«Sigo en Aum»
HIROYUKI KANO (nacido en 1965)
Kano nació en Tokio, pero pronto se trasladó a una prefectura vecina, donde creció. En la universidad su salud decayó y empezó a asistir a clases de yoga en un centro de Aum. A los veintiún días, Shoko Asahara le aconsejó que se hiciera monje, consejo que siguió cinco meses después.
Cuando se produjo el atentado del metro, Kano era miembro del ministerio de ciencia y tecnología de Aum, donde realizaba tareas informáticas. Hasta entonces, los seis años que llevaba en la secta habían sido plenamente satisfactorios y había hecho muchos amigos.
Aunque no ha dejado Aum de manera oficial, ya no vive en comunidad con otros miembros y guarda las distancias. Vive solo en Tokio, trabaja en casa con el ordenador y sigue su propio régimen de aprendizaje ascético. Está muy interesado en el budismo y aspira a confeccionarle un marco teórico. Muchos de sus amigos han dejado Aum. Con treinta y dos años, se pregunta lo que le deparará el futuro.
La entrevista duró bastante tiempo, pero en ningún momento mencionó el nombre de Shoko Asahara. Evitaba aludir a él por su nombre y prefería términos como «líder» o «gurú» y, en una ocasión, si no recuerdo mal, lo llamó «esa persona».
En la escuela era un niño sano y más alto que mis compañeros. Me gustaba hacer deporte y participaba en todo. Pero luego dejé de crecer y ahora soy un poco más bajo que la media. Es como si mi desarrollo físico hubiera obedecido a mi estado emocional y decaído junto con mi salud.
Era un buen estudiante, pero sentía cierta reticencia a estudiar. Para mí, estudiar significa adquirir sabiduría, pero la enseñanza en la escuela consistía simplemente en memorizar, por ejemplo, cuántas ovejas hay en Australia. Uno puede aprender muchas cosas así, pero eso no va a hacerlo sabio. Y, para mí, ser adulto era eso, tener cierta paz, esa clase de inteligencia. Había una gran diferencia entre la idea que yo tenía de lo que debía ser un adulto y los adultos reales que me rodeaban.
Nos hacemos mayores, adquirimos conocimientos y experiencia, pero por dentro no maduramos como personas. Si quitamos la apariencia externa y el saber superficial, lo que queda es poco más que un niño.
También albergaba serias dudas acerca del amor. Cuando tenía diecinueve años, reflexioné mucho sobre el tema y llegué a la siguiente conclusión: el amor puro y lo que la gente llama amor romántico son dos cosas distintas. El amor puro no manipula la relación en provecho propio, pero con el amor romántico es distinto. El amor romántico contiene otros elementos, por ejemplo, el deseo de ser amado. Si amar a otra persona fuera suficiente, nadie sufriría por el amor no correspondido. Mientras la persona amada sea feliz, no habría que sufrir por no ser amado. Lo que nos hace sufrir es el deseo de que nos amen. Así que concluí que el amor puro y el amor romántico son cosas distintas, y que, si seguimos esta idea, podemos mitigar el dolor de no ser correspondidos.
Me parece un planteamiento demasiado lógico. La gente vive amores no correspondidos, pero no por eso suscribiría esa idea.
Es posible. Pero yo, desde que tenía doce años, siempre me lo he planteado todo desde el punto de vista filosófico. Cuando me ponía a pensar en algo, era capaz de pasarme seis horas. Para mí, «estudiar» algo significa precisamente eso. La escuela no era más que una carrera para obtener las mejores notas.
Hablé con mis amigos sobre todo esto, pero no sirvió de nada. Incluso los amigos que era buenos estudiantes me decían: «¡Vaya cosas se te ocurren!», y con eso zanjaban la cuestión. No se hablaba más del tema. No encontraba a nadie que quisiera hablar sobre lo que a mí me importaba.
La mayoría de los adolescentes, cuando tienen inquietudes de ese tipo, buscan consejo y guía en los libros.
A mí no me gusta leer. Cuando leo un libro, lo único que veo es lo equivocado que está, sobre todo los de filosofía (sólo he leído unos pocos y no los soporto). Yo siempre he pensado que la filosofía debe ayudarnos a profundizar en nuestra conciencia y a encontrar una «solución» a los problemas de la vida, a entender cuál es el fin del vivir, a alcanzar la plenitud y a ser felices, a decidir cuáles deben ser las metas de nuestra vida. Todo lo demás debe conducir a esto. Pues bien: los libros que he leído parecían todos simples pretextos para que famosos académicos hicieran alarde de sus conocimientos lingüísticos: «¡Mirad cuánto sé!». Esto lo veía pronto y se me atragantaba. Así que los libros de filosofía nunca me han ayudado a nada.
