«Me gustaría […] que asumieran su responsabilidad. Después, que se rediman si pueden»

MITSURU YOSHIAKI (54)

Visité al señor Yoshiaki en su casa el 15 de agosto de 1996, día conmemorativo del final de la guerra. Era una tarde increíblemente calurosa, la temperatura en Tokio alcanzó los treinta y ocho grados. Washimiya, en la prefectura de Saitama, está bastante lejos del centro de Tokio. A decir verdad, es el lugar más lejano al que tuve que desplazarme para realizar una entrevista. Quería llegar a la estación con tiempo suficiente aunque tuviera que esperar, pero cerca de allí no había nada parecido a una cafetería. Caminé bajo el sol ardiente, tratando de buscar un lugar donde descansar, y noté que cada vez me costaba más pensar. Sin embargo, en opinión del señor Yoshiaki, la zona está animadísima en comparación con la época en la que él se mudó.

Al menos el aire era muy puro; la luz, límpida, las nubes destacaban en el cielo. Aquella visión me traía recuerdos felices, era como un paisaje que había disfrutado ya hacía tiempo. Me acordé de repente: «Es una vista de Japón que contemplé en la segunda mitad del año treinta de la era Showa (1965)». El tacto del viento, el resplandor de la luz de verano, el olor de las hierbas; todo era muy parecido al tiempo de mi niñez. Quizá parezca exagerado, pero tuve la sensación de que había dado un salto atrás en el tiempo.

Ahora entiendo lo que dijo el señor Yoshiaki: «Es un lugar incómodo para ir al trabajo, pero para vivir es maravilloso». Uno no tiene la sensación real de alejarse de la ciudad hasta que uno no llega. Y sí, es cierto: desplazarse tan lejos resulta muy incómodo.

El señor Yoshiaki está en la cincuentena, pero juega al tenis, cosa que le ayuda a mantenerse en forma y a conservar la agilidad en sus movimientos. Por su manera de hablar, se nota que disfruta mucho de la vida en las afueras. Su mujer también participó en la entrevista. Me dieron la impresión de ser una familia alegre. Aparte del tenis, también le gusta esquiar y entretenerse con el ordenador.

De no haberse visto envuelto en el atentado, habría continuado con su tranquila vida familiar sin ningún problema. No fue así, sin embargo. El señor Yoshiaki sufrió graves secuelas que aún tiene que soportar. A pesar de todo, trata de esforzarse para ser lo más optimista posible. Conversamos durante dos horas y su discurso siempre fue positivo.

Después de casarme en año 47 de Showa (1972), nos mudamos aquí. Hasta entonces siempre había vivido en Asakusa-bashi, en Tokio. Nací allí. Antiguamente se llamaba Muko Yanagihara y era un barrio popular. Mi padre era carpintero. Originalmente trabajaba en la provincia de Yamaguchi, pero antes del gran terremoto de Kanto se vino a vivir a Tokio. En realidad, quería ser ebanista especializado en carpintería de templos y tenía intención de ir a Kioto. Tomó su equipo de carpintero y se marchó de Shimonoseki, la capital de Yamaguchi, pero en el camino conoció a otro carpintero que le dijo: «Olvídate de Kioto, a partir de ahora es la época de Tokio». Cambió de idea súbitamente para dirigirse a la capital. (Risas.) Se puede decir que le arrastraron.

Poco después de llegar, montó su propia empresa de construcción y contrató a varios empleados. Afortunadamente, el trabajo le fue bien. La empresa creció hasta que le contrataron para obras más grandes en edificios. Murió de repente cuando estaba preparando mi examen de ingreso en la universidad después de que me hubieran suspendido. Yo tenía entonces diecinueve años. Mi madre había muerto hacía tiempo, cuando yo no tenía más de dos años.

A su muerte dejó varias obras por terminar; yo no sabía qué debía hacer. No me quedó más remedio que terminar el trabajo pendiente, por lo que me hice cargo de la empresa. Así estuve cinco años, desde los diecinueve a los veinticuatro. Me dediqué sólo a eso. Mi padre tenía contratado un buen equipo de encargados que se hicieron cargo de las cuestiones prácticas. Sin embargo, la cosa empezó a no ir bien. Al principio resistimos, pero poco a poco se redujo el capital de la empresa. No había dinero a pesar de que sí teníamos trabajo. Lo atribuí a mi inexperiencia en la dirección y tomé la drástica decisión de retirarme. Les dejé la cartera de clientes a los encargados y liquidé los asuntos por resolver.

