«No soy una víctima del atentado, soy un superviviente»
TOSHIAKI TOYODA (52)
Nacido en la prefectura de Yamagata, al nordeste de Japón, el señor Toyoda entró a trabajar para la Autoridad del Metro el 20 de marzo de 1964, treinta y cuatro años antes del mismo día en el que se produjo el atentado. «Después de graduarme no había trabajo en el campo. Me vine a Tokio con un futón bajo el brazo para al menos poder echarme a dormir en alguna parte. Tal cual se lo cuento.» No estaba especialmente interesado en el metro, pero siguió los consejos de un familiar y encontró el que a día de hoy continúa siendo su trabajo. En la actualidad es encargado de estación. A pesar del tiempo que lleva en Tokio, aún conserva un ligero acento de su Yamagata natal. No pretendo caer en el tópico de definir el carácter de las personas en función de su procedencia, pero la primera impresión que produce el señor Toyoda es la de alguien «tenaz como la gente de Tohoku».
Hablar con él constituye toda una lección de ética profesional, aunque quizá sería más adecuado decir civismo. Sus treinta y cuatro años de servicio son su orgullo y puedo afirmar sin riesgo a equivocarme que lo han convertido en una persona en la que se puede confiar plenamente. Sólo con mirarlo, uno se da cuenta de que es el perfecto modelo de trabajador honrado y buen ciudadano.
De lo que contó el señor Toyoda en el transcurso de esta entrevista se deduce que sus dos colegas, aquellos que por desgracia sacrificaron sus vidas cuando trataban de limpiar el gas sarín, compartían su misma ética y actitud.
Corre dos veces por semana, lo que le ayuda a afrontar las tareas físicas más duras que implica el trabajo en la estación. «Es bueno olvidarse del trabajo y ponerse a sudar un rato», asegura.
Nuestra conversación duró al menos cuatro horas. En ningún momento salió una queja de sus labios. «Quiero vencer mi debilidad y olvidarme del atentado lo antes posible», confesó en un momento determinado. Algo difícil de conseguir, sin duda. Después de entrevistarle, cada vez que subo al metro me fijo atentamente en la gente que trabaja en la estación, en el duro trabajo que tienen que realizar.
En primer lugar, quisiera decir que preferiría no hablar de aquel asunto. La noche anterior al atentado trabajé con Takahashi en el turno de noche. Cuando ocurrió, yo estaba a cargo del servicio de monitores de la línea Chiyoda. Dos compañeros murieron siendo yo responsable del turno, dos hombres con los que compartía comedor. Cuando tengo que hablar de aquello, eso es lo primero que me viene a la mente. Si le digo verdad, me gustaría olvidarlo.
Entiendo lo difícil que debe de resultarle y me duele insistir en ello. Desde luego no pretendo reabrir heridas que quizás empiezan a cicatrizar. Sin embargo, mi intención es hablar con el mayor número de personas posible para incluir sus testimonios en este libro. Quisiera transmitir a los lectores lo que le ocurrió a la gente que estaba en el metro aquel 20 de marzo de 1995. No pretendo obligarle. Si hay algo que no desea contar, por mí no hay problema. Le ruego que hable sólo de lo que considere oportuno.
Entiendo que es importante saber lo que pasó, pero no puedo obviar mis sentimientos. Cuando empiezo a olvidarlo, sucede algo que me lo trae todo de vuelta. No puedo seguir así eternamente. En fin, trataré de contárselo lo mejor que pueda…
Aquel día tenía turno de veinticuatro horas. Me pasé la noche en la estación y trabajé aproximadamente hasta las 8 de la mañana. A eso de las 7:40 le transferí el mando a Okazawa, el asistente del jefe de estación. Le informé de que todo estaba en orden. Antes de volver a la oficina fui a comprobar los torniquetes y demás elementos de la estación. Takahashi estaba allí. Cuando yo me encontraba en los andenes, Takahashi tenía que quedarse en la oficina y al revés. Nos alternábamos.