Hay otra cuestión que me dio qué pensar cuando iba a sexto de secundaria. Un día me quedé mirando unas tijeras que llevaba en la mano y, de pronto, reflexioné que aquellas tijeras, que alguien había creado trabajando muy duro, algún día se romperían. Todo lo que tiene una forma acaba deformándose. Lo mismo ocurre con el ser humano. Al final, todos morimos. Todo se dirige a la destrucción y no hay vuelta atrás. Por decirlo de otro modo, la destrucción es el principio con el que opera el universo. Cuando llegué a esta conclusión, empecé a verlo todo de una manera muy negativa.
Por ejemplo, si mi vida está destinada a la destrucción, poco importa si soy presidente del país o pobre de solemnidad. ¿Qué sentido tiene luchar? La horrible conclusión a la que llegué es que si el sufrimiento es siempre mayor que el placer, lo más juicioso es suicidarse lo antes posible.
Sólo hay una salida, y es el «más allá». Es la única esperanza que nos queda. La primera vez que oí esa expresión, «más allá», pensé que era una estupidez. Leí el libro de Tetsuro Tanba ¿Qué hay después de la muerte? para ver cuántas tonterías decía. Yo soy de esos que, cuando se les mete una idea en la cabeza, la llevan hasta las últimas consecuencias. No soy de los que dicen: «¡Qué diablos! Seguro que es verdad». Tengo que diferenciar claramente lo que entiendo de lo que no. Lo mismo ocurre con el estudio. Por cada cosa que aprendo surgen en mi mente diez más que quiero saber. Y hasta que no las aprendo no puedo seguir.
Pero a lo que iba: el libro de Tanba no valía nada, pero mencionaba a Swedenborg, al que leí y admiré. Swedenborg era un famoso científico que habría merecido el Premio Nobel, pero a partir de los cincuenta se convirtió en una especie de psicólogo y escribió mucho sobre la vida en el más allá. Lo que me impresionaba era lo lógico de su pensamiento. A diferencia de otros libros sobre el tema, todo lo que él decía encajaba de una manera lógica. La relación entre las premisas y las conclusiones era perfectamente convincente y creíble.
Decidí profundizar un poco más en el tema y leí un montón sobre experiencias al borde de la muerte. Me quedé asombrado. Los testimonios se parecían muchísimo. Las personas figuraban con sus propios nombres y fotografías. «No pueden haberse puesto de acuerdo para decir la misma mentira», me decía. Cuando conocí las leyes del karma, fue como si se hubiera descorrido un velo, y muchas de las dudas que había tenido desde que era niño se desvanecieron.
Me percaté de que el principio budista fundamental de la transitoriedad del mundo coincide con la idea que yo tenía sobre la tendencia a la destrucción del universo. Esto siempre me había parecido negativo, pero ahora veía que me llevaba fácilmente al budismo.
¿Leíste también libros sobre budismo?
No estudios propiamente dichos. Los que leí trataban el tema con vaguedad. No pude encontrar la «solución» que estaba buscando. Hablaban de varios sutras, pero no acababan de abordar el meollo de la cuestión, los temas que a mí me interesaban. Los testimonios de las personas me eran más útiles para lo que quería descubrir.
Naturalmente, había cosas que no podía creerme. No sé cómo, pero, por alguna razón, estaba seguro de que podía distinguir qué partes de las historias de la gente podían creerse y qué partes no. Llámalo experiencia, o intuición, pero sentía una extraña seguridad de que podía hacerlo.
Tengo la impresión de que descartas todo lo que va en contra de tus teorías o pensamientos. En el mundo hay muchas cosas que contradicen nuestras opiniones, que desafían nuestras queridas ideas, pero me da la sensación de que prefieres no tenerlas en cuenta.
Ya en la escuela casi nunca perdía una discusión con un adulto. Los adultos me parecían tontos. Ahora lamento haber pensado así. Entonces yo era un inmaduro. Cuando defendía un punto de vista, sabía que podía perder y por eso daba rodeos y nunca perdía. Era un poco orgulloso.
