XXXVI

—Pero de cierto no vas a marcharte ya mismo —insinuó ella—. ¿Para qué diantres, entonces, supones que he apelado a ti?

—Santo cielo, no: tengo tiempo de sobra. —Él se dejó caer, riéndose de pura ansiedad, directamente en otro asiento—. Eres endiabladamente fascinante. ¿O sea que se trata de una «apelación»? —Aun habiendo planteado esta pregunta firmemente, él apenas fue capaz todavía de concederle una oportunidad de contestar—: Es sólo que me pones un poco nervioso con tu informe de todas las personas que van a dejarse caer por aquí. Y hay —continuó sin pérdida de tiempo— una cosa más: quiero abordar el meollo ahora mismo, no sea que nos interrumpan. Toda la gracia está en verte a solas de esta forma.

—¿Es eso el meollo? —preguntó Nanda con gravedad aprovechando que él tomaba aliento.

—Es parte de él; opino que verte así, te lo aseguro, es encantador. Pero lo que he querido decir (si haces el favor de dejarme, ya sabes, intervenir en la conversación) es lo que ya te he sugerido a ese respecto: que casi malogra mi placer que no dejes de recordarme que una afortunada ocasión como ésta (afortunada para mí, pues ya te veo venir) es para ti únicamente un asunto de negocios a fin de cuentas. ¡Ai diablo con los negocios! Bueno, no me apuñales con ese abrecartas. Ya escucho. ¿Cuál es el gran asunto? —Entonces, puesto que durante un instante pareció como si se hubiesen volatilizado, precisamente en el momento de mayor necesidad, las palabras que ella tenía preparadas, una vez más él sacó partido de su ventaja—: Oh, si hay alguna dificultad en ello, olvídalo: lo echaremos en saco roto. En todo caso hay algo (déjame decir esto) que me gustaría que no dejaras de recordarme: antes de marcharme quiero que me hayas iluminado el problema de la pequeña Aggie. ¡Oh, hay también otros problemas respecto de los cuales te considero una inmejorable fuente de informaciones curiosas! No obstante, ya los abordaremos uno por uno: el siguiente en alguna otra ocasión. Siempre me da la sensación de que manejas los hilos de un buen montón de pequeños dramas extraños. Tenme reservado algo bueno para cuando volvamos a vemos. En este preciso momento la cosa es el perfil del asunto de Mitchy. Servidor se preocupa por el querido Mitch lo suficiente para adivinar que servidor caminará más sobre seguro con la ayuda de una orientación o dos. De hecho, quiero abrir tu grifo hasta el límite.

—Ah, pero resulta que la cosa que se me ha metido en la cabeza decirte —replicó ahora Nanda bastante plácidamente— no tiene absolutamente nada que ver, te lo aseguro, ni con Aggie ni con el «querido Mitch». Si lo que quieres es no oírla, si lo que buscas es alguna forma de escabullirte, por favor créeme que ellos no te servirán de nada. —A decir verdad sucedía que ella era consciente de haber dado por fin con el tono adecuado. Nada salvo la convicción de ello habría podido hacerla agregar tras un momento—: ¿De qué diantres, señor Van, tienes miedo?

Pues bien, para certificar que era el tono adecuado bastó un único pequeño instante: un instante, debo apresurarme a especificarlo pese a todo, lo suficientemente grande a despecho de su pequeñez para abarcar la más larga mirada que hubiesen intercambiado jamás, por cualquier razón, estos amigos. Fue una de esas miradas —no tan frecuentes, hay que reconocerlo, como a menudo la musa de la Historia, que aun en el mejor de los casos se sirve de constantes atajos, se ve obligada a hacemos creer por culpa de sus condiciones laborales— que después de que han venido y se han ido se percibe no sólo que han transformado las relaciones sino además que han clareado absolutamente la atmósfera. Ciertamente ayudó a Vanderbank a encontrar la respuesta:

—Tan sólo tengo miedo, creo, de tu conciencia.

Lo cierto es que durante aquel intervalo él había resultado más ayudado que ella:

—¿Mi conciencia?