Antes de las 8, Hishinuma salió para comprobar un tren que se hallaba fuera de servicio. Estaba en el departamento de transporte a cargo de la supervisión de maquinistas y revisores. Hacía buen tiempo aquel día. Bromeábamos y bebíamos té: «Los trenes nunca se retrasan en mi turno», dije yo. Todos estábamos de buen humor.
Takahashi subió al andén. La oficina de la línea Chiyoda está una planta más abajo. Yo me quedé en la oficina para terminar los informes del día. Okazawa volvió, descolgó el interfono y dijo: «Ha habido una explosión en la estación de Tsukiji. El tren está detenido». Para nosotros que se detenga el tráfico en la línea Hibiya representa muchas complicaciones. Cuando se produce alguna incidencia, mandan el tren de vuelta a Kasumigaseki. Poco después nos llamaron del centro de control: «Objeto sospechoso a bordo. Verifíquenlo, por favor». Okazawa atendió la llamada, pero yo me adelanté: «Iré a echar un vistazo. Tú espera aquí». Me dirigí al andén inmediatamente.
Las puertas del tren estaban cerradas. Era el número A725K, un convoy de diez vagones. Parecía a punto de partir. Me di cuenta de que había manchas en el suelo por todas partes. Parecía parafina o algo así. Vi aquella cosa derramada junto a la segunda puerta de uno de los vagones de la parte delantera. Había un montón de papel de periódico que cubría un paquete. Takahashi estaba en el andén y trataba de limpiar aquella cosa con los papeles.
Hishinuma subió a la cabina para hablar con el conductor. No parecía que hubiera problemas operativos. Entró un tren por la otra vía. Quizá fue la corriente de aire que produjo lo que dispersó el gas.
Era obvio que con un simple recogedor no bastaría para retirar todo aquel montón de papeles. Le dije a Takahashi que iba a buscar bolsas de plástico y regresé a la oficina. «Hay algo derramado en el andén que parece parafina. Necesito una fregona. Vengan a ayudar todos los que estén libres.» Okazawa le pidió a alguien que le relevara y me siguió. Por megafonía de la línea Hibiya anunciaron que el servicio había quedado suspendido.
El gas sarín me afectó, así que mis recuerdos son imprecisos en cuanto al orden en el que se sucedieron los acontecimientos. Sí recuerdo, sin embargo, que alguien me dio una fregona. Usamos fregonas todos los días. Si no limpiamos la suciedad de inmediato, los pasajeros pueden resbalar y hacerse daño. Cuando alguien derrama una bebida en el andén, por ejemplo, se limpia al instante, se echa serrín encima, se seca y se retira todo. Ésa es una de las responsabilidades de nuestro trabajo.
Como ya he dicho antes, había un montón de papeles de periódico que cubrían un paquete. Me agaché, lo recogí y lo metí en la bolsa de plástico que sujetaba Okazawa. No tenía ni idea de qué era aquel líquido que lo impregnaba todo. Era pegajoso, una sustancia aceitosa. La corriente de aire que produjo el tren al entrar en la estación no llegó a mover los papeles debido al peso. Hishinuma vino a ayudarnos. No olía a parafina ni a ningún otro derivado del petróleo. ¿Cómo podría describirlo? Es difícil de explicar. El olor le provocaba náuseas a Okazawa. Volvió la cara mientras sujetaba la bolsa. A mí también me resultaba muy desagradable. Me recordó una ocasión en la que asistí a una incineración en mi tierra natal. Era muy fuerte, parecido al hedor que desprende una rata muerta.
No recuerdo si tenía los guantes puestos. Los llevo siempre encima por si acaso (saca unos del bolsillo), pero lo malo es que no se trabaja bien con ellos. No, no creo que los llevase. Okazawa me lo confirmó más tarde: «De tus manos goteaba aquella sustancia». Al final resultó mejor así. De haberse impregnado con el gas, lo habría llevado conmigo a todas partes. De esa manera el líquido se escurrió.