Con mis amigos siempre me llevaba bien. A la persona con la que estaba hablando le decía lo que convenía. Siempre sabía lo que había que decir en cada momento para que no estallara un conflicto. De este modo hacía muchos amigos. Así viví unos diez años, juntándome con amigos. Pero cuando llegaba a casa y estaba solo, me preguntaba qué sería de mi vida si seguía así. En última instancia, no tenía un solo amigo con los mismos intereses que yo.
No hice los exámenes de ingreso a la universidad, sino que me matriculé en una escuela técnica y estudié para ingeniero electricista, aunque en verdad no era lo que quería hacer. Seguía aspirando a alcanzar la verdadera sabiduría. Tenía un ideal que consistía en sistematizar científicamente la filosofía oriental.
Tomemos por ejemplo los biofotones, la luz que los seres vivos despiden. Si reuniéramos estadísticas detalladas sobre la relación entre los biofotones y las enfermedades, podríamos descubrir las propiedades físicas que intervienen. Por ejemplo, se pueden descubrir propiedades físicas relacionando los biofotones con los movimientos del corazón. Yo lo creo por mi experiencia con el yoga.
Es decir, para ti era muy importante medir la cantidad de fuerza y ser capaz de visualizarla, ¿no?
Exacto. Si sistematizamos las cosas así, nuestros argumentos resultarán verdaderos. En este sentido, la ciencia moderna es un sistema asombroso. Aum también tiene muchas cosas válidas. Quiero conservar su sustancia. Ha acabado como religión, pero aún queda teorizarlo como ciencia natural.
Lo que no puede medirse científicamente no me interesa. Lo que no puede medirse carece de poder persuasivo, cualquier valor que pueda tener luego resulta intransmisible. Cuando las cosas que no pueden medirse adquieren poder, acaban siendo como Aum. Si somos capaces de medir las cosas, les quitamos su peligro potencial.
Vale, pero ¿cómo podemos estar seguros de que esas medidas son verdaderas? ¿No diferirán según el punto de vista? Y está también el peligro de que los datos pueden manipularse. Tendríamos que decidir con qué medidas quedarnos y con cuáles no, por no hablar de la fiabilidad de los instrumentos de medición.
Mientras que el sistema estadístico que usemos sea el que se usa en la ciencia médica, todo irá bien. Tales síntomas significan tal cosa y han de ser tratados de tal forma.
Imagino que no lees novelas.
No, no leo novelas. Lo máximo que he podido leer de una novela antes de dejarla son tres páginas.
Yo, como novelista, soy lo opuesto que tú, porque creo que lo más importante es aquello que no puede medirse. Respeto tu manera de pensar, pero la mayor parte de la vida de la gente consiste en cosas que son inconmensurables, e intentar convertirlas en algo medible es imposible.
Cierto. No es que yo crea que las cosas que no pueden medirse no valgan, es que me parece que el mundo está lleno de sufrimiento que podría evitarse. Y las causas de ese sufrimiento no hacen más que crecer. El deseo incontrolable hace sufrir a las personas: por ejemplo, la avidez por la comida, por el sexo…
Lo que Aum hizo fue reducir ese tipo de estrés psicológico, con lo que aumentó el poder de las personas. El 99 por ciento de la imagen que los adeptos de Aum tienen de Aum Shinrikyo es exactamente eso: una manera de ver los fenómenos espirituales y físicos y un remedio o solución a ellos. La organización o cierta filosofía escatológica no es más que la imagen que han creado de Aum los medios de comunicación. No conozco a nadie que se tome en serio las profecías de Nostradamus, ni que se deje convencer por ese tipo de cosas.
Lo que yo quiero es sistematizar científicamente ciertas ideas filosóficas propias de Oriente, como la transmigración de las almas y el karma. Si vas a la India, verás que allí la gente cree en estas cosas de una manera intuitiva, que estas creencias forman parte de la vida cotidiana, pero en los países avanzados vivimos en una época en la que es necesario darles un fundamento teórico para que la gente las entienda y las acepte.
Antes de la guerra, había japoneses que creían que el emperador era un dios y murieron por esa creencia. ¿Te parece esto aceptable? ¿Crees que las cosas están bien porque uno se las cree?
Si ése fuera el fin, entonces estaría bien, pero si creemos en el más allá, entonces es mejor vivir una vida budista.
Pero eso es simplemente una cuestión de creer en una cosa o en otra: creer en el emperador o en la transmigración budista.