—Medítalo (tranquila y relajadamente) y algún día lo entenderás. No hay ninguna prisa —insistió—, ninguna prisa. Y cuando lo hayas entendido, no es preciso que tu existencia se te convierta en algo abrumador por causa de ninguna ficticia obligación de comunicármelo. —Oh, cuán considerado se mostraba: más considerado que nunca en este momento—. El quid está, ya ves, en que yo no tengo conciencia. Tan sólo me preocupa mi diversión.

Ante esto intercambiaron una segunda mirada, asimismo decididamente reconfortante, aunque devaluada, valga la expresión, por la anterior, que a su modo ya había agotado por completo las posibilidades de las miradas.

—Oh, a mí también me preocupa mi diversión —dijo Nanda—, y por muy poco que en ciertos aspectos te lo parezca, precisamente esto, te ruego que lo creas, sí que es diversión y lo demás son cuentos. Lo que hay en el fondo de mi apelación —continuó— es una charla que sostuve con mamá no hace mucho.

—Huy, sí —repuso Van con interés brillantemente ruborizado—. ¡Ahí es nada —exclamó riendo— la diversión que puede extraerse de «mamá»!

—Oh, no era exactamente en eso en lo que pensaba. Pensaba en la diversión que ella misma pueda estar todavía en condiciones de obtener. Ahora mismo la mía consiste, ¿no te das cuenta?, en discernir cómo suministrársela. Por descontado, para mí es un poco difícil —prosiguió la muchacha— explicarte exactamente a qué me refiero.

—¡Oh, pero para mí no es nada difícil comprenderte! —En su cordialidad Vanderbank habló como si de hecho no se tratara más que de un quítame allá esas pajas—. Llevas a tu madre en tus pensamientos. Eso se parece muchísimo a lo que yo entiendo por tu conciencia.

Nanda tuvo un nuevo titubeo, pero esta vez aparentemente desprovisto de penalidad alguna.

—¿Ya no aprecias a mamá? —logró espetar en todo caso—. Debo decirte —añadió enseguida— que aunque he aludido a mi charla con ella como lo que finalmente me movió a escribirte, ella no me sugirió en lo más mínimo que te planteara esta pregunta. Te la planteo —aclaró— por mi cuenta y riesgo.

La aclaración, en su calidad de coda introducida sin una pausa, manifiestamente mejoró la coyuntura —y asimismo sobre la marcha— para Vanderbank. Éste se recostó en su asiento con una complacida, una resueltamente gozosa percepción de aquella combinación:

—¡Sois una familia adorable!

—Pues bien, si mamá es adorable, ¿por qué abandonarla? No me importa admitir que eso fue lo que, el día a que me refiero, ella me transmitió tener la impresión de que habías hecho… pero sin sugerir tampoco (ni por asomo, por favor créelo) que yo debiese hacerte ningún tipo de escena a cuenta de ello. Como es natural, de entrada ella sabe perfectamente que no resultaría de ninguna utilidad nada parecido a una escena. Ni aunque te lo propusieras podrías afirmar —insistió Nanda— que esto es una. Ella no nos va a oír (¿o acaso sí?) destrozar el mobiliario. Durante un tiempo creí que no estaba a mi alcance hacer nada en absoluto, y esa idea me dejó medio muerta de preocupación. Entonces repentinamente se me ocurrió que estaba a mi alcance hacer exactamente lo que estoy haciendo en este momento. Hace un rato dijiste que nosotros (tú y yo) nunca debemos ser otra cosa que desenvueltos y abiertos. Fue lo que yo también me dije a mí misma: ¿por qué no? Por lo tanto heme aquí ante ti tan espontánea como un catarro de vuestro superior. Sencillamente te interrogo… incluso te presiono. Es porque, como dijo ella, prácticamente has cesado de venir. Naturalmente sé que todo cambia. Es la ley… ¿cómo se dice?… «la gran ley» de no sé muy bien el qué. Sobreviene todo tipo de cosas, las cosas tocan a su fin. Ella ha perdido más o menos a Mitchy a causa de su casamiento. No quiero que lo pierda todo. Sé fiel a ella. Lo que en realidad quería decirte (por echarlo afuera de una vez) es que no creo que sepas de veras cuán endiabladamente te aprecia. Espero que no te parezca «indiscreto» manifestar tal cosa. Nunca se sabe… pero no me importa demasiado si te lo parece. Supongo que sería indiscreto si se me ocurriera manifestarte que creo firmemente que está enamorada de ti. No es que, si a eso vamos, a papá le importase ello: ello le importaría, como dice él, un pepino. Así pues —ella sostuvo su discurso extraordinariamente—, puede concedérsete cualquier provecho que mi información te haga; aunque esto, seguramente, sí que suena indecoroso. Da igual… con tal que produzca algún efecto sobre ti. Es lo único que deseo. Cuando pienso en ella, ahí abajo en el salón, muy a menudo prácticamente sola en la actualidad, me siento como si apenas fuera capaz de soportarlo. Es tan dolorosamente joven.