A pesar de nuestros esfuerzos por limpiar el suelo, éste seguía impregnado con aquel líquido. Mi mayor temor era que hubiera una explosión. El personal de la estación de Tsukiji había dicho que se había producido una, y tan sólo unos días antes, el 15 de marzo, habían descubierto una bomba oculta en un maletín en la línea Marunouchi. Lo atribuyeron a Aum. Al parecer, el artefacto llevaba en su interior una bacteria llamada boccilinus. La persona que sacó el maletín de la papelera donde lo habían depositado, pensó que le había llegado la hora.
Teniendo en cuenta la naturaleza de mi trabajo, siempre le digo a mi mujer: «Recuerda, puede que no regrese esta noche». Uno nunca sabe lo que va a pasar, ya sea un atentado con gas sarín, una pelea en la que alguien saca un cuchillo… También puede ocurrir que un psicópata empuje a las vías a uno de nosotros. Si descubrimos explosivos, no puedo enviar a un subordinado a hacerse cargo. Puede que sea mi carácter, pero me siento incapaz de hacerlo. Debo ocuparme yo mismo.
Para tirar los papeles utilizamos una bolsa de basura grande. La cerramos lo mejor que pudimos, pero como estábamos tan preocupados por depositarla lo antes posible en un lugar seguro, no debimos de hacerlo bien. Okazawa y yo la llevamos a la oficina. Los demás se quedaron para terminar de limpiar el andén. Takahashi estaba con ellos.
El señor Sugatani, subjefe de la estación, estaba en la oficina listo para empezar su turno de veinticuatro horas. Me puse a temblar, traté de comprobar los horarios de los trenes, pero era incapaz de leer los números. «No se preocupe», dijo Sugatani, «yo llamaré a la central en su lugar.» A falta de otro sitio más adecuado, dejé las bolsas al pie de una de las sillas de la sala de descanso.
En ese espacio de tiempo, el tren A725K salió de la estación. Habían retirado todos los objetos sospechosos de su interior y fregado los vagones para permitir que continuara con el servicio. Fue Hishinuma quien se hizo cargo. Probablemente se puso en contacto con el centro de control para solicitar permiso para que el tren pudiera continuar.
Takahashi siempre permanecía en el andén junto al primer vagón cuando estaba de servicio. Si algún pasajero le decía que había algo sospechoso en el interior del tren, se hacía cargo de inmediato. Lo cierto es que no lo vi, es sólo una suposición, pero apostaría algo a que fue él mismo quien retiró aquella cosa del interior del vagón. Después de todo, era el que más cerca estaba. En el andén había un cubo de basura. Debió de sacar de allí los periódicos con los que limpió el suelo del vagón. Es probable que Hishinuma le ayudase tras haber avisado al conductor. De haber tenido fregonas a mano las habrían usado, obviamente, pero no les quedó más remedio que limpiar con papel de periódico. Tuvieron que pensar y actuar rápido. Después de todo, estaban en plena hora punta, apenas disponían de dos minutos y medio hasta la llegada del siguiente tren.
Miré el reloj de la oficina para anotar la hora. Tengo la costumbre de apuntar las incidencias en cuanto ocurren, porque estoy obligado a dejar constancia en los informes. Recuerdo que eran las 8:10 de la mañana cuando sucedió todo. Traté de escribir «8», pero me temblaba el pulso. Me temblaba todo el cuerpo, hasta el extremo de que ni siquiera era capaz de sentarme. Fue entonces cuando empecé a perder la visión. No entendía lo que pasaba.
En ese momento oí que Takahashi se había derrumbado en el andén. Un compañero que había ido a ayudar con las tareas de limpieza volvió a toda prisa a buscar una camilla. Se marchó con otro compañero para prestar los primeros auxilios a Takahashi. Yo no estaba en condiciones de ayudar a nadie; no podía dejar de temblar. Lo único que podía hacer era marcar números de teléfono. Intenté llamar al centro de control para decirles que Takahashi había sufrido un colapso. «Envíen ayuda», les dije a duras penas. No podía controlar mis temblores, no me salía la voz.