Pero el resultado es distinto. Lo que conseguimos después de muertos si creemos en el emperador no es lo mismo que conseguimos si creemos en el budismo.
Eso es lo que dicen los budistas. La gente que creía en el emperador pensaba que, si moría por él, su alma reposaría en el santuario Yasukuni y encontraría la paz. ¿A ti te parece bien?
Por eso me interesa tanto encontrar un método que demuestre matemáticamente el budismo. Ese método aún no existe, y por eso estamos debatiendo ahora. Es todo lo que tengo que decir.
O sea, que si alguien encuentra un método para demostrar teóricamente la divinidad del emperador, ¿no tendrías nada que objetar?
Nada. Si eso beneficia a esa persona en el más allá, no tendría nada que objetar.
Lo que quiero decir es que si estudiamos la historia de la ciencia, vemos que ésta ha sido manipulada por razones políticas y religiosas. Los nazis lo hicieron. Ha habido mucha presunta ciencia que luego ha resultado una impostura. Y eso ha causado a la sociedad un perjuicio indecible. Puede que tú seas una persona que comprueba las cosas cuidadosamente, pero la mayoría de la gente se traga lo que la autoridad le dice que es «científico» y hace lo que le dicen. Y eso para mí es muy peligroso.
Creo, en efecto, que nos hallamos en una situación muy peligrosa. Pero hay gente en el mundo que sufre innecesariamente. Por eso trato de discurrir la manera de evitarlo.
Por cierto, ¿cómo te uniste a Aum Shinrikyo?
Leí un libro sobre cómo practicar meditación en casa y, cuando intenté hacerlo, me ocurrió algo muy extraño. No lo hice con la seriedad que debía y, cuando quise purificar mi chakras, vi que mi chi [fuerza vital] se había debilitado muchísimo. Se supone que cuando uno purifica su chakras, aumenta al mismo tiempo su fuerza vital. Pero no era mi caso. Mi chakras se había desequilibrado. Tan pronto sentía que me abrasaba como que me congelaba. Mi energía caía en picado y siempre estaba anémico. Era una situación peligrosa. No podía comer nada y perdí mucho peso. En clase me mareaba y no podía estudiar.
Un día fui al dojo de Aum, en el barrio de Setagaya. Me explicaron lo que me pasaba y me dijeron cómo curarme. Practiqué los ejercicios de respiración que me enseñaron y mejoré tan rápido que me parecía mentira.
Los dos meses siguientes acudí poco al dojo, pero luego empecé a ir regularmente y trabajaba de voluntario doblando folletos y otras cosas. Al poco hubo una sesión de «secret yoga» en la que uno podía hablar directamente con el líder [Shoko Asahara], yo le pregunté qué debía hacer para mejorar mi mala salud. «Tienes que hacerte monje», me contestó. Era como si hubiera visto mi verdadero ser con sólo mirarme. La gente estaba sorprendida porque yo era la primera persona a la que le decía aquello, así que pensé que no me quedaba más remedio que dejar los estudios y hacerme monje. Tenía veintidós años.
Eran muy pocos los que empezaban haciéndose monjes. No es lo normal. Pero yo estaba tan débil que apenas podía caminar, y sabía que si seguía así, no podría llevar una vida normal. «Tú no estás hecho para este mundo transitorio», me dijo, y yo no podía estar más de acuerdo. En realidad, no mantuvimos lo que se dice una conversación, sino que me lo dijo de pronto. Normalmente, él no hablaba, pero era capaz de decir muchas cosas de una persona simplemente mirándola a la cara. Era como si lo supiera todo de uno. Por eso la gente creía en él.
Uno podría sospechar que antes de ver a una persona se leía algún informe con toda clase de datos sobre ella.
Claro, es posible. Pero entonces no lo parecía. Me hice monje en 1989, y por entonces sólo había unos doscientos monjes. Al final creo que eran tres mil.
Cuando estaba de buenas, [Asahara] era la persona más amable que he conocido en mi vida. Ahora bien, cuando se enfadaba, daba miedo. La diferencia era tan marcada que, cuando uno hablaba con él, acababa convencido de que aquel hombre estaba inspirado.