Después me pregunté qué podía hacer. No me pareció oportuno prepararme otra vez para el examen de ingreso en la universidad. En lugar de eso, me matriculé en una academia para aprender inglés y en otra para estudiar contabilidad. Entonces me recomendaron que lo mejor es que fuera a la universidad para cursar una de esas carreras de dos años y, finalmente, eso hice.

Nada más terminar los estudios trabajé con un asesor fiscal, luego en una empresa eléctrica, más adelante en una de fabricación de tetrabriks. En esta última conocí a mi mujer y me casé. En la empresa en la que estoy actualmente empecé cuando tenía treinta y tres años. Se llama Nihon Konpo, Embalajes y Transportes de Japón. Fui por recomendación de mi cuñado. Era una empresa joven y en aquel momento sólo tenía mil empleados. Ahora somos aproximadamente tres mil seiscientos. En un principio nos dedicábamos casi de forma exclusiva al transporte de motos Honda, pero poco a poco nos hicimos cargo de otros transportes, además del almacenaje y embalaje.

¿Por qué elegimos este lugar para vivir? Teníamos intención de comprar una casa, pero el centro de Tokio era prohibitivo. Buscamos por todas partes hasta dar con esta zona. El aire era limpio, mucho más que ahora. El cielo estaba completamente despejado, era una verdadera belleza. No lo pensamos mucho. Dejamos una paga y señal y nos mudamos. Sí, en cierto sentido fue una elección por capricho. Pagamos seis millones de yenes por una casa de ciento veinte metros cuadrados. Un buen precio para la época y que además nos podíamos permitir. Pedimos un crédito a quince años con cuotas de veinticinco mil yenes al mes.

Hasta ese momento, no pensé mucho en el sufrimiento que iba a significar el desplazamiento. Me lo tomé a la ligera, la verdad, y me dije que entre treinta minutos, una hora o una hora y media, no podía haber mucha diferencia. La casa donde me crié está cerca de la estación de Asakusa-bashi y tenía la idea de que, con esperar un poco, los trenes llegaban enseguida. Aquí sólo hay dos a la hora. Me sorprendió mucho. No queda más remedio que organizarse en función de los horarios.

Cuando vinimos a vivir, para hacer la compra había que desplazarse tres kilómetros. De noche las ranas croaban tanto que casi resultaba molesto. En los alrededores sólo había cañas y en invierno soplaba un viento feroz desde Akagi. Como veníamos del centro, aquello nos inquietaba, nos sentíamos muy solos. Últimamente, sin embargo, ya no ruge tanto como antes. ¿Será cosa del calentamiento global?

Normalmente por la mañana puedo ir sentado hasta Kita-senju. La siguiente estación, Kuki, tiene conexión con la JR. Se baja mucha gente y es fácil encontrar sitio libre. Salgo de casa a las 6:10 de la mañana. A las 6:28 cambio al tren en la estación de Washimiya. Llego a la oficina alrededor de las 8:10. Justo dos horas de trayecto. Me levanto a las 5 de la mañana, pero me despierto media hora antes. Una rutina que no ha cambiado en veintitrés años. Mi mujer se levanta conmigo y me prepara el desayuno. Como bien antes de marcharme.

El desplazamiento es duro, aunque lo peor es madrugar tanto. Los domingos duermo hasta las siete, tan sólo por dormir dos horas más. Un alivio que mi cuerpo agradece. Siempre pienso que si al menos pudiera dormir una hora más, sería estupendo.

El día antes del suceso, el 19 de marzo, fui con mis dos hijas a esquiar a Takatsuka Kogen, en la provincia de Fukushima. A mi edad resulta duro hacer un viaje tan largo en un día. Mi mujer no es demasiado fuerte. Nos dijo que se cansaba mucho si tenía que ir y volver en el mismo día. Se quedó en casa y nos fuimos los tres solos. Las niñas estaban encantadas. Esquiamos mucho, pero como hacía tiempo que no practicaba y mis músculos estaban entumecidos, tuve que sentarme a descansar en varias ocasiones. Fue muy divertido. Nos levantamos muy pronto para coger el tren. Empezamos a esquiar a las 9:30 de la mañana y disfrutamos el día entero.