Me sentía muy mal. Estaba convencido de que no podría ir trabajar al día siguiente. Empecé a arreglar los papeles mientras aún conservaba algo de fuerza para dejarlo todo preparado. Habían llamado a una ambulancia para que nos llevara al hospital. No tenía ni idea de cuándo podría volver al trabajo. Era obvio que no al día siguiente. Pensaba en todas esas cosas y trataba de organizarme, pero no podía dejar de temblar. La bolsa con los papeles impregnados de gas sarín estuvo a mis pies todo ese tiempo.
Takahashi estaba inconsciente cuando le trajeron en la camilla. «¡Resiste, Isho!», le dije. No se movía. Todo cuanto alcancé a ver a través de mi estrecho campo de visión antes de que me sacaran de la oficina fue a una pasajera. Me di cuenta en ese momento de que había que hacer algo con la bolsa. Si la dejábamos allí, pondría en peligro a los pasajeros y al personal.
Dijeron que Takahashi chasqueaba los dientes, como si sufriera un ataque epiléptico. Agarré la bolsa para librarme de ella, pero sabía que primero teníamos que ocuparnos de él. Seguí las instrucciones del protocolo de actuación para casos de emergencia. En casos de ataque epiléptico se recomendaba introducir un pañuelo en la boca del enfermo con cuidado de que no le mordiera la mano a nadie. Mi nariz no dejaba de moquear, tenía los ojos irritados. El estado en que me encontraba era terrible, aunque no fui completamente consciente de ello hasta más tarde.
Le dije a uno de mis colegas: «Saque de aquí esa bolsa de plástico». La llevó a la habitación de las literas. Allí al menos, encerrada tras una puerta de acero, resultaría menos peligrosa en caso de que explotara.
Me dijeron que la mujer que estaba en la oficina había sido la primera en ver el objeto sospechoso en el vagón. De hecho fue ella quien nos avisó. Había empezado a sentirse mal y se apeó una estación antes, en Nijubashi. Después tomó el siguiente tren para llegar a Kasumigaseki.
Hishinuma volvió del andén. «¿Qué demonios es esto? ¿Qué me pasa?», preguntó muy excitado. «Nunca he tenido semejantes temblores. En todos mis años de servicio jamás he vivido nada igual.» También perdía la visión gradualmente, pero debía hacerle señales al siguiente tren, porque el encargado de estación se hallaba fuera de servicio.
«Ya está bien», pensé. «He cumplido con mi deber y resuelto mis obligaciones más inmediatas; hemos limpiado esa cosa, Hishinuma y Takahashi están de vuelta…» Le había pedido a un compañero del equipo de apoyo que se dirigiera a la salida número once, la del Ministerio de Comercio, para esperar allí a la ambulancia. Ése era el lugar predeterminado. Nosotros ya habíamos hecho nuestro trabajo. Sólo nos quedaba esperar a que llegase. No tenía que ocuparme de nada más. Ordené que sacaran a Takahashi.
Fui al baño a lavarme la cara. La nariz no dejaba de moquear, los ojos me lloraban. Mi aspecto no era demasiado tranquilizador. Pensé que lo mejor sería adecentarme un poco. Me desabroché la chaqueta y me lavé. Siempre que me lavo me quito el uniforme para no mojarlo, una buena costumbre como descubriría más tarde, pues resultó que estaba impregnando de gas. Al lavarme la cara también eliminé restos del sarín. No podía dejar de temblar. No se trataba de esa clase de temblor que se produce cuando agarras un resfriado, era mucho peor. No es que tuviera frío, simplemente no podía dejar de temblar. Me puse las manos en el estómago, presioné con fuerza, pero fue inútil. Me acerqué hasta las taquillas para alcanzar una toalla; me sequé la cara y me dispuse a regresar. No pude resistirlo más. Me desmayé.