Me costó mucho hacerme monje. No quería preocupar a mis padres y tampoco me gustaban las nuevas religiones. A mis padres se lo expliqué lo mejor que pude, pero ellos se echaron a llorar, cosa que me irritó. Mis padres no debaten, lloran. Mi madre murió poco después y eso me apenó mucho. Había padecido mucho durante su vida, y es posible que este asunto fuera la gota que colmó el vaso. Estoy seguro de que mi padre piensa que murió por mi culpa. Sí, seguro que lo piensa.
[Poco después hubo elecciones al congreso y Aum Shinrikyo presentó varios candidatos. Kano estaba convencido de que Asahara sería elegido. Aún hoy sigue sin creerse que casi nadie votara por él. Muchos adeptos piensan que las elecciones estuvieron amañadas. Después de eso, Kano fue destinado al departamento de construcción y trabajó en la edificación de un centro de Aum en Naminomura, en la prefectura de Kumamoto.]
Estuve en Naminomura durante unos cinco meses, trabajando de camionero. Me recorría todo Japón trayendo material de construcción. No estaba mal. En la obra se trabajaba a pleno sol y conduciendo un camión se estaba mucho más fresco.
La vida en Aum era más dura que la vida secular, pero cuanto más dura era, más satisfecho se sentía uno. Mis conflictos internos se acabaron gracias a Aum. Hice un montón de amigos, adultos, niños, ancianas, hombres, mujeres. En Aum todo el mundo aspiraba a lo mismo, a elevar su espiritualidad, y teníamos mucho en común. No necesité cambiar para llevarme bien con los demás.
Ya no dudábamos, porque todas nuestras preguntas tenían una respuesta. Todo estaba resuelto. Se nos decía: «Haz esto y te ocurrirá aquello». Nos preguntáramos lo que nos preguntáramos, enseguida teníamos la respuesta. Yo me hallaba completamente inmerso en aquella vida. (Risas.) Los medios de comunicación nunca trataron este aspecto. Para ellos todo se reducía a que controlaban nuestra mente. Pero no es verdad. Eso lo dicen para tener más audiencia. Ni siquiera se molestan en contar los hechos.
Cuando volví a la sede del monte Fuji, trabajé con ordenadores. Mi superior era Hideo Murai. Yo quería investigar una serie de cosas y Murai me dijo, sin mucho interés: «Pues adelante». Él bastante tenía con cumplir las órdenes que recibía de arriba.
Cuando dices «de arriba», ¿te refieres a Asahara?
Sí. Murai estaba tratando de suprimir su ego. Lo que menos quería era que lo molestara nadie con nuevas ideas. Pero no le importaba que investigáramos por nuestra cuenta.
Mi rango era el de ayudante de maestro, el mayor que se puede tener por debajo del líder, algo parecido al jefe de sección de una empresa. En realidad no era para tanto. No tenía a nadie por debajo de mí. Era como si trabajara por mi cuenta, sin trabas. Conocí a un montón de gente como yo. De creer lo que dicen los medios de comunicación, todos estábamos sometidos a un control estricto, como si nos halláramos en Corea del Norte, pero la realidad es que mucha gente tenía libertad para hacer lo que le diera la gana. Y, por supuesto, para salir y entrar. No teníamos coche propio, pero podíamos pedir prestado uno cuando quisiéramos.
Pero luego se ejerció una violencia sistemática: el asesinato del abogado Sakamoto y su familia, palizas mortales, el atentado de Matsumoto. ¿Tú sabías que estas cosas estaban sucediendo?
Notaba que había más actividad de la habitual, tejemanejes secretos y sospechosos. Pero, al margen de lo que yo pudiera ver, yo me obstinaba en creer que los beneficios personales de lo que estábamos haciendo eran mucho mayores que el mal que pudiéramos causar. No me creía todo lo que decía la prensa. Ahora bien, hace un par de años [1996], empecé a preguntarme si esas cosas no estarían ocurriendo de verdad.
Estaba seguro de que nuestro grupo no podía ocultar durante tantos años lo que le había ocurrido a Sakamoto. Porque la organización era un caos. Era como el comunismo: si uno cometía un error, nadie lo despedía, y aunque decíamos que «trabajábamos» en Aum, no percibíamos un salario ni nada parecido. Yo no diría que fuéramos irresponsables; sólo que no existía un sentido de la responsabilidad individual. Todo era confuso y arbitrario. Se tenía la idea de que, mientras uno avanzara en su espiritualidad, ninguna otra cosa importaba. La mayoría de la gente que hace vida secular tiene mujer e hijos, y, por tanto, cierto sentido de la responsabilidad, pero en Aum eso no existía.
