XXXIII

Muy distinta fue la acogida que la señora Brook le deparó al errabundo repatriado, a quien, en un brevísimo lapso, le dirigió todas las posibles expresiones de sorpresa y contento, aunque exteriorizando finalmente, a guisa de matización de esas palabras, su pesar ante el hecho de que él rehusara tanto participar del té como dejarla hacerle lo que ella denominó un «sitito para charlar» en el extremo que él prefería de su sofá. Él alegó sinceramente agitación y turbación, incluso le recordó que era dolorosamente tímido y que después de separaciones, complicaciones, independientemente de las incidencias que las caracterizaran, era muy consciente del polvo posado sobre las relaciones personales y que no podía ser limpiado de un solo soplido. Tan sólo rogaba que ella, acorde con su naturaleza, lo disculpara si él, mientras se movía por toda la estancia y cambiaba de ubicación sin cesar, salía a la superficie únicamente de manera fragmentaria y abrupta. Había tantas cosas que él deseaba saber que… vaya, teniendo en cuenta que habían arribado nada más que anoche, ya podía ella hacerse una idea. Había preguntas, según se hizo patente, que la señora Brook ansiaba formularle con casi parejo ardor, de tal suerte que al principio hubo incluso la impresión de que, por ambas partes, las confidencias fuesen a resultar asfixiadas por la curiosidad. Por último este desastre fue evitado gracias a que por parte de Mitchy el espíritu interrogador dio con una materia relativamente dúctil. A la postre ello fue bastante manifiesto cuando tras unas cuantas tentativas fallidas él espetó cordialmente:

—Y bien, ¿Van lo ha hecho o no?

No obstante, en el rostro de la señora Brook hubo algo que pareció contestar: «¡Oh, vamos: no te precipites, ya me entiendes!»; y en el movimiento con que volvió la espalda, algo que caracterizó el estado de la cuestión como no tan sencillo como él presuponía. Cuando él había rehusado tomar té ella había llamado para que se llevaran la mesa, y en este momento la campanilla fue contestada por la aparición de dos sirvientes. Pocas cosas tuvieron lugar a continuación, durante algunos minutos, mientras estuvieron presentes los criados; ella habló sólo cuando el mayordomo estaba a punto de dejar cerrada la puerta:

—Si el señor Longdon se presenta enseguida, hágalo pasar a la habitación del señor Brookenham si el señor Brookenham no está en ella. Si sí está, en vez de eso hágalo pasar al comedor, y en ambos casos infórmeme de inmediato.

El hombre se demoró impávido:

—¿Y en el caso de que el señor Longdon pregunte por la señorita Brookenham?

—¡No lo hará! —contestó ella con una sequedad ante la cual se retiró su interlocutor—. ¡Sí lo hará! —agregó después para Mitchy en un tono asaz distinto—. Es decir, ya sabes, puede perfectamente hacerlo. Pero ¡oh la sutileza de los criados! —suspiró.

Ahora Mitchy era todo atención:

—¿O sea que se halla en la capital el señor Longdon?

—Por primera vez desde que vosotros partisteis. Va a acudir de visita esta tarde.

—Y ¿deseas verlo a solas?

La señora Brook recapacitó:

—Me parece que no deseo verlo en modo alguno.

—Entonces, ¿eso de retenerlo en la planta baja…?

—Es para que no irrumpa de golpe y sorpresivamente. A ti, querido mío, es a quien deseo ver.

Mitchy desvió su mirada saltona:

—Vaya, no te lo tomes a mal si, en respuesta a eso, por mi parte digo que yo deseo ver a todo el mundo. Incluso ahora mismo habría podido departir un poco más con Edward.

A su intransferible manera, y con un lento ademán negativo, la señora Brook se puso radiante:

Yo no habría podido. —Luego anudó todos los cabos tras un corto silencio—: Incluso se me ocurre que si no te molesta…

—¿Qué, mi querida amiga —dijo Mitchy alentadoramente—, me ha molestado nunca? ¡Te aseguro —declaró riendo— que no he regresado para comenzar a sentirme molesto!