Tenía ganas de vomitar. Apenas me entraba aire en los pulmones. Hishinuma y yo nos desmayamos más o menos en el mismo momento. Nos quejábamos de los mismos síntomas. Su voz aún resuena en mi interior: «¡Ay, ay! ¡Duele! ¡Duele mucho!». También oigo las voces de los que estaban a nuestro alrededor: «¡Aguantad! La ambulancia viene de camino». Después de eso, ya no recuerdo nada más.
En ningún momento pensé que fuera a morirme. Creo que Takahashi tampoco. Al fin y al cabo, iba a venir una ambulancia para llevarnos al hospital y allí se harían cargo de nosotros. Estaba más preocupado por el trabajo, por lo que tenía que hacer, que por cualquier otra cosa. Me salía espuma por la boca. No soltaba la toalla. Fue entonces cuando uno de nuestros compañeros tomó una decisión inteligente: nos puso a Hishinuma y a mí sendas máscaras de oxígeno. Estaban en la oficina para casos de emergencia. Yo ni siquiera era capaz de mantenerla sujeta; Hishinuma sí. Me encontraba mucho peor que él.
Utilizaron la única camilla de la que disponíamos para sacar a Takahashi. No había ninguna más para nosotros. Alguien se acercó hasta la oficina de Uchisaiwaicho para pedir una prestada. Yo era el que peor estaba, por lo que me sacaron en primer lugar. Tumbaron a Hishinuma sobre algo parecido a una sábana y se lo llevaron. Esperamos en la calle la llegada de una ambulancia, que, como confirman otros muchos testimonios, tardó mucho en llegar.
Me llevaron al Hospital Universitario de Jikei. No me desperté hasta las 11 de la mañana del día siguiente. Tenía dos tubos en la garganta, uno para el oxígeno y otro para facilitar el trabajo de los pulmones. No podía hablar. Me habían puesto una vía en el cuello para el suero. Mi familia estaba a mi lado.
Vinieron a verme cuatro compañeros de Kasumigaseki, pero yo aún no podía hablar. A pesar de que me resultaba muy difícil sujetarlo, alcancé un bolígrafo para escribir algo. Lo sostuve como pude. Acerté a garabatear «ISHO», el nombre de pila de Takahashi, cinco simples letras. Uno de los chicos cruzó las manos hasta formar una X. Malas noticias. «Takahashi no ha resistido», dijo. Quería preguntarles por Hishinuma, pero no recordaba su nombre en ese momento. Estaba bloqueado. Escribí «TRANS» en referencia al personal de transporte. Las manos de otro compañero formaron otra X. También él había muerto. Escribí: «KASUMI». ¿Había más heridos entre los compañeros de la estación? Me dijeron que todos estaban bien. Yo era el único en estado grave. «Así que soy el único que ha sobrevivido», pensé. Seguía sin tener la más mínima idea de lo que había sucedido, pero sí que había estado a un paso de la muerte. Había logrado sobrevivir. Cuanta más gente iba a verme, más consciente era de que me había salvado por los pelos. Estaba feliz por haberlo logrado, pero me dolía mucho lo que les había sucedido a mis dos compañeros. Me pasé en vela la noche del 21 de marzo. Recuperar la conciencia y darme cuenta de todo me desveló. Era algo parecido a lo que les sucede a los niños cuando se desvelan por la excitación que les produce ir de excursión con el colegio al día siguiente. Me habían salvado la vida. Estaba muy agradecido. Todo el mundo había colaborado para sacarme de la estación lo más rápido posible.