No acusé especialmente el cansancio. Hacer tanto ejercicio me resultó duro, pero al día siguiente me encontraba bien. Me levanté a las cinco, desayuné bien y salí de casa para llegar al tren de las 6:28, como de costumbre. Sin embargo, venía con cuatro minutos de retraso por la densa niebla que había en Tatebayashi. Está después del río Tone y a principios de la primavera, en marzo y abril, no es raro que se forme niebla. Como el tren se ve obligado a circular a poca velocidad, siempre se retrasa.

Llegamos a Kita-senju cinco minutos después de lo previsto, por lo que la estación estaba más llena de lo normal. Tomé la línea Hibiya más tarde de lo acostumbrado. Creo recordar que fue en el tren de las 7:45. Solía llegar al de las 7:35, pero el destino es caprichoso. Me topé con el sarín por culpa de la niebla.

Subí al tercer vagón por la parte delantera. Siempre me monto en ése. Ahí tengo mi asiento reservado, el tercero de la parte de atrás. (Risas.) Noté algo extraño nada más pasar Akihabara. La gente empezó a agitarse dentro del vagón y justo después noté un olor extraño. En un principio pensé que alguien había derramado disolvente, pero olía mucho más fuerte. Era un olor que provocaba un intenso picor de nariz.

Las personas que estaban a mi alrededor empezaron a toser. Alguien dijo: «¡Abran las ventanas!». En un instante estuvieron todas abiertas. Aún había que llevar abrigo, por eso estaban todas cerradas. La reacción fue instantánea, porque el fuerte olor provocaba un picor de ojos insoportable. En el centro del vagón había un paquete. Los pasajeros que iban de pie empezaron a retroceder para evitarlo. Yo estaba sentado en un lugar que quedaba a sotavento de la corriente de aire.

Llegamos a Kodenmacho y, en cuanto abrieron la puerta, la mayoría de la gente bajó a toda prisa. Yo continué sentado, como otros pasajeros a mi alrededor. Habíamos encontrado un sitio libre y tener que levantarnos, con la posibilidad de perderlo, resultaba una verdadera molestia. Sólo los que estaban más cerca del paquete lo hicieron. Creo que se cambiaron de vagón.

Al parecer, alguien dio una patada al paquete para sacarlo al andén, pero desde donde estaba sentado no vi nada.

¿No pensó usted en cambiar de vagón?

Sí. Pensé que sería mejor levantarme y bajar, sin embargo antes de poder reaccionar, la gente que esperaba fuera llenó de nuevo el vagón. Una mujer se apresuró a ocupar un asiento libre. Saltó por encima del líquido que había derramado en el suelo, resbaló y cayó de culo. Sonrió tímidamente. Se levantó y se sentó. Era una mujer un poco regordeta. Me quedé embobado observando la escena: «¡Vaya golpe!», pensé. Cuando quise darme cuenta, ya habían cerrado las puertas. Obviamente, no era momento de quedarme atontado. Debería haber bajado enseguida. La mujer resbaló y yo perdí la ocasión de escapar.

Los ojos me dolían igual que antes. Aquel olor penetrante y apestoso me ponía enfermo, pero no me moví del asiento. Me percaté de que sucedía algo raro. «Tsukiji no está lejos. Llegaré enseguida. Debo aguantar un poco más», fue mi pensamiento optimista. Es posible que ya me hubiera afectado el sarín y no fuera capaz de juzgar bien la situación.

Observé el charco y pensé: «¿Qué demonios será eso?». Encima había algo parecido a una botella de plástico. Se lo dije más tarde a la policía, pero ellos negaron que hubiera algo así. Le aseguro que vi perfectamente un objeto cilíndrico. Tal vez fuera un trozo de plástico que cerraba de manera hermética el paquete que contenía el sarín. De todos modos, esa cosa se elevaba por encima del líquido. Llegué a pensar que se había roto una botella de cristal.

Es posible que poco a poco perdiera el conocimiento. No recuerdo nada, no sé cuántas estaciones pasé. Un hombre que estaba cerca accionó la alarma de emergencia. Me dijeron que lo hizo en la estación de Hatchobori. A pesar de ello, el tren continuó su camino. Alguien había accionado la alarma y el tren salió de la estación como si nada.

Tenía el cuerpo entumecido, especialmente de caderas para abajo. «Me siento muy raro», pensé. Me invadió el nerviosismo. Al final, el tren llegó a Tsukiji. Me levanté como pude y me apeé. En ese momento sentí el peligro. Me puse la cartera bajo el brazo y empecé a caminar con todas mis fuerzas hacia la salida. A mitad de camino me encontré tan mal que tuve que sentarme en un banco. Pero ni siquiera estoy seguro de eso. Lo recuerdo todo vagamente. Cuando volví en mí, estaba en el hospital.