Por lo menos esta vez el discurso femenino, mientras desarrollaba una cláusula tras otra, lo sumió en un completo silencio, si bien tras una plena intuición de la dirección en que ella se encaminaba dejó de mirarla a los ojos y se limitó a permanecer sentado mirando fijamente hacia el dibujo de la alfombra. Incluso cuando finalmente habló, ello fue sin alzar la mirada:

—¡Desde luego eres, como solía decir ella misma, la hija moderna! Hace falta esa tipología para proponerse hacer carrera de los progenitores.

—Huy —dijo Nanda con gran sencillez—, no se trata precisamente de una «carrera», ¿verdad?, eso de… salvar una vieja amistad; pero sí puede consolar un poco, ¿no?, de la pérdida de una. En todo caso yo quería no tener que reprocharme no haber hablado antes de que fuese demasiado tarde. Por supuesto no sé qué ha estropeado vuestra relación, o si de hecho ha habido algo que la haya estropeado. Me da igual, de todos modos, qué haya sido: no ha podido ser nada demasiado malo. Arréglalo, arréglalo… perdónalo. No insinúo que en ello haya una carrera para ti más de lo que la hay para ella; pero es algo que está ahí. Sé cómo debo de sonar: de lo más paternalista y atosigante; pero quien nada aventura, nada obtiene. No puedes saber cuánto significas para ella. Para ella significas más, lo creo firmemente, de lo que nadie ha significado nunca. Odio dar la impresión de intrigar respecto de ella a sus espaldas; así que lo expondré de una vez por todas. En una ocasión dijo, hablando de ello con una persona que luego me lo contó a mí, que tú habías hecho por ella más que cualquier otra persona, porque eras tú quien realmente la había estimulado. Eras tú: lo hiciste. Yo misma lo vi en su momento. Era muy pequeña, pero podía verlo. Me dirás que yo debía de ser un monstruito espeluznante, y probablemente lo era y ahora estoy haciendo honor a tan prometedor carácter. Ello no obsta para que servidora opine que cuando una persona ha estimulado y puesto en marcha a otra persona…

—…¿esa persona debe asumir las consecuencias —completó Vanderbank— y acompañar hasta el final del camino a la otra persona? —Ahora él era capaz de salirle perfectamente al encuentro y procedió a hacerlo admirablemente—: Hay mucho de verdad en lo que dices, lo admito, lo admito. Me siento obligado a decir que no sé muy bien qué fue lo que hice: uno hace estas cosas, no hay duda, en una bonita inconsciencia; a decir verdad, yo habría jurado que ocurrió exactamente a la inversa. Pero te aseguro que acepto todas las consecuencias y todas las responsabilidades. Si tú no sabes qué ha estropeado nuestra relación puedo afirmar que yo tampoco. No puede ser algo grave; ya lo hablaremos. No quiero decir tú y yo ( no debes preocuparte más), sino ella y su inconsciente infiel. No he estado viniendo muy a menudo, ya lo sé —siguió su curso Vanderbank plácidamente—. Pero hay una marea en los asuntos de los hombres… y de las mujeres también, y de las muchachas y de todo el mundo. Tú sabes lo que quiero decir, lo sabes por experiencia propia. El quid está en que (¡benditas sean las almas de vosotras dos!) uno no abandona a tu madre: uno no puede ni aunque quiera. Es absurdo hablar de eso. Nadie ha hecho tal cosa en la vida. Ella es algo que está ahí, como la luna o Marble Arch. Yo no digo, fíjate —explicó con sinceridad—, que todo el mundo la aprecie en igual medida; eso es otra historia. Pero nadie que alguna vez la haya apreciado puede permitirse volver a pasarse sin ella durante una larga temporada. Hay demasiadas personas tontas, demasiadas compañías aburridas. Eso, en Londres, puede encontrarse a troche y moche; por el contrario, la inteligencia de tu madre siempre alcanzará una cotización elevadísima. Uno puede charlar con ella en busca de algo radicalmente distinto. Es magnífica, magnífica, magnífica. Por lo tanto, mi querida muchacha, tranquilízate. Tu madre es una estrella fija.