Ante esto súbitamente, dejando de lado cualquier otra cosa, ella lo asió con una mano:

—Amado Mitchy, ¿eres feliz?

Así permanecieron cara a cara durante un instante.

—Quizá no tanto como habrías procurado hacerme.

—Bueno, aún me tienes, ya lo sabes.

—Huy —dijo Mitchy—, tengo una gran cantidad de cosas. ¿Cómo, si lo miro detenidamente, puede un hombre de mi peculiar naturaleza (es, bien lo sabes, terriblemente peculiar) no ser feliz? Piensa, si para poner un ejemplo nos vemos obligados a ello, en la numerosidad de mis amistades.

Como consecuencia de reflexionar, la señora Brook pareció objetar aquello ligeramente:

—Sí…, pero no debemos vernos demasiado obligados a ello. Son las amistades quienes nos hacen sufrir. Si tú sufrieras yo no sería capaz de soportarlo.

Fue patente que ella infundió en Mitchy una nítida visión:

—Mi sufrimiento sería grotesco, ¿verdad que sí? Pero no tendrías por qué soportarlo. Yo me retiraría a algún sitio a sufrir a solas: a un cuarto oscuro, me parece, o a una isla desierta; en cualquier caso, adonde nadie lo viera. Por lo demás, ¿qué tiene de pernicioso —siguió— cualquier sufrimiento que no lo aburra a uno, tal como estoy seguro de que, por mucho que su apariencia pudiera parecerles vulgar a algunas otras personas, el mío no me aburriría a mí? Lo que yo haría en mi isla desierta o mi cuarto oscuro sería, creo, ni más ni menos que bailar y bailar gracias a la intensa emoción de ello… lo cual es exactamente la exhibición de ridículos brincos que con total resolución me preocuparía de ahorrarte. Te aseguro, querida señora Brook —concluyó—, que actualmente no me siento nada aburrido. Todo es tan interesante.

—¡Eres una bellísima persona! —intervino ella imprecisamente.

Pero él prosiguió sin prestarle atención:

—Lo que acababa de pasársete por la cabeza, ¿era quizá que yo lo viese?

Ella no retrocedió sino lentamente, empero, a aquel instante:

—¿Al señor Longdon? Pues sí. Ya sabes que a mí no puede soportarme…

—Sí, sí. —Mitchy se mostró casi entusiasta.

Esto ya había vuelto a desviarla:

—Eres realmente adorable. Has regresado idéntico que antaño. Yo tenía la comezón —explicó tras un momento— de desear que el señor Longdon fuese recibido…

—…¿sin incomodidad, por así decirlo, para él mismo ni para ti? En ese caso —dijo Mitchy, que visiblemente sintió que había completado con acierto las palabras femeninas—, me da la impresión de que sin duda alguna soy tu hombre. Es maravilloso regresar para sentirse útil.

Pero ella se mostró mucho más sombría al respecto:

—¡Oh, a lo que has regresado!

—Precisamente ahí quería yo llegar. ¿Es que Van sigue en el mismo punto en que lo dejé?

Ella guardó silencio.

—¿De veras pensabas que Van daría algún paso? —dijo por último.

Mitchy anduvo de un extremo al otro unas cuantas veces, hablando casi de espaldas:

—¡Caramba, con todos los acicates…! —Tras lo cual, mientras ella lo observaba, se plantó frente a ella con una pregunta—: ¿Ello está totalmente descartado?

—¿Acaso alguna vez estuvo «encartado»?

—Oh, me acuerdo de tu previsión, y eso, a mi juicio —alegó Mitchy—, constituye lo más asombroso de todo. Te digo que habría conseguido acicatearme a mí.

—¿Mi previsión? —La señora Brook reflexionó—: ¿Olvidas que asimismo tuve una previsión respecto de ti y no se cumplió?