«¡Señor Yoshiaki!» Aquella voz me hizo recuperar la conciencia. Abrí los ojos. Estaba muy confundido. Vi la cara de un médico encima de mí. Pensaba que aún estaba en el tren. Cuando me llevaron al hospital, trataron de despertarme, pero al no reaccionar no fueron capaces de quitarme la ropa. Al final la cortaron con unas tijeras. El corazón era el único órgano de mi cuerpo que parecía funcionar. Me hallaba en estado crítico.

A las 9:27 me ingresaron en el Hospital Universitario de Japón. En el registro consta que me pusieron oxígeno y diez minutos después volví a la vida. Casi al mismo tiempo ingresaron a otra víctima de Chiba. Murió poco después. Estuvo sin conocimiento mucho tiempo y falleció sin recuperar la conciencia. Se apellidaba Okada. Lo siento de veras.

Comentario de la esposa del señor Yoshiaki:

Cuando me llamó la policía, fui enseguida al hospital. Sabía lo del atentado y ya me habían llamado de la empresa de mi marido para decirme que no había llegado. Hasta ese momento sólo había sido una sospecha, pero mientras no me la confirmaran no podía hacer nada aparte de esperar en casa. Casi en el mismo momento en que apareció su nombre escrito en la pantalla del televisor, me llamó la policía. Llegué al hospital pasado el mediodía. Cuando vi a mi marido tumbado, casi desnudo, lleno de tubos por todo el cuerpo, me quedé petrificada. Hablaba con una voz que parecía de dolor. Decía: «Tengo frío, frío». No pronunciaba bien. No pudo hablar correctamente durante mucho tiempo y no nos quedó más remedio que hacerlo por escrito. Tampoco era capaz de escribir claro. Me costaba mucho trabajo descifrar su letra. Era como si no pudiera recordar los ideogramas.

La primera noche dormí en la sala de espera. Después iba a diario desde casa. La familia de Okada hacía lo mismo. Se permitían las visitas tres veces al día. Fuera de esos horarios nos quedábamos en la sala de espera. Había un teléfono y cada vez que sonaba nos sobresaltaba: «¿Le habrá pasado algo?». Recuerdo que el primer día que pasé allí junto con la familia de Okada sentí mucho miedo y nerviosismo. El sexto día ya le dejaron bañarse y a partir de ese momento me sentí aliviada. Sin embargo, me asusté cuando vi el cuerpo de mi marido. Una enfermera me ayudó a bañarle. Estaba flaquísimo. Visto desde atrás parecía un anciano. Pensé que era mejor no decirle nada. Es un hombre fuerte y musculoso. Nunca ha estado gordo. No sé cómo pudo desaparecer su masa muscular en tan poco tiempo.

Me quedé sin palabras al comprobar cómo podía cambiar alguien en tan sólo seis días. Tenía el culo completamente caído, sus piernas, por norma general robustas gracias al tenis, habían adelgazado tanto que no eran ni la sombra de lo que fueron.

SEÑOR YOSHIAKI: Durante tres días me dejaron un tubo en el estómago que me provocaba retortijones. Se me salían los jugos gástricos, tenía hipo, flemas. Apenas podía moverme. Me dijeron que al poco de ingresarme empecé a llamar a la enfermera cada diez minutos. No exagero si le digo que salí con vida por los pelos. Pasé por momentos críticos en los que mi nivel de colinesterasa no superaba cincuenta y nueve, cuando en condiciones normales ronda los quinientos.

Me quitaron el tubo y por fin pude levantarme de la cama. Al cuarto día me empezó a doler la cabeza por la parte posterior de la sien. Es un dolor que ya forma parte de mí. También estoy siempre como entumecido. Obviamente, me encuentro mejor que entonces, lo cual no quiere decir que esté bien del todo. Los ojos se me cansan. Antes me daba la impresión de que tenían forma triangular en lugar de ser redondos. Me miraba y pensaba: «¡Qué cara más rara!». Parece que después de un año por fin vuelven a la normalidad. Las gafas nuevas que me compré justo antes del atentado ya no me sirven para nada. He tenido que comprarme unas nuevas en tres ocasiones.