Por ejemplo, si uno estaba trabajando en una obra y esperaba unas vigas de acero que no llegaban, la persona encargada decía: «Ah, es verdad, me había olvidado». Y no pasaba nada. Podían reprenderlo un poco, pero a él le daba igual. Todos habían alcanzado un nivel en el que las duras realidades de la vida no los afectaban. Y cuando ocurría algo malo, decían que era por el mal karma que había y todos tan contentos. Los errores, las reprimendas, todo eso lo veían como impurezas personales que les sobrevenían. (Risas.) Bien pensado, era gente impasible. Pasara lo que pasara, a ellos les daba igual. Los miembros de Aum miraban con superioridad a la gente que vivía en el mundo secular, como diciendo: «Pobres, ¡cuánto sufren! Pero a nosotros no nos preocupa».
Tú fuiste miembro activo de Aum durante seis años, de 1989 a 1995. ¿Tuviste problemas o dudas en ese tiempo?
Yo sentía gratitud, satisfacción plena. Porque si algo doloroso me ocurría, ellos me explicaban con todo detalle lo que significaba. Conforme uno subía de rango, más admirable le parecían todos. Fumihiro Joyu es un buen ejemplo, pero había muchos tan elocuentes como él. Había algo en Aum que actuaba en una dimensión diferente del mundo secular. Cuanto más alto se llegaba, menos necesitaba uno dormir; había mucha gente que sólo dormía tres horas al día. Hideo Murai era uno de ellos. Esta gente poseía poder espiritual, capacidad de discernimiento… Eran asombrosos en todo.
¿Tuviste muchas ocasiones de ver a Shoko Asahara y hablar con él?
Sí, algunas. Antes, cuando éramos menos adeptos, la gente se dirigía a él muy a menudo para exponerle problemas tontos, por ejemplo, que siempre tenían sueño… Pero luego la organización fue creciendo y ya no tuvimos tantas oportunidades. Ya no pudimos hablar a solas con él.
Pasé por varias iniciaciones. Algunas, bastante duras. Había una que se llamaba «Calor» que era tremenda, y en la que además se usaban drogas. Entonces no lo sabía, pero era LSD. Lo tomabas y era como si no existiera más que tu mente. No sentías tu cuerpo, te veías cara a cara con tu subconsciente más profundo. Daba poco gusto enfrentarse a eso, te lo aseguro. Uno se sentía completamente inerte, como debe de sentirse uno cuando se muere. Yo no sabía que era droga, creía que era alguna medicina que me hacía más introvertido para ayudarme en mi aprendizaje ascético.
Pero parece ser que hubo gente que tuvo muy malas experiencias y acabaron con profundas secuelas emocionales.
Eso es porque la dosis era muy fuerte y porque no funcionaron otros métodos. En Aum existía un departamento que se llamaba ministerio médico cuyo encargado era Ikuo Hayashi, pero era algo caótico. Creo que si lo hubieran hecho de una manera más científica, no habría habido problemas. Hay que tener en cuenta que en Aum existía la idea de que uno debe ser sometido a duras pruebas y tiene que superarlas. En el caso de las drogas, es cierto, deberían haber ido con más cuidado.
En marzo de 1995, cuando se produjo el atentado con gas del metro, ¿dónde estabas y qué hacías en ese momento?
Estaba en mi habitación en Kamikuishiki, solo, con el ordenador. Tenía acceso a internet y estaba leyendo la prensa. Eso no nos estaba permitido, pero yo lo hacía porque sí. A veces también salía a comprar algún periódico, que luego les pasaba a los demás. Si nos pillaban nos daban un aviso, pero nada más.
Así pues, estaba repasando la prensa por internet cuando leí lo del atentado. Pero no pensé que Aum tuviera nada que ver. No sabía quién lo había cometido, pero estaba seguro de que no había sido Aum.
Incluso cuando lo detuvieron [a Asahara], no sentí rabia. Parecía algo inevitable. Los adeptos de Aum creen que sentir rabia es señal de una espiritualidad inmadura. En lugar de enfadarnos, pensamos que era más virtuoso profundizar en la realidad de la situación y estudiar qué acciones emprender.
Deliberamos acerca de lo que se podía hacer y resolvimos que lo mejor era seguir con nuestras prácticas. No teníamos ninguna sensación trágica de vernos acorralados ni nada por el estilo. Dentro de Aum se estaba en calma, como en el ojo del huracán.