—Ah, pero es que tú y yo no discrepábamos. Aquello no fue un desafío y una profecía. A mí me querías.

—¡Vaya que sí! —dijo con sencillez la señora Brook.

—Y no lo querías a él. Para ella, quiero decir. Y te aventuraste a exteriorizarlo.

Ella semejó sorprendida:

—¿Hice tal cosa?

De nuevo estaban cara a cara.

—¡Tu franqueza es divina!

Ella se maravilló:

—¿Quieres decir que lo fue incluso entonces?

Mitchy le sonrió hasta ponerse colorado:

—Ahora mismo es exquisita.

—¡Bueno —repuso ella seguidamente—, yo conocía a mi Van!

Yo creía conocer al «tuyo» también —dijo Mitchy. Sus miradas se encontraron un instante, y agregó—: Pero no lo conocía. —Después exclamó—: ¡Cómo lo has manejado todo!

Ella apenas pareció comprender:

—¿«Manejado»? —Tras lo cual, en tono algo más acre, inquirió—: ¿Cómo sabes (puesto que has estado de jarana en lugares que daría mi cabeza por rever, pero que jamás reveré) lo que he estado haciendo?

—Bueno, es que pude contemplar, ya sabes, durante aquella velada en casa de Tishy, justo antes de abandonar Inglaterra, tu prodigioso arranque. Tuve una vislumbre de tu actitud, por así decirlo, y de tu estrategia.

Ahora los ojos femeninos estaban perdidos en la lejanía, y tras una pausa ella habló sin moverlos:

—Y, merced al mismo criterio, ¿acaso no tuve yo una vislumbre de la tuya?

—¿La mía? —Mitchy reflexionó, pero semejó dudar—: Hija mía, por entonces no tenía ninguna.

—¿Quieres decir que tu estrategia se ha configurado desde entonces?

Con la cabeza él ejecutó un resuelto ademán negativo:

—Te aseguro que continúo despistado y sin saber por dónde tirar. Jamás he tenido, y sigo sin tener, otra cosa que mi filosofía global, sobre la cual no me extenderé en este momento y de la cual, por lo demás, creo que ya has tenido, antaño y hogaño, tus atisbos. Lo que aquella noche discerní en ti fue un plan perfecto.

La señora Brook incurrió en otra de sus pueriles miradas fijas:

—¡Todo el mundo parece haber discernido algo aquella noche! De cualquier forma lo único que puedo decir —completó— es que en tal caso todos fuisteis muchísimo más perspicaces que yo.

—¿Fue simplemente un instinto ciego, no calculado ni premeditado? Quizá entonces, ya que ha surtido un éxito tan completo, dé igual la denominación. Estoy rendido de admiración, como te digo —manifestó Mitchy—, ante tu triunfo.

Ella pareció, como antes, inmensamente infantil, mas inmensamente seria:

—¿Qué entiendes tú por mi triunfo?

—Deja que más bien te pregunte (¿puedo?) qué entiendes por tu fracaso.

Ante esto la señora Brook, que había permanecido de pie durante algunos minutos, tomó asiento como dispuesta a responder a su interrogante. Pero al punto volvió a sumirse en cavilaciones:

—¿Has recibido frecuentes noticias de Van?

—Ni una sola.

—Y ¿has escrito?

—Ni una palabra tampoco. Lo dejé todo, como ves —sonrió Mitchy—, en tus manos. —Tras lo cual prosiguió—: ¿Te ha hecho mucha compañía?

Ella titubeó un minúsculo instante:

—La mínima posible. Pero da la casualidad de que acaba de estar aquí hace un momento.

Su visitante se acaloró visiblemente.

—¿Y me lo he perdido por muy poco? —preguntó.

Otra vez fue sumamente breve la pausa que ella realizó:

—No te lo habrías perdido si él hubiera subido.

—¿«Subido»?

