«Si vas a diario en un tren, conoces perfectamente la atmósfera habitual»

MICHIAKI TAMADA (43)

El señor Tamada es revisor de la Autoridad del Metro. Se incorporó a la empresa en 1972. En el momento del atentado llevaba ya veintitrés años de servicio. Ostenta el cargo de revisor jefe, el de un auténtico veterano.

Los motivos que lo llevaron a trabajar en el metro fueron un tanto inusuales. Quería un trabajo en el que pudiera disfrutar de su tiempo libre, «no como en uno de nueve a cinco», puntualiza. Al trabajar en el metro dispone de días libres y turnos distintos. Un sistema de trabajo que no puede ser más distinto del de una oficina, lo cual resulta atrayente para ciertas personas.

Mientras hablaba con él me dio la impresión de que le daba mucha importancia a su individualidad. No sé cómo precisarlo mejor. Me pareció que, cuando no está trabajando, vive a su ritmo sin mayores preocupaciones.

Era un buen esquiador, pero por culpa de una grave lesión que sufrió hace seis años no ha vuelto a practicar ese deporte. «No tengo otras aficiones de las que merezca la pena hablar», añade. En sus días libres no se dedica a nada especial. Descansa o conduce hasta alguna parte. No parece que le preocupe mucho vivir solo.

Si bien nunca fue un gran bebedor, después del atentado no volvió a probar una gota de alcohol. Se tomó muy en serio la advertencia del médico respecto al posible daño que el gas sarín podía haberle provocado en el hígado.

Aceptó de buen grado esta entrevista. Quería aportar su granito de arena para tratar de evitar que el atentado se borrase del recuerdo de la gente.

Terminé el instituto en jornada partida. Tenía veintiún años cuando entré a trabajar en el metro. Al principio me dedicaba a picar billetes, vigilar trenes desde el andén… Estuve un año en la estación de Iidabashi y dos en Tekabashi, creo. Después me trasladaron al servicio de trenes del área de Nakano, en la línea Marunouchi.

Hay que superar un examen para pasar del servicio de estación al servicio de trenes. Más adelante, para convertirme en revisor tuve que hacer una prueba aún más difícil y un examen escrito, pasar un chequeo médico, una entrevista, etcétera. En mi época había muchos candidatos que hacían las pruebas, así que si lo lograbas, entrabas a formar parte de la flor y nata. Yo quise cambiar del servicio de estación al de trenes porque se trabajaba menos horas. En la actualidad apenas hay diferencia, pero entonces sí.

Me incorporé en el servicio de trenes de Nakano en 1975. Durante los catorce años siguientes estuve asignado a la línea Marunouchi. Luego me cambiaron al área de Yoyogi, en la línea Chiyoda, y hace un año a la línea Hibiya. Cuando te cambian de línea hay un montón de cosas que se deben aprender desde cero. Las especificidades de cada estación, la distribución, la estructura… Hay que meterse toda esa información en la cabeza. De otra manera, nunca puedes saber realmente si todo funciona acorde con las medidas de seguridad, y la seguridad es lo más importante, por encima de cualquier otra cosa. Es algo que siempre tenemos en mente en el trabajo.

Se me ha helado la sangre en las venas unas cuantas veces. Noches en las que la gente bebe de más y alguno se acerca demasiado a los trenes en marcha… Aparecen de repente tras los pilares, no hay forma de prevenirlo. Luego está la hora punta. Todo el mundo se apiña en el límite del andén, no queda más remedio que colocarse entre la masa de gente y los trenes que entran en la estación para hacer de pantalla protectora. Es espeluznante. Por suerte, nunca he presenciado ningún accidente grave.

El día del atentado, el 20 de marzo, era mi día libre, pero estaban cortos de personal y por eso me llamaron. «¿Te viene mal trabajar mañana?» En fin, es una cuestión de toma y daca. No lo pensé mucho y acepté. El turno comenzaba a las 6:45 de la mañana. Me presenté en la estación de Naka-meguro. A las 6.55 me destinaron a Minamisenju. «Destinar» es lo que nosotros llamamos subir a un tren para dirigirnos al lugar que nos corresponde. En la estación de Minami-senju cambié de andén para subir a mi tren. No recuerdo la hora exacta en que salimos de allí; debían de ser las 7:55.

Iba bastante lleno, como de costumbre. No noté nada raro mientras el tren estaba en marcha. Desde el puesto de mando del control central se comunicaron con nosotros: «Ha habido una explosión en la estación de Tsukiji. Detengan el tren, por favor…».

Le llegó la orden al tren, ¿verdad?

Nos detuvimos en la siguiente estación, Kodenmacho. Les hablé a los pasajeros por megafonía: «Nos detendremos aquí unos instantes debido a una explosión en la estación de Tsukiji. Les informaremos debidamente en cuanto recibamos más datos al respecto. Hasta entonces, les pedimos disculpas por el retraso».

Mientras tanto mantuve las puertas abiertas. Salí de la cabina del conductor para comprobar que no se producían irregularidades. Algunos pasajeros se acercaron para preguntarme: «¿Cuánto va a durar esto?». Cosas así. Yo no disponía de la información, por lo que no me quedaba más remedio que repetir que había habido una explosión y que eso nos llevaría un rato.

En Kodenmacho se baja mucha gente por la mañana, pero sube poca. Por eso el andén estaba vacío. Algunos pasajeros se bajaron del tren en cuanto paró, aunque la mayoría se quedó dentro.

En total, creo que estuvimos allí unos veinte minutos. En ese tiempo, el tren que venía detrás tuvo que detenerse entre Akihabara y Kodenmacho. Nosotros interrumpíamos su recorrido.