—Oh, bien sé que lo es —dijo Nanda—. eres…

—…¿quien puede no ser más que un meteorito errátil? —Siguió sentado y le sonrió—. Entonces te prometo que tus palabras me han frenado en mi trayectoria. Me has detenido lo mismo que Josué detuvo el sol. —Tras esto él se puso en pie, pero, como para compensarlo, continuó tanto más cordialmente—: ¿Dices que ella es «joven»? Se trata de algo que no tiene parangón. Ella es la juventud. Ella es mi juventud… lo fue. Y, si hallas la ocasión —concluyó—, explícale de mi parte que, si realmente quiere saberlo, tiene reservada mi ancianidad. Es lo bastante inteligente, ya sabes —y Vanderbank, riendo, se dirigió a por el sombrero—, para comprender lo que le digas.

Nanda asimiló esto con la debida atención; ahora ella también estaba en pie.

—Y además es tan preciosa —declaró.

—¡Endiabladamente guapa!

—No lo digo, como suele decirse, ya sabes —insistió la muchacha—, porque sea mamá, pero cuando hacemos salidas sociales pienso frecuentemente que dondequiera que ella esté…

—…¿no hay nadie que, si bien se mira, le llegue a la altura del zapato? —recogió con ardor Vanderbank sus palabras—. Oh, lo mismo opina todo el mundo, y de hecho la apreciación que servidor hace de las cosas encantadoras que, en ese sentido, son tan intensamente propias de ella, apenas puede referirse a las mismas con la suficiente reverencia. Y además, mecachis, ella tiene vislumbres… que no son cosas que se vean todos los días. Tiene sorpresas. —Casi se le quebró la voz de pura vividez—: Tiene un estilo peculiar.

—Vaya, me alegro de que la aprecies de veras —repuso Nanda con seriedad.

Ante esto él volvió a encararla abiertamente, y el transitorio silencio masculino hizo que ello resultase aún más directo.

—Me gusta, ¿sabes?, casi tanto como me haya gustado cualquier otra cosa jamás, esta formidable idea tuya de abogar por su soledad y su juventud. No pienses que no te hago justicia al decir (lo cual es decir mucho) que tu idea es no menos encantadora que graciosa. Y ahora adiós.

Él había extendido la mano, mas Nanda titubeó:

—¿No te quedas a tomar el té?

—Mi querida muchacha, no puedo. —Él pareció sentir, no obstante, que debía ser dicho algo más—: Volveremos a vemos. Pero se aproximan las fechas, ¿no?, del desperdigamiento general.

—Sí, y espero que este año —respondió ella— tengas unas buenas vacaciones.

—Oh, nos veremos antes de eso. Haré lo que pueda, pero palabra de honor que intuyo, ¿sabes? —dijo riéndose—, que un repaso como el que me has dado me durará mucho tiempo. Algo imponente. —Volviendo a extender la mano, agregó a continuación—: Y tú, ¿tienes algún plan?

Tantos, habríase dicho, que a ella no le hizo falta tiempo de meditar.

—Me atrevería a decir que estaré fuera una buena temporada.

Él se asombró francamente:

—¿Con el señor Longdon?