—A ver a Nanda (que ahora tiene su propia sala de estar, como sabes), por quien él preguntó nada más entrar y en cuyo beneficio, no importa lo que pienses, estuve, al cabo de un cuarto de hora, te lo aseguro, perfectamente dispuesta a dejarlo libre. Él modificó su intención, sin embargo, y se marchó sin verla.

Mitchy mostró el más profundo interés:

—Y ¿qué lo hizo modificar su intención?

—Vaya, estoy procurando elucidarlo.

Él pareció contemplar aquel esfuerzo:

—¿Pero sin haber sacado nada en claro todavía?

—Cuando lo consiga, ya te lo diré.

Él hizo una tregua, una vez más, pero sólo un instante:

—¿No lo habrás urdido tú todo otra vez?

Ante esto ella se puso en pie con una extraña franqueza:

—Creo, ¿sabes?, que vas demasiado lejos.

—Caramba, ¿no acabábamos de dejar establecido —replicó él con prontitud— que ello es por completo instintivo e inconsciente? Si fue así aquella noche en casa de Tishy…

—Ah, voyons, voyons —espetó ella—; ¿qué fue lo que hice incluso entonces?

Ante algo en el tono femenino, él lanzó una carcajada:

—¿Te gustaría que volvieran a describírtelo?…

—No me da miedo.

—Bien, pues simplemente (públicamente) te reapropiaste de Nanda.

—Y ¿dónde está la monstruosidad de eso?

—En un pequeño punto muy preciso. En haber eliminado cualquier incertidumbre…

—Sí, ¿sobre qué? —Él había semejado no saber cómo expresarlo con precisión.

Mas lo expresó por último:

—Córcholis, sobre lo que aún podemos esperar hacer por ella. Gracias a tu cautela, había diversas posibilidades. —Entonces, como ella exhibiera el aspecto de intentar infructuosamente concretar por lo menos alguna, él siguió—: No las recuerdo una por una, pero todo el episodio fue lo bastante truculento para hacemos honor a todos.

Tras unos instantes ella le salió al paso, pero en un punto inesperado en absoluto:

—Discúlpame si apenas discierno en qué medida te hizo honor a ti. Por primera vez desde que te conozco, aspirabas a la decencia.

La sorpresa de Mitchy tuvo todas las trazas de ser auténtica:

—¿Te pareció decencia…?

Ya que así lo deseaba él, ella volvió a pensárselo:

—Huy, tu conducta…

—Mi conducta fue… mis circunstancias. ¿Llamas decente a eso? No, estás bastante equivocada. —Él hablaba, dentro de su amabilidad, con cierto matiz de reprobación—. ¿Cómo podría yo jamás…?

Pero aquello ya la había encaminado, y hacia un terreno más firme por el cual patentemente prefería ella transitar:

—¿Te van realmente mal las cosas, Mitch?

—Vaya, ya te contaré cómo me van. Pero no en este momento.

—¿En alguna otra ocasión? ¿Palabra de honor?

—Te enterarás de todo. Descuida.

Tenuemente ella sonrió:

—Será como en los viejos tiempos.

Él objetó aquello ligeramente:

—Para ti tal vez. Pero no para mí.

A pesar de lo que él dijo, quedó cautivada; y nuevamente la mano femenina casi lo acarició:

—Pero, como anticipo, dime: ¿tu coyuntura es muy, muy espantosa?

—Acaso sea eso precisamente lo que tendré que hacer que decidas tú.

—Entonces, ¿podré ayudarte? —preguntó ilusionada.

—Creo que sería muy propio de ti.

Al considerar lo que era muy propio de ella —extrañamente ello había sonado muy abarcador—, ella lo desasió levemente con un suspiro, si bien no por ello dejó de mirar en derredor como a la búsqueda de sugerencias:

—Jane, ya sabes, está histérica.

—Sí, Jane está histérica. ¡Eso es un consuelo!

En cierto modo continuaba aferrada a él:

—Pero ¿es el único que te queda?

Se mostró muy considerado y paciente:

—Puede que no.