Llegó un mensaje de la central. Decían que había que evacuar a todos los pasajeros del tren y seguir adelante. Había que dejar vía libre al tren que venía detrás. Volví a comunicarme con los pasajeros: «Este tren queda fuera de servicio. Rogamos a todos los pasajeros que desciendan y busquen medios de transporte alternativos. Les pedimos disculpas por los inconvenientes que les hayamos podido causar». Justo después llegó otro comunicado desde la central: «Esto nos va a llevar más tiempo del que pensábamos».

No explicaron nada sobre lo que pasaba en la estación de Tsukiji. A pesar de todo, fuimos capaces de hacernos alguna idea gracias a lo que oíamos por la radio. No entendía bien. ¿Una explosión? ¿Qué daños había causado? Lo único que teníamos claro era que allí reinaba una confusión total. «Varias personas se han desmayado», repetían. En realidad, en el metro no hay nada que pueda explotar. Pensé que habían colocado una bomba, es decir, un acto terrorista. De ser así, era algo realmente serio.

Todos los pasajeros abandonaron el tren. Los encargados de la estación subieron para comprobar que todo estaba en orden dentro. Yo también miré. Después cerré las puertas y nos pusimos en marcha. Mucha gente se quejaba: «No pueden dejarnos aquí tirados». Les expliqué que teníamos que dejar paso al tren que venía detrás y les pedí disculpas.

Nos paramos en mitad del túnel, entre Kodenmacho y la estación de Ningyo-cho. Sólo íbamos a bordo el conductor y yo. En cuanto nos paramos, recorrí todo el convoy para inspeccionarlo. Por lo que pude ver, no había nada fuera de lo normal. Sólo «sentí» algo extraño. Después de atravesar el segundo o el tercer vagón, no podía dejar de pensar que había algo «diferente». No era tan obvio como un olor, era más bien un pálpito. «Aquí hay algo raro», me dije. La gente suda y el olor de los cuerpos y de la ropa deja una huella indeleble. Si vas a diario en un tren, conoces perfectamente la atmósfera habitual. Cuando hay algo raro, lo pillas a la primera. Llámelo instinto.

Esperamos en el túnel alrededor de treinta minutos. Durante todo ese tiempo escuchamos los comunicados de la central. Quedó claro que había habido una explosión. El tono de la conversación cambió poco a poco. Oímos un mensaje inquietante: «A todo el personal que se encuentre mal: diríjanse de inmediato a sus oficinas». Yo me encontraba perfectamente.

Al parecer, en ese momento en la estación de Kodenmacho ya se había producido un gran tumulto, pero nosotros no sabíamos nada porque ya nos encontrábamos lejos.

Mientras el tren estuvo parado en Kodenmacho, ¿no sucedió nada extraño?

Mientras permanecimos allí no vi nada fuera de lo normal. Mi puesto está a la cola del tren y los pasajeros afectados por el gas estaban todos en la parte delantera. Una distancia considerable, quizás unos cien metros. No aparté la vista del andén. Si alguien se hubiera caído lo habría visto. Vigilé hasta que se cerraron las puertas y nos pusimos en marcha. No ocurrió nada extraordinario.

Al cabo de cierto tiempo empecé a sentirme mal. Todo se oscurecía a mi alrededor, como si se apagasen las luces. Mi nariz moqueaba, se me aceleró el pulso. «¡Qué extraño!», pensé. «Ni siquiera estoy resfriado.» Llamé a la central: «Creo que me sucede algo raro». «¿Es grave?», respondieron de inmediato. Finalmente continuamos hasta la estación de Ningyo-cho donde me apeé tan pronto como llegamos.

El médico de servicio de la estación me examinó y me dijo: «Esto me supera. Diríjase de inmediato al Hospital San Lucas o a cualquier otro». Descansé un poco en la oficina a la espera del cambio de turno. Mi tren no podía moverse de allí hasta que viniera alguien a sustituirme.

No empeoré. Seguí con los mismos síntomas. Lo veía todo cada vez más oscuro. Sin embargo, no estaba mareado ni sentía dolor alguno. Alrededor del mediodía llegó mi sustituto. Me metieron en una ambulancia y me llevaron al Hospital de Tajima, pero allí no había camas libres. Me enviaron al Hospital de las Fuerzas de Autodefensa, en Setagaya, lo cual, en cualquier caso, me resultaba mucho más conveniente porque vivo en Machida.

Estuve ingresado una noche. Al día siguiente mis pupilas seguían contraídas, pero al menos la nariz se había recuperado. Me dieron el alta. No sufrí ningún efecto secundario realmente grave a excepción quizá de un sueño más ligero. Estaba acostumbrado a dormir siete horas de un tirón y ahora apenas puedo cuatro o cinco. Da igual que esté cansado o en mitad de un sueño. Se me abren los ojos sin más. Cuando me ocurre, intento volver a dormir.

¿Que si tengo miedo? Soy empleado del metro. Si tuviera miedo no podría trabajar. Puede que a veces me sienta inquieto, pero trato de no pensar mucho en ello. Lo que pasó, pasó. Me digo a mí mismo que lo más importante es que no vuelva a suceder algo así. Trato de no tener rencillas personales contra los responsables de aquello. Eso no le hace bien a nadie. Me horroriza pensar en mis compañeros muertos. Somos como una gran familia, sabe. Pero ¿qué podemos hacer nosotros para ayudar a sus familias? Nada.

Lo único que podemos hacer es no permitir que suceda de nuevo. Eso es lo más importante. Es la razón principal por la que no podemos olvidarnos de lo que sucedió aquel día. Sólo espero que mis palabras sirvan para que todos recordemos el atentado. Eso es todo.

Underground
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