr dos o tres días, pero no más. Por eso, al cuarto de estar ingresado en el hospital pedí que llamasen al trabajo y di instrucciones por teléfono. Puede que estuviera enfermo, pero no estaba incapacitado. Creo que eso me ayudó a recuperarme.
Volví a viajar en metro, en el mismo tren, en el mismo asiento. Incluso fui a ver el lugar donde me desplomé. En aquel momento pensé que había corrido una gran distancia, pero en realidad apenas fueron cincuenta metros.
Después del atentado me dieron ganas de deshacerme de todo. En general se me da bien guardar cosas (aún conservo el bolígrafo de plástico que usé en la escuela primaria). Sin embargo, ese impulso desapareció, tenía la impresión de que nada merecía la pena. Me dieron ganas incluso de regalar mis preciados bonsáis.
Cuando me quedé ciego, pensé: «Sería terrible morir así». En el hospital grité que no me quería morir. Me lo dijeron después. Me oyeron en todo el pasillo, hasta en la recepción. A la gente se le puso la carne de gallina al oírme.
Recuerdo que cuando tenía seis años estuve a punto de ahogarme en un río. Luego, tras el accidente, pensé: «¿Acaso me salvé entonces para quedarme ciego ahora y morir de esta manera tan terrible?». No pensé en mi familia. Simplemente no quería morir. No allí. No de aquella manera.
No siento rencor ni odio hacia los de Aum. Todavía no. Cuando pasó estaba furioso, indignado, pero la rabia desapareció relativamente rápido. «¡Matadlos! ¡Condenadlos a todos a la pena de muerte!» Yo estoy por encima de eso. Si no logras deshacerte de ese odio acumulado, nunca superarás las consecuencias de lo que sufriste. Es posible que piense así porque no padezco secuelas graves…