Estuve hospitalizado hasta el 31 de marzo. Convalecí en casa unos días más y me reincorporé al trabajo el 2 de mayo. Recuperé la fuerza poco a poco, pero otra cosa bien distinta fue mi estado mental. Apenas podía dormir, como mucho dos o tres horas; después, ¡bang!, me despertaba y era incapaz de volver a conciliar el sueño. Estuve así muchos días. Me resultó muy duro. Después vino el sentimiento de rabia. Estaba muy irritable, me comportaba de un modo irracional, todo me molestaba. Obviamente era un tipo de estrés postraumático. Como no bebo, no me quedaban muchas vías de escape. No podía concentrarme en nada. Ahora me encuentro mucho más relajado, pero a veces toda esa cólera estalla por nada. Mi mujer se ocupó de mí. Yo, sin embargo, estaba tan irritable, tan exigente hasta en el detalle más tonto, que terminé por convertirme en un verdadero incordio para ella. Era momento de volver al trabajo. Quería ponerme el uniforme de nuevo, regresar a los andenes. Volver a trabajar era el primer paso en el largo proceso de recuperación.
No padezco secuelas físicas sino psíquicas. Debo superarlas de algún modo. Cuando regresé al trabajo, me aterrorizaba la posibilidad de que volviera a suceder algo parecido. Superar el miedo exige pensamiento positivo, de otra manera uno arrastra consigo toda la vida la mentalidad de una víctima.
Hubo gente corriente, pasajeros, que por desgracia perdieron la vida o resultaron heridos sólo por el hecho de viajar en el metro; gente que aún sufre secuelas físicas y mentales. Cuando pienso en su suerte, tengo la impresión de que no me puedo permitir el lujo de sentirme víctima. Por eso me repito: «No soy una víctima del atentado, soy un superviviente». Honestamente tengo que decir que ciertos síntomas que padezco están en estado latente, pero nada que me obligue a guardar cama. Procuro no deprimirme cuando pienso en ello. En lugar de eso, prefiero mostrarme agradecido por haber sobrevivido a semejante experiencia. El miedo y el daño psíquico siguen conmigo, por supuesto, pero no hay forma de eliminarlos por completo. Nunca seré capaz de encontrar las palabras adecuadas para explicárselo a las familias de los fallecidos, a las de quienes sacrificaron sus vidas en cumplimiento del deber.
Trato de no odiar a la gente de Aum. Eso se lo dejo a las autoridades. Yo he traspasado el umbral del odio. Tampoco me ayudaría hacerlo. No leo las noticias que publica el periódico sobre los juicios que se siguen contra esa gente. ¿Para qué? Sé lo que pasa sin necesidad de mirar. Revivir lo que pasó aquel día no arregla nada. No me interesa el veredicto ni el castigo. Eso es algo que le corresponde decidir al juez.
¿A qué se refiere exactamente cuando dice que sabe lo que pasa sin necesidad de mirar?
La sociedad ha llegado a un punto en el que era irremediable que apareciera algo como Aum. Trato con los pasajeros un día tras otro y uno ve lo que ve. Es una cuestión moral. En la estación te haces una idea muy precisa de la parte más negativa de la gente, de su lado más oscuro. Por ejemplo, barremos y justo en el momento de acabar, alguien va y tira una colilla, un desperdicio. Hay mucho individualismo ahí fuera, mucho desprecio a los demás.
¿Cree usted que perdemos nuestros valores morales?
Y usted, ¿qué cree?
No sabría qué responderle.
Entonces debería reflexionar un poco al respecto. Debo decir, a pesar de todo, que también hay una parte positiva en la gente que viaja en metro. Hay un hombre de unos cincuenta años, por ejemplo, que siempre toma el primer tren de la mañana. Tiene la costumbre de saludarme. Debió de pensar que había muerto hasta que me vio de vuelta en el trabajo. Ayer por la mañana me dijo cuando nos encontramos: «Está usted vivo y parece sano. Eso significa que aún tiene muchas cosas por hacer. ¡No se rinda!». «Tiene razón», le contesté. «Le estoy muy agradecido a todo el mundo. Me esforzaré.» Sus palabras de ánimo me hicieron feliz. Lo cierto es que el odio no sirve para nada.