Pasé una semana ingresado. Soñaba mucho. Eran dos tipos de sueño: uno bonito y otro aterrador. El sueño bonito aparecía cuando cerraba los ojos y de ellos emergían nubes. En un principio todo era de color blanco, pero lentamente cambiaba al rosa, al amarillo y al azul. Mientras tanto, las nubes se dispersaban. A lo lejos se extendía un mundo en el que los colores eran naturales. Yo iba montado encima de algo y atravesaba una selva. Cuando llegaba a la costa, veía flores y pájaros tropicales por todas partes. Los colores eran deslumbrantes. Era una especie de alucinación. Se me ocurrió que el LSD podría tener un efecto parecido. Soñaba y en el transcurso del sueño me repetía: «Es una alucinación».

En la pesadilla alguien me empujaba al tren que estaba parado justo delante de mí. Era una sensación desagradable. Levantaba la mano para zafarme y lograba que desapareciera aquella sensación.

Tenía otro sueño parecido: alguien me llamaba por detrás, me inquietaba y, cuando me daba la vuelta preparado para responder con un manotazo, había desaparecido. Empecé a pensar: «Con la mano derecha puedo estar seguro». Por mucho que soñase algo terrible, mi mano derecha lo hacía desaparecer todo.

Su mano derecha debe de ser muy fuerte gracias al tenis, ¿verdad?

Tal vez. Sin embargo, no podía utilizarla con tanta facilidad como me hubiera gustado. Trataba de levantarla y no lo conseguía. Cuando al fin lo lograba, ese «algo» que me amenazaba desaparecía. Al comprender el mecanismo del sueño, dejé de sentir tanto miedo. Era consciente de que podía desbaratarlo.

A pesar de todo, no fui capaz de dormir profundamente durante mucho tiempo. A veces veía el techo de color rojo. Me miraba el cuerpo y también lo veía rojo. Por eso llamaba a la enfermera o al médico de guardia. Les decía: «Fíjense en el techo, en mi cuerpo. ¿Por qué están tan rojos?». Lo bueno es que a partir del tercer día ya no me hizo falta volver a llamarles. Una semana después de ingresarme me trasladaron de la UCI a planta. En ese momento ya había dejado de soñar.

Volví al trabajo después de la Golden Week, la semana de vacaciones de principios del mes de mayo. Pensaba que había mejorado mucho, pero parece ser que aún hacía cosas raras. Al menos discurría con claridad. En ese sentido no había nada extraño. Mis compañeros se preocupaban por mí, pero cuando me vieron se quedaron más tranquilos. Yo también me sentí aliviado. Me angustiaba la posibilidad de haberme vuelto loco.

Mi memoria no funciona bien. Me cuesta mucho recordar, por pequeño que sea el asunto. Por ejemplo, tengo un nombre en la punta de la lengua y no me sale. Si me concentro, consigo recordarlo al cabo de un minuto. A lo mejor alguno de los circuitos de mi cerebro ha quedado dañado y por eso tiene que dar rodeos. El pensamiento no llega por la vía directa, lo cual no significa que me haya olvidado de todo. Al contrario, mi cerebro funciona rápido. Más rápido incluso que antes. Antes era más cauto, pero últimamente tomo las decisiones mucho más rápido. Me he convertido en un intrépido. Ya no valoro tanto las consecuencias, tengo la impresión de estar bien orientado, no me preocupo con tanta facilidad. Tomo decisiones con rapidez. Mis compañeros dicen a menudo: «Te ha cambiado el carácter». Es cierto, a lo mejor soy un poco más impaciente que antes. Si alguien dice algo que me parece que sobra, le contesto casi sin querer: «Ya lo he entendido, ve al grano».

Ser rápido a la hora de decidir es algo bueno. Sólo mi memoria y mi capacidad de concentración se resintieron. Podía concentrarme, pero no aguantaba mucho. Al cabo de cierto tiempo me sentía como si me fallaran las pilas y, en ese momento, todo me molestaba. Era incapaz de esforzarme. Me empezaba a doler la cabeza. Me encontraba en un estado lamentable. A veces, un trabajo simple, por ejemplo ordenar papeles, me cansa mucho. Por mucho que me esfuerce en leer, llega un momento en el que no entiendo nada. No me entra en la cabeza. Tan sólo sigo el texto, pero no capto el sentido. Es como si se me hubiera gastado toda la energía y fuera incapaz de pensar.