—¿Yo soy otro hasta cierto punto?

—Hija mía, ya lo ves.

Sí, ella lo había visto, pero seguía lanzada:

—Y ¿vas a recurrir…?

—¿A qué? —preguntó él al parecer titubear ella.

—No quiero decir a nada violento. Pero ¿vas a contárselo a Nanda?

Mitchy se maravilló:

—¿El qué?

—Pues todo. Me parece, ¿sabes? —comentó meditabunda la señora Brook—, que ciertamente le estaría bien empleado.

El silencio de Mitchy, que se prolongó durante un minuto, semejó aceptar la idea, pero quizá no saber muy bien qué hacer con ella.

—¡Oh, me temo que yo jamás le estaré bien empleado!

Mientras él hablaba, reapareció el mayordomo; al ver al cual la señora Brook adivinó de inmediato:

—¿El señor Longdon?

—En la habitación del señor Brookenham, señora. El señor Brookenham ha salido.

—Y ¿adónde ha ido?

—Creo, señora, que tan sólo a comprar varios periódicos vespertinos.

Ella le dirigió una intensa mirada a Mitchy; luego le dijo al criado:

—Ruéguele que espere tres minutos; yo tocaré la campanilla. —En cuanto quedaron solos, otra vez se volvió hacia su visitante—: ¡No sabes hasta qué punto estoy a tu merced!

—¿A mi merced?

—Canastos, si el señor Longdon sube a verte.

Mitchy reflexionó:

—¿No sería mejor que bajara yo?

—No: podríais encontraros de vuelta a Edward. Si lo ves debes verlo aquí. Si no lo veo yo misma, es por una razón.

Mitchy tomó a sondearla:

—¿El hecho de que, tal como insinuaste hace un rato…?

—Sí: de que no le apetece escucharme. —Ella hizo una pausa, mas finalmente lo reveló—: No se cree ni una palabra…

—…¿de lo que tú digas? —Mitchy fue espléndido—. Entiendo. Y hay alguna cosa que quieres que le sea dicha.

—Sí, y estará dispuesto a aceptarla de ti. Sólo que depende de ti —continuó la señora Brook—, verdadera y honradamente, ya que habré de confiar en ti a ciegas, el transmitirla. Pero contigo el consuelo es que con seguridad lo harás si prometes hacerlo.

Mitchy quedó infinitamente impresionado.

—Pero que conste que aún no lo he prometido. Naturalmente no me es posible sin saber de qué se trata.

—Se trata de exponerle…

—Oh, ya veo: la situación.

—Lo que hoy ha ocurrido aquí. La inequívoca retirada de Van y cómo, habida cuenta del plazo transcurrido, finalmente ello nos hace ver dónde estamos. Naturalmente tú mismo —concluyó la señora Brook— te das cuenta de eso.

—¿Dónde estamos? —Mitchy anduvo hasta el extremo y volvió sobre sus pasos—. Pero, entonces, ¿para qué vino Van hoy? Si hablas de una retirada, ha tenido que haber un avance.

—Oh —dijo la señora Brook—, lo único que Van deseaba era no mostrarse demasiado brutal. Después de tan larga ausencia podía venir.

—Pues bien, si ha dejado claro no ser brutal, ¿en qué ha consistido la retirada?

—En no haber subido a ver a Nanda. Vino (abiertamente) a hacer eso, pero tras pensárselo mejor resolvió que no podía arriesgarse siquiera a ser cortés con ella.

Visiblemente Mitchy se había puesto más animado ante sus propias cavilaciones:

—Bien, y ¿qué representó la diferencia?

Ella se extrañó:

—¿Qué diferencia?

—Caramba, la de la consecuencia, como dices tú, de pensárselo mejor. Pensarse mejor ¿el qué?

—¡Huy —dijo de repente la señora Brook y como si fuese bastante sencillo—, eso sí lo sé! Ciertas sospechas.

—¿Acerca de quién?