—Sí… con él casi todo el tiempo.

Él volvió a titubear:

—¿Realmente durante un largo periodo?

—Un periodo muy, muy largo, espero.

—¿Tu madre vuelve a mostrarse deseosa?

—Huy, por completo. Y ya ves que ése es el porqué.

—¿El porqué? —Ella no había dicho nada más, y él no alcanzó a comprender.

—El porqué de que no debas dejarla demasiado sola. ¡No lo hagas! —espetó Nanda.

—No lo haré. Pero —añadió a renglón seguido— hay una o dos cosas.

—Y bien, ¿cuáles son?

Con cierta seriedad él expuso la primera:

—¿Al final ella no piensa tratar a los Mitchy?

—Tampoco demasiado. Por supuesto ahora eso se ha vuelto algo muy diferente.

Vanderbank vaciló:

—Pero no para ti, sospecho… ¿o acaso me equivoco? ¿Tú tienes intención de verlos?

—Huy sí…, espero que vengan al pueblo.

Él se apartó algunos pasos… no en dirección a la puerta.

—¿A Beccles? Extraño lugar para ellos, ¿no crees?

Él había planteado la pregunta como en broma, pero Nanda se la tomó en serio:

—Oh, no cuando han sido invitados de un modo tan, tan hermoso. No cuando él desea tanto su presencia.

—¿El señor Longdon? Entonces, ¿eso se mantiene?

—¿«Eso»? —Se había quedado desconcertada.

—Me refiero a la amistad del señor Longdon… con Mitchy.

—En la medida en que es una amistad.

—Pero ¿no me habías dicho, por cierto —y él tomó a consultar su reloj—, que precisamente están a punto de presentarse los dos juntos?

—Oh, no especialmente juntos.

—¿Primeramente Mitchy a solas? —preguntó Vanderbank.

Ella esbozó una sonrisa que fue tenue, que fue ligeramente extraña:

—A menos que te quedes para hacemos compañía.

—Gracias; imposible. ¿Y después el señor Longdon a solas?

—A menos que se quede Mitchy.

Él hizo una nueva pausa; finalmente comentó:

—Al final no me has hablado sobre la florescencia de su esposa.

—¿Cómo voy a hacerlo si no me dejas tiempo?

—Entiendo; claro que no. —Durante un instante él semejó experimentar el retomo de la curiosidad—. Sin embargo no tendría sentido, ¿verdad?, sacarla a colación ante él. No, debo irme. —Volvió a aproximarse a ella, y esta vez ella le dio la mano—. Pero si efectivamente te quedas con el señor Longdon a solas, ¿querrás hacerme un favor? De hecho quiero decir no sólo hoy, sino en todas las ocasiones oportunas.

Ella permaneció aguardando.

Cualquier favor —manifestó por último—. Pero tendrás que decirme cuál.

—Pues —contestó él al momento— llamémoslo un cambalache. Yo me ocupo de tu madre…

—¿Y yo…? —Ella había tenido que aguardar otra vez.

—Tú te ocupas de mi reputación. Quiero decir por consideración a él. Se ha portado con tal gentileza conmigo que, cuando pienso en mi fracaso a la hora de retribuírsela, ello me hace sonrojarme de pies a cabeza. Lo he desatendido deplorablemente… debido a una azarosa serie de complicaciones. Hay cosas que habría debido hacer y no hice. Hay una en particular… pero da lo mismo. Y ni siquiera he dado explicaciones sobre eso. He sido un grosero y no me proponía serlo y no he podido evitarlo. Pero helo ahí. Di alguna palabra en mi favor. De un modo u otro explica que no soy un grosero. En suma —dijo el joven, otra vez bastante ruborizado a causa de la intensidad de sus pensamientos—, expresémoslo como que puedes confiar por entero en mí si me permites (en lo que respecta a mi buen nombre como caballero) confiar un poco en ti.

—Oh, puedes confiar en mí —respondió Nanda estrechándole la mano.

—¡Adiós entonces! —exclamó él desde la puerta.

—Adiós —dijo ella después de que él la hubiese cerrado.