Treinta y uno

E portal se abrió en el acto y cuando Roberto llegó a casa de Emma ella lo estaba esperando en la entrada. Había pasado un día.

—Pasa Giacomo está todavía con los abuelos —dijo con una expresión en la que se mezclaban la inquietud y un punto de atónita admiración—. ¿Quieres un café?

Se tomaron un café en la cocina y Roberto le contó todo lo que le había apenas esbozado por teléfono. Al final, Emma se levantó, abrió la ventana, cogió un cenicero y le pidió un cigarro. Después de dárselo, Roberto también se encendió uno. Lo hizo con movimientos lentos, casi como si quisiera ser consciente de cada uno de los pasos para grabárselos en la memoria.

—Mañana lo dejo.

Emma lo miró como si no le hubiera oído.

—¿Cómo sabía Giacomo lo que estaba pasando?

Roberto apagó el cigarro, lo rompió, y se acomodó en la silla.

—¿En qué sentido?

—¿Cómo podía saberlo? Dime que no tiene nada que ver con toda esta historia.

Roberto la miró estupefacto. No había entendido de buenas a primeras el motivo de la pregunta.

—Pero ¿qué estás diciendo? Claro que no tiene nada que ver. Ya lo hemos hablado, era un rumor que corría por el colegio, él lo ha oído, igual que otros. Puede que en los servicios, puede que cuando alguno se ha pavoneado o una de las niñas se ha abierto a él.

Y luego añadió:

—Puede que haya sido la misma Ginevra la que se lo ha dicho o la que se ha desahogado con él. ¿Quién sabe? Pero eso ahora da igual. Lo importante es que todo se ha... resuelto. Digamos.

—¿Y por qué ha contado esa historia del sueño, si no tenía nada que ocultar?

—Porque quizá ha soñado de verdad que la chica le pedía ayuda. A través del sueño su subconsciente le ha dicho que debía hacer algo. ¿Por qué no le preguntas al doctor qué es lo que opina él?

Ella lo miró largamente a los ojos.

—Ya lo he hecho. Le he llamado por teléfono antes de que tú llegaras —dijo por fin.

—¿Y qué te ha dicho?

—Lo mismo que me has dicho tú.

Roberto intentó fingir que no le daba mayor importancia al asunto, pero no lo consiguió.

—¿Cómo has encontrado el sitio? ¿Cómo has conseguido aparecer justo en el momento oportuno?

—Bueno, han intervenido un poco el oficio y otro poco la suerte.

—¿La suerte? ¡Chorradas! La suerte no existe y tú eres un tipo muy raro, señor policía. Hay un montón de cosas que deberías decirme, dejando a un lado la suerte.

Te equivocas, la suerte existe, y cómo, pensó Roberto. Y también la mala suerte, ya que estamos.

En ese momento llegó Giacomo. Roberto se puso de pie para estrecharle la mano. Emma los miró a los dos, dijo que iba a darse una ducha y desapareció.

—Sabes lo que ha pasado, ¿verdad?

El chico asintió con la cabeza, mirando a Roberto directamente a los ojos, justo igual que había hecho su madre unos minutos antes.

—Alguien se está ocupando de ella ahora mismo. Cambiará de colegio, eso seguro. Necesitará tiempo, pero lo superará.

En realidad, Roberto no sabía si la niña se iba a recuperar. Nadie lo sabe, en estos casos. Pero le parecía que Giacomo tenía derecho a oír esas cosas.

—Has sido tú el que la has salvado —añadió.

Giacomo siguió mirándolo y Roberto reparó en la increíble melancolía que había en sus ojos, tan parecidos a los de su madre.

—Estoy muy triste —dijo Giacomo.

—¿Porqué?

—Porque no voy a volver a verla.

Roberto se esforzó en tragar. Luego, sin darse cuenta siquiera de lo que estaba haciendo, se acercó a Giacomo y le dio un abrazo fugaz.

—Puede que os volváis a ver —dijo tras unos instantes, cuando se separaron.

—Me gustaría —respondió, simplemente, el chico. Luego se levantó y se fue, dejando esas últimas palabras suspendidas en el aire y a Roberto sentado él solo en la cocina, mientras la oscuridad iba abriéndose camino.