—Caramba, acerca de ti, bobo. Acerca de que no hiciste…

—Y bien, ¿el qué? —perseveró él al quedarse callada.

—¿Cómo expresarlo? Lo mejor para ti mismo. Y acerca de que Nanda sea consciente de ello. ¿Es que no lo ves?

En el esfuerzo por verlo, o acaso realmente en el pleno acto de haberlo visto, el pobre Mitchy lanzó una mirada más saltona que nunca:

—¿Quieres decir que Van está celoso de mí?

Por muy acuciada que se viese, en el rostro masculino hubo algo que transitoriamente la hizo permanecer callada.

—¡Helo ahí! —logró ella exclamar, sin embargo, por último.

—¿De mi? —insistió Mitchy.

Lo que tan súbita y sorprendentemente había habido en el rostro masculino era el aspecto de lágrimas incipientes… ante la vista de lo cual, como a causa de una contrición no menos rauda, ella exhibió un precioso rubor.

—Helo ahí, helo ahí —repitió ella—. Me pides una razón, y es la única que se me ocurre. Claro está que si no te apetece —agregó— no hace falta que suba aquí el señor Longdon. Puede ir a ver a Nanda directamente.

Mitchy había vuelto otra vez la espalda como con el impulso de ocultar las lágrimas que habían asomado y que no habían desaparecido enteramente ni siquiera para cuando tomó a encararla:

—¿Nanda sabía que él iba a venir?

—¿El señor Longdon?

—No, no. ¿Ella esperaba que Van…?

—Mi querido amigo —gimió dulcemente la señora Brook—, ¿cuándo no ha estado esperándolo?

Durante unos momentos Mitchy miró intensamente hacia el suelo.

—Quiero decir, ¿sabe que él ha estado aquí y que no subió?

La señora Brook, desde donde estaba situada y a través de la ventana, miró más bien hacia el cielo:

—Su padre ya se lo habrá contado.

—¿Su padre? —se maravilló Mitchy abiertamente—. ¿Está él al corriente?

Ante esto la señora Brook guardó un silencio más prolongado.

—Das por sentado, supongo, Mitchy querido —dijo después trémulamente—, que yo lo he enredado…

—¿Enredado a Edward? —atajó él.

—No: eso por descontado. Enredado a Van con ideas…

De nuevo él recogió sus palabras:

—…¿acerca de mí? ¿Lo que tú llamas sospechas? —Él pareció sopesar la imputación, mas ello terminó, mientras con la mano se frotaba intensamente los ojos, en hastío y en la más cercana aproximación a la impasibilidad que había llevado a cabo jamás ante la señora Brook—. Da igual. El sino de todos es ser de uno u otro modo tema de ideas. Por tanto —siguió— haz subir aquí al señor Longdon.

Al punto ella tocó la campanilla:

—Entonces yo me voy a ver a Nanda. Pero no pongas esa cara de espanto —agregó mientras tomaba junto a él— ante lo que Edward o yo podamos hacer a continuación. Es sólo para avisarla de que enseguida subirá a verla el señor Longdon.

—Muy bien. Yo se lo aclararé a Tatton —repuso Mitchy.

Todavía, sin embargo, ella no se movió de allí:

—¿Algún día volverás a quererme?

Él casi tenía el aspecto, mientras esperaba que ella se retirara, de ser señor de la casa, pues ante él ella se había vuelto, mientras él estaba de pie de espaldas a la chimenea, tan humilde como una visitante de clase inferior.

—Oh, lo mismo que siempre. ¿Dónde está la diferencia? De hecho, ¿no se han multiplicado más bien nuestros vínculos?

—Así es como a mí me gusta figurármelo. Y puesto que convienes conmigo en que…

—¿Y bien?

—Pues en que en realidad Van, ya sabes, jamás lo habría hecho…

Misericordioso, recogió las palabras femeninas:

—…¿nadie ha salido perjudicado? —extrajo Mitchy la conclusión.