Llegué a preocuparme seriamente por mi futuro. Ahora, por el contrario, me siento aliviado. Me he recuperado y me siento capaz de resistir. Antes, el simple hecho de caminar me resultaba difícil. Me temblaban las piernas. Tenía que esforzarme por mantenerme erguido, como si estuviera borracho, vamos. Quería hacerlo, pero de pronto me ponía a temblar. Aún me ocurre a veces. He dejado de conducir porque me canso mucho. Cuando salí del hospital, tomé el coche en varias ocasiones como parte de mi rehabilitación. Cada media hora debía parar a descansar. Al volver a casa estaba tan agotado que tenía la sensación de haberme consumido. Se lo conté a la enfermera que estaba a cargo de mí y me regañó: «¿Cómo se te ocurre semejante disparate?».

Aún juego al tenis, pero he perdido mucha fuerza en las manos. Me canso mucho, más que antes. Si juego por la mañana, se acabó el día para mí. Mi mujer dice: «Ya no tienes el aguante de antes». Más que aguante o resistencia, es el cansancio que me ataca de inmediato y de una forma violenta. Llega de repente. Me afecta mucho.

ESPOSA: Donde más le ha afectado ha sido en los ojos. Quizás él no se dé cuenta, pero son distintos a los de antes. No me refiero a que enfoquen mejor o peor, sino a que los tiene mucho más pequeños. Aunque parece que mira a la gente de frente, en realidad no lo hace. Es como si se fijase en algo que está más allá. No sé si es consciente del cambio. Ahora los va recuperando, pero a principios de año estaba muy mal. Tenía la mirada perdida.

En casa está mucho más callado que antes. Si no se encuentra bien, cierra la boca y no dice una palabra. Sólo se dirige a nosotras para decir: «Buenas tardes, ya estoy en casa». Nada más. Nosotras no somos capaces de entender lo que le ocurre, por qué sufre, de dónde viene su dolor de cabeza. Por mucho que nos lo explique, es casi imposible entender lo mal que lo está pasando. Es algo que siente él.

Sinceramente, cuando se queda así de callado e inmóvil, el ambiente en casa resulta muy triste. Nuestras hijas están muy preocupadas. Quizá por eso últimamente se esfuerza un poco más. Al menos yo lo siento así.

SEÑOR YOSHIAKI: Es cierto, me molesta todo. No tengo ganas de hablar de nada. Lo mejor que puedo hacer es dormir. Por poco que sea, me siento bastante aliviado. Voy a la consulta de un psiquiatra y sigo un tratamiento para el síndrome de estrés postraumático. Tomo unas pastillas que me alivian mucho el malestar de los ojos. Sin embargo, mi entumecimiento empeora. Serán los efectos secundarios del medicamento. Me gustaría dejarlo cuanto antes, cambiarlo por un tratamiento más natural.

Ha habido ocasiones en el metro en las que he estado a punto de perder el conocimiento. De pronto me fatigaba. Pensaba: «¡No puede ser!». Me apretaba con fuerza el estómago y así lograba recomponerme. Este año no me ha ocurrido, pero el año pasado me pasó varias veces. El metro es inevitable. No tengo otra forma de llegar al trabajo. No me da miedo ni me provoca sufrimiento. Simplemente no me queda más remedio que utilizarlo. Lo único que no hago nunca es subir al tercer vagón.

Pienso jubilarme a los sesenta y me gustaría hacer algún tipo de actividad voluntaria en la que pueda utilizar el inglés que aprendí. Me gustaría disfrutar del esquí, del tenis y del golf. También me gustaría aprender más sobre ordenadores, utilizar programas de contabilidad y formar a la gente. Me gustaría practicar caligrafía, ir de viaje a muchos lugares con mi mujer. Hay muchas cosas que me gustaría hacer. Soy muy ambicioso. (Risas.)

En cualquier caso, tengo que ser fuerte. Estoy vivo y algún día voy a morir. Una vez muerto, se acabó todo. Ya no existiré más. Por eso, uno debe ser responsable de todo lo que hace. Esa gente de Aum, ¿entenderán el concepto de responsabilidad? ¿Comprenderán cómo nos sentimos las víctimas?

Me gustaría que se dieran cuenta de la gravedad de lo que hicieron, que asumieran su responsabilidad. Después, que se rediman si pueden. No quiero decir que mueran. Deberían solucionar lo que hicieron. Es mi forma de pensar. Creo que eso es el fundamento de todo.

Underground
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