No empecé a creer que Aum era culpable hasta que confesaron los detenidos. Casi todos eran viejos amigos míos. Ahora bien, para la mayoría de los adeptos de Aum, lo importante no es si lo hicieron o no, sino si debían o no seguir con su aprendizaje ascético. Cómo desarrollar nuestro yo interior era más importante que si Aum era culpable o no.
Pero las enseñanzas de Aum Shinrikyo iban en una determinada dirección que condujo a esos atentados en los que murió o resultó herida mucha gente. ¿Qué piensas de eso?
Hay que entender que esa parte, el budismo Vajrayana, es muy diferente de lo demás.
Sólo los que han alcanzado un estadio muy elevado practican Vajrayana. Se nos decía una y otra vez que sólo quienes completaban el estadio Mahayana podían emprender el otro. Nosotros estábamos muchos niveles por debajo. Por eso no cuestionamos la educación ni las actividades ni siquiera después del ataque.
Dejando aparte la cuestión de los estadios altos o bajos, lo cierto es que el budismo Vajrayana constituye una parte importante de la doctrina Aum y tiene, por tanto, su relevancia.
Entiendo lo que dices, pero, desde nuestro punto de vista, aquello quedaba muy lejos y no guardaba ninguna relación con lo que hacíamos o pensábamos. Había miles de cosas que teníamos que cumplir antes de alcanzar ese nivel.
O sea, que pensabas que aquello no iba contigo, ¿no? Ahora bien, imaginemos que tu nivel subiera de pronto al nivel del budismo Vajrayana y te ordenaran matar a alguien como parte de tu camino para llegar al nirvana. ¿Lo harías?
Lógicamente, es una pregunta sencilla. Si matando a otra persona la elevas, esa persona será más feliz de lo que lo sería en esta vida. O sea, que entiendo esa vía. Pero sólo debería hacerlo quien sea capaz de distinguir el proceso de transmigración y renacimiento. Si no, es mejor que se abstenga. Si yo hubiera sido capaz de percibir lo que le pasa a una persona después de muerta, y hubiera sido capaz de ayudarla a subir de nivel, es posible que lo hubiera hecho. Pero en Aum no había nadie que hubiera subido tan alto.
Pero esas cinco personas lo hicieron.
Pero yo no lo habría hecho. Ésa es la diferencia. Yo no podía responsabilizarme de esa clase de acciones. Me espanta y no habría podido hacerlo. Una cosa debe quedar clara: quien no es capaz de distinguir la transmigración de una persona no tiene derecho a quitarle la vida.
¿Estaba Shoko Asahara facultado para hacerlo?
En aquel momento creo que sí.
Pero ¿acaso puede medirse eso? ¿Hay alguna prueba objetiva?
No, de momento no.
Pero ¿crees que está bien que las leyes de nuestra sociedad lo juzguen, independientemente de la sentencia que se dicte?
Sí. No digo que todo lo que hace Aum sea correcto. Pero sí pienso que tiene muchas cosas válidas y quiero usarlas para provecho de la gente normal.
Pero el caso es que murió gente normal, y si no sois capaces de tener eso en cuenta, ¿quién, con sentido común, querrá escucharos?
Por eso creo que ya no podemos hablar del tema en el marco de Aum. Sigo siendo miembro, porque los beneficios que he recibido son enormes. Estoy tratando de buscar una solución a nivel individual. Sigo creyendo que hay muchas posibilidades. Creo que se necesita un cambio de rumbo lógico. Hay elementos buenos y lo que ahora estoy haciendo es tratar de separar lo que entiendo de lo que no.
Voy a esperar unos dos años, y si Aum sigue siendo como ahora, me saldré. Hasta entonces he de reflexionar mucho. Pero una cosa es segura: Aum Shinrikyo no aprende por experiencia. Es un grupo sordo a lo que la gente dice. No se dejan afectar. Son inmunes al remordimiento. Es como cuando, hablando del atentado, dicen: «Era una misión por los demás, no por nosotros».
Yo no soy así, porque pienso que el atentado fue algo terrible. Nunca tendría que haberse llevado a cabo. En mi interior se debaten ese sentimiento de horror y las cosas buenas que he vivido. La gente que siente con más intensidad lo terrible del suceso deja Aum; los que piensan que lo «bueno» es más importante se quedan. Yo estoy en medio. Voy a esperar y ver qué pasa.