Esto la hizo permanecer aún inmóvil:

—Nanda será rica. A eso puedes contribuir, y es en realidad, puedo decírtelo ahora, para eso por lo que se me ha pasado por la cabeza que veas aquí a nuestro amigo.

Él conservó su actitud de espera:

—Gracias, gracias.

—¡Eres nuestro ángel de la guarda! —exclamó ella.

Ante esto él lanzó una carcajada:

—¡Aguarda hasta haber visto qué termina haciendo el señor Longdon!

Pero ella hizo caso omiso:

—Antes de irme quiero que entiendas que no he hecho nada pensando en mí sola. ¡Después de todo, Van…! —musitó.

—¿Y bien?

—Tan sólo me odia. No es como en tu caso —dijo ella—. A él lo he perdido de veras.

Durante un instante Mitchy, con los ojos en que habían asomado sus lágrimas, se abismó en contemplación del espacio.

—Decididamente ahora no puede, bien lo sabes, apreciar a ninguno de nosotros —declaró—. Se queda sin una fortuna.

—¡Helo ahí! —observó la señora Brook una vez más. Después cobró una relativa brillantez—: ¡Cuánto me alegra que no! —Él soltó otra carcajada, mas ella ya estaba dirigiéndose al señor Tatton, quien nuevamente había acudido ante el toque de campanilla—: Haga pasar aquí al señor Longdon.

—Entonces, ¿debo decirle que es a petición tuya? —preguntó Mitchy cuando se hubo retirado el mayordomo.

—¿Que seas tú quien lo recibe? Oh, sí. Él será el último en enojarse por ello. Pero hay una cosa más. —Esto fue algo a cuenta de lo cual inopinadamente ella tuvo uno de sus accesos de ansiedad—. Durante meses y más meses ha estado olvidándoseme preguntarte…

—Sí, ¿el qué? —preguntó él, al semejar ella misteriosa.

—Caramba, si finalmente Harold te devolvió, tal como me juró por su honor que lo haría, aquel billete de cinco libras…

—Pero ¿cuál, querida amiga? —Ahora pareció acudir en ayuda de Mitchy la conciencia de otras incongruencias distintas de aquellas que habían estado discutiendo.

—El que, hace ya eternidades, un día en que os habíais presentado aquí tú y Van, fue objeto de un chiste. Tú lo desembolsaste en broma, a guisa de «multa» por alguna cosa, y lo depositaste sobre esa mesita; tras lo cual, antes de poder darme cuenta de lo que hacías, antes de poder salir corriendo en pos tuyo, ya te habías marchado y lo habías dejado ahí de un modo absurdo. Por supuesto, al siguiente instante (y nuevamente antes de poder darme la vuelta). Harold ya se había apoderado de él, y en vano traté de obligarlo a devolvérmelo. Todo lo que obtuve de él…

—…¿fue la promesa de que se lo devolvería a su propietario original? —Hasta tal punto Mitchy había atendido bastante menos con sorpresa que con diversión, que al parecer había evocado la escena en un instante—. Oh, lo recuerdo muy bien; Harold no dejó de ajustar cuentas conmigo. No tienes que preocuparte por eso.

Ella lo atalayó desde la puerta que daba a la habitación contigua:

—¿Recuperaste cada penique?

—Cada penique. ¡Pero mira que molestarte en aclarar eso!

—Huy, yo siempre lo aclaro todo, ya sabes, algún día.

—¡Sí, eres de una rigurosidad…! Pero estáte tranquila. En Harold puede confiarse —prosiguió—, y lo cierto es que era mi propósito preguntarte por él.

Raudamente la señora Brook se entregó a ese punto:

—Oh, todo va bien.

Mitchy fue más específico:

—¿Lady Fanny…?

—Sí: se ha quedado por él.

—¡Oh —exclamó Mitchy—, ya sabía yo que lo lograrías! Pero silencio: ¡alguien viene! —Tras lo cual, mientras ella se desvanecía sin pérdida de tiempo, él regresó junto a la